Entre la narración y el texto pleno

In document El pensamiento narrativo. Aspectos cognitivos del relato (página 52-55)

El carácter defectivo de la narración se halla, como queda establecido en su de-finición tipológica, en la falta de apelatividad y de abstracción. Las abstracciones, las ideas y generalizaciones, por su propio carácter, por no referirse directamente a una entidad o evento empírico, tienen una aplicabilidad general a todas las entidades que engloban, de ahí que cada uno pueda relacionarlas con sus propias experiencias y no solo comprenderlas, sino adoptar una actitud personal hacia ellas; los datos concre-tos, por el contrario, se agotan en sí mismos, los recibimos y quedamos informados de que han ocurrido los hechos que transmiten y nada más; cualquier reacción o interpretación de nuestra parte será una respuesta a los hechos y no al texto que se ha limitado a transmitirlos. Desde luego, el texto puede utilizar recursos e informacio-nes adicionales que estimulen la interpretación (abstracción) en una dirección deter-minada y, por ello mismo, traten de dirigir la conducta interna o externa del receptor (apelación). Sin embargo, estos elementos ya no son narrativos y nos obligarían a clasificar el texto en otra categoría. En principio, estamos tratando la narración como forma pura de captación y transmisión de la realidad y, en este sentido, queda com-pletamente caracterizada como relación de acontecimientos en su secuencialidad.

Sin embargo, hay factores que permiten profundizar en esta caracterización y considerar la narración como algo más que un texto defectivo. En efecto, como ya quedó comentado, las narraciones tienen como objeto inmediato una acción o acon-tecimiento. El término acción es más neutro (vale tanto para comprar el pan como para desalojar a los invasores de un territorio), pero el término acontecimiento tiene implicaciones que no permiten aplicarlo a cualquier hecho: la salida del sol no es un acontecimiento, pero un terremoto sí. La narración se ocupa de acontecimientos (o de acciones que constituyen acontecimientos), es decir, que tienen carácter excepcio-nal, sorprendente, imprevisto, anormal y, por tanto, suscitan nuestro interés. Como

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esto vale para toda narración (la narración de cosas anodinas es anómala y pone en marcha, en todo caso, nuestra expectativa de acontecimientos) y constituye ya una catalogación abstracta de lo narrado que no necesita ser mencionada, podría decirse entonces que toda narración constituye un texto pleno en el que está elidido, por innecesario, un enunciado del tipo «fíjate (apelación) qué cosa tan extraña, curiosa, sorprendente (abstracción) ha sucedido:...».

Aunque sin duda esta circunstancia contribuye a la impresión de cierre y ple-nitud de las narraciones, no creemos que sea suficiente para convertirlas en textos plenos ya que la abstracción unificadora es más o menos la misma en todas las narra-ciones: el carácter novedoso del hecho narrado; por lo tanto, sirve para caracterizar a la narración globalmente, pero no a cada una de las narraciones por separado. Por ejemplo, el siguiente texto de Eduardo galeano:

Ceno con nicole y Adoum.

nicole habla de un escultor que ella conoce, hombre de mucho talento y fama. El escultor trabaja en un taller inmenso, rodeado de niños. Todos los niños del barrio son sus amigos.

Un buen día la alcaldía le encargó un gran caballo para una plaza de la ciudad. Un camión trajo al taller el bloque gigante de granito. El escultor empezó a trabajarlo, subido a una escalera, a golpes de martillo y cincel. Los niños lo miraban hacer.

Entonces los niños partieron, de vacaciones, rumbo a las montañas o el mar.

Cuando regresaron, el escultor les mostró el caballo terminado.

Y uno de los niños, con los ojos muy abiertos, le preguntó:

-Pero... ¿Cómo sabías que adentro de aquella piedra había un caballo?

El acontecimiento que da pie a la narración es la pregunta del niño. El resto la enmarca y la hace comprensible. El hecho de ser un acontecimiento consiste en con-siderarla curiosa, sorprendente, extraña. Si no vamos más allá, y podemos no ir más allá, es que nos limitamos a considerarlo como un hecho curioso y tomar nota de él.

Estaríamos ante una narración que funciona como texto defectivo.

Ahora bien, en muchas narraciones podemos efectivamente ir más allá, po-demos preguntarnos, por ejemplo, por las determinaciones, actitudes, intenciones, pensamientos... que hay detrás de la acción, y cosas semejantes, y comprender la narración como un ejemplo de tales fenómenos. Aquello de lo que el hecho narrado es ejemplo actuaría en el mismo sentido que las abstracciones que cierran los pro-cesos argumentativos del texto pleno y constituyen el núcleo de la apelatividad. El problema, sin embargo, es que siendo, como ya queda sugerido, interpretaciones

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particulares del lector no pueden ser consideradas como contenido de la interacción comunicativa, ni podemos responsabilizar de ellas al emisor. La solución puede esta-blecerse en tres niveles:

1. Si bien la narración pura es un texto formalmente defectivo (pues no contie-ne información abstracta, ni formulaciocontie-nes o indicios de apelación), en muchos casos se siente como texto pleno porque gracias al encadenamiento hipotáctico de las ac-ciones y a su carácter imprevisto e interesante sugieren alguna intencionalidad que, al jugar el mismo papel que las abstracciones, dan la impresión de textualidad acabada, sin que llegue a serlo, pues esa vaguedad del «fondo» impide la retroalimentación, es decir, no funciona como vehículo de interacción comunicativa, no incita a la parti-cipación del lector, sino que se limita a transmitir información y el lector a recibirla.

2. La narración puede considerarse como texto pleno que ha elidido la infor-mación abstracta y su vinculación con la concreta explícita. En este caso, el problema estriba en que, si la información abstracta no es expresa, en la mayoría de los casos no hay forma de restaurarla unívocamente, por lo cual permaneceríamos en la situación anterior. Si, por el contrario, las abstracciones o conclusiones son fáciles de recupe-rar, podría considerarse texto pleno con partes elípticas, aunque la dificultad para establecer procedimientos unívocos de recuperación mantiene siempre un factor de duda y ambigüedad.

3. Por último, puede considerarse que la narración pone en juego las determi-naciones ocultas de las acciones y que el autor asume, por su experiencia común con los lectores, que el lector sabrá captarlas, intuitivamente, sin formulación precisa.

Estamos aquí ante una forma especial de comunicación en la que tan importante como el texto es el universo pragmático en el que se inserta, es decir, el contexto, las condiciones psicobiológicas de los receptores, sus capacidades y conocimientos. La intervención de estos factores permite, según trataremos de examinar a continuación, superar las limitaciones de la mera transmisión de información concreta para alcan-zar una forma de comunicación y participación sutil y profunda, literaria. En este caso, la narración se convierte en texto pleno, una forma de texto pleno, irregular según quedó establecido en el capítulo precedente, e incompleto, pues se caracteriza por la ausencia del elemento estructurador que, sin embargo, puede ser suplido por la participación del lector, singularmente en el tratamiento de las irregularidades.

incompleto, sin embargo, no es lo mismo que defectivo; como texto defectivo la na-rración es una unidad acabada apta para la tranmisión de información, por ejemplo de noticias; como texto incompleto, sin embargo, la narración es un texto inacabado, que requiere la intervención del destinatario en su definición última: en el

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miento de su sentido (sentimiento) latente. Este, según venimos viendo, actúa como elemento estructurador y hace que la narración deje de ser narración para ser texto pleno; sin embargo, por ser el narrativo el único aspecto explícito, seguimos utilizan-do el término «narración» en el utilizan-dominio literario en el que no presenta contradicción con otras categorías.

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