En Pragmatismo James aplicó la máxima a la pugna entre ma terialistas y espiritualistas, a las diferencias entre monistas y
pluralistas, y al dilema sobre el libre albedrío. ¿Está el mun do gobernallo por las leyes de la física o por los designios de
Dios? ¿Forma una unidad o es una
multiplicidad? ¿Estamos finalmente Paradójicamente, James condicionados o somos libres? Es- acrecienta el poder de la tas preguntas no eran nuevas para filosofía justamente porque James, pero la manera de afrontar- logra reconocer SUS límites,
las en la tercera conferencia de Prag- Horace M. Kalien
mutismo fue algo distinta. El mate
rialismo sostiene que la causa última de todo son las leyes de la naturaleza, mientras que el esplritualismo dice que la causa última son principios superiores. La materia es algo basto, burdo y bajo para el lado espiritual. El espíritu, en cambio, es noble y puro y hace del universo algo digno y valorable. Sin embargo, el materialista podría salir al paso del espiri tualista como hizo Herbert Spencer, con una réplica igual de abstracta, describiendo las fuerzas de la naturaleza como algo infinitamente más sutil y sofisticado que el propio Espíritu, pero igual de misterioso e insondable. La totalidad del mun do, incluyendo sus formas más bellas y sublimes, podría ser resultado de la materia concebida de forma abstracta, de tal forma que no habría tanta diferencia entre decir que el prin cipio productor del universo ha sido material o inmaterial, natural o divino.
Lo llamativo de este debate es que, en lo que respecta al pa sado del mundo, no habría tanta diferencia entre las dos pos turas: todo habría pasado igual según una explicación o la otra. Sea cual sea la naturaleza última de todo, espiritual o material, el mundo ha llegado a ser lo que es de igual forma. Por lo tan to, si las posiciones son realmente diferentes y la disputa no es meramente verbal, debe ser porque marcan alguna diferencia en los hechos futuros. Dios, por ejemplo, no puede significar simplemente un artífice del mundo. Si creer en él marca alguna
diferencia, debe ser porque es algo más que una fuerza creado ra capaz de dar forma al mundo, pues a ese respecto la materia es funcionalmente tan divina como Dios e indistinguible de él. La cuestión, entonces, es: ¿inspira la visión materialista la mis ma forma de tomarse la vida que la explicación teísta?
James afirmó que no. Spencer no solo afirmó que la ma teria tiende a un estado de relativa integración; también ase guró que ese proceso de integración está acompañado por una tendencia a la dispersión. El mismísimo Sol algún día se apagará, y la Tierra se volverá inerte, y toda la vida que moró en ella desaparecerá. Puede que, en el futuro de los tiempos, surjan cíclicamente otros procesos alternativos de vida, pero en principio la predicción de Spencer no era precisamente alentadora. Aunque identificó las leyes de la evolución con la marcha del Progreso, no parece que su materialismo alentara el optimismo. Por maravillosos que puedan llegar a ser los productos de la materia, terminarán por desaparecer. En con secuencia, lo malo del materialismo, desde un punto de vista práctico, es el desconsuelo que inspira. ¿Para qué esforzar se si todo está destinado a parar? ¿Para qué albergar ideales eternos y esperanzas infinitas? Quizás el teísmo sea atractivo justamente por eso: la idea de Dios es la idea de un garante de ideales permanentes. El mundo puede consumirse o con gelarse, pero aún así existe un orden moral. «La fe espiritua lista [...] atañe a un mundo de promesa, mientras que el sol del materialista se pone sobre un mar de desesperación.» La función esperanzadora del espiritualismo, pues, explica parte de su atractivo frente a un materialismo donde el mundo está movido hacia un desenlace tétrico por fuerzas ciegas.
Por supuesto aquí no acaba el debate. ¿Es suficiente la idea de Dios como garante de las demandas morales para justifi car la creencia en él? La teología no parecía contentarse con eso y equivocadamente — dijo James— intentaba justificar la
existencia de I )ios describiendo sus designios como equiva lentes a los resultados de la selección natural. La existencia de Dios — dijeron los opositores de Darwin— está probada por el propio modo en que los hechos naturales encajan los unos con otros de una forma determinada. El argumento era simple: «dado que mis zapatos calzan perfectamente con mis pies — dijeron— es imposible que los haya fabricado un me canismo natural». O sea, los zapatos fueron resultado de un mecanismo natural diseñado por Dios para adaptar los za patos a los pies. O con otro ejemplo: el pico del pájaro car pintero le permite llegar hasta los gusanos que se esconden en las cortezas de una forma tan perfecta que esa adaptación solo puede ser resultado de una inteligencia superior. Muy bien, pero si todo el mecanismo de adaptación responde a un plan — se preguntaba James— no parece que ese plan sea obra de un ser muy bondadoso, pues desde el punto de vista del pobre gusano que se oculta en la corteza, «la admirable adaptación del pájaro carpintero para extraerlo supone, más bien, la existencia de un diseñador diabólico». Peto ¿es eso lo que significa Dios para quienes sienten la necesidad de creer en él? Si la creencia en Dios tiene algún valor — dirá James— , entonces no puede concebirse simplemente como el artífice supremo del sofisticado mecanismo de adaptación natural.