Al no haber sido bien recibido en el templo, que era la casa de su Padre, Jesús no quiso forzar las cosas. Aquel templo terreno pasaría, y Él, el verdadero Templo en que Dios habita, resucitaría lleno de gloria. De momento, se limitó a probar por medio de su enseñanza y sus milagros que Él era el Mesías. Durante aquellos pocos días obró muchos más milagros que los que fueron registrados por escrito, y el evangelio nos dice que muchas personas, al ver los milagros que hacía, creyeron en Él. Uno de los miembros del sanedrín admitió que no sólo los milagros eran auténticos, sino que Dios estaba forzosamente con el que tales señales hacía.
Un fariseo, hombre principal de los judíos, vino a ver a Jesús por la noche.
Jn 3, 1 Según todos los cánones del mundo, Nicodemo era un sabio; estaba versado en las Escrituras y era un hombre religioso, puesto que pertenecía a una de las sectas, la de los fariseos, que daba suma importancia a las minucias de los ritos externos. Pero Nicodemo, al menos al principio, no era un hombre exento de temor, ya que para hablar con nuestro Señor escogió una hora en que el manto de la oscuridad le escondiera de las miradas de las personas.
Nicodemo era el personaje nocturno del evangelio, ya que cuando le encontramos se halla en tinieblas. La primera visita se nos describe decididamente como una visita nocturna. Más adelante, también de noche, como miembro del sanedrín, fue él quien habló en defensa de nuestro Señor, al decir que nadie debe ser juzgado antes de ser oído. El día de viernes santo, en las tinieblas que siguieron a la crucifixión, llegó José de Arimatea.
Y también con él Nicodemo, aquel que vino a Jesús de noche la primera vez, trayendo una mixtura de mirra y áloes, como cien libras.
Jn 19, 39 A pesar de que existían factores sociales que se oponían a que se interesase por nuestro Señor, fue a verle, no obstante, cuando llegó a Jerusalén para la pascua. Vino para mostrar reverencia a Cristo, y en seguida se enteró de que tal clase de reverencia no era suficiente.
Nicodemo le dijo:
Rabí, nosotros sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, a menos que Dios esté con él.
Jn 3, 2 Pero, aunque Nicodemo había visto los milagros, no estaba dispuesto a confesar todavía la divinidad del que los obraba. Todavía se estaba manteniendo un poco alejado, puesto que velaba su personalidad tras el vago y oficial «nosotros». Éste es un ardid al que a veces recurren los intelectuales para eludir toda responsabilidad personal; con ello se quiere indicar que, si se precisa un cambio, debe ser por la sociedad en general, más bien que por voluntad propia. Nuestro Señor reprendió a Nicodemo respecto al «maestro», porque todavía ignoraba muchas profecías. En esto nuestro Señor se estaba manifestando también como maestro. Pero, antes de que el alba interrumpiera su larga discusión, nuestro Señor proclamó que, aunque Él fuese maestro, no era solamente esto; Él era primero y ante todo el Redentor. Afirmó que lo esencial para estar con Él no era la verdad humana de la mente, sino un renacer del alma, comprado por medio de su muerte. Nicodemo empezó llamándole maestro; al final de la entrevista, nuestro Señor se había proclamado a sí mismo el Salvador.
La cruz se reflejaba sobre cada suceso de su vida; pero nunca como aquella noche brilló con tanta intensidad sobre uno que conocía el Antiguo Testamento. Aquel fariseo había creído que Jesús era sólo un maestro o rabí, pero al fin descubrió que la salud se hallaba en aquello que siempre había considerado como una maldición: la cruz.
Nuestro Señor, en su respuesta, le invitó a que dejara el orden de las cosas del mundo.
En verdad, en verdad te digo, a menos que el hombre naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.
Jn 3, 3 La idea que al principio de la discusión entre Nicodemo y nuestro Señor se destacó fue la de que la vida espiritual era diferente de la vida física o de la intelectual. La diferencia entre la vida espiritual y la vida física, le dijo Jesús, es mayor que la que existe entre un cristal y una célula viva. Un hombre no llega a hacerse menos egoísta y más liberal si no se convierte en seguidor de Cristo. Debe haber un nuevo nacimiento producido desde lo alto. Todas las personas del mundo tienen un primer nacimiento, de la carne. Pero Jesús dijo que es necesario un segundo nacimiento de lo alto para la vida espiritual. Tan necesario es, que una persona «no puede entrar» en el reino de Dios sin este segundo nacimiento; no dijo «no entrará», ya que se trata de una imposibilidad real. De la misma manera que uno no puede vivir una vida física sin haber nacido, tampoco puede vivir espiritualmente a menos que nazca de Dios. El primer nacimiento hace que seamos hijos de nuestros padres; el se- gundo nos hace hijos de Dios. La importancia no se hace recaer sobre el desarrollo propio, sino sobre la regeneración; no en el hecho de mejorar nuestra condición presente, sino en un cambio radical del modo de ser que nos es propio.
