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NOTA ADICIONAL SOBRE LA ASTROLOGÍA Y LA GEOGRAFÍA SAGRADAS

“A LA GLORIOSA MEMORIA DE LOS DOS SAN JUAN”

NOTA ADICIONAL SOBRE LA ASTROLOGÍA Y LA GEOGRAFÍA SAGRADAS

M. Corneloup no ofrece el aire de plantearse que, la astrología tradicional, no tiene nada en común con un “arte adivinatorio”. A este respecto, podemos encontrar multitud de reseñas interesantes en las Obras de M. Jean Richer.

En su Geografía Sagrada del Mundo Griego, el autor, muy conocido en los medios arqueológicos y helenísticos, cita abundantemente los “remarcables estudios” de René Guénon (notablemente, El Rey del Mundo y Símbolos Fundamentales de la

Ciencia Sagrada), y no oculta la satisfacción que ha experimentado, viendo a dichos

estudios “confirmar” sus propios descubrimientos. Señala, incluso, “aproximaciones, que parecían haber sido hechas”. Citemos, por ejemplo, lo que escribe sobre la procesión atheniana de los Brauronies (palabra en la que se encuentra la raíz bro), donde las niñas eran consagradas a Artemis (palabra, donde el autor, reencuentra la raíz

arth), bajo el nombre de “la osa”; y también bajo el “juramento del jabalí” (tomada

notablemente, por las concurrencias en los Juegos olímpicos), y que constituían, dice, un “juramento por e polo, que no cambia”.

Esta Obra, enriquecida con cartas y lujosamente ilustrada por numerosas reproducciones de monedas, ánforas, correas de escudos, frontones de templos y demás objetos de arte, se refiere también a textos antiguos (sobre todo Platón y Pausanias). En consideración a los emplazamientos de los principales lugares sagrados de Grecia, el autor ha podido determinar ciertos ejes fundamentales, de los que, el principal, pasando por el omphalos de Delfos, la Acrocorinthia y el monte Ida, en Creta, “señala verdaderamente a Grecia y ofrece la imagen de la Armonía celeste”. Por un conjunto de deducciones, siempre justificadas por el examen de documentos figurados, establece que se encuentra en tierra helénica, a partir del centro de Delfos, las seis direcciones del espacio, marcadas por el emplazamiento de lugares sagrados particularmente importantes: La hiperbórea, Creta, Delos, Leucade, el Olimpo (representando el Zénit) y el cabo Tenare (donde se encuentra una “boca de los infiernos”, que representa, así, el Nadir). Sería imposible resumir la multitud de hechos relacionados por el autor y que alcanzan la convicción. Para él, “muy frecuentemente, los monumentos son más elocuentes que los textos, y permite0n leer y comprenderlos mejor”. Es por lo que piensa que “han debido existir verdaderas cofradías de escultores iniciados, capaces de dar, a la decoración de un templo, el valor de signo y el de imposición mágica”.

Aun habrían muchas cosas por señalar en este Libro: por ejemplo sobre los cambios de símbolos para efectuar la “resolución de los opuestos”; sobre la Osa Mayor, llamada por el astrónomo Aratus “constelación de Hélice”; sobre un verso de La Eneida “en el que Virgilio, una vez más, aparece como el depositario de ciertos secretos”, etc... Pero resurge, de la totalidad del Libro y con clamorosa evidencia, que la astrología es, verdaderamente, la llave de toda comprensión profunda de la arquitectura, de la escultura, de la cerámica, de la armería, de numismática de los Griegos. Ciertos conjuntos de sus templos, “tienden a constituir un todo armónico, como una imagen del cosmos”; y una concepción de orden astrológico “ha debido presidir la elección del emplazamiento de diversas construcciones, en los grandes santuarios”.

Del estudio de la “geografía sagrada”, que se relaciona con el “espacio cualificado”, el autor pasa al examen de los calendarios sagrados, basados sobre “las determinaciones cualitativas del tiempo”. Se sabe que estas dos disciplinas resaltan al “arte sacerdotal”, al igual que la acuñación de las monedas, el trazo del plan de los edificios religiosos y, sin duda, también el establecimiento de instituciones políticas tradicionales. He aquí que nos encontramos muy lejos, de los juegos infantiles y peligrosos de la astrología, a la manera, de Oswald Wirth. El Libro de M. Jean Richer debe situarse junto a l’Empédocle d’Agrigente de M. Jean Biès (el cual hace una mención muy elogiosa de la Obra de su cofrade); ambos muestran lo que se puede alcanzar con la erudición, desde el momento que consiente el tener en cuenta los datos tradicionales. Y no hay que extrañarse de que esta demostración sea particularmente chocante en el dominio de los estudios helénicos. La razón está en los lazos que vinculan la tradición greco-latina a la gran Tradición primordial de Thule, completamente perdida de vista en Occidente, antes de que Guénon condujera la atención hacia ella. De esta afiliación, M. Jean Biès, es perfectamente consciente, y también M. Jean Richer, que termina su Obra con estas líneas:

