Algunos métodos de la psicología contemporánea aplican la modificación de la conducta. La idea es simple. Recompensa el buen comportamiento de alguna manera tangible; ignora o quizá sanciona el mal comportamiento. Aunque no estoy en contra de alabar a los niños por lo que hacen bien, rechazo la noción de que los niños deban ser recompensados por cumplir con sus
responsabilidades normales.
En el esquema de la modificación de la conducta, existe una recompensa diferente cada vez por hacer lo que se considera que está bien. El pequeño Junior hace bien una tarea doméstica y por ello consigue salir a tomarse un helado. Si no realiza alguna tarea que le ha sido asignada, se verá privado de algo. La esperanza es que el niño reaccionará a los premios y a las privaciones con un buen comportamiento.
Puesto que el corazón y la conducta están tan íntimamente relacionados, aquello que modifica el comportamiento instruye inevitablemente al corazón. Al corazón se le enseña a codiciar y a mirar por unos intereses egoístas y a trabajar por la recompensa. Lo más importante aquí es la codicia de Junior. Puesto que Junior vive una vida llevada por la codicia en la que realiza sus tareas por helados y otros beneficios, el programa parece funcionar. Nuestros métodos instruyen el corazón
inevitablemente – el corazón determina el comportamiento.
Una familia que conozco desarrolló una aplicación muy inteligente del conductismo. Cada vez que sus hijos reaccionaban a algo de una manera positiva, ponían el nombre del niño en un trozo de papel, y todos los trocitos dentro de una jarra.
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Si el niño se lavaba los dientes, ayudaba a lavar los platos, limpiaba su habitación, ponía la mesa, o hacía algo positivo, su nombre entraba en la jarra. Si hacía algo malo, su nombre salía de la jarra. Al final de la semana, se sacaba un nombre de la jarra y el niño que ganaba obtenía un regalo… Los niños aprendieron pronto el objeto del juego. Intenta que tu nombre entre en la jarra tantas veces como puedas. Cuantas más veces entraba tu nombre, más oportunidades tendrías de ganar.
Te estarás preguntando cómo funcionó aquello. Estupendamente. Fue una herramienta muy efectiva para enseñar a los niños. Les enseñó a ser egoístas. Les enseñó a hacer cosas por motivos equivocados. Les enseñó cómo ganarse la aprobación paterna y, por tanto, un papelito con su nombre dentro de la jarra. Aprendieron rápidamente qué cosas hacían que su nombre entrara en la jarra y cómo maximizar el número de veces por una mínima cantidad de esfuerzo. Se convirtieron en manipuladores del sistema. Cuando Mamá no estaba por allí cerca para ver un buen comportamiento, no había razón para ser bueno. Alejó a esta familia de la acción bíblica que surge de unos motivos bíblicos.
Déjame destacar de paso que los incentivos y las recompensas bíblicas no son un fin en sí mismos, sino más bien los resultados de la obediencia a Dios. Existe una bendición temporal unida a la obediencia. El Dios que conoce nuestros corazones nos llama a un comportamiento correcto para el propósito de honrarle a Él. Él honra a aquellos que le honran (1ª Samuel 2:30).
EL EMOCIONALISMO.
Otro método es el que yo llamo emocionalismo. Es lo que utilizaba aquella madre del ejemplo que di al comienzo del capítulo. Ella apelaba al miedo de la niña de ser abandonada en un aeropuerto desconocido. Apelaba al sentido que tenía su hija de sentirse bien emocionalmente. Ella sabía que su hija no podría hacer frente a la amenaza emocional de ser abandonada en el aeropuerto.
Algtnor tran erse mmrmo enfopte emocmonal ke tna maneqa tn hoco már “amable”. He oíko a algtnor hakqer kecmq: “De ueqkak pte me lacer rensmq mti mal ctanko se omgo lablaq arí. Ersár hiriendo mis sentimiensor...” De nteuo, aptí, el htnso ke qefeqencma er el bmenersaq emocmonal.
Otra variedad del recurso emocional es avergonzar al niño. Una chica joven que conozco es avergonzada de forma habitual con amenazas sobre sus acciones que estropean la reputación de su padre como líder de la comunidad. Aquí no se apela a obedecer para la gloria de Dios. Más bien, se trata de inducir a que, llevada por la emoción, se avergüence de arriesgar la credibilidad de su padre por medio de una conducta inaceptable.
