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De la mentira compleja Así, cuando se trata de hacer el inventario de la mentira, no se puede mantener un equilibrio riguroso

entre mentira «de derecha» y mentira «de izquierda». No sería materialmente posible, porque hay mucho más amplia provisión de mercancía de una que de otra. La imparcialidad aritmética se convertiría, si en ello nos empeñáramos, en parcialidad moral, porque en el mundo contemporáneo la mentira de izquierda se presenta, por necesidad, en cantidad mucho mayor que la mentira de derecha. La misma palabra de izquierda es una mentira. Al principio designaba a los defensores de la libertad, del derecho, de la felicidad y de la paz. Hoy es ostentada por la mayoría de regímenes despóticos, represivos e imperialistas, en los cuales todos los que no pertenecen a la clase dirigente viven en la pobreza e incluso en la miseria. A despecho de esta situación, se conserva por costumbre la idea de que la izquierda, en vez de ser esta colección de mastodontes totalitarios que atestan el planeta, es una frágil, débil y minúscula llama de justicia, resistiendo ante el apagavelas de una derecha gigantesca, omnipresente y omnipotente. De modo que las mentiras de derecha son mucho más denunciadas que las mentiras de izquierda, porque pasan por constituir el único peligro verdadero y el único engaño escandaloso. Continuemos denunciando con toda la severidad que se merecen, mientras convivan con nosotros, el apartheid y el general Pinochet, pero no pretendamos que son temas de los que no se oye hablar y que se benefician de un silencio cómplice o de una indulgencia culpable por parte de los informadores. El telespectador medio es puesto al corriente, no una vez, sino doce veces al día de las fechorías sudafricanas o chilenas. Pero sólo es informado, muy rápidamente, del hecho de que Afganistán contaba con catorce millones de habitantes en 1979 y sólo siete u ocho millones en 1988. No se recordará jamás bastante el horror del holocausto que perpetraron los nazis, pero no podría decirse que se le ignora o se le excusa, aparte del puñado de perversos que la izquierda, en vez de ridiculizarlos, hace resaltar. ¿Cuántas personas, en cambio, conocen y, sobre todo, se oyen repetir cotidianamente el genocidio ucraniano de principios de los años treinta, en el que perecieron, también, de cinco a seis millones de personas? Se detallan las atrocidades pasadas de las potencias coloniales, muy justamente, pero mucho más a menudo que las atrocidades presentes de los regímenes «progresistas» surgidos de la descolonización. El planeta entero ha sido informado de las matanzas de aldeanos por los norteamericanos durante la guerra de Vietnam (aunque sólo sea porque sus autores han sido, afortunadamente, condenados por tribunales militares norteamericanos). Pero, ¿cuántas televisiones y periódicos han informado, con la misma insistencia que apenas Vietnam convertido en su totalidad en comunista, en 1975, 60 000 personas fueron fusiladas, en los tres meses que siguieron a la conquista del Sur por los ejércitos de Hanoi, más otros 20 000 un poco más tarde, y que 300 000 perecieron en el transcurso de los años siguientes a causa de los malos tratos sufridos en los campos de concentración? Conozco a periodistas occidentales, incluso fotógrafos, que se pasearon por Vietnam en 1975 y 1976 y que no vieron nada más —¡las buenas gentes!— que un «pueblo feliz». De los campos de reeducación, nada, por supuesto. En la televisión francesa el equipo que tuvo durante años la exclusiva del reportaje sobre Indochina, después de la anexión del Sur por el Norte y la invasión de Camboya por Vietnam, estaba dirigido por un fiel amigo de Hanoi: Roger Pie. Ciertamente, esta exclusiva se debía, en parte, al