“Desde ahora, esperamos haber mostrado claramente que Grecia se vincula a las grandes civilizaciones tradicionales y que, su pueblo, profundamente religioso, se ha esforzado durante siglos, en hacer de su territorio, la misma imagen del cielo, como sus centenares de monumentos lo atestiguan”.

Reconocer en la tierra, los “trazos” de las “influencias” celestes, a fin de modelar la tierra sobre el “modelo” del cielo: tal era el objetivo de la geografía sagrada, aplicación inmediata de la astrología tradicional. Cumplimentando así la Gran Obra hermética -según el adagio de la Tabula Smaradigna: “lo que está abajo es como lo que está arriba”-, los adeptos tenían conciencia de colaborar en la realización del plan divino sobre el mundo; realización que responde a la demanda formulada en la oración común a todos los cultos: “Que Tu Voluntad se haga sobre la Tierra, como en el Cielo”.

* * *

En su reseña sobre la Obra de Xavier Guichart, titulada Eleusis-Alésia, Guénon (en 1938) la revelaba, como particularmente digno de interés, el hecho de que los lazos, referidos y llamados por el autor alesiens, estaban regularmente dispuestos sobre ciertas líneas radiantes, describiendo el rededor de un centro, y yendo de un extremo al otro de Europa”. No podíamos dejar de pensar en la Obra de Guichart, leyendo el Libro de M. Jean Richer, aparecido en 1970, y que constituye la continuación de su monumental

Geografía Sagrada del Mundo Griego. En este estudio sobre tres de los principales

centros religiosos del mundo antiguo, es, en efecto, continuadamente cuestión de las rectas radiantes alrededor de centros principales o subalternos. Ciertamente, los descubrimientos de M. Richer, no muestran algunas reservas que Guénon había formulado a propósito de las de Guichart (notablemente, sobre el papel de “centro” atribuido, por este último, al mundo Poupet). Pero Eleusis-Alésia sigue siendo la primera tentativa, hecha por un autor contemporáneo, para restituir algunos elementos de esta “geografía sagrada”, de la que Guénon decía que es, “entre las antiguas ciencias tradicionales, una de aquellas cuya restitución daría lugar, actualmente, a las mayores

dificultades totalmente irremontables” (Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos, pg. 163).

En Delphos, Delos y Cumes, el autor explica (pgs.14 y 15) las circunstancias verdaderamente extrañas, que ocurrieron en el origen de los descubrimientos, que le condujeron a escribir su Geografía sagrada. Las citamos:

“Me había planteado una cuestión precisa: ¿por qué el viajante, llegando de Atenas a Delfos, encuentra, en la entrada del lugar sagrado, un santuario de Atenea? La respuesta vino en un sueño de una mañana de Primavera. Una estatua de Apolo... se me apareció, de espaldas, luego, lentamente, pivotaba sobre sí misma en 180 grados, en el sentido de las agujas del reloj, hasta colocarse de frente. En los siguientes minutos, apliqué el método preconizado en el Timée... Bastaba con un mapa de Grecia, una escuadra y un compás, para interpretar el sueño. ¿Tenía que hacer algo por los dioses geómetras? Aun medio dormido, tome el primer mapa de Grecia que cayó en mis manos. Tracé la línea Delfos-Atenas. ¡Oh, sorpresa!... Prolongada, llegaba a Delos [lugar de nacimiento de Apolo], y, naturalmente, conocía la historia de las Vírgenes veneradas en Delos. El descubrimiento estaba hecho, pero, para sacar las consecuencias, me faltaban ciertos años de reflexión y de búsquedas. Solamente dos años más tarde, cuando reuní decenas y centenas de hechos y observaciones concordantes, es cuando empecé a tomármelo en serio y soñar en explotarlo...”.

