Michael T. Treadway y Sara W. Lazar
La mente precede a las cosas, las domina, las crea. Buda A medida que la cultura occidental se ha vuelto más consciente de las tradiciones espirituales orientales, los científicos cada vez se interesan más por comprobar los testimonios anecdóticos por parte de meditadores expertos en cuanto a la práctica del mindfulness. Durante casi 50 años, neurocientíficos occidentales han estudiado la práctica de la meditación y del mindfulness con el fin de entender mejor su fenomenología, su neurobiología y sus efectos clínicos. En este capítulo ofrecemos un resumen de la investigación actual en neurobiología, en el campo de la práctica del mindfulness y de la meditación con hallazgos clave, cuestiones metodológicas e implicaciones clínicas. No pretendemos aportar una revisión completa de este vasto y variado campo de estudio; si desea obtener revisiones extensas de literatura neurobiológica, consulte Cahn y Polich (2006), Austin (1998, 1998) y Murphy, Donovan y Taylor (1997); sobre literatura clínica, consulte Lazar (2005) o Baer (2006). El objetivo de este capítulo es repasar la literatura más reciente y orientar al lector hacia este área de investigación que se está desarrollando y a sus implicaciones para las intervenciones basadas en mindfulness.A pesar de que todas las formas de meditación aumentan la capacidad de la persona de estar más consciente, las tradiciones budistas ponen un énfasis particular en cultivar el mindfulness. Por lo tanto, son esas tradiciones las que han servido como fuente principal para las técnicas de mindfulness que ahora están incorporadas en prácticas psicoterapéuticas occidentales como la DBT (Terapia Dialéctico-Comportamental), la ACT (Terapia de Aceptación y Compromiso) y la MBCT (Terapia Cognitiva basada en Mindfulness). Dado que este capítulo se centra en el mindfulness, el término “meditación” se utilizará para referirse a las prácticas
de meditación budista que cultivan el mindfulness, a menos que se indique lo contrario.
El estudio del mindfulness
El objetivo de la investigación neurocientífica de la meditación mindfulness es entender los sistemas neuronales que se utilizan para lograr los estados de meditación y también para determinar los efectos que la práctica regular del mindfulness tiene en la función y la estructura del cerebro. La meditación se asocia a cambios tanto de estado como de rasgo. Los cambios en el estado se refieren a aquellos cambios que tienen lugar en los individuos en el momento en que se encuentran meditando activamente. Por otro lado, los cambios de rasgo se producen gradualmente con el tiempo como consecuencia de la práctica sostenida de la meditación y que además persisten a lo largo del día. Se considera que los cambios de rasgo son fruto de transformaciones estables y de larga duración en la actividad y la estructura del cerebro. En el estudio de los cambios de rasgo versus estado, los científicos se pueden plantear preguntas distintas, y todas ellas pueden tener aplicaciones clínicas. Entender los cambios de estado ayudará a elucidar por qué el mindfulness puede resultar útil en una sesión de terapia en la que se abordan recuerdos dolorosos o reacciones emocionales intensas. En cambio, entender los cambios a largo plazo ayudará a identificar por qué el mindfulness es útil para el tratamiento de trastornos crónicos como la depresión y la ansiedad generalizada (véanse los Capítulos 10 y 12).
