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on fría tranquilidad, Gaspar Jiménez Escobedo, encarcelado en Panamá con su jefe Luis Posada Carriles, afirmaba en una entrevista con la televisión panameña no haber violado nunca la más mínima ley de esa nación istmeña. Su declaración sería ciertamen- te conmovedora si los archivos de la historia no mos- traran que este personaje, colaborador de la CIA y de los esbirros fascistas de Pinochet, siempre ha actuado con el desprecio más grande, no sólo por Panamá sino por todo el continente.Jiménez Escobedo abandonó Cuba en 1961, des- pués de participar en la conspiración frustrada del traidor Hubert Matos, y se asoció de inmediato a la ac- tividad de los segmentos batistianos más extremistas de la comunidad emigrada de Miami. Pronto fue re- clutado por la CIA y enviado a entrenarse en el uso de explosivos, al lado de los peores elementos de la fauna anexionista.
No es por casualidad que Miami se ha convertido en uno de los principales centros del narcotráfico in- ternacional con un nivel de negocios que alcanza los 80 mil millones de dólares anuales.
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tonces jefe de la CIA, George Bush padre, con el propó- sito de unificar los grupos terroristas anticubanos.
La CORU pronto multiplicaría los atentados e in- cluso los asesinatos políticos a través de toda América Latina, en un frenético programa de sabotajes y actos terroristas contra Cuba, al que denominó “La guerra por los caminos del mundo”. Estas acciones se realiza- ron en estrecha asociación con la temible policía políti- ca del dictador fascista Augusto Pinochet, la DINA.
En el curso de esta operación terrorista de gran envergadura, por lo menos cinco veces fueron ataca- dos objetivos panameños con atentados organizados directamente por la cúpula conformada por Bosch, Ji- ménez, Luis Posada Carriles y demás capos de las pan- dillas anticubanas asociadas en la CORU.
El 1º de octubre de 1974 ya se había organizado un atentado, con la complicidad de Jiménez, contra la embajada de Panamá en Caracas. El 11 de julio de 1976, Jiménez, en connivencia con Bosch, ordena un atentado que destruye las oficinas de Air Panamá en Bogotá, Colombia.
El 18 de agosto de 1976, CORU lleva a cabo un de- sastroso atentado en las oficinas de Cubana de Avia- El 3 de agosto de 1975, Gaspar Jiménez estuvo
involucrado, junto con Aldo Vera Serafín —misterio- samente ejecutado en Puerto Rico, en 1976—, en el intento de secuestro contra el entonces embajador cu- bano en Argentina, Emilio Aragonés.
Ese mismo año, Jiménez se suma a una conspira- ción fracasada para asesinar al presidente Fidel Castro en ocasión de su primera visita a Jamaica.
El 30 de abril de 1976, ejecuta un atentado contra Emilio Milián, director de la emisora WQBA-AM, quien condenaba el terrorismo en su programa Habla el Pue- blo. Ese día, cuando el locutor montaba su coche y en- cendía el motor, una explosión le arrancó las dos pier- nas. Después de seis meses de cirugías y rehabilitación, regresó a su puesto, pero pronto fue despedido por los atemorizados dueños de la emisora. Nunca Jiménez fue arrestado ni acusado en relación con este cruel atentado, a pesar del testimonio de un ciudadano que lo observó introduciéndose bajo el carro de Milián, unos minutos antes de la salida del locutor y de la explosión.
En junio de ese año, Jiménez se encuentra junto a su mentor, el pediatra asesino Orlando Bosch, cuando éste crea la CORU, en el curso de una reunión secreta sostenida en República Dominicana, a solicitud del en-
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enterrados primero secretamente en un cementerio, pero poco después, con el propósito de eliminar toda evidencia de lo ocurrido, sus cuerpos fueron exhuma- dos y fundidos en los cimientos de un edificio.
Gaspar Jiménez confesaría también, más tarde —al mismo agente de la seguridad cubana, Pedro Escalo- na—, que había participado además en la preparación del atentado contra un avión de Cubana de Aviación que estalló en pleno vuelo, después de despegar de Barbados, con 73 personas a bordo, de ellas 57 cuba- nos, incluidos los 24 integrantes del Equipo Juvenil de Esgrima que acababa de obtener todas las medallas de oro en un campeonato centroamericano.
En ese período, un informe del FBI sobre las acti- vidades terroristas contra Cuba en los Estados Unidos (Survey of Anti Castro Cuban Terrorist Activities in the United States) señala a Gaspar Jiménez Escobe- do como una de las principales figuras del terrorismo miamense.
Otro documento, un memorando del Departamen- to de Justicia, describe al personaje con “un amplio pa- sado de actividades terroristas, principalmente fuera del país”.
ción en Panamá, de acuerdo con un plan trazado ante- riormente por Gaspar Jiménez a solicitud de Orlando Bosch. Años más tarde, el terrorista se jactaba de los destrozos causados por la bomba, en presencia de un agente cubano de la Seguridad del Estado, Pedro Esca- lona Caruya, infiltrado en Miami.