M. Richer tiró bien sus rectas y trazó bien sus cercos, durante los años de que habla. Pero el resultado fue verdaderamente sorprendente. Su Libro no es resumible, pues está basado en los mapas y en las reproducciones de monumentos figurados. Nos limitaremos, entonces, a señalar algunos puntos donde el autor aporta una contribución muy apreciable a las tesis tradicionales. Pero no podemos impedir el probar un pesar. El autor, da, a veces, la impresión de dirigirse únicamente a los especialistas de los estudios helénicos. Algunas explicaciones suplementarias, hubieran podido hacer su Obra asequible a una gran parte de sus lectores. Por ejemplo, es probable que las Vírgenes veneradas en Delos, fueran de origen hiperbóreo; y nos hubiera gustado tener todas las indicaciones posibles sobre la “teoría”, este navío sagrado que los Atenienses, cada cuatro años, enviaban en el mes de Mayo, y con gran pompa, para celebrar, en Delos, los juegos rituales.

Entre el gran número de ejes meridianos (Norte-Sur) y paralelos (Este-Oeste) que son estudiados en esta Obra, muchos deben tener una particular importancia. Es así que, el Meridiano de Delos, pasa, al Norte, por el monte Haemus en Thrace (donde Borée, residía en una caverna) y, al Sur, por el oasis de Ammón, donde se halla un oráculo famoso, que proclama a Alejandro hijo de Zeus (es decir, “el nuevo Dionysios”, e hijo del trueno) y que marca el límite occidental de las conquistas macedónicas. M. Richer observa a este eje, Mont Haemus-Delos-Ammón, como poseedor de un carácter solsticial, en relación con el “árbol del mundo”. Reproduce un relieve, conservado en el museo de Delos, que representa a la serpiente enrollada alrededor del Omphales y flanqueada por dos árboles.

Independientemente de lo que constituye el propio dominio de sus búsquedas, M. Richer aporta, sobre numerosos puntos, “juicios”, donde manifiesta la independencia de su espíritu y que, a veces, hacen un feliz contraste con ciertas opiniones algo “conformistas”. Vamos a citar algunos pasajes destacables.

“Vivimos en una época bastante extraña, donde existen graves comentadores de Platón, que se burlan de un autor, bastante ingenuo, por creer en la adivinación por los sueños, y que lo suponen de cautela o cálculo políticos, porque, en el Timée y en Fedra, acordó su caución moral, a los oráculos délficos (pg. 13)... La mentalidad moderna, no permite comprender [ciertos] fenómenos... Siempre estamos prestos a buscar los trucos, triquiñuelas, y a suponer que los antiguos eran más ingenuos que nosotros. Lo que ocurría exactamente en el mantéion de Delfos, en que consistía exactamente, las iniciaciones de Samothrace y Eleusis, son dos cuestiones, de las que, probablemente, nunca tendremos la respuesta completa”. Entonces, M. Richer escribe: “La simbólica de que se sirvió Homero, era a base de astrología, porque los iniciados de Delfos, Eleusis, Samothrace, conocían este lenguaje y que, adoptándolo, el aedo estaba seguro que era comprendido sólo por una élite. En estos tiempos lejanos, se sabía que nada se obtenía sin pena, y que hay que romper el hueso medular, antes de poder succionar la substanciosa médula”.

El autor hace numerosas indicaciones sobre los ritos observados por lo Griegos, en la fundación de sus “colonias”; esto nos recuerda lo que escribía Guénon, respecto a la construcción de las ciudades antiguas. Los Griegos, antes de fundar una colonia, consultaban el oráculo de Delfos y la respuesta dada (que especificaba el lugar donde debía construirse la nueva ciudad), era conservada con el mayor de los cuidados. M. Richer escribió: “A propósito del papel jugado por el oráculo de Delfos, en la fundación de las ciudades, M. P. Amandry ha hecho destacar esto: el hecho de que el texto de los antiguos oráculos sea apócrifo, no prueba nada contra la autenticidad de una intervención del oráculo. Por nuestra parte, diremos, incluso, que un oráculo, fabricado

a posteriori, es casi más conveniente, que un oráculo auténtico, en lo que concierne a la

vinculación simbólica con Delfos”._ Una indicación tal, nos parece muy justa y sería susceptible de aplicarse a otros dominios de la ciencia sagrada y, primero, a la interpretación de los textos escriturarios_, debiendo, los partidarios del famoso “método histórico”, taparse la cara de horror. Es, en suma, la cuestión de las relaciones de la “verdad” con la “autenticidad”.