Una familia que conozco ha utilizado sistemáticamente otra forma de privación
emocional. Rechazan pegar a los niños por ser algo cruel. Colocan a su hija que se ha portado mal sentada en una silla sola en medio del salón durante un periodo de tiempo concreto. Durante todo ese tiempo que está castigada en la silla, nadie de la familia puede hablarle o tener ningún contacto con ella. Permanece aislada de la familia, lo cual se lleva a cabo como si ella no estuviera allí. Cuando se le preguntó qué era lo que le hacía sentir más triste, esta niña de 7 años contestó “Estoy más triste que nunca cuando estoy en la silla, y mi papá está en casa, pero no me va a hablar”.
Este enfoque no es sólo cruel, sino inefectivo porque no se dirige al corazón bíblicamente. Esta niña no está aprendiendo a comprender su comportamiento bíblicamente. No está aprendiendo a discernir los elementos concretos del corazón que su comportamiento refleja. Lo que está
aprendiendo es a evitar la privación emocional de estar en la silla. Su corazón está siendo instruido, pero no para conocer y amar a Dios. Ella está siendo enseñada para responder al miedo paralizante de la privación emocional.
Aunque es probable que ella se endurezca a este método de disciplina, podríamos esperar que tuviera un efecto a largo plazo. Ella podría ser movida durante toda su vida por un deseo de agradar a sus padres y asegurarse su aprobación. O podría distanciarse interiormente de sus padres para poder protegerse de sufrir más daño. Tanto si es sumisa o rebelde, no estará aprendiendo a vivir del deseo de conocer y servir a Dios.
38 DE S CART A R L O S MÉT O DO S N O B ÍB L ICO S
LA CORRECCIÓN PUNITIVA.
Algunos padres utilizan un método punitivo. Estos padres usan la amenaza del castigo para controlar a sus hijos. Hay muchas variantes de este método. El castigo puede ser algo como que te peguen o que te griten. El castigo puede ser simplemente la privación de algo que el niño desea. El intento es mantener al niño bajo control a través de la experiencia negativa del castigo. No estoy desacreditando un uso bíblico de la vara, sino más bien una respuesta impulsiva de frustración airada.
El castigo es quizá la forma más popular de privación. A los niños se les castiga sin las bicis, sin teléfono, sin salir, sin televisión, sin estar con otros niños o incluso sin otros miembros de la familia. Mientras escribo esto, conozco el caso de un crío de 10 años que está castigado en su habitación durante varias semanas. Sólo puede salir de su habitación para ir a la escuela, o para comer, o para ir al baño. El problema aquí es que no se está tratando en concreto ninguno de los motivos que causaron su mala conducta, ésa por la cual se le ha castigado. Pregunté a sus padres qué pensaban ellos que estaban logrando para el niño con el castigo. Me miraron atónitos. El castigo no está diseñado para conseguir hacer algo por el niño; está pensado para hacer algo contra él.
El castigo no es correctivo. Es simplemente punitivo. No trata bíblicamente aquellos elementos del corazón que se reflejaron en la conducta incorrecta del niño. Simplemente lo castiga por un determinado periodo de tiempo. Mi joven amiguito no está aprendiendo nada de lo que necesita saber. Lo que está aprendiendo es a soportar el castigo, pero los defectos de su carácter no se están tratando. No está aprendiendo a comprender lo engañoso que es su corazón. No está aprendiendo los caminos de Dios. No se le está llevando a Cristo, que puede capacitar a un niño de 10 años para saber cómo servir a Dios.
Muchas veces me he preguntado por qué el castigo es tan popular universalmente. Creo que es porque es fácil. No requiere una interacción mutua. No requiere ninguna discusión. No evalúa qué es lo que está sucediendo dentro del niño. No requiere una instrucción y súplica paciente. El castigo es qáhmko, mncmrmuo, rmmhle. “Ersár carsmgako tn mer. Vese a st labmsacmón”. Quizá los padres no saben hacer nada más constructivo. Se sienten frustrados. Se dan cuenta de que algo va mal en su hijo. No saben cómo llegar a ello. Sienten que necesitan reaccionar de alguna manera.
Una cosa es segura. El castigo no se dirige a los asuntos del corazón de una manera bíblica. El corazón se está tratando, pero de una forma incorrecta. El niño aprenderá a soportar el castigo, pero puede que nunca aprenda las cosas que un padre creyente desea que él aprenda. Mi amiguito de 10 años es bastante filosófico al respecto: “No er san malo”, me kmno. “Pteko ntgaq i ueq la sele en mm labmsacmón. Rm no keno pte me afecse, no er san malo”. Ha ahqenkmko a umumq bano aqqerso kommcmlmaqmo.