El crecimiento espiritual
B. MISTERIO DEL CRECIMIENTO
Un estudio atento del cuadro que, por medio de signos variados y precisos, indica el proceso re- gular del crecimiento espiritual, podría dar la impresión de que es fácil discernir el progreso de un al- ma y de situarla en esta progresión. Es al contrario: el examen de múltiples casos concretos descubre la complejidad dinámica de las almas y el misterio del crecimiento espiritual.
Todo crecimiento permanece misterioso: desde el de la planta que extrae del humus de la tierra los elementos orgánicos que ella transforma y asimila, hasta el crecimiento del niño Jesús, en quien se iban manifestando progresivamente las riquezas de la sabiduría y de la gracia que él poseía.
1. En el crecimiento espiritual el misterio es más completo. Por otra parte, la oscuridad no en- vuelve más que el modo como la vida se asimila y utiliza para sus funciones la materia inanimada; pe- ro deja que aparezcan los efectos de la vida y da señales exteriores de su desarrollo. En el crecimiento espiritual del alma, la oscuridad se extiende a la misma vida de la gracia que, como la vida misma de Dios –de la que ella es participación–, no puede ser observada en la tierra. En el cielo, por el lumen
gloriae, podremos ver a Dios tal como es y a nosotros mismos tal y como seremos con nuestras rique-
zas divinas. Mientras tanto, estas realidades espirituales permanecen para nosotros sepultadas en la sombra del misterio, por falta de una potencia que las capte directamente.
Hay, con todo, verdaderas manifestaciones de la gracia: los dones del Espíritu Santo nos comu- nican cierta experiencia de las mismas. Pero ¡qué difíciles de observar, qué irregulares, entremezcladas de elementos extraños, son estas manifestaciones de lo sobrenatural!, ¡qué incompleta e intermitente, incluso entre los contemplativos más: favorecidos, esta cuasi experiencia realizada por los dones!
Al encarnarse lo sobrenatural en lo humano, adopta las formas de la naturaleza individual que lo recibe. Se nos manifiesta, así, bajo semblantes tan diversos como los hombres mismos. Las reacciones exteriores que produce su acción son tan diferentes como los temperamentos: de la que son sus ins- trumentos9. En efecto, a nuestro parecer, rara vez la acción de Dios produce directamente un fenómeno sensible. Semejante a la luz blanca del sol que ilumina el paisaje y hace brillar en él todos los colores, la acción de Dios en el alma, no tiene la mayoría de las veces una forma sensible determinada, sino que la recibe del temperamento del sujeto en quien se produce10.
Si admitimos con santa Teresa y san Juan de la Cruz que las manifestaciones sensibles de la ac- ción de Dios disminuyen de frecuencia y de intensidad a medida que las facultades se van purificando, tendremos que reconocer que, si ciertas manifestaciones permiten afirmar la existencia de la gracia en el alma, no pueden indicar la potencia y la calidad de la causa espiritual que las produce11.
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El cuadro se encuentra al principio de este volumen. La mayoría de las veces la doctrina que se ofrece no interesa sola- mente al período de la vida espiritual al que se ha aplicado. Lo hemos colocado en el lugar adecuado, donde nos parecía más necesario y respondía a la nota dominante del momento. Por eso, el alma no esperará a las quintas moradas para practicar la obediencia, sino que, en estas moradas, la unión de voluntad hará que la practique perfectamente. De igual modo, el recurso a la Santísima Virgen es en todo momento indispensable; con todo, la pobreza desolada de las sextas moradas hace que la Santísima Virgen ejerza su papel providencial de Madre de misericordia.
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La virtud se manifiesta exteriormente con la formas particulares del temperamento: aquí sonriente, allí más austera, en otras partes tímida o emprendedora, sin que se pueda deducir de ello –considerando únicamente estos rasgos exteriores– una mayor o menor caridad.
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Esta observación, que solamente enunciamos ahora, será desarrollada más extensamente a propósito de las primeras oraciones contemplativas (Dios-Amor y Dios-Luz) y de las reacciones psíquicas bajo el contacto de lo divino.
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Para apreciar el valor de estas manifestaciones exteriores, es necesario recordar que el progreso espiritual se realiza mucho más en calidad que en intensidad. Un sentimiento, o incluso un estado espiritual, se puede encontrar en diferentes eta- pas; quizás sea más intenso en sus manifestaciones en los grados inferiores, pero será, ciertamente, más puro y más calificado en las cumbres.
Un error sobre la calidad puede crear y mantener ilusiones peligrosas, como, por ejemplo, un alma que, inundada de con- solaciones sensibles, creyera haber recibido un toque sustancial de las sextas moradas.
9. El crecimiento espiritual 83
El misterio que envuelve lo sobrenatural y sus señales exteriores explica que los habitantes de Nazaret no hubieran conocido la divinidad de Jesús ni tampoco la gran santidad de María y de José, y que santa Teresa del Niño Jesús hubiera podido ser desconocida de la mayor parte de las religiosas de su monasterio, atentas, sin embargo, a cualquier signo de santidad. Dios no tuvo que encubrir milagro- samente las maravillas realizadas en estas almas; le fue suficiente dejar a la gracia en el misterio que la envuelve y asegurar a las manifestaciones exteriores de lo sobrenatural el velo de la sencillez; que es una de sus características más altas y más puras.