El principal desafío que supone el estudio de los cambios del estado en la meditación es la complejidad de la meditación en sí misma (véase también el Capítulo 2). Por lo general, cuando los científicos quieren investigar los sistemas neuronales subyacentes en determinada habilidad, utilizan tareas muy sencillas, repetitivas y fáciles de monitorear, como los tiempos de reacción ante estímulos. Utilizando tareas simples, es más fácil detectar las áreas específicas del cerebro implicadas en el rendimiento de la tarea en cuestión. En cambio, la meditación es muy compleja y variable de un momento a otro. En un momento determinado una persona puede estar profundamente concentrada en la respiración para de repente recordar un recado que tiene que hacer, momentos después puede ser consciente de haberse distraído y volver a concentrarse en la respiración, pero poco después quizás aparece una imagen de su
infancia, etc. Centrarse en la respiración, recordar un recado por hacer, reconocer que uno se ha distraído y ver imágenes del pasado, todo ello involucra diferentes sistemas cerebrales ¿Se debe considerar a todos esos sistemas parte del “estado meditativo”? ¿O quizás el término “estado meditativo” debería incluir solamente a las regiones del cerebro que están activas cuando nos centramos en la respiración? ¿Cómo pueden los científicos diferenciar los momentos de clara concentración de los de distracción? Nuestra tecnología experimental todavía no es capaz de determinar cuándo la mente cambia de uno de esos eventos mentales a otro.
En las siguientes secciones repasaremos hallazgos recientes sobre estudios neurobiológicos de la meditación mindfulness. Las primeras dos secciones resumen los principales hallazgos sobre los efectos de la meditación en la habilidad atencional, el procesamiento cognitivo y emocional y la estructura y el funcionamiento del cerebro. La tercera sección abarca estudios más recientes que apuntan a los posibles mecanismos de acción implicados en la meditación. Por último, la sección final trata las posibles repercusiones de esos hallazgos en las intervenciones clínicas.
Efectos cognitivos y conductuales del mindfulness
Según los testimonios de personas experimentadas en la práctica de la meditación, los niveles elevados de práctica van acompañados de un mayor nivel de conciencia y de una mejor capacidad para concentrarse profundamente tanto durante los estados de meditación como a lo largo del día. Así, los científicos consideran que las personas que practican la meditación deberían mostrar un mejor rendimiento en tareas de gran demanda cognitiva a nivel de concentración y de atención que los individuos sin experiencia ni en meditación ni en mindfulness. En esta sección resumiremos varios hallazgos clave relativos a los efectos cognitivos y conductuales de la práctica de la meditación mindfulness.
A partir de las observaciones que autoreportan las personas que practican la meditación, los cambios en los recursos atencionales han sido objeto de varios estudios recientes. En la literatura de la psicología cognitiva, la “atención” es una palabra paraguas que puede utilizarse para describir todos o algunos de los subprocesos diferenciados subyacentes en nuestra capacidad para prestar atención a estímulos distintos. Ejemplos de esos subprocesos son estar alerta (ser consciente de un estímulo, como la bocina de un auto que está sonando), la atención sostenida, y monitoreo de conflicto (permanecer centrado en un estímulo a pesar de la presencia de un estímulo que distrae/entra en conflicto). En un estudio reciente, Jha et al. (2007) comparaban esos tres subprocesos de atención en tres grupos de participantes: un grupo de practicantes experimentados de meditación antes y después de un retiro intensivo de un mes de duración, un grupo de practicantes de meditación novatos antes y después de un programa de Reducción del Estrés basado en Mindfulness de ocho semanas, y un grupo control que se evaluó ocho semanas después. Descubrieron que el grupo que había realizado el retiro y el grupo que realizó el programa de Reducción del Estrés basado en Mindfulness manifestaron una mejora en la tarea que evaluaba la atención sostenida en el transcurso de la intervención, comparados con el grupo control. Los otros dos tipos de atención no cambiaron, mostrando así la especificidad de los resultados.
Otro estudio longitudinal reciente investigó si la práctica intensa de meditación durante un retiro de tres meses aumentaría la capacidad de atención de un individuo. Cuando se presentan dos estímulos en sucesión rápida, la gente por lo general tiene problemas para identificar el segundo, un fenómeno conocido como “parpadeo de la atención”. Esta capacidad reducida de procesar dos estímulos próximos en el tiempo se considera un índice de competencia de estímulo para recursos de atención limitados (Shapiro, Arnell y Raymond, 1997). Los investigadores hallaron que las personas que practican la meditación manifestaban una respuesta de parpadeo de la atención menor tras el retiro de tres meses. Además, había un grupo por interacción de punto en el tiempo, confirmando así la hipótesis de que las personas que practican la meditación mejoraron más durante los tres meses que los controles sin meditación. En la misma línea que estos resultados conductuales, las encefalografías registradas simultáneamente mostraron que los individuos con mejor rendimiento en la prueba de parpadeo de la atención también resultaban ejercer la menor cantidad de actividad cerebral
al aparecer el primer estímulo, lo que sugiere que esos individuos pudieron efectivamente reservar recursos de atención para el segundo estímulo (Slagter et al.; 2007).