Mientras tanto, el 23 de julio de 1976, Jiménez, junto con los terroristas Gustavo Castillo y Orestes Ruiz Fernández, había dirigido un funesto ataque contra el consulado cubano en Mérida, en el estado mexicano de Quintana Roo, tratando de secuestrar al cónsul Daniel Ferrer Fernández y ejecutando cobarde- mente al técnico cubano de la Flota Camaronera del Caribe, Artagnan Díaz Díaz. El terrorista miamense fue detenido por las autoridades mexicanas, pero lo- gró fugarse de la cárcel.
El 8 de septiembre de 1976, Jiménez organizó el secuestro de dos custodios de la Embajada cubana en Buenos Aires, Crescencio Galañena Hernández y Je- sús Cejas Arias. Una operación llevada a cabo con la complicidad de la DINA chilena y sus “corresponsales” argentinos.
Los dos hombres fueron sometidos a crueles tortu- ras hasta ocasionarles la muerte. Sus cadáveres fueron
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En 1986, junto con Silas Cuervo, viaja a El Salvador donde conspira con Posada Carriles para organizar un plan de atentados contra Fidel Castro.
Se conoció que en esa fecha Posada Carriles esta- ba al frente de un campamento donde se almacenaba gran cantidad de armamentos que había solicitado a los norteamericanos para realizar acciones conjuntas contra la junta de gobierno nicaragüense.
El 5 de noviembre de 1987, su viejo socio Orlando Bosch pudo salir incólume de su cárcel venezolana y se benefició del perdón presidencial de George Bush. A partir de entonces, el pediatra asesino pudo también proseguir libremente en esa ciudad, verdadera “zona franca” del terrorismo, sus acciones de aliento y apoyo al mismo.
Durante todos estos años, Jiménez ha tenido una macabra obsesión por ejecutar al Presidente cubano, una actividad mercenaria que se convirtió en un nego- cio lucrativo.
En 1991, Jiménez y sus cómplices idearon un frus- trado ataque con un cohete tierra-aire al avión que utilizó Fidel Castro durante la Primera Cumbre Ibero- americana en 1991, celebrada en México.
Sin embargo, a pesar de la solicitud de la justicia az- teca después de su fuga de México, las autoridades es- tadounidenses no arrestaron a Jiménez antes de enero de 1978 para luego extraditarlo, por fin, en abril 1981. Condenado por el crimen de Mérida, fue encarcelado en la prisión de Chetumal, en el estado de Quintana Roo, pero la mafia miamense, comprando a funciona- rios, obtiene su liberación después de sólo 27 meses de detención, en mayo de 1983 —¡a pesar de la gravedad de sus crímenes y de su fuga!— Jiménez se incorpora a la dirección de la FNCA, donde comparte tareas de organización de actividades terroristas, manteniendo relaciones estrechas con Luis Posada Carriles. Trabaja de “guardaespaldas” con Alberto Hernández, entonces dirigente de la FNCA, propietario de varios consul- torios médicos, quien le encarga la seguridad de sus instalaciones, pero también alienta y provee financia- miento para operaciones terroristas.
Desde su residencia de la avenida Almeira, número 28, en Miami, prosigue impunemente sus múltiples ac- tividades criminales, sin intervención ninguna de las au- toridades judiciales, especialmente con sus amigos Pedro Remón y Guillermo Novo Sampoll, quienes comparten hoy su suerte en la cárcel panameña de El Renacer.
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Impresionante currículum para el terrorista mia- mense que no violó ninguna ley de Panamá, pero piso- teó su soberanía sin escrúpulo alguno, mientras man- daba a sus mercenarios a cometer sus crímenes tanto en el país istmeño como en toda Centroamérica y en otras naciones del continente, incluso en Estados Uni- dos y Cuba.
Sin embargo, aunque Gaspar Jiménez tenga mala memoria, sus crímenes terroristas, cometidos duran- te cuatro décadas desde Miami, su lugar de residencia, demuestran cómo existió y continúa existiendo una total tolerancia e impunidad hacia el terror en el sur de Florida.
Y explican por qué cinco jóvenes cubanos, ahora encarcelados por las autoridades norteamericanas, tu- vieron que arriesgar sus vidas para contribuir a contra- rrestar los planes de individuos que, como él, tienen las manos manchadas de la sangre de inocentes. A finales de 1993, Jiménez participó en los pre-
parativos de otro plan (también fracasado) para atentar contra el Presidente cubano en ocasión de la toma de posesión del mandatario hondureño Carlos Alberto Reina.
Reincide en 1994, en ocasión de la Cuarta Cum- bre Iberoamericana de Cartagena de Indias, Colombia. Junto a Posada Carriles, introduce en el perímetro de la cita de mandatarios un fusil Barret calibre 50. Nue- vo fracaso. Los dos veteranos conspiradores se quedan paralizados por las fuertes medidas de seguridad exis- tentes.
En 1997 y 1998 también Jiménez se encuentra in- volucrado en planes de atentados contra la vida de Fi- del Castro, en ocasión de sus visitas a Venezuela y Re- pública Dominicana. Desarrolla su actividad criminal en compañía de su jefe de pandilla preferido, el septua- genario Posada Carriles, y el financiamiento reunido por su patrocinador de la FNCA, Alberto Hernández.
Es el mismo Posada Carriles que lo instó a seguirle a Panamá, en noviembre de 2000, para el fatídico inten- to de asesinato de Fidel, que hubiera podido traducirse en una verdadera masacre de estudiantes, profesores, obreros e indígenas panameños.