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D e esta manera podríamos seguir las vicisitudes de las teorías y de áreas enteras de la ciencia teorética y nos

LA MADURACIÓN DE LA CIENCIA

T. D e esta manera podríamos seguir las vicisitudes de las teorías y de áreas enteras de la ciencia teorética y nos

daríamos cuenta con mayor claridad de los períodos de estancamiento, a veces encubiertos bajo montañas de pa­ pel impreso. Pero esto es Zukunftmusik. Y en todo caso sería una descripción puramente «eajanegrista» del crecimiento del saber: necesitamos además una explica­ ción en profundidad que abarque la situación del pro­ blema, los instrumentos conceptuales y empíricos exis­ tentes y los factores extracientíficos — especialmente los sociales y filosóficos— que codeterminan la evolución del conocimiento. Necesitamos, en suma, una explicación in­ terpretativa del crecimiento — y del estancamiento— del saber.

6 . De l e s b o z o a l s i s t e m a a x i o m á t i c o

Toda teoría, tanto si es discreta como si da mucho que hablar, puede hallarse en uno u otro estadio de desa­ rrollo: puede ser embrionaria y desorganizada — en sus comienzos siempre ocurre así— o razonablemente ela­

borada pero aún desorganizada (como la mayoría de teo­ rías al uso), o no desarrollada pero bien organizada (como 105

algunas teorías matemáticas nuevas) o a la vez bien elaborada y bien organizada (como ciertas teorías lógi­ cas y matemáticas). Si una teoría es pobre en número de teoremas efectivamente demostrados (en contraposición con la infinidad potencial de teoremas desconocidos) o en organización lógica, entonces, por muy profunda que sea, es una teoría inmadura.

Éste es el caso de la teoría de la gravedad de Eins- tein. Uno de los inconvenientes de su admirable y pro­ funda teoría es que todavía no ba sido estructurada de manera satisfactoria. A consecuencia de ello, ciertos prin­ cipios heurísticos o constructivos, tales como la cova­ riancia general, se toman a menudo por principios cons­ titutivos o axiomas propiamente dichos; a veces incluso se atribuyen a la teoría enunciados que no puede incluir, tales como la igualdad de la masa inercial y la gravita- donal, igualdad que la teoría no puede establecer por­ que la distinción entre las dos masas no aparece en ella. Por consiguiente, demasiadas discusiones acerca del sig­ nificado físico y del valor de la teoría en comparación con otras teorías rivales resultan perturbadas y desfigu­ radas por posturas filosóficas abruptas como el opera- tivísmo. Afortunadamente las principales ideas de la teo­ ría están presentes y son profundas, de modo que su maduración es cuestión de trabajo duro y de discusión crítica.

Hay pocas teorías factuales que estén a la vez razo­ nablemente desarrolladas y lógicamente organizadas. La mecánica clásica de las partículas y la mecánica del con­ tinuo figuran entre las escasas excepciones, pero incluso en este caso las mejores axiomatizaciones existentes — la debida a McKinsey y Suppes y la debida a N oli— pue­ den aún mejorarse, especialmente en el aspecto semán­ tico. Todas las demás teorías se hallan en peor estado a este respecto. Así pues, por cuanto se refiere a la or­ ganización lógica, la ciencia factual es todavía inmadura en conjunto. La intuición del científico generalmente com­

pensa este defecto: generalmente puede identificar las presuposiciones básicas o esenciales de la teoría aun cuan­ do sea incapaz de determinar explícitamente todos los supuestos que rodean estas hipótesis fundamentales.