hecho de que los países comunistas no admiten más que los equipos decididos, anticipadamente, a servir a su propaganda. Pero ésa no era la única razón. Las preferencias ideológicas o la incompetencia resignada de las redacciones parisienses explican, igualmente, la preponderancia en los noticiarios de todas las cadenas de reportajes groseramente falsificados y tendenciosos, que, por otra parte, la prensa escrita de la izquierda no ha criticado jamás. Sin embargo, hubiera debido hacerlo, si hubiese aplicado realmente su pretendido nuevo modelo de equidad ante toda falta de honradez, viniera de donde viniese. La evocación de los crímenes de la izquierda no es posible, de manera continuada, más que en unas cuantas revistas especializadas, en algunos coloquios confidenciales, cuyos participantes se ven inmediatamente encasillados en la ultraderecha. No puedo evitarlo: la falsificación o la insuficiencia de la información benefician más a la izquierda que a la derecha, y tienen más éxito cuando vienen de la izquierda que cuando proceden de la derecha. En la comunicación se encuentran, por consiguiente, muchos más ejemplos de mentiras en la izquierda que en la derecha. Se encuentran en la izquierda, no digo necesariamente y siempre, más crímenes, sino más crímenes escondidos, o atenuados, y que gozan de una protección contra la información. Cuando digo «de izquierda», observad bien que no creo en absoluto que los autores de esos crímenes y de esas mentiras sean de izquierda. Me limito a llamarlos como se llaman ellos mismos. Estimo, por mi parte, que usurpan ese calificativo de «izquierda» y que son unos impostores. He aquí por qué he escrito más arriba que la mentira de la izquierda resulta ser «por necesidad» más abundante que la de la derecha. Cuando se viola continua y masivamente, en la práctica, la moral que se presume de profesar en la teoría, se está forzado a acumular versiones engañosas de los hechos, mucho más que cuando se es, simplemente, cínico. La mentira se convierte entonces en el chaleco salvavidas permanente; la verdad, en el peligro principal, y los que la revelan, en los adversarios más peligrosos y más odiados.

Me he visto obligado a proponer, en los capítulos precedentes, algunos ejemplos, para desenmascarar la astucia de la paridad de la mentira entre la derecha y la izquierda. Sin embargo, por parte de un hombre de izquierdas admitir esa paridad constituye ya una concesión destinada a demostrar su buena fe, más que a expresar lo profundo de su pensamiento. Pero justamente es en esta misma fingida simetría donde está la estratagema más engañosa. En efecto, lo he dicho ya, la democracia, en el curso de la primera mitad del siglo XX, ha vencido y aniquilado a los más grandes totalitarismos de derechas. Y el

verdadero hilo conductor de la historia, en la segunda mitad del siglo XX, es la sucesión y el éxito de los

medios por los cuales el combate pretendido por la izquierda ha servido de punta de lanza para la promoción de las tiranías, aunque pasando por un combate de la izquierda. La ideología de derechas salió desacreditada de la guerra, y la ideología de izquierdas, al contrario, envuelta en una inmunidad que la hacía casi invulnerable, fueran cuales fuesen sus fracasos y sus crímenes. La derecha arcaica, la que afirmaba orgullosamente el derecho de una élite a gobernar autoritariamente y en su único provecho el conjunto de una sociedad, se ha reencarnado en las clases dirigentes de los países socialistas. Los dictadores fascistoides, militares o civiles, de tipo latinoamericano, coreano, griego o filipino, no han faltado ciertamente; pero no podría decirse que han gozado del menor prestigio en la opinión ni del menor tratamiento de favor por parte de los medios de comunicación. Políticamente, han sido puestos en cuarentena mucho más que los totalitarismos socialistas. En cuanto a la derecha llamada «clásica» de las democracias, en cuanto a los «conservadores», quiero decir que esa derecha temible que no ejercía el poder más que cuando los electores se lo concedían, en todas partes ha materializado y tomado a cuenta

suya programas socialdemócratas. Hablar de una vuelta de la ideología de derechas con motivo del retorno del liberalismo económico acaecido hacia 1980, es usar un puro eslogan polémico. El neoliberalismo no procede de una batalla ideológica ni de un complot preconcebido, sino de una banal e involuntaria comprobación de los hechos: el fracaso de las economías de mandato, la nocividad patente del exceso de dirigismo y los callejones sin salida, reconocidos, del Estado-providencia.