Citemos aun otras indicaciones interesantes: “Como si la idea de blancura radiante, evocando lo que debía ser la pureza del candidato a la iniciación, fuera indisociable de debut del ciclo zodiacal, todos los lazos ligados simbólicamente al punto vernal, llevan un nombre donde aparece el radical Leuké”. El autor ilustra su indicación, con un considerable número de referencias, yendo de Leukai (jóvenes hijas iniciadas de Aptère, en Creta, que practicaban, el sumergido ritual, en el mar) en las rocas de Leucade (célebre por la muerte de Safo) Y en la isla Leuké, en la desembocadura del Danubio (donde Archille fue transportado después de su muerte, por haber vivido de una forma misteriosa). Menciona, incluso, que “en el extremo de la costa de Irlanda, situado a la latitud de la isla de Man (ómfalos de las islas Británicas), se encuentra la isla de Achelle”. Tales concordancias son verdaderamente curiosas. La encuesta de M. Richey, lo vemos, desborda, de largo, el cuadro puramente helénico. “Todo se pasa, dice, como si la astrología hubiera constituido el común denominador de las religiones antiguas (lo que explica, si se piensa, que representa el elemento extra-humano o surhumano) y como si hubiera habido, entre los clérigos de las diversas religiones, un acuerdo tácito o explícito, en cuanto a los trazos directores y a la constitución de la zona de influencia y de radiación, de cada gran centro religioso” (pgs. 210 y 211).

Pensamos, incluso, que los distintos “clérigos” tendrían como base de acuerdo, no solamente la astrología, sino, sobre todo, la metafísica. He aquí otro punto de interés. “El origen de todo sistema de centros tradicionales, escribe el autor, parece haber sido Babilonia; de aquí, se ha pasado a Toushpa, capital del reino de Ourartou, en la ribera sur del lago de Van [Estado que estuvo, hacia el primer milenio de nuestra era, en lucha constante con Asiria]. Toushpa está situada sobre el meridiano de Asur y de Nínive, y sobre el paralelo de Milid (capital del reino de los Hitittes, los Héthéens de la Biblia), de Sardes y de Delfos. El nombre mismo de la capital hitita, “Milid o Milidia”, quería decir medio; es la actual “Malatya” (pg. 211).

M. Richer, a propósito de la importancia del ómfalos de Sardes (capital de Lidia), no olvida recordar que, según Herodoto y Tito-Live, los Etruscos (que transmiten su religión a los Romanos), eran de origen lidiano. Por otra parte, los Lídios, enseñaron a los Griegos de Asia Menor, el arte de la acuñación de monedas y, muy probablemente, la simbólica de la decoración de las monedas y las reglas que presidían la elección de los signos que las ornamentaban”. Hablando, a este propósito, de los oráculos de Delfos consultados por el rey de Lidia Créus y, de los que, Herodoto, nos ha conservado las respuestas (“Tu vas a destruir un gran imperio” y “Cuando un mulo sea rey de los Medas...”), M. Richey destaca: “Este paso, era, en alguna forma, normal, si consideramos que, el oráculo de Delfos, era el legítimo sucesor de un antiguo oráculo, que tenía su sede en Sardes, donde, recordémoslo, había reinado Omphale en la época de Heracles” (pg. 213). Aquí, nos ha sorprendido que el autor no lleve más lejos el examen de las correspondencias simbólicas. En efecto, Heracles, “liberado” de la esclavitud, por Omphale, la esposó; y se dice que, habiéndose puesto el vestido de reina, hilaba la lana a sus pies, mientras que Omphale, cubierta por la piel del León de Némée, blandía la maza del héroe. Aquí tenemos, particularmente, un ejemplo que habla del “cambio hierogámico”: el acceso al omphalos (es decir, al centro), implica inmediatamente la “resolución de los opuestos”, simbolizada aquí por la boda sagrada, como pudo serlo el Rebbis hermético. Hay ver también que, el copo de la rueca (sujeto con la mano izquierda) y la maza (sujeta con la derecha), son, uno y otro, de los símbolos axiales que juegan, vis-a-vis de la pareja Heracles-Omphale, el mismo papel que los dos árboles que flanquean el omphalos desatado, y los que las cruces de los dos ladrones, a uno y otro lado de la cruz de Cristo.

Pero no acabaríamos nunca de revelar todos los detalles que afilan el interés de todo lector, familiarizado con la ciencia del simbolismo. Leemos, por ejemplo: “Los Griegos, parecen haber considerado (y, en esto, también los Romanos les imitaron) que, la ocupación de un país, implica, primero, la toma de posesión de los puntos destacables o las líneas zodiacales que cortaban las costas”. Es probable que, muchos otros pueblos (posiblemente, todos los pueblos antiguos), actuaran igual; y esta forma de actuar, es, a veces, seguida hasta