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NACIONAL-RACIAL.

In document Julius Evola - La Raza Del Espíritu (página 161-166)

Es necesario decir ahora algo acerca del significado que la doctrina de la raza puede tener en el mundo del derecho. Tkmbién aquí comenzamos indicando las posturas equivocadas. Así como ya se ha visto que ciertas corrientes racistas no saben rem itirse m ás allá de la antítesis entre internacionalismo y particularismo nacionalista, al ignorar el tercer término que es el imperio en sentido tradicional, del mismo modo las mismas pare­ cen no ser capaces ni siquiera de superar la antítesis de individualismo y colectivismo en lo relativo a una determinada comunidad e ignoran el tercer término constituido por los valores de la personalidad. De manera particular en el campo jurídico, también a tal respecto, las mismas manifiestan además un preciso resentimiento anti-romano. Ahora bien, se ha ya dicho que desde nuestro punto de vista cada interpretación colectivista de la idea racial debe ser combatida en forma decidida. Es necesario pues saber ver bien los límites más allá de los cuales la identificación de “raza” y “nación” o “pueblo” -útil como “mito” en los términos ya anteriormente definidos- se convierte en peligrosa e incluso en pervertidora. Ello acontece cuando, ante aquella cosa hipotética que, en una tal extensión del concepto, se convierte la raza o la comunidad nacional-racial (Volksgemeimchaft), todos sus representantes o miembros son declarados iguales, todo privilegio desaparece, todo es remitido de manera mortificante a un mismo denominador común.

En tal caso, el racismo significaría en verdad el último ataque lanza­ do por la democracia moderna en contra de los residuos de la anterior Europa jerárquica. En efecto -tal como lo ha ya justamente hecho notar el príncipe de R o h a n - si es que había algo que la democracia y el racionalismo no habían aun podido subvertir era justamente el privilegio de la sangre, de la raza en sentido superior. En ninguna civilización la raza significó simplemente el “pueblo”. Por el contrario, la “raza” en sentido superior fue el signo de la nobleza frente al simple “pueblo” y fue justamente la nobleza la que anticipó la biología y la cultura racial. Ahora bien, en el momento en que en cambio se identifica a la raza con el pueblo, también este último bastión que aun resistía contra la democracia y el racionalismo es eliminado en el orden

de los principios; el concepto de sangre, de raza, es así decocratizado. Y por último, pensando que adecuados procedimientos podrán purificar la raza-pueblo, de parte de los ambientes ya señalados se tiene en vista jus­ tamente una especie de comunidad igualitaria, que incluso se cree que puede ser hallada en los orígenes. Hay en efecto quien supone que los antiguos nórdico-arios se sintieron diferentes ante otras razas, pero iguales y semejantes entre ellos, olvidando sin embargo las distinciones, incluso de casta, que en cambio existían en la comunidad de los árya más puros. Es necesario reconocer que varios intentos de reformar el derecho en sentido racista y de emanciparlo del romano sobre la base de la llamada Volksgemeinschaft se inspiraron justamente en similares erradas concepciones socializantes.

En tal caso es evidente que desde el punto de vista romano la concepción racista del derecho aparece como simplemente prejurídica. La misma no conoce aun a la “persona”, que es el verdadero sujeto del derecho posi­ tivo, la persona que no debe ser confundida con el individuo del libera­ lismo (cómodo y muy abusado blanco polémico en aquellas corrientes), puesto que la misma es el individuo integrado en un orden de valores superior a cualquier dato sensible, instintivo, naturalista, partícipe de aquella realidad más alta, que es la tradición espiritual, la raza del alma y la raza del es­ píritu. Esta dignidad es presupuesta en el sujeto, en cuanto sujeto del derecho, por el derecho romano auténtico, el que no debe confundirse ni con sus formas tardías y decadentes de la época del imperio semitizado, ni con las asunciones modernas y liberalizantes del mismo. Y en la referencia a tal dignidad se puede enunciar el clásico s m m caique, “a cada uno lo suyo”, que las tendencias aludidas en cam bio rechazan al concebir al sujeto exclusivamente en una condición de “sociabilidad” y de dependencia del grupo nacional-racial; condición que, desde el punto de vista tradicional equivale aproximadamente a pre-personalidad.

La doctrina tradicional de la raza debe pues evitar que el saludable principio de la desigualdad humana buscado en otros campos, dé lugar aqn a su opuesto. Para tener un justo sentido de la jerarquía de los valores nos podemos referir a las concepciones de P a u l d e L a g a r d e , asumiéndolas en la manera siguiente: el ser simplemente “hombre” (mito igualitario, democracia, internacionalismo, antirracismo) es menos que decirse y ser hombre de una determinada nación o raza en general; pero ello, a su vez, es nuevamente “menos” que el hecho de ser “persona”. En suma, pasando de la humanidad en general a la nacionalidad y a la raza hasta a la per­ sonalidad se procede en grados siempre más intensos de concreción, de