Por otra parte, la intuición es mucho menos efec­ tiva para detectar los conceptos esenciales o no defi­ nidos de una teoría factual. Por cada persona como Leví Civita, quien, sin axiomatizar la mecánica newto- niana, se dio cuenta de que la masa y la fuerza son con­ ceptos primitivos independientes entre sí de la teoría, hay miles y miles de físicos que pretenden definir estos conceptos de uno u otro modo (con la ayuda, incluso, de la 2.a ley de N ew ton) simplemente porque confunden las definiciones con las ecuaciones y hasta con las me­ didas, Los conceptos esenciales o primitivos de una teo­ ría no pueden discernirse con claridad y certeza a me­ nos que la teoría esté axiomatizada, ya que esta clase de formalizarión (incompleta) consiste precisamente en tomar un haz de conceptos primitivos específicos y es­ tructurarlos con la ayuda de otros conceptos tomados de la lógica, las matemáticas y, eventualmente, de otras teorías factuales, hasta constituir los presupuestos básicos (axiomas) de la teoría. Y mientras no haya claridad rela­ tiva a los elementos constitutivos (conceptos primarios y axiomas) de una teoría, los debates en torno a los pro­ blemas de los fundamentos serán probablemente con­ fusos y carentes, por ende, de madurez.

La mecánica cuántica ofrece un ejemplo de esta clase de inmadurez. La interpretación antropocéntrica o sub- jetívista de esta teoría habría resultado imposible si ésta hubiera sido adecuadamente axiomatizada, puesto que de esta manera habría resultado manifiesto que ni los instrumentos experimentales ni los observadores desem­ peñan ningún papel en la teoría, dado que los conceptos correspondientes sólo pueden aparecer en ella ya sea como conceptos primitivos o como conceptos derivados, por­ que tanto los instrumentos de medición como los opera­

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dores son macrosistemas eventualmente analizables con la ayuda de la propia mecánica cuántica.

A veces se tiene la impresión de que la axiomatiza- ción de una teoría ha de provocar en ella un anquilosa- míento mortal, desanimando a la crítica y bloqueando así el progreso. Desde un punto de vista puramente lógico, esto es falso: la evaluación de un sector de la investi­ gación científica es tanto más fácil cuanto mejor estruc­ turado está dicho sector; el análisis conceptual, la crítica y la valoración se ven facilitados si hay una indicación clara de cuáles son las suposiciones principales y las con­ secuencias más importantes de una teoría. Por decirlo en pocas palabras, la axiomatización puede promover el progreso del conocimiento aunque difícilmente consti­ tuya por sí misma un ariete renovador. Sin embargo, es cierto desde el punto de vísta psicológico que los sis­ temas axiomáticos producen una seducción reverencial que lleva al dogmatismo. Esto parece haber ocurrido con la axiomatización de la termostática de Caratheodory y con la axiomatización de la primera cuantificadón de von Neumann. Este perjudicial efecto secundario de la re­ construcción lógica proviene de una incomprensión de la naturaleza de la axiomática y puede evitarse adquiriendo más familiaridad con ella. D e esta manera se alcanza a ver que la axiomatización de un cuerpo de ideas factua­ les siempre acaece post faestum y que no es nunca la ' única posible, y que su principal virtud radica en el hecho de que, al poner al desnudo sus fundamentos, fa­ cilita la crítica y las correcciones de la teoría. Apun­ tando a lo esencial, la investigación de los fundamentos contribuye a la maduradón de la ciencia.

7 . El f i l ó s o f o y l a m a d u r a c i ó n d e l a c i e n c i a

La investigación científica puede atravesar diversas fases de maduradón, en las cuales el grado de madurez alcanzada depende de la profundidad y de la estructura-

