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EL MITO COMO ELEMENTO DE IDENTIDAD CULTURAL CONSTRUIDO A PARTIR DEL CADAVER ERRANTE

3. LA NOVELIZACIÓN DEL MITO DE EVITA PERÓN

3.11 EL MITO COMO ELEMENTO DE IDENTIDAD CULTURAL CONSTRUIDO A PARTIR DEL CADAVER ERRANTE

El mito que se impone en la conciencia nacional argentina y que reemplaza la memoria de Evita, provoca el estancamiento de la vida del país en un tiempo irreal.

Ricoeur (1985, 94-114), señala esta difícil relación con el tiempo como la primera causa que lleva a una identidad frágil, y que está junto a otros dos motivos: el temor a confrontarse con el otro y la herencia de una realidad fundada por medio de la violencia.

Los elementos que conllevan una fragilidad original e intrínseca en la identidad comunitaria, favorecen ese trauma de la memoria colectiva que Freud (2008, 89-95), denominada reducción del sentimiento de sí mismo y que ocurre cuando la condición del luto se prolonga hasta convertirse en un estado de melancolía permanente.

La obsesión con el cadáver de Evita lleva al Coronel al extravío en un laberinto de soledad y muerte, a la total pérdida de contacto con la realidad temporal y espacial y con su propio cuerpo; simbólica e hiperbólicamente representada por un sueño recurrente, en que el pobre hombre se ve caminando por paisajes lunares o impensados:

“Como ya dije, el Coronel soñaba casi todas las noches con la luna. Se veía caminando por los desiertos blancos y agrietados del Mar de la Serenidad, sobre el que brillaban seis o siete lunas torvas y amenazantes. Sentía, en el sueño, que iba en busca de algo, pero cada vez que divisaba un promontorio, un temblor del paisaje, la ilusión se deshacía antes de que pudiera alcanzarla. Esas imágenes de nada y silencio permanecían dentro de él durante horas, y sólo se disipaban con los primeros tragos de ginebra” (Eloy Martínez, 1996, 381)

El cadáver que ha sido marcado en las orejas para poder reconocerlo, inicia un recorrido a través de los camiones del ejército, por buhardillas modestas, salas de cine, depósitos de munición, edificios públicos y casas particulares hasta los confines de la Patagonia y luego en buques trasatlánticos hasta las ciudades de Bonn, Genova y Milán; es símbolo de la inmortalidad del mito, pues si le hubieran dado cristiana sepultura, otros hubieran sido los resultados.

Siempre existieron en la lectura varios interrogantes, entre ellos encontramos; ¿qué hubiera pasado si le damos cristiana sepultura al cuerpo? Si el grupo obrero tiene el cadáver ¿qué son capaces de hacer con él? Si la oligarquía y los milicos no le hubieran prestado tanta atención al cadáver ¿qué hubiera pasado con el grupo obrero?; estos y otros interrogantes son implícitos a la lectura.

Los dos hombres llevan la caja pesada hacia el desván, lo cual enciende la curiosidad de la mujer de Arancibia, Elena. Ella le pregunta a su marido qué están depositando en el desván de su casa, pero el marido le contesta diciéndole que ella no debe meterse en sus cosas. Arancibia parecía muy ansioso y Elena, con su sexto sentido de mujer, malició que algo raro sucedía” (265).

El cuerpo ayuda a crear esa identidad cultural terminando con la degradación de Moori Koenig, la necesidad de encontrar un sitio donde descansar es reemplazado con el deseo interminable de apropiarse del cadáver de Evita y de esconderlo, en el cual su destino se va identificando con un cuerpo muerto.

La negación de las dimensiones temporal y espacial sustrae a la memoria sus dos elementos constitutivos y priva al sujeto de la posibilidad de construirse una identidad que no sea tan sólo el simple producto de una pretensión oficial y de un pasivo consenso general. De ahí que el personaje llegue a encarnar la forma más desesperada del exilio, la cual se manifiesta, ante todo como una condición interior, una síntesis del malestar de la nación argentina y de la falta de identidad

“Manejó toda esa mañana por la desolación sin rumbo de las autopistas, desviándose en Mainz para comprar una botella de ginebra y en Heidenberg para reponer la nafta. Soy un argentino, se decía. Soy un espacio sin llenar, un lugar sin tiempo que no sabe adónde va.

Se lo había repetido muchas veces: Ella me segura. Ahora lo sentía en los nudos de sus huesos: Ella era su camino, su verdad y su vida”. (360)

De esta manera, la narración conspira libremente sin dejar de vincularse a un tiempo y a una realidad histórica. Conjugando con notable habilidad lo ensayístico y lo periodístico, junto a la estricta narración, consigue unos tiempos y modos que dan a la novela mucha soltura y fluidez, así se despliega un texto plural, rico en resonancias, eventos, motivos, ejecutado y escrito con evidente brillantez El impulso a desplazarse de un recuerdo a otro, de detenerse en algún testimonio y luego volver a buscar la voz de otro testigo, es lo que convierte al narrador en un habitante del territorio colectivo de la memoria e identidad cultural.

De tal manera que se rescata su libertad individual y la ficción narrativa se revela como el medio más precioso para inventar nuevas dinámicas e interacciones entre el olvido y la conservación del recuerdo, a través de una identidad cultural para oponerse a ese ejercicio frágil de la memoria que consiste en la explotación de la función narrativa en el discurso oficial y en el poder de seducción de las conmemoraciones, los que educan en el deber pasivo de la memoria desvinculado de la reflexión individual.

La imagen que encierra la novela y por la cual el narrador se figura como un navegante que rema con sus palabras llevando a Evita en su barco, puede finalmente desanclarla del cuerpo embalsamado y restituirla en la memoria de los argentinos para ir creando un mito e identidad cultural.

En el cuerpo muerto se termina una historia, el cadáver se convierte en la identidad cultural de los pobres, del mismo modo en que lo hace el texto, organizando las interpretaciones, también como cadáver deseado o abierto de las voces populares y literarias.

A Evita se le prescribió la muerte; tratando de cambiar su historia, se condenó su cuerpo al provecho de esa propia historia, por ello, la escritura de esa muerte no sólo redefine su vida, sino también la historia nacional argentina, la identidad cultural y la memoria de un colectivo.

Pero ¿cómo hacer para lograr esa identidad cultural a través de un cuerpo errante? La novela se construye sobre un doble movimiento: por un lado, la descripción de sucesos: la agonía, la muerte, el embalsamamiento, el secuestro y la clandestinidad en manos militares, por el otro, el intento por atrapar al verdadero cuerpo de Evita, persiguiendo los rastros inciertos del cadáver enterrado en la lejanía, a través de las polifonía de voces populares. La combinación de interpretaciones dispuesta como cadáver en el que cada uno escribe su versión del mito en manuscrito sobre las otras, deteriora la univocidad y la autoría en la conjunción de voces que se genera; los fantasmas del deseo que se perfilan tras cada voz e interpretación, encarnan siempre en el cadáver, convirtiéndolo en el campo magnético que se electriza y resuena legendario; es la química imprescindible con la que Tomás Eloy embalsama literariamente a Evita y reconstruye el mito, instaurándolo en la identidad colectiva.

Tanto Evita como la propia novela se presentan entonces como una artefacto para integrar lo verdadero y lo falso, entre la historia documentada y la leyenda móvil, en permanente construcción, entre lo personal y lo colectivo. Este

movimiento de integración implica la asunción de una función marginalizada en la construcción de la Historia y por ende, de la identidad cultural.

En este sentido, Evita, realidad y ficción, es rasgo distintivo de la argentinidad, si la voz del autor no es sólo la suya, sino la de la nacionalidad acechada y lastimada en el cadáver, en este caso para los pobres, pero también es la voz de los ofensivos, los oligarcas, entre otros, el cadáver, es un objeto de encuentro colectivo que se instala en el centro de la sociedad y se convierte, para el autor y para los lectores en objeto de identidad cultural. Objeto de autorreflexión individual, colectiva y puesta en evidencia de ideologías contrastivas, pero lo que determina su condición de identidad, es poder evidenciar las contradicciones ideológicas vistas en Argentina, desde las diferentes clases sociales, hasta el día de hoy.

En definitiva, Evita, la mujer recuperada detrás de su cuerpo muerto, es la múltiple conjugación entre el deseo personal y el colectivo, un sujeto en constante mutación que siempre puede convertirse en su propio opuesto; su cadáver es el prisma que refracta las ideologías, es también un objeto dinámico de un mito histórico que sigue construyéndose en cada reinterpretación.

-Dijeron que la iban a traer para el puerto. Si no la traen, Evita va a venir sola –porfió una vieja llena de verrugas. Varios chicos estaban atados a su falda, como un sistema planetario. –No hace falta que vayamos a buscarla. Ella nos va a buscar a nosotros.” (168)

Mito popular de identidad de la nacionalidad, síntesis de la historia, realidad y invención que impide descubrir a cada paso qué es mentira y qué es verdad, qué es historia y qué ficción, obliga a dejarse llevar, a involucrarse y tomar partido después de la lectura.

Cadáver deseado que resucita en cada una de las lecturas e interpretaciones, novela de voces múltiples, donde como en el mito, la autoría se desvanece en función de las versiones del héroe; mito de cuerpo domesticado de la ideología peronista, de la memoria populista, marca de identidad cultural.

3.12 DERIVACIONES DEL MITO DE EVITA: RELIGIOSIDAD Y