Vencido por la grandeza de la idea que se sugería, Nicodemo pidió que se le ilustrase más claramente sobre este punto. Podía entender que un hombre sea lo que es, pero no podía entender que un hombre llegara a ser lo que no es. Nicodemo sabía acerca de retoques y restauraciones del hombre viejo, pero no acerca de crear un hombre enteramente nuevo. De ahí la pregunta que hizo:
¿Cómo puede el hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso podrá por segunda vez entrar en el seno de su madre y nacer?
Jn 3, 4 Nicodemo no negaba la doctrina del nuevo nacimiento. Se aferraba al sentido literal, y lo que hacía era dudar de la exactitud del término «nacer».
Nuestro Señor respondió así a su dificultad:
En verdad, en verdad te digo que, a menos que el hombre naciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido
del Espíritu, Espíritu es. No te maravilles de que te dije: os es necesario nacer de nuevo.
Jn 3. 5-7 La ilustración de Nicodemo era inadecuada. Sólo se refería al reino de la carne. Nicodemo no podía volver a entrar en el seno de su madre para volver a nacer. Pero lo que es imposible para la carne es posible para el espíritu. Nicodemo había estado esperando instrucción y enseñanza, pero en vez de ello se le habían ofrecido la regeneración y el renacer. El reino de Dios era presentado como una nueva creación. Cuando un hombre sale del seno de su madre es solamente una criatura de Dios, de la misma ma- nera que, aunque en grado inferior, una mesa es creación del carpintero. Ningún hombre, en el orden natural, puede llamar «Padre» a Dios; para hacer esto, el hombre debería convertirse en algo distinto de lo que es. Es preciso que por un don divino participe de la naturaleza de Dios, de la misma manera como actualmente participa de la naturaleza de sus padres. El hombre hace cosas que son distintas de él mismo, pero engendra lo que es igual a sí mismo. Un artista pinta un cuadro, pero una cosa es el artista y otra la naturaleza. Una madre da a luz a un hijo, y el hijo es de la misma naturaleza que la madre. Nuestro Señor sugiere que por encima del orden del hacer o del crear se encuentra el orden del engendrar, de la regeneración y el renacimiento, por el cual Dios llega a ser Padre nuestro.
Seguramente Nicodemo se sobresaltó desde el punto de vista intelectual, puesto que nuestro Señor le dijo: «No te maravilles». Nicodemo se preguntaba cómo podía efectuarse esta regeneración. Nuestro Señor le explicó que la razón por la cual Nicodemo no entendía este segundo nacimiento era porque ignoraba la forma como opera el Espíritu santo. Unos momentos más tarde, Él le sugirió que de la misma manera que su muerte reconciliaría a la humanidad con el Padre, la humanidad sería regenerada por obra del Espíritu santo. El nuevo nacimiento a que nuestro Señor aludía escaparía a los sentidos, y sólo es conocido por los efectos que produce en el alma.
Nuestro Señor ilustró con una comparación este misterio. «Tú no puedes entender la manera como sopla el viento, pero obedeces sus leyes, y de este modo dominas su fuerza; lo mismo sucede con el Espíritu. Obedece la ley del viento, y el viento henchirá tus velas y te hará avanzar. Obedece la ley del Espíritu y conocerás el nuevo nacimiento. No niegues la relación que te une a esta ley sólo porque intelectualmente no te es- posible escrutar su misterio.»
El viento sopla de donde quiere y oyes su sonido, mas no sabes de dónde viene ni adónde va: así es todo aquel que es nacido del Espíritu.