d ó n lógica de las ideas implicadas en cada una de ellas. Los cálculos y las operaciones empíricas, aunque indis­ pensables, e independientemente de su cantidad y exac­ titud, no afectan a la profundidad y a la solidez de la argumentación y no son, por consiguiente, índices de madurez. Es por esto que en la mayor parte de los tra­ bajos de investigación científica no se plantean las cues­ tiones de la profundidad y de la estructuración lógica. D e ahí que los rasgos característicos de la madurez tien­ dan a ser subestimados. Incluso la investigación en cam­ pos profundos, tales como la física del estado sólido, la biología de la evolución o la teoría del aprendizaje, pue­ de hacerse superficial si cae en la rutina, es decir, sí trata de responder a cuestiones aisladas y rutinarias más que a problemas fundamentales e interrelacionados. Y la claridad lógica y semántica concerniente a los fundamen­ tos no se adquiere saltando de un problema al siguiente, sino empezando por analizar, criticando luego y recons­ truyendo si es preciso un cuerpo entero de ideas surgi­ das de manera espontánea y, por lo general, desordenada. En cualquier caso, la madurez científica es una cuestión de cualidad, no de número: tiene que ver con hipótesis muy elaboradas y bien trabadas que se refieren a las raí­ ces de las cosas, no con grandes montañas de proposi­ ciones aisladas y superficiales, y por consiguiente es de esperar que sea más bien el resultado de un trabajo arte­ sanal que de una producción en masa. En suma, la di­ ferencia que se da entre la ciencia inmadura y la madura es como la que hay entre una esponja y un cerebro.

Suponiendo que elegimos el cerebro y no la esponja, ({qué debemos esperar del filósofo respecto a la madura­ ción de la ciencia? Si se exceptúa la generalizada indi­ ferencia por la ciencia, el filósofo puede adoptar dos ac­ titudes: o bien puede oponerse al proceso de maduración o puede promoverlo; adoptará la una o la otra según la madurez de su propia filosofía. Hasta hoy los filósofos que han reflexionado sobre la ciencia no han desempeña­

do ningún papel significativo en su maduración. En el mejor de los casos han visto con simpatía los progresos en la ordenación lógica, pero en los tiempos recientes la mayoría de ellos han mostrado desconfianza por la profundidad. Sin embargo, el filósofo puede aportar más y no limitarse a aplaudir el mejoramiento en eficacia argumentadora y en claridad semántica: puede contri­ buir él mismo a este aspecto de la maduración con tal que domine tanto la materia como el instrumental para la reconstrucción lógica. Dado que la mayor parte de las teorías científicas se hallan por ahora en una forma na­ tural y no axiomática, el filósofo tiene en esto un an> plio campo de actividad que demostraría ser más pro­ vechoso que dar voces contra los colegas.

Las cosas son menos brillantes en el otro aspecto de la madurez, a saber, en la profundidad. Los filósofos de tendencia empirista siempre han desconfiado de la pro­ fundidad porque con excesiva frecuencia se ha tomado por profundidad lo que no era sino oscuridad y especu­ lación desenfrenada. Estos filósofos han reaccionado con­ tra el oscurantismo recomendando las mayores super­ ficialidad y simplicidad conceptuales, y en ocasiones, re­ nunciando por completo a teorizar. H an sido incapaces de darse cuenta de que la genuina profundidad se hacía por primera vez alcanzable en la teoría científica moder­ na. D e este modo, se han colocado al lado de los ene­ migos de la ciencia, y lo han hecho, paradójicamente, en un esfuerzo ingenuo por evitar el anticientificismo. Y cuando se han visto en presencia de teorías profun­ das coronadas por el éxito, han tratado de explicarlas como meros puentes entre observaciones supuestamente ateóricas o como instrumentos no representadonales para el cálculo de posibles observaciones.

Para un típico intento de esta índole se usa el lla­ mado teorema de Craig, que es de hecho una técnica inviable de destrucción de teoría. A grandes rasgos, esta técnica prescribe lo siguiente: primero inferir y reunir