Por último, en un estudio previo, Valentine y Sweet (1999) quisieron comparar directamente los efectos del mindfulness y de la meditación de concentración en la atención sostenida en individuos sin experiencia y experimentados en la práctica de la meditación zen. En la práctica budista tradicional, a los meditadores sin experiencia primero se les enseña a concentrarse observando la respiración. Con el tiempo, a medida que aumenta su capacidad de sostener la atención en la respiración, se les enseña gradualmente a ampliar su atención hacia otros estímulos externos e internos. Para este estudio, Valentine y Sweet clasificaron a todos los sujetos como meditadores de estilo mindfulness o de concentración, dependiendo del informe realizado por ellos mismos sobre su enfoque mental durante la meditación. Se comparó a los sujetos meditadores y a un grupo control en una tarea en la que debían contar rápidamente unas señales sonoras que se les presentaban, algo que constituye una medida de la atención sostenida. Todos los meditadores resultaron ser significativamente mejores que los controles en cuanto a la capacidad para detectar todos los estímulos, lo que sugiere que ambos grupos habían desarrollado una mayor atención como resultado de su práctica. Sin embargo, los meditadores de mindfulness resultaron ser significativamente mejores en su capacidad de detectar estímulos inesperados (tonos con frecuencias de repetición diferentes), en comparación con el grupo de concentración, siendo esto consistente con la intención específica de cada una de las prácticas. Cabe destacar, sin embargo, que los tamaños de las muestras eran bastante reducidos (entre 9 y 10 sujetos por grupo), por lo que este resultado debe interpretarse con cautela. Para terminar, cuando los dos grupos de meditación se subdividieron en función del total de años de práctica, se observaron diferencias significativas y asombrosas entre los sujetos sin experiencia y los experimentados en cuanto a su capacidad para detectar los estímulos. De hecho, los individuos con más de 2 años de práctica podían detectar el 5% más aproximadamente de los estímulos que los individuos con menos de 2 años de práctica, independientemente del estilo de meditación. Este último resultado sugiere fuertemente que las diferencias entre los meditadores y los controles se deben a los efectos de la práctica y no a diferencias de personalidad entre los grupos.
Habituación
Otro testimonio que brindan los meditadores experimentados es que el resultado de una mayor conciencia abierta a todos los estímulos internos y externos será una menor tendencia hacia la habituación. La habituación es la tendencia a mostrar una actividad neuronal reducida en respuesta a un estímulo dado, si éste se ha repetido múltiples veces. Así pues, una tendencia menor hacia la habituación es el reflejo de lo que la tradición budista denomina “mente de principiante”. Un estudio temprano llevado a cabo por Kasamatsu e Hirai (1973) con cuatro maestros zen muy experimentados demostraba que sus patrones encefalográficos no lograban habituarse a sonidos de chasquidos repetidos, mientras que el patrón de los controles no meditativos sí lo hacía. Becker y Shapiro no pudieron replicar ese hallazgo 15 años después (Becker y Shapiro, 1981) con tres grupos de meditadores y 2 grupos control –un grupo control había recibido instrucciones para atender al sonido y el otro, para ignorarlo. Sin embargo, los sujetos de los distintos grupos tenían edades distintas (zen, 37,8 años; yoga, 31,5 años; TM, 28,7 años; los dos grupos de control, 26,5 y 29,5 años). Además, las características de los sonidos y el método en el que se presentaban los chasquidos en ambos estudios también eran distintos, algo que puede explicar las diferencias. En el estudio de Kasamatsu, los sonidos se presentaban a través de parlantes, mientras que en el estudio de Becker los sujetos llevaban auriculares. Probablemente las sensaciones físicas asociadas con los auriculares dirigirían más atención hacia los oídos y haría que todos los sujetos estuvieran más atentos a los chasquidos. Además, en ninguno de los dos estudios se refleja la magnitud de los tonos, por lo que es posible que en el segundo los sonidos fueran más altos o más intrusivos, superando los sutiles efectos observados en el primero.