valor, de dignidad, de responsabilidad. De aquello que es informe se va hacia lo que es individualizado y verdaderamente diferenciado. Cumplido como “persona” el hombre es elemento de un orden nuevo, verdaderamente concreto, orgánico, articulado, voluntarista, jerárquico, que naturalmente no abuele, sino que comprende y presupone al precedente. Surge así la idea de una forma nueva, no prepersonal sino, ahora, en un cierto sentido superpersonal, de comunidad, que se define esencialmente en los términos de “raza del alma”. Aquí lo esencial no es más la pertenencia física a una determinada comunidad o nación-raza, sino que es una especie de cris­ ma y la fidelidad a determinados principios éticos y a un particular estilo de vida: como en las antiguas “Ordenes” ascético-guerreras. Ahora bien, tendencias hacia algo similar se manifestaron ya en las principales corrientes de renovación nacional de Europa. El denominado Mannerbundprinzip, el principio de comunidades viriles políticas concebidas como una for­ ma más alta de cualquier comunidad natural, posee en las mismas una parte significativa, ya resaltada por diferentes estudiosos.

La misma concepción fascista del Partido como Partido único nacional refleja valores análogos a nivel de principio; quien es miembro de una tal organización política es, siempre a nivel de principio, algo más que un simple “Italiano”: es persona, que un preciso juramento compromete en un grado más alto de fidelidad, de responsabilidad política, de disciplina, de prontitud, y allí donde será necesario, al sacrificio heroico y a la subordinación de cualquier lazo naturalista o interés particular ante fines más altos. Y allí donde no sólo la raza del alma, sino también la del espíritu se pueda m a­ nifestar positivamente. Se tendría una diferenciación ulterior y allí donde la misma llegase a definir una forma aun más alta de comunidad, además de la política-guerrera, se tendría casi un bosquejo, en formas nuevas, de lo que fue la suprema elite aria de los jefes espirituales. Una vez adm i­ tido este ideal jerárquico, antiburgués y anticolectivista en materia de derecho, es evidente que debería esperarse y desearse la reaparición de algo similar al antiguo y muy despreciado im singulare, en tanto liquidación defini­ tiva de los “inmortales principios del hombre y del ciudadano” y de to­ dos sus derivados: una concepción orgánica y diferenciada del derecho, la cual es por lo demás exactamente la del antiguo derecho ario y ario-romano y de todo derecho imperial.

Por lo demás hoy la legislación relativa a los Judíos en Italia y, más aun, en Alemania la distinción entre ciudadanos áúReich y huéspedes del mismo, con relativos derechos diferentes, podrían valer como un primer ejemplo

de esta tendencia hacia la diferenciación del derecho. En segundo lugar, ya la aparición del “Partido único” nacional que, nuevamente, de hecho, define ciertos privilegios políticos e incluso jurídicos, es un segundo síntoma de la m isma tendencia. Una tercera señal es en Alem ania por un lado el intento de crear una especie de nuevo Orden político-militar con precisas condiciones de raza en los términos de guardia del espíritu de la revolu­ ción nacional-socialista y de defensa del Estado (es el cuerpo de las lla­ madas SS, Schutz-Stajfeln), por el otro, la institución de una especie de seminario de elementos probados y destinados a los cargos políticos del partido a través de los denominados “Castillos de la Orden” {Ordensburgen). La segunda iniciativa, como es sabido, encuentra su correspondencia en Italia en el “Centro de preparación política” recientemente instituido, siempre que el mismo desarrolle aquellas más altas posibilidades que nosotros mismos tuvimos en su momento ocasión de p re cisar'.

También en materia de raza no nos podemos evidentemente limitar a medidas profilácticas y puramente defensivas, a las que inhiben mezclas deletéreas y a las otras que buscan impedir la transmisión de taras hereditarias en las generaciones a través de uniones irresponsables. Dado el sentido genérico que en las nuevas ideologías posee el término raza, proceder, más allá del mismo, a una discriminación también interracial, es una tarea imprescindible. Es absurdo pensar que la raza se realice según la misma pureza en todos sus miembros. La fuerza formativa de la raza se encarna plenamente sólo en pocos; sólo en pocos se puede realizar el ideal de la raza en su pureza, es decir como correspondencia y perfecta adecuación y presencia de la raza del cuerpo, del alma y del espíritu. En una producción en serie y en una crianza racional de ganado podem os esperarnos una m asa de individuos todos iguales y “puros” de nacimiento. Esto es absurdo no apenas se penetre en el campo de la personalidad, en sus relaciones con la raza del alma y del espíritu y se considere al elemento racial en su concreción, es decir tal como aparece en las diferentes circunstancias de afirmación y lucha. La lucha diferencia, selecciona, crea jerarquía; sobre todo cuando -para usar expresiones tradicionales- no es la pequeña lucha, sino la gran lucha; no la lucha de hombre contra hombre o contra el ambiente, sino la lucha del elemento sobrenatural del hombre contra todo aquello que en él es natu­ raleza, sensación, materialidad, agitación afán por vanas grandezas; contra el caos y la anti-raza que están en él, antes de hallarse afuera de él.

' Véase nuestro ensayo; Posibilidad del Centro de preparación política, en Rassegna Italiana, mayo de 1940.

In document Julius Evola - La Raza Del Espíritu (página 161-166)

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