todos los teoremas de nivel más bajo de una teoría fac­ tual T, teoremas de los que se supone que contienen sólo conceptos observacionales, y por últim o tomar su con­ junción como base axiomática de una teoría T* filosófi­ camente expurgada. Este conjunto amorfo, supuesta­ mente desprovisto de todo término teorético o ‘auxi­ liar1, es considerado superior a T precisamente por esta razón. Pero una tal técnica no funciona. En primer lu­ gar, tiene que haber una teoría propiamente dicha antes de que pueda ser demolida. En segundo lugar, es impo­ sible inferir todos los teoremas, que son infinitos en nú­ mero: se puede hablar de ellos antes de inferirlos, pero no se los puede manipular de verdad. En tercer lugar — y esto es muy importante— , la técnica reposa en el su­ puesto de que, llevando la deducción lo bastante lejos, se puede llegar a prescindir de los conceptos no obser- vacionales, es decir, de las construcciones. Pero esto sería magia pura: la deducción no puede eliminar concep­ tos esenciales; y los conceptos observacionales no pue­ den ser introducidos válidamente en la teoría sino me­ diante definiciones formuladas en base a los conceptos primitivos. Dicho brevemente, la ‘teoría1 expurgada T* no existe, de modo que la teoría genuina T no puede ser reducida a ella. A sí, integrando las ecuaciones de m ovi­ miento de una teoría dinámica no se eliminan los corre­ latos de estos enunciados, concretamente modelos idea­ les tales como la partícula puntual. N o hay recetas para desteorizar un sistema hipotético-deductivo, salvo la de ignorarlo en su totalidad y quedarse al margen del pro­ greso del conocimiento.

La ciencia teorética ha dedicado escasa atención a la guerra contra la profundidad alimentada por los empi- ristas radicales y los convencionalistas, aun cuando algu­

nos de los mejores teóricos han sido suficientemente incoherentes como para abrazar una filosofía antiteoré­ tica. El filósofo debe, pues, hacer la elección siguiente: o bien imita a los escolásticos que se burlaron de Gali-

leí, aferrándose a sus prejuicios y negándose a ver el progreso en profundidad; o bien aprende de la moderna ciencia teorética y modifica consiguientemente su filoso­ fía, ayudando eventualmente al científico a librarse del peso muerto filosófico heredado de una época anterior al nacimiento de la ciencia teorética moderna.

Si se opta por la maduración de la ciencia como úl­ tima meta de la investigación, no deben importar de­ masiado las bajas filosóficas, sobre todo sí se tiene en cuenta que las cargas de profundidad empleadas por los filósofos fueron fabricadas para combatir a un enemigo que ya no existe, a saber, la escolástica medieval. Si se elige la vía no dogmática y se adopta una actitud cons­ tructiva en lugar de destructiva, habrá que edificar nue­ vas filosofías en lugar de la nueva escolástica dedicada al culto de los datos y al culto de la simplicidad.1 Esto presenta un segundo reto al filósofo: la construcción de teorías filosóficas maduras para afrontar la maduración de la ciencia. Tales teorías deberían no sólo mantener el ritmo del proceso de maduración de la ciencia, sino también estimularlo: de esta manera la filosofía ayudaría a entender el progreso científico y a mantener el con­ trol sobre la explosión informativa. En ambos campos, el de la ciencia y el de la filosofía, la consigna sigue sien­ do: A los fundamentos.1 2

1. En el texto original en inglés, el autor añade entre paréntesis los términos dat&ism y dadaism para ilustrar de un modo irónico el culto de los datos y el culto de la simplicidad respectivamente. (N del T.)

2. Para un examen más detallado del enfoque de caja negra por oposición al representación al, véase el artículo del autor titulado «A gene­ ral black box theory», Philosophy of Science, 30 (1963), p. 343, y «Phe- nomenologícal theories» en The Critical Approach to Science and Philo­ sophy, ed. por M. Bunge en homenaje a K. Popper, (Nueva York, The Free Press, Londres, Macmillan, 1964). Para un examen de los con­ ceptos de nivel y simplicidad, véase The M yth of Simplicity (Engle- wood Cliffs, N. J., Prentice-Hall, 1963). Para un examen de la semán­ tica de las teorías físicas, véase Metascientifics Queries [Investigaciones metacientíficas], Springfield, III. (Charles C. Thomas), 1959, y «Physics

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