2. La interpretación de las señales del crecimiento se vuelve más difícil aún por la movilidad del alma que, según testimonio de santa Teresa, a veces bajo la acción de Dios o de diversas causas, vive estados muy diferentes, y con facilidad sorprendente va de regiones elevadas a las más inferiores, por tanto, de una morada interior a las más exteriores. Con tanta frecuencia insiste la Santa en este punto y con tal fuerza, que no podemos dejar de escucharla:
«Que (como ya he dicho y no querría esto se olvidase) en esta vida que vivimos no crece el alma como el cuerpo, aunque decimos que sí, y de verdad crece. Mas un niño, después que crece y echa gran cuerpo y ya le tiene de hombre, no torna a decrecer y a tener pequeño cuerpo. Acá quiere el Señor que sí, a lo que yo he vis- to por mí, que no lo sé por más...
Vienen veces que es menester, para librarse de ofender a Dios éstos que ya están tan puesta su voluntad en la suya, que por no hacer una imperfección se dejarían atormentar y pasarían mil muertes, que para no hacer pecados (según se ven combatidos de tentaciones y persecuciones) sea menester aprovecharse de las primeras armas de la oración y tornen a pensar que todo se acaba y que hay cielo e infierno, y otras cosas de esta suerte»12.
«Ni hay alma en este camino tan gigante, que no haya menester muchas veces tornar a ser niño y a mamar (y esto jamás se olvide, quizá lo diré más veces, porque importa mucho)»13.
Esta inestabilidad del alma, que no podría habitar de una manera permanente en una región espi- ritual o morada determinada, hará más penoso aún el discernir la morada en la que habitualmente, se encuentra14.
3. Pero, sin duda alguna, es la acción de Dios mismo lo que más contribuye a la complejidad del problema.
La misericordia de Dios, que preside la santificación de las almas, refuerza y salvaguarda celo- samente su libertad en sus preferencias y en sus dones. Jesucristo «llamó a los que quiso»15, afirma santa Teresa del Niño Jesús al leer la página del Evangelio que refiere la escena de la elección de los apóstoles y considerar los privilegios de que ha sido objeto. El Espíritu Santo da a cada uno la gracia según la medida de su elección.
A santa Teresa le causaba admiración esta libertad, de la misericordia:
«Éstos son dones que da Dios cuando quiere y como quiere, y ni va en el tiempo ni en los servicios. No digo que no hace esto mucho, mas que muchas veces no da el Señor en veinte años la contemplación que a otros da en uno. Su Majestad sabe la causa»16.
Esta «causa» divina puede ser la misión particular de un alma, una intercesión poderosa que ejerce en su favor, o simplemente la libre voluntad de Dios que quiere complacerse en comunicarse. Pero esta razón divina se nos escapa y nos desconcierta:
«Mas, ¡ay, Dios mío, y cómo aun en las espirituales queremos muchas veces entender las cosas por nues- tro parecer y muy torcidas de la verdad, tan bien como en las del mundo, y nos parece que hemos de tasar nuestro aprovechamiento por los años que tenemos algún ejercicio de oración, y aun parece queremos poner tasa a quien sin ninguna da sus dones cuando quiere, y puede dar en medio año más a uno que a otro en mu-
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Vida 15, 12.
13 Ibid., 13, 15. 14
El movimiento de arriba abajo, señalado por santa Teresa, a descendente de un alma de las regiones superiores a las moradas inferiores, puede ser, en algunos casos, especialmente al comienzo de la vida espiritual, un movimiento de abajo arriba: un alma que comienza puede tener una gracia de unión de las quintas, moradas o una visión de las sextas, cuando está habitualmente en las segundas o cuartas moradas. Muy ingenua sería si pensara que este favor la ha elevado definitivamente a las quintas o sextas moradas. En efecto, no se puede decir de un alma que se encuentra en tal o tal morada si habitualmente no presenta sus signos y vive sus estados.
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chos! Y es cosa ésta que la tengo tan vista, por muchas personas, que yo me espanto cómo nos podemos de- tener en esto»17.
La razón humana tiene, pues, que renunciar a imponer su medida y a volver a encontrar su lógi- ca en las actividades de la misericordia divina. No puede sino comprobar como un hecho que Dios llama a su intimidad, en poco tiempo, a almas que notoriamente eran indignas; que otras parecen igno- rar ciertas etapas y, de pronto, se encuentran con que ya las han franqueado; que Saulo, el perseguidor, ha sido derribado en el camino de Damasco y en poco tiempo se ha convertido en Pablo, el gran Após- tol de los gentiles.
Esta intervención directa de la misericordia divina en la santificación de las almas trastorna el proceso regular y lógico del crecimiento espiritual establecido por la razón teológica. Transforma, según san Juan de la Cruz, las regiones en que ella reina en regiones sin senderos, donde los caminos particulares son tan numerosos como las almas; Cada una avanza aquí sin dejar más señas que el navío que avanza por el océano o el pájaro que atraviesa el aire con su vuelo rápido.
Ahora bien, pues las señales del crecimiento espiritual son tan inciertas o, al menos, tan difícil- mente observables, que el alma se mueve con tanta facilidad a través de las moradas y que, por otra parte, la Sabiduría divina parece encontrar su gozo en desconcertar nuestra razón trastornando nuestras concepciones en este campo, ¿qué nos importa el bello proceso teresiano del alma a través de las siete moradas? ¿Hay alguna utilidad en estudiarlo y en remitirse a ello?