Ambos estudios avalan dos de los comentarios centrales de los meditadores experimentados en cuanto a los efectos de su práctica: la práctica de la meditación parece aumentar la capacidad de atención del individuo y disminuir la habituación. Como veremos más adelante en este mismo capítulo, esos efectos pueden contribuir a las ventajas clínicas observadas que caracterizan a las intervenciones basadas en mindfulness.
Electroencefalografías de los estados meditativos
Al principio de la historia de la neurociencia del mindfulness y la meditación, el principal interés de los investigadores era determinar la medida en la que los estados meditativos representaban una forma específica de la experiencia consciente. En el primero de esos estudios los científicos se centraron en evaluar los cambios fisiológicos y psicológicos que tenían lugar durante la meditación (Cahn y Polich, 2006). Sin embargo, no fue hasta la década de los 1960 cuando los científicos empezaron a utilizar las electroencefalografías para examinar los cambios en la actividad cerebral durante la práctica de la meditación. Una electroencefalografía mide los cambios de la actividad eléctrica en el cerebro y puede distinguir entre distintas frecuencias de señales eléctricas, asociadas con distintos tipos de actividad cerebral.
A pesar de la gran cantidad de estudios realizados, los resultados de las electroencefalografías no son consistentes y esas diferencias se deben en parte a los distintos tipos de meditación estudiados, así como a diferencias metodológicas. Así pues, un resumen claro y conciso de los hallazgos de las electroencefalografías sigue siendo difícil de lograr (Cahn y Polich, 2006). Parece ser que los sujetos que practican meditación prolongadamente tienen unos niveles iniciales más elevados de actividad de las ondas alfa y teta, asociadas con el sueño y el descanso (Aftanas y Golocheikine, 2005; Andresen, 2000; J.M. Davidson, 1976; Delmonte 1984; Jevning, Wallace y Beidebach, 1992; Schuman, 1980; West, 1979; Woolfolk, 1975). Por su parte, algunos estudios han demostrado que los aumentos de la potencia de las ondas alfa se asocian con la entrada en un estado meditativo (Banquet, 1973; Hirai, 1974; Kasamatsu y Hirai, 1966; Taneli y Krahne, 1987), mientras que otros indican disminuciones de las ondas alfa (G.D. Jacobs y Lubar, 1989; Pagano y Warrenburg, 1983), y también hay quien indica que no existen diferencias entre meditación y no meditación en los mismos sujetos (Cuthbert, Kriteller, Simons, Hodes, Lang, 1981; Delmonte, 1985). Además se han constatado ampliamente aumentos de la potencia teta durante la práctica de la meditación y, de hecho, son algo más consistentes (Cahn y Polich, 2006).
Lehmann et al. (2001) estudiaron a un lama budista muy avanzado mientras practicaba cinco ejercicios distintos. Si bien todos los ejercicios eran de concentración, el estudio mostró
claramente en un único sujeto que prácticas de meditación distintas provocan patrones de actividad cerebral diferentes. Además, las regiones activadas resultaron ser consistentes con lo que se conocía sobre las funciones de dichas regiones cerebrales (i.e.; uso de áreas de lenguaje activadas por mantras y áreas visuales activadas por imágenes), lo que ayuda a comprobar que la actividad neuronal del sujeto era consistente con su informe subjetivo.