Jn 3, 8 El Espíritu de Dios es libre y siempre obra libremente. Sus mo- vimientos no pueden ser previstos por ningún cálculo humano. Nadie puede decir cuándo llega la gracia o de qué modo obrará en un alma; si vendrá como resultado de un hastío del pecado o como anhelo de un bien superior. La voz del Espíritu está dentro del alma; allí dentro se encuentran sin duda alguna la paz que confiere, la luz que derrama y la fuerza que proporciona. La regeneración de una persona no puede verse directamente con los ojos humanos.
Aunque Nicodemo se hallaba sofisticado por su mucha erudición, se quedó lleno de asombro ante la sublimidad de la doctrina que estaba escuchando de labios de aquel a quien había llamado maestro. Su interés como fariseo no había versado sobre la santidad personal, sino sobre la gloria de un reino terreno. Ahora hizo esta pregunta:
¿Cómo puede ser esto?
Jn 3, 9 Nicodemo veía que la vida divina en el hombre no era precisamente una cuestión de ser, y que encierra también el problema de convertirse en
algo diferente mediante un poder que no se encuentra en el hombre, sino
en Dios.
Nuestro Señor le explicó que su doctrina era algo que ninguna mente humana pudiera haber inventado jamás. Esto en cierto modo disculpaba la ignorancia de aquel fariseo. Después de todo, nadie había subido nunca al cielo para aprender aquellos secretos celestiales y regresar a la tierra para darlos a conocer. El único que podía saber de ello era aquel que había descendido del cielo, aquel que siendo Dios se hizo hombre y ahora estaba hablando a Nicodemo. Por vez primera nuestro Señor se refirió a sí mismo como el Hijo del hombre. Al mismo tiempo, estaba dando a entender que era algo más que esto: era también el Hijo divino unigénito del Padre ce- lestial. En realidad, estaba afirmando su naturaleza divina y su naturaleza humana.
Nadie ha subido al cielo, sino aquel que del cielo descendió: el Hijo del hombre, que está en el cielo.
Jn 3, 13 No era ésta la única vez que nuestro Señor hablaba de su reascensión al cielo o de que había descendido del cielo. A uno de los apóstoles le dijo:
En verdad, en verdad os digo que veréis abierto el cielo, y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre.
Jn 1, 51 Porque descendí del cielo no para hacer mi propia voluntad, sino la voluntad de aquel que me envió.
Jn 6, 38 El que de arriba viene, está por encima de todos; el que procede de la tierra, de la tierra es, y de la tierra habla; pero el que del cielo viene, está por encima de todos.
Jn 2, 21 Y decían: ¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo es que ahora dice: a Yo he descendido del cielo»?
Jn 6, 42 ¿Pues qué si viereis al Hijo del hombre que sube donde antes estaba?
Jn 6, 62 Nuestro Señor jamás hablaba de su gloria celestial de la resurrección sin aludir a la ignominia de la cruz. Algunas veces habló primeramente de la gloria, como estaba haciendo ahora con Nicodemo, pero la crucifixión había de ser la condición de esta gloria. Nuestro Señor vivía a la vez una vida celestial y una vida terrena; una vida celestial como Hijo de Dios, una vida terrena como Hijo del hombre. Sin dejar de ser uno con su Padre celestial, se entregó a sí mismo por los hombres terrenales. A Nicodemo afirmó que la condición de la que dependía la salvación humana sería su propia pasión y muerte. Hizo esto bien claro al referirse a la predicción más famosa de la cruz que se encontraba en el Antiguo Testamento:
Y de la manera que Moisés levantó la serpiente en el desierto, asimismo es necesario que sea levantado el Hijo del hombre; para que todo aquel que cree tenga por Él vida eterna.
El libro de los Números refiere que, cuando el pueblo murmuró en rebeldía contra Dios, fueron castigados con una plaga de serpientes de fuego, de suerte que muchos perdieron la vida. Cuando se arrepintieron, Dios dijo a Moisés que hiciese una serpiente de bronce y la levantase a modo de señal; y todos aquellos que habían sido mordidos por las serpientes y miraban la señal quedaban curados. Nuestro Señor declaraba ahora que Él sería levantado en alto, de la misma manera que lo había sido la serpiente de bronce. De la misma manera que ésta tuvo la apariencia de una serpiente y, sin embargo, carecía de veneno, así también Él, cuando fuese levantado en el madero de la cruz, tendría la apariencia de un peca- dor, pero estaría sin pecado. Así como todos los que miraban a la serpiente de bronce quedaron curados de mordedura de serpiente, todos aquellos que mirasen a Él con amor y fe serían sanados de la mordedura de la serpiente maligna.