Si la falsificación de la información está, sobre todo, en la izquierda, en nuestro tiempo, es que la visión del mundo, propia de la izquierda, no puede perpetuarse, si no es en la penumbra. Para los hombres a los que esa visión del mundo hace vivir, moral o políticamente, material o intelectualmente, aceptar la luz, es decir, la comprobación y el análisis de los hechos, equivaldría a desaparecer, a obturar la fuente misma de sus creencias y de su influencia. De este modo se asiste, en la historia política, periodística y literaria de la izquierda, al retorno periódico de una indefendible pero inevitable inconsecuencia. ¿En qué consiste? Frecuentemente, los hechos obligan a los socialistas (a los «liberales» norteamericanos) al culto verbal de la virtud democrática y de los valores constitutivos de las sociedades abiertas, a la tolerancia, al respeto al adversario, al pluralismo. Abjuran, de una vez por todas —dicen— de la unión contra natura de la izquierda con el totalitarismo. Han comprendido, lo aseveran, la necesidad de separar para siempre una izquierda auténtica de las prácticas del estalinismo, que tanto han perjudicado su reputación. Los mismos comunistas a veces se aplican a la tarea de rehacer un partido comunista sin comunismo, expurgado como por arte de magia de los vicios sin los cuales no habría sido ni siquiera fundado. Esos cátaros efímeros se funden bastante de prisa, lo más a menudo, en la izquierda no comunista, cuyo solemne juramento de repudiar toda barbarie totalitaria vuelve a las portadas de manera cíclica. Ese juramento le sirve de siempre nueva ley fundamental e irrefragable. El asunto está claro, según parece: para esta izquierda renovada, no más mentiras piadosas al servicio de su ideología, ni mentiras oficiosas al servicio de su partido, ni mentiras viciosas para perjudicar a sus enemigos. Verdad, probidad, dignidad, elevan, a partir de ahora, sus infranqueables barreras entre la izquierda regenerada y la tentación sectaria, el culto de lo falso.

Cabe distinguir aquí la evolución de los partidos políticos y la persistencia de una ideología, fenómeno cultural más que propiamente político. Por ejemplo en España, el partido comunista prácticamente ha desaparecido (salvo en el terreno sindical) y el partido socialista, que ha rechazado oficialmente el marxismo, practica una economía liberal. Pero una gran parte de los intelectuales y de la prensa, sobre todo el influyente diario El País, y la televisión continúan transmitiendo una ideología antiliberal digna de los años sesenta: anticapitalismo, tercermundismo, antiamericanismo, procastrismo. Hasta 1985 rechazaban obstinadamente como reaccionarias las denuncias del fracaso del sistema comunista que, gracias al glasnost, iba a revelarse más apocalíptico aún que todo lo que habían descrito los anticomunistas más acérrimos (contando, naturalmente, a Gorbachov entre ellos). La izquierda cultural está en todas partes retrasada con respecto a la izquierda política.

Esto es todavía más evidente en Italia, donde el PCI ha proseguido su evolución ya antigua hacia la aceptación de la economía de mercado y de la democracia a la occidental. Es el ejemplo mismo de un «partido comunista sin comunismo», según la expresión antes empleada, del mismo modo que el partido socialista español es un «partido socialista sin socialismo». Con ocasión de la fiesta de L'Unità, a principios de septiembre de 1988 en Florencia, el órgano nacional del partido comunista publicaba un amplio estudio de uno de sus principales dirigentes, Achille Ochetto. El autor explicaba que había

