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Miranda de Ebro: refugiados de paso

Los que ganaban el territorio español eran conducidos al campo de concentración de Miranda del Ebro que, erróneamente, era ubicado por el Agregado Naval y Militar de la

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Visita agli internati di Miranda de Ebro, 14-VII-1945, en ASD-US,b.86

TP 12 PT Ibídem TP 13 PT Ibídem TP 14 PT Ibídem.

Los campos de concentración durante la guerra civil y el franquismo

105 embajada italiana en Vitoria, en lugar de en Burgos. En opinión del mismo, el trato que recibían los refugiados italianos había mejorado ostensiblemente desde que se había disipado la influencia alemanaTPF

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FPT. Como había recogido el Viceconsulado de Bilbao,

mientras las autoridades españolas y el pueblo de Miranda habían acogido la noticia del fin de la guerra con “una freddezza veramente glaciale”, sin la menor manifestación de alegría, los gritos de júbilo de los internados se habían sentido hasta en el mismo pueblo pasada la medianoche. Los moradores del campo sabían que algo había cambiado y, envalentonados, habían recibido al cónsul alemán con silbidos y, en el caso de los alemanes disidentes y, por ende, alojados en el sector “aliado”, con el brazo en alto y al grito irónico de “heil Hitler”.TPF

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A principios de 1944, los guardias encargados de la vigilancia de la frontera se aplicaban en su cometido con un rigor que hacía pensar en órdenes explicitas relativas a quienes pasasen armados o pudieran guardar relaciones con los “maquis” (circunstancia esta última en la que se hallaban dos de los internados en julio de 1945,Giuseppe Catalano y Domenico Januzzielo, cuando fueron desarmados en octubre de 1944). Los militares evadidos, todavía uniformados, eran detenidos y pasaban de un campo de concentración a otro. Sin embargo, últimamente, los inclementes cancerberos españoles habían devenido en aliados de los prófugos, como bien podían corroborar los dos marineros italianos que habían llegado a la frontera con los guardias franceses pisándoles peligrosamente los talones, y que habían conseguido escapar con el auxilio de los carabineros españoles. Éstos les habían acogido cordialmente y les habían proporcionado comida y tabaco antes de ponerles en manos de las autoridadesTPF

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. Este positivo cambio de actitud también se reflejaba en las facilidades para abandonar el campo de concentración de Miranda de Ebro. Anteriormente, los internados debían permanecer en el mismo hasta que la policía terminase de realizar las pertinentes averiguaciones y, sólo entonces, y escoltados, los internados eran conducidos al puerto de embarque. Sin embargo, frecuentes desfases temporales entre el anuncio de una partida desde Gibraltar y la partida misma impedían la repatriación y condenaban a los interesados a prolongar su estancia en Miranda, en ocasiones hasta seis o siete meses. Para subsanar este problema el Ministerio del Ejército y la embajada italiana habían llegado a un acuerdo, en virtud del cual los italianos serían puestos en libertad y a disposición del Agregado Naval y Militar tras una estancia en el campo que se pretendía mínima. El 14 de julio de 1945 el contingente italiano estaba compuesto por 12 hombresTPF

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El campo de Miranda de Ebro era descrito por las autoridades diplomáticas como la pervivencia de un campo de prisioneros creado durante la Guerra Civil y compuesto por 30 barracones, divididos en dos sectores incomunicados entre sí. El primero estaba ocupado por alemanes y franceses simpatizantes de su causa, quedando reservado el otro a los súbditos de naciones aliadas o afinesTPF

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FPT. El centenar de alemanes internados

constituían los restos de las unidades militares que habían traspasado la frontera tras la liberación de Francia, mientras que en sector aliado restaban 80 hombres. El bajo número de “huéspedes” había permitido que éstos disfrutasen de bastante espacio dentro de unos barracones concebidos para albergar entre 30 y 40 personas. Muchos de los internados disponían ahora junto a sus camas de hornos y estufas (eléctricos o alimentados con otros combustibles) con los que calentarse y cocinar si lo deseabanTPF

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Para tratar con las diferentes nacionalidades internadas, la jefatura del campo había promovido la elección de un jefe o capo por cada una de ellas, que haría las veces de intermediario.

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Militari italiani rifugiati in Spagna, 5-VII-1945, en ASD-US,b.86.

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Fine della guerra in Europa-reazione a Miranda de Ebro, 17?-VI-1945, en ASD-US,b.82.

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Militari italiani rifugiati in Spagna, 5-VII-1945, en ASD-US,b.86.

TP 18 PT Ibídem. TP 19 PT Ibídem. TP 20 PT

Los campos de concentración durante la guerra civil y el franquismo

106 En teoría cada internado recibía un sueldo de 3.90 pesetas diarias, equiparable, pues al de un soldado español. En la práctica esta cantidad era retenida para pagar el rancho y otros servicios. El rancho era suficiente, aunque cocinado sin excesivo cuidadoTPF

21 FPT. Los

únicos que precisaban de mayores aportaciones alimenticias eran los recién llegados de Francia, quienes “hanno una fame arretrata di parecchi mesi”TPF

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La atención sanitaria corría a cargo de un médico español acompañado de un enfermero alemán disidente, quien prestaba sus servicios de manera continuada en el campo aliado en una especie de botica de socorro. En el sector alemán, empero, disfrutaban de una enfermería propiamente dicha, donde también podían recuperarse si eran preciso los enfermos aliadosTPF

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FPT. No obstante ésto último, el hecho en sí nos induce a pensar en un

primer trato preferencial para los internados del Eje.

Con la llegada del verano y los calores se permitía a los internados dormir al raso, para lo que se había instalado en los jardines y caminos una suerte de campamento erigido con mantas y sábanas dispuestas a modo de tiendas en las que dormían uno o dos hombresTPF

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El coronel Molina, jefe del campo, siempre extremadamente cortés, capaz de permitir que las entrevistas entre los italianos y los representantes de su país se realizaran sin la presencia de traductor, oficial o guardia alguno, no perdía oportunidad de exhibir a los visitantes extranjeros las mejoras introducidas, la “bella piscina in cemento” para disfrute de los internados, el campo de deporte, las obras de embellecimiento que daba al campo un aspecto “quasi ridente”. En el Miranda de Ebro de la inmediata posguerra mundial nadie estaba obligado a realizar trabajos inhumanos: los más vegetaban, tomaban el sol, incluso entretenían sus ocios con el centenar de lecturas, de temas y en idiomas varios, que ofrecía la biblioteca circulante formada con los libros abandonados por aquellos que recobraban la libertad. No obstante lo muelle de su existencia, nadie olvidaba lo forzado de la misma ni dónde estaba su Ítaca, a la que ansiaban mandar noticias (y entregárselas en forma de carta a un representante consular garantizaba en gran medida la recepción)TPF

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Los refugiados no tenían queja del trato recibido, conceptuado como bueno, máxime si lo comparaban con el que se estilaba en suelo francésTPF

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FPT. Sin embargo, debe quedar

claro que las condiciones de Miranda de Ebro no habían sido siempre tan benignas. Ante las protestas de numerosos gobiernos, el Campo de Concentración había tenido que ser abierto a agregados militares, representantes diplomáticos y supervisores de la Cruz Roja entre el 23 y el 25 de noviembre de 1943. Pese a que los informes no eran desfavorables, los redactados por las autoridades del campo y los inspectores ponían al descubierto graves carencias, como la de que no había más que un caño para 3000 hombres, siendo tan acusada la escasez de líquido elemento que “las duchas no funcionaban, las letrinas carecían de agua y se formaban verdaderas masas de

excrementos, además la piscina no se podía usar”. Asimismo se apuntaban el abandono

de la enfermería o la lentitud de los trámitesTPF 27

FPT. Si estas deficiencias estaban presentes a

finales de 1943, convendría preguntarse sobre las condiciones en que se habría encontrado el campo desde el momento de su creación hasta la susodicha fecha.