Una posible explicación de los resultados discrepantes de las electroencefalografías es que estilos de meditación diferentes pueden producir patrones de actividad determinados. Las prácticas de meditación que enfatizan en la relajación física profunda son más proclives a producir mayores niveles de actividad teta y delta (más asociadas al sueño profundo), mientras que las prácticas que se centran más en la concentración intensa y en el mindfulness tendrán más potencia alfa y beta. Esta hipótesis no se ha comprobado completamente, ya que son pocos los estudios que se han esforzado por comparar directamente diferentes estilos de meditación, un fenómeno que puede deberse a la tendencia a favor de estudiar a meditadores expertos, que cuentan con una experiencia significativa en un estilo de meditación particular. Sin embargo, un estudio realizado con meditadores no expertos logró contrastar estilos de meditación de relajación, de concentración y mindfulness. Esos investigadores observaron que el nivel basal de relajación se asociaba a un mayor aumento de delta y teta, al comparar con la meditación de concentración y meditación mindfulness, pero que el resultado de ambos tipos de meditaciones era un aumento de potencia alfa y beta 1. Resulta interesante observar que la meditación mindfulness se asociaba a un mayor aumento de alfa y beta 1, en comparación con la meditación de concentración (Dunn, Hartigan y Mikulas, 1999). Este estudio apoya la interpretación de que los diferentes estilos de meditación pueden afectar de manera significativa los datos de las electroencefalografías resultantes, a pesar de que la mayoría de prácticas de meditación, si no todas, utilizan técnicas que se solapan.
Para terminar, un estudio reciente que compara a los monjes budistas tibetanos con controles normales indica que la relación de actividad de ondas gama comparada con la actividad oscilatoria lenta era inicialmente más elevada en los monjes durante el reposo. Diferencia que aumentaba bruscamente cuando los monjes empezaban a practicar la meditación de amor incondicional. Los autores concluyeron que esos datos avalan la posibilidad de que la meditación pueda promover cambios a corto y largo plazo en el funcionamiento neuronal (Lutz
et al.; 2004).
Estudios de neuroimagen de los estados meditativos
Como confirmaban las primeras electroencefalografías y estudios de la conducta más recientes, parece que la meditación y el mindfulness representan patrones exclusivos de funcionamiento neuronal. Aunque las electroencefalografías permiten a los científicos ver cambios rápidos en los tipos de actividad cerebral, el principal inconveniente de esta técnica es la limitadísima información espacial que proporciona. Uno no puede aseverar con demasiada confianza de qué parte del cerebro procede la actividad observada.
Al contrario, dos técnicas de neuroimagen desarrolladas en los últimos 10 o 15 años, fMRI (imagen por resonancia magnética funcional) y PET (tomografía por emisión de positrones), tienen una resolución espacial excelente pero no aportan información sobre los distintos tipos de activación de las neuronas. La cantidad de información que aportan estas herramientas de regiones específicas del cerebro ha revolucionado la neurociencia y permite a los científicos identificar actividad en el interior del cerebro durante una amplia variedad de tareas. Siguiendo el cada vez mayor interés en las técnicas de mindfulness, se han publicado varios estudios que utilizan esas herramientas para investigar la meditación.
Igual que con las electroencefalografías de antes, los estudios de neuroimagen han variado significativamente en su diseño y en el tipo de meditación estudiado y, por lo tanto, a menudo presentan resultados contradictorios. A pesar de todo ello, han surgido varios resultados consistentes. El primero es la activación de la corteza prefrontal dorsolateral (DLPFC), una zona asociada con las funciones ejecutivas, la toma de decisiones y la atención. Este área se activaba en 5 de los 14 estudios y aparecía en una gama de estilos de meditación, como el yoga Kundalini (Lazar et al.; 2000), la meditación mindfulness (Baerentsen, 2001), la meditación de visualización budista tibetana (Newberg et al.; 2001), la recitación de salmos (Azari et al.; 2001) y la meditación Zen (Ritskes, Ritskes-Hoitinga, Stodkilde-Jorgensen,