No era suficiente que el Hijo de Dios bajase del cielo y apareciera como el Hijo del hombre, ya que entonces sólo habría sido un gran maestro y un gran modelo a seguir, pero no un redentor. Para cumplir el propósito de su venida a este mundo era más importante que redimiera al hombre del pecado mientras se hallaba en su forma de carne humana. Los maestros cambian a las personas mediante su vida; nuestro Señor las cambiaría por medio de su muerte. El veneno del odio, la sensualidad y la envidia que se encuentra en el corazón de los hombres no podía curarse simplemente por medio de exhortaciones prudentes y reformas sociales. El salario del pecado es la muerte, y, por lo tanto, sólo por medio de la muerte había de realizarse la expiación por el pecado. Como en los antiguos sacrificios el fuego quemaba simbólicamente el pecado imputado juntamente con la víctima, así también en la cruz se destruiría el pecado del mundo por medio de los sufrimientos de Cristo, ya que El estaría erguido como sacerdote y postrado como víctima.
Los dos estandartes que alguna vez fueron levantados fueron la serpiente de bronce y el Salvador crucificado. Y, con todo, había una profunda diferencia entre ambos. El teatro del uno fue el desierto, y el auditorio unos miles de israelitas; el teatro del otro era el universo, y el auditorio la humanidad entera. Del uno venía una curación corporal, que pronto desaparecería con la muerte; del otro fluía la salud del alma para la vida eterna. Y, con todo, el primero era prefiguración del segundo.
Pero, aunque Él había venido para morir, hizo hincapié en el hecho de que moriría voluntariamente y no porque fuera demasiado débil para
defenderse de sus enemigos. La única causa de su muerte sería el amor, según dijo a Nicodemo:
Porque de tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en El no perezca, sino que tenga vida eterna.
Jn 3, 16 Aquella noche, en la que un anciano venía a ver al divino Maestro que asombró al mundo con sus milagros, nuestro Señor contó la historia de su vida. Una vida que no empezó en Belén, sino que existía desde toda la eternidad en la Divinidad. El Hijo de Dios llegó a ser el Hijo del hombre porque el Padre le envió con la misión de rescatar al hombre por medio del amor.
Si hay algo que desee un buen maestro, es vivir muchos años para que su doctrina sea conocida, y adquirir sabiduría y experiencia. La muerte es siempre una tragedia para un gran maestro. Cuando a Sócrates se le dio a beber la cicuta, su mensaje fue interrumpido de una vez para siempre. La muerte fue un gravísimo tropiezo para Buda y su doctrina de la óctuple vía. El último suspiro de Lao-tse corrió una cortina sobre su doctrina referente al Tao o «no hacer nada», así como contra la agresiva autodeterminación. Sócrates había enseñado que el pecado era debido a la ignorancia, y que, por lo tanto, el conocimiento haría un mundo bueno y perfecto. Los maestros orientales hablaban de que el hombre se hallaba aprisionado en cierta gran rueda del hado. De ahí la recomendación de Buda de que había que enseñar a los hombres a matar los deseos, y de esta manera encontrarían la paz. Cuando murió Buda, a los ochenta años, no señaló hacia sí mismo, sino a la ley que él había dado. La muerte puso fin a los preceptos morales de Confucio acerca de cómo perfeccionar un Estado por medio de amables relaciones mutuas entre príncipe y súbdito, padre e hijo, hermanos, marido y mujer, amigos.
En su conversación con Nicodemo, nuestro Señor se proclamó a sí mismo como Luz del mundo. Pero la parte más asombrosa de su enseñanza fue que dijo que nadie entendería su doctrina en tanto Él estuviera vivo, y que su muerte y resurrección serían esenciales para su comprensión. Ningún otro maestro del mundo dijo jamás que haría falta que él muriera de muerte violenta para que sus enseñanzas resultasen más inteligibles. Éste era un Maestro que ponía su doctrina tan en segundo lugar, que pudo llegar a decir que la única forma con que atraería a la
gente hacia sí sería no por medio de su doctrina, no por medio de lo que
decía, sino por medio de su crucifixión.
Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces conoceréis que yo soy.
Jn 8, 28 No dijo que sería su doctrina lo que ellos entenderían entonces, sino más bien su personalidad. Sólo después que le hubieran dado muerte, entenderían que Él había hablado la Verdad. Su muerte, entonces, en vez