CAPÍTULO III: EL CASO DE PALESTINA
3.1. EL MARTIRIO O SUICIDIO RELIGIOSO
Desde los años 90, la prensa pasó a dar mayor relevancia al fenómeno de la “shahada”, es decir el martirio o suicidio religioso. En relaciones internacionales, observamos que se trata de una táctica moderna por la cual los grupos insurgentes buscan lograr mayor poder y relevancia en el sistema internacional.
Los suicidios religiosos son frecuentemente ligados a lo que denominamos fundamentalismo. El término es utilizado erróneamente, ya que lo que querían los fundamentalistas tradicionales era retornar al conservadorismo fundador de su religión. Los fundamentalistas de hoy, al contrario, cada vez más se utilizan de técnicas y de tecnologías avanzadas para lograr impacto social. El uso de esas técnicas es explicado a través de las tentativas de destruir cada vez más el enemigo y tornar posible la divulgación de eses actos.
Considerado un acto terrorista, el suicidio religioso busca estampar las capas de los periódicos y tornarse asunto de todos los medios de difusión para así llegar a la opinión pública. Movilizar la sociedad internacional es el objetivo principal de los terroristas, que precisan divulgar su lucha de alguna forma. Lastimosamente, el medio que encontraron para atingir sus objetivos sigue poniendo en risco la vida de millares de civiles. El martirio obliga, intencionalmente, la sociedad internacional, a través de los medios de difusión, a ser testigo de la muerte de personas inocentes.
El suicidio religioso hace parte del grupo de técnicas terroristas que disipan el miedo. Sus características principales incluyen su naturaleza pública, es decir es necesaria la presencia de espectadores. Por consiguiente, el gran diferencial del martirio, cuando comparado a otras técnicas de guerra, es la búsqueda de la dimensión publicitaria, sin la cual no existe el terrorismo. Además, se trata de una comunicación violenta, es decir se trata de un mensaje que busca chocar y amedrentar sus receptores. Sus acciones no necesitan de una infraestructura muy sofisticada, lo que
no significa que se trata de una acción poco planeada. En realidad es milimétricamente organizada, se tratando de actos intencionales y sistemáticos.
De esta manera, frente a tantas amenazas, el mundo tiene una visión muy crítica de los actos terroristas. Una visión totalmente distinta de la visión del suicida y de la sociedad que incentiva el acto. Aquellos que sacrifican sus vidas en nombre de principios religiosos o políticos buscan la muerte de millares de otras personas, los considerados enemigos. Por esa razón, los ataques suicidas son cada vez más practicados en locales públicos, donde la concentración de personas es mayor, como por ejemplo en los cafés, restaurantes, shoppings, paradas de ómnibus y discotecas. Por consiguiente, las victimas de los atentados son civiles, personas comunes que no tienen ninguna posibilidad de defensa.
Debemos señalar que una persona que se suicida ya perdió las esperanzas en el futuro. El objetivo no está en herir alguien en específico, ya que en la mayor parte de los casos, los suicidas no conocen sus victimas. Un mártir busca salir de ese mundo y de esa vida que no poseen ningún sentido. Quizás, piensan ellos, el suicidio planeado se torne materia publicitaria y pase a despertar, en otras personas y en sus respectivos Estados, una motivación para buscar una solución al problema de sus familias y amigos.
La guerra se tornó el único medio por lo cual algunos islámicos acreditan ser posible construir su nación. La explicación está en la idea de que la nacionalidad no se establece apenas de acuerdo con la definición de un territorio, en realidad, la nacionalidad depende de la unión del grupo social que habita aquella región. De esta manera, aquellos que no comparten la misma fe no pueden constituir una misma sociedad y para garantizar la identidad islámica sería necesario expulsar del territorio todos aquellos que no siguen los mismos valores.
Para eses grupos, el sacrificio se torno la única manera de buscar la realización de un proyecto antiguo, que era de sus antepasados y ahora pasa a ser su razón para luchar. Aquí cabe recordar que los movimientos llamados fundamentalistas no pueden ser considerados tradicionales, ya que se utilizan de técnicas modernas para alcanzar sus objetivos. Por esa razón, muchos definen eses movimientos como revolucionarios, ya que su idea de reafirmación de la identidad islámica en realidad busca reconstruir una identidad de acuerdo con el escenario actual.
Algunos autores creen que hoy observamos la construcción de una nueva identidad islámica. Para Castells, la identidad islámica contemporánea es una reacción al proyecto de modernidad inalcanzable por ser incompatible con los valores predicados por ellos. Según el autor, aún
contribuyen para esa nueva identidad los efectos negativos de la globalización y el fracaso del proyecto racionalista pos colonial. (Castells: 1999 apud Grau: 2007)
El sacrificio para desestabilizar el poder del otro pasó a ser deseado por muchos que buscan la glorificación y el rol de héroe en sus sociedades. Los niños se ofrecen como voluntarios para conquistar el honor de ser un mártir, lo que se torna un plato lleno para las milicias palestinas, como Hamas, Jihad Islámica y Brigada de los Mártires – grupo armado del partido político Fatah.
Frente a una sociedad que no cumple con sus funciones sociales, la exclusión se torna regla y no excepción, creando cada vez más insatisfacción en los niños. Cuando los menores palestinos se deparan excluidos de la sociedad, se sienten como meros coadyuvantes en el teatro de la vida. Dejan de encontrar sentido en sus vidas y pasan a tener una existencia meramente corporal. De esta manera, muchos niños perciben que les restó apenas el cuerpo físico y pasan a buscar una alternativa en la cual aún puedan ser útiles. Cuando los menores perciben que el cuerpo puede se tornar un arma de guerra, muchos recurren al martirio con esperanzas de encontrar el prestigio y la dignidad en la muerte, ya que no la encontraron en vida.
La identidad de un niño mártir es resultado de una construcción social. Es una junción de valores y creencias que resultan en un deseo social que pasa del grupo para el individuo y resulta en una identidad del “yo” que no puede convivir con el “otro”. Así se despuntan los trazos de la intolerancia. En el caso palestino, los menores están cada vez más aislados del mundo y se sienten detenidos en sus propios hogares. La intolerancia es incitada desde que son muy niños y el enemigo es culpabilizado por toda la situación sombría que impregna los palestinos. El resultado no podría ser muy distinto: niños que creen que su muerte es la única contribución que pueden dar a sus sociedades.