Tiene mucho sentido que utilicemos las imágenes de Cayce como base para la sugestión y probemos hasta qué punto son eficaces para aproximarnos a la canalización en trance. Yo he querido experimentarlo por mí mismo. Llamé a Henry Bolduc y le pedí que realizara una demostración de su método utilizándome a mí para ello. El accedió de buena gana.
Sólo hay una cosa en Henry que encaja con el estereotipo popular del hipnotizador, tiene barba. Es un hombre muy cordial y entusiasta. En el momento en que llegó a mi puerta, comprendí que podía confiar en él. Además de venir a mi casa de visita el día de la primera sesión, entró en mi cocina y me enseñó a hacer una sopa de fácil preparación para el almuerzo.
Yo estaba impaciente por probar las imágenes de Cayce, pero él insistió en que debíamos ir despacio. Su plan era empezar reviviendo imágenes de mi infancia y recordar luego mi vida pasada, antes de tratar de canalizar. Seguimos su plan.
Yo ya había sido hipnotizado varias veces por diversos hipnotizadores, y no hallé nada de extraño en el procedimiento de inducción empleado por Henry. Sí descubrí, sin embargo, que su cordialidad me hacía sentirme más cómodo y relajado.
Al concluir nuestra primera sesión, saqué a relucir un recuerdo de mi vida pasada que agradó muchísimo a Henry. Yo, en cambio, no acababa de creerme que fuera real, ni siquiera que fuera significativo. Conforme iban pasando las semanas, tuve que admitir, sin embargo, que de un modo alegórico mi memoria efectivamente iba revelando ciertos temas importantes dentro de mi vida.
Henry me animó a practicar, utilizando para ello una grabación de autohipnosis que incluía unos ejercicios de inducción hipnótica y ciertas sugerencias muy positivas sobre la confianza en uno mismo. Trabajé con esa grabación varias veces a la semana.
Al cabo de un par de meses, Henry nuevamente me hizo recordar mi pasado. Esta vez sugirió que recordara la primera etapa de mi vida. El caso es que me sucedió una cosa muy extraña, como sacada de una novela de ciencia ficción. Tenía que ver con
almas que trabajaban con las fuerzas creativas de Dios para construir un mundo material y poblarlo de cuerpos. Parte del proceso de descubrimiento del alma consistía en aprender qué eran las sensaciones físicas y qué venían a añadir en cuanto canales de percepción.
Yo volvía a sentir cierto escepticismo en relación con esta experiencia, sólo estaba seguro de que se trataba de una historia muy inspiradora que había permanecido conmigo. Hace poco, cuando Ken Carey publicó su libro canalizado, Return of the Bird Tribes (El Retorno de las Tribus de Aves), descubrí que algunas de sus descripciones de las almas de los antiguos americanos indígenas se parecían a mi historia. Debo de haber recurrido, sin darme cuenta, a un nivel de imaginación universal. Es tan fácil infravalorar la propia experiencia.
En mi tercera sesión de hipnotismo, le dije a Henry que pensaba que podía entrar en contacto con un plano de conciencia más elevado. Mi intuición lo visualizaba como un ascenso sobre una llama azul. Henry accedió a utilizar esa imagen y continuamos con el experimento. Durante la sesión, conseguí relajarme tan profundamente que experimenté una sensación de pesadez en el cuerpo, parecía flotar dentro de él. Descubrí que el hecho de disolverme en una llama azul me hacía sentir una gran tranquilidad y confianza, tenía la sensación de que todo lo sabía.
Cuando Henry me pidió que hablara, yo dudé. Por muy relajado que estuviera, por mucha confianza que sintiera, estaba estorbándome a mí mismo. Era como si sintiera un tremendo pánico escénico, estaba bloqueando la capacidad que tiene la conciencia para hablar claro. Henry sugirió que me relajara y luego me animó a empezar a hablar sin más. Una vez que renuncié a asegurarme de que iba a decir algo inteligente, las palabras empezaron a fluir con facilidad. En ese aspecto, se parecía mucho al proceso de la escritura inspirada.
Tal como habíamos acordado, Henry me sugestionó para que hablara de mi libro. Y lo hice, sobre todo hablé de mi actitud al escribirlo. Con un ejemplo humorístico, y sin ánimos de criticar, me burlé de la obligatoriedad con que abordaba mi libro. Asimismo, presenté una serie de imágenes alternativas y ciertos recuerdos de mi primera infancia para recordarme a mí mismo qué se siente al enfrentarse a un trabajo con un talante más despreocupado. Describí varios ejercicios que podía hacer para mantener una actitud positiva y contribuir a que el trabajo discurriera más agradablemente. Me reí de mí mismo pensando en las ganas que tenía de recibir el texto del libro sin esfuerzo, simplemente entrando en trance. Y me dije que yo no era realmente el tipo de persona que disfrutaba tomando las cosas al dictado.