llegado el momento de que los comunistas aceptaran el capitalismo liberal. ¡Proponía además, para marcar este cambio con un gesto simbólico y espectacular, abandonar el emblema de la hoz y del martillo! Mucho mejor: la misma Unità del 11 de septiembre del mismo año censuraba… ¡los perjuicios de la intervención del Estado en la economía! Otra característica italiana: desde que Bettino Craxi toma las riendas del partido socialista italiano (PSI), éste se ha convertido en el más anticomunista de la Internacional Socialista y, en cualquier caso, mucho más que la democracia cristiana lo es en la misma Italia. Allí, el partido comunista sigue siendo muy fuerte, el más fuerte de Europa. Con todo, ha perdido más de diez puntos en diez años, siendo casi alcanzado en 1989 por el PSI de Bettino Craxi. Sobre todo el PCI está, sin la menor ambigüedad, al margen de la mayoría parlamentaria, hallándose separado de ella, desde un punto de vista nacional, por un hermético telón de acero. Incluso se ha presenciado este sabroso espectáculo con ocasión de la tradicional Fiesta de la amistad de la Democracia cristiana, a principios de septiembre de 1988 en Verona: los socialistas acusaban con vehemencia a los demócrata- cristianos de sus ocasionales «alianzas impuras» con los comunistas en algunos ayuntamientos, condenados con el nombre de «consejos anormales» (giunte anormale).

Pero también en Italia el conocimiento, la cultura, la prensa, los medios de comunicación y lo que yo denominaría la vida vegetativa del pensamiento, el metabolismo ideológico de base, persisten en el conformismo de izquierda. Éste es el caso concreto de dos periódicos que, solos, acaparan más de la mitad de la difusión total de las publicaciones nacionales: el antiguo Corriere della Sera (al menos, éste fue el caso bajo los mandatos de Piero Ottone y de Alberto Cavallari) y el moderno Repubblica, el mayor éxito comercial de la prensa italiana desde 1970. Estas publicaciones dan a menudo la impresión de continuar la guerra fría, si no se olvida que ésta fue tanto el antiamericanismo sistemático de los marxistas como el antisovietismo de los liberales.

Con todo, también en Italia la alta intelligentzia —por oposición al bajo clero de la cultura y de los medios de comunicación— se ha alejado de la tentación totalitaria y ha llevado a cabo su mutación ideológica. Pondría como ejemplo de ello esta declaración de Renzo di Felice, el gran historiador del fascismo y él mismo socialista, al hablar del hitlerismo y del comunismo: «La verdad, en conclusión, es que se trata de fenómenos idénticos. El totalitarismo caracteriza y define el nazismo como el estalinismo, sin que exista ninguna diferencia real. Quizá me he expresado como un extremista; acaso lo he dicho con brutalidad, pero considero que ha llegado el momento de ceñirnos a los hechos y de romper los mitos falsos e inútiles».[36]

En principio, la izquierda no comunista ya no apoya a los regímenes totalitarios en nombre de los intereses de un socialismo futuro o de un deber abstracto de solidaridad hacia toda la izquierda; ya no cierra los ojos ante las violaciones de los derechos del hombre cometidas en esos regímenes; ha tomado nota y ha sacado —dice— las conclusiones definitivas del fracaso perpetuo de las economías colectivistas. En la práctica —y en la propaganda— es todo muy diferente. Cuando se considera el decenio de los años ochenta, se comprueba en ellos la misma complacencia de la izquierda por los regímenes marxista-leninistas neonatos que por sus precedentes. Del mismo modo que no lo hizo con éstos, tampoco exige a los más recientes la legitimidad democrática, el éxito económico, el respeto a los derechos del hombre, ni siquiera a la simple vida humana. Para proteger a esos regímenes y justificarlos, la izquierda ha utilizado, como antaño para la Unión Soviética y la China, la negación de los hechos, la alteración voluntaria de la información, el rechazo a responder, sobre el fondo, a los argumentos y, en

consecuencia, ante los recalcitrantes, el ataque personal, calumnioso y difamador.

Por ejemplo, según la izquierda, el equipo comunista que se irrogó el monopolio del poder en Angola, desde finales de 1975, y que reside en la capital, Luanda, constituye el gobierno legítimo de Angola. Sus adversarios, los guerrilleros mandados por Jonás Savimbi, no pueden ser más que esbirros de Sudáfrica y de la CIA. Cuando sucede que, en los años ochenta, Savimbi viaja a Europa, los dirigentes, y, ante todo, por supuesto, los dirigentes socialistas seguidos por muchos dirigentes liberales que temen hacerse tratar de fascistas, se abstienen de recibirle, excepto a escondidas. ¿Según qué criterios? Después de la caída del régimen salazarista, el nuevo gobierno portugués, decidido a dar, por fin, la independencia a Angola, reunió en Alvor, en el Algarve, en enero de 1975, a los jefes de las tres organizaciones que habían conducido la lucha anticolonial desde hacía quince años: el FNLA (Frente Nacional de Liberación de Angola) de Roberto Holden, el UNITA (Unión Nacional por la Independencia Total de Angola), de Jonás Savimbi, y el MPLA (Movimiento Popular por la Liberación de Angola) de Agostinho Neto. Esta última organización era muy abiertamente comunista y prosoviética. Neto y sus adjuntos habían efectuado numerosos cursillos de formación en Moscú. Declaraban querer hacer de Angola la «Cuba de África». Su influencia parecía limitada a la capital. Era, sin duda, inferior a la de UNITA en el conjunto del país, pero la mejor manera de saberlo era hacer votar a los angoleños. Esto fue previsto por los acuerdos de Alvor, de los cuales surgía lógicamente la independencia con la condición y la promesa de que los tres partidos procederían a celebrar unas elecciones, bajo el control de observadores portugueses, no más tarde de noviembre de 1975.

Las elecciones no tuvieron lugar jamás (como tampoco hubo más elecciones libres en Polonia después de 1945). Desde febrero de 1975 unos «consejeros» cubanos llegaron a Luanda, seguidos, en primavera, por tropas cubanas aerotransportadas, que no podían serlo más que con el concurso de la aviación soviética, pues Cuba no disponía de la logística necesaria para tal operación, y a semejante distancia. La confiscación del poder por los comunistas en Luanda fue, además, ampliamente facilitada por la preferencia de los dirigentes, entonces en el poder en Lisboa, por el MPLA. En efecto, el Movimiento de las Fuerzas Armadas, donde se concentraba la autoridad en Portugal, estaba dominado por los comunistas. El primer ministro, el general Vasco Gonçalves, y otros ministros, como el almirante Rosa Coutinho, eran, desde hacía tiempo, abierta o secretamente, miembros del partido comunista, o, como Melo Antunes, simpatizantes de la Unión Soviética. Se arreglaron para hacer llegar armas al MPLA durante el período llamado «transitorio», que no preparó, por otra parte, ninguna transición a nada en absoluto, sino hacia la dictadura, el hambre y la sangre. A fin de cuentas, el 11 de noviembre de 1975, con la ayuda de Fidel Castro y de un gobierno portugués cómplice, Neto, violando los acuerdos de Alvor, proclamaba de manera unilateral, y a beneficio único de los comunistas, la República Popular de Angola, y aplazaba las elecciones hasta una fecha indeterminada, sin duda posterior, en su espíritu, a la eclosión de la revolución mundial. Mentor competente, Fidel Castro ha sido, sin duda, un buen consejero, puesto que él usó la misma estratagema en Cuba en 1959. Anteriormente, el 22 de octubre de 1975, es cierto que una columna sudafricana había penetrado en territorio angoleño, con la vana y tardía esperanza de impedir el dominio soviético en Angola. Esta ridícula tentativa recibía el apoyo oficioso del secretario de Estado estadounidense, Henry Kissinger, entonces incapaz de toda acción, puesto que no era posible que una ayuda norteamericana de cualquier género a Savimbi fuera autorizada en aquellos tiempos, ni en los tiempos ulteriores tampoco, por un