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Modelo Conductual-Comunitario

El modelo conductual-comunitario comienza a gestarse a mitad de los años setenta integrando en su concepción, como indica su nombre, los presupuestos teóricos de la psicología comunitaria con la tecnología propia de la teoría del aprendizaje (Bogat y Jason, 2000). La complementariedad entre la psicología comunitaria y el enfoque conductual permite superar ciertas limitaciones que cada una de estas disciplinas presenta por separado.

Así, la aportación principal de la teoría conductual a la psicología comunitaria consiste en proporcionarle una tecnología que le permite paliar ciertas deficiencias metodológicas y técnicas (Macía, Méndez y Olivares, 1993). Por su parte, la psicología comunitaria ofrece a la teoría conductual unos presupuestos teóricos que le posibilitan ampliar sus objetivos de intervención. Se pasa de un modelo individual a otro supraindividual en el cual el interés está

en la prevención (promoción de la salud y de la normalidad) más que en la rehabilitación o tratamiento.

La unión de ambas disciplinas da lugar a un modelo alternativo que supera de acuerdo con Bogat y Jason (2000) la posición clásica de observación, descripción, evaluación y clasificación de fenómenos o conductas para adoptar una posición y perspectiva intervencionista. En esta línea, estos autores afirman que el modelo conductual-comunitario representa un avance con respecto a los modelos centrados en la persona al vincular las conductas de los individuos y grupos de personas en los contextos y ambientes en los que viven.

Siguiendo con estos autores, los presupuestos teóricos, metodológicos y pragmáticos del modelo conductual-comunitaria son varios. Por una parte, se defiende la idea de que la conducta es aprendida a través de la experiencia con el ambiente y que la definición de los objetivos de salud ha de realizarse en términos conductuales. Es decir, definidos de forma observable y cuantificable garantiza la tecnología conductual eficiente e idónea. Asimismo, el estilo de intervención se orienta a actuaciones preventivas dirigidas a la promoción de la salud y de la normalidad. Su nivel de actuación más centrado en el sistema que en las personas, incluye el diseño, la modificación ambiental y la acción social

Se trata en este sentido, de una perspectiva basada en los principios del modelo de competencia. Desde este modelo se defiende la idea de que la prevención consiste en promocionar la salud y la normalidad, entendida ésta según Albee (1980) como un proceso de adquisición de competencias, habilidades y destrezas sociales.

A pesar de las ventajas que parecen presentar la incorporación de tecnologías de comportamiento a la psicología comunitaria, se ha cuestionado la idoneidad de este modelo. La aplicación a la disciplina de métodos experimentales y de técnicas de intervención tales como la modificación de estímulos consecuentes y antecedentes, la autoinstrucción, el role- playing o el modelado, son criticados por varios autores.

En esta línea Rappaport (1981; Rappaport y Seidman, 2000) cuestiona la validez de los presupuestos conductuales que guían la intervención. Desde la teoría conductual, según afirma este autor, se buscan soluciones convergentes específicas para afrontar los problemas, considerando que con el tiempo se descubrirán estrategias efectivas para resolver cualquier problemática.

Para Rappaport la finalidad de la psicología comunitaria no consiste en encontrar la mejor solución al problema social: «no es que crea que no haya soluciones, sólo que dada la naturaleza de los problemas sociales, no hay soluciones permanentes ni soluciones del tipo ésta es la única respuesta» (Rappaport, 1981). Rappaport insiste en que lo que es significativo en un determinado contexto histórico, social, político, cultural o simplemente para un grupo o para una persona determinada, no necesariamente ha de serlo en otros contextos y con otros individuos. No hay soluciones únicas sino que las soluciones dependen de cada caso y contexto.

Desde esta perspectiva, resulta en extremo difícil conciliar los planteamientos conductistas con los comunitarios, teniendo además en cuenta, que este modelo conductista, según Rappaport no clarifica suficientemente sus valores. En este sentido, Bogat y Jason (2000) afirman que desde el enfoque conductual prevalece la perspectiva del observador sobre la del sujeto participante (lo observado), lo cual contradice los propios valores de la psicología comunitaria.

Finalmente, otra crítica reiterada al modelo conductista es la de haberse limitado a intervenir en niveles individuales y grupales, con un interés preferente por eliminar déficits más que potenciar recursos (Serrano-García y Álvarez, 1992). Según Bogat y Jason (2000) si bien es cierto que desde este modelo la mayoría de las intervenciones son en niveles individuales, su aplicación a nivel comunitario, social o grupal, no es imposible. Bien al contrario, según estos autores, el conductismo tiene premisas fundamentales que bien integradas y desarrolladas con la psicología comunitaria, pueden proporcionar caminos enriquecedores para trabajar sobre problemas sociales complejos.

En definitiva, el conductismo con su gran riqueza tecnológica puede ayudar según Bogat y Jasón en el proceso de investigación-acción porque tal y como concluyen Heller y Monahan (1977): “las técnicas reales de comportamiento son menos efectivas cuando simplemente se utilizan como mecanismos para el condicionamiento automático, y son mucho más efectivas cuando implican cooperación y participación cognitiva activa”.

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Después de estudiar en el capítulo anterior, las distintas propuestas que integran el marco teórico propio de Norteamérica y Europa, nos detenemos ahora, en una propuesta más colectivista ligada principalmente al contexto latinoamericano. Se trata del marco teórico socio-comunitario que se interesa principalmente por los problemas sociales y el cambio social. Algunos modelos que forman parte de este marco teórico más social son el modelo ecológico, el modelo de cambio social y el modelo del empowerment.