Henry estaba realmente entusiasmado con esta sesión. Mi esposa estuvo presente y también pensó que había dicho cosas muy importantes sobre mis escritos. Yo no me
lo creía demasiado, como de costumbre. Me parecía que recordaba la mayor parte de lo dicho, y no pensaba que fuera nada del otro mundo. Henry me recomendó que escuchara la grabación, que probara a sugestionarme de ese modo, y que continuara practicando los ejercicios de la cinta de autohipnosis.
Pasaron varias semanas antes de que escuchara la grabación de mi sesión de canalización. Un día, mi mujer me dijo que no hacía más que quejarme de lo poco que avanzaba en mi libro, que quizás debería escuchar mi grabación. Lo hice, y me quedé muy sorprendido. Incluía muchas frases clave que yo ya había olvidado. Se referían directamente al hecho de que me hubiera quedado bloqueado, y eran precisamente la clase de consejos que yo necesitaba oír. Lo que más me impresionó fue el tono de la lectura. Era como si me estuviera escuchando a mí mismo en el papel de hermano mayor sabio y cariñoso, y en el de mi mejor amigo. Nadie me conocía tan bien, nadie sabía tan bien qué tenía que decirme para sacarme a flote. Esta grabación hizo que volviera a ser yo mismo. Empecé a seguir sus consejos, con buenos resultados.
Pocos meses después, Henry me sometió a la cuarta sesión. Cuando estaba hablando en trance, de repente anuncié: Hay unas entidades que desean hablar. Sentía sobre mi cabeza algo parecido a una bola de sabiduría energética, me daba la sensación de que quería abrirse. Me oí decir: “Hay una entidad planta. Hay una entidad ave. Hay una entidad ángel. Hay una entidad extraterrestre. Sentía que estaba nervioso, aprensivo.
Henry parecía estar tranquilo y se tomó mi declaración con mucha calma. Sugirió que los dejara hablar. Me oí a mí mismo decirle: El flujo sanguíneo del canal está bloqueado.., si me caliento las manos, el canal se abrirá. Posiblemente me refería a las consecuencias físicas del estar nervioso. Henry indicó que mis piernas y brazos se calentarían, y efectivamente se calentaron. Fui dejando que las entidades hablaran una a una.
Cada personaje tenía algo interesante que decir, cada uno comunicaba algo en que pensar. Posteriormente, descubrí unas lecturas de Cayce cuyo contenido era semejante a lo que la planta me había dicho sobre las fuerzas creativas, a lo que el ave me había dicho sobre la intuición, y a lo que el ángel me había dicho sobre la música celestial. Asimismo, el ángel me aconsejó que combinara el andar con el cantar bajito para mí mismo, un consejo muy interesante que he seguido practicando con muy buenos resultados. El mensaje fundamental que me transmitió el extraterrestre fue que debía hacerme fuerte en la Tierra antes de dejar que mi imaginación volara tan alto.
Después, Henry se sintió tan entusiasmado como de costumbre. Yo me sentía muy intrigado, probablemente se debía al “asombro que me producía todo ello. Durante el
proceso de canalización, no me sentí poseído, tampoco pensé que no controlara la situación. Más bien, me pareció estar de repente bajo los efectos de la inspiración, que me hacía hablar como si fuera una planta, un ave, etc... Me parecía estar representando un papel sumido en trance, expresando de ese modo diversas intuiciones. Aun cuando me fue difícil, traté de no ser demasiado escéptico o analítico.
Las siguientes sesiones fueron más parecidas a la tercera. Practiqué la improvisación sumido en un estado hipnótico de elevación de la conciencia. No hubo más personajes. En cambio, me di más consejos sobre cómo escribir y cómo desarrollar mi capacidad de canalización.
Al entrar en trance y aplicar los consejos recibidos, aprendí una importante lección. Mi tendencia a la fascinación ante el fenómeno de la canalización en trance obstaculizaba el proceso de mi conversión en un buen canal. Estaba claro que debía integrar en mi vida diaria lo que aprendía estando en trance. Si yo enfocaba la canalización en trance como una forma de superar la sensación de que tenía fallos como persona, fácilmente acabaría por hacerme adicto al aparente poder del estado de trance. En cambio, al ir incorporando las ideas que iban surgiendo cuando estaba en trance, incluido el confiar en mí mismo y afrontar la vida con espontaneidad, el trance no resultaba tan necesario. Y, de ese modo, la canalización en trance consistía más bien en dedicar un tiempo, al igual que en la meditación, a venerar un estado de conciencia que siempre está allí, y centrar la atención exclusivamente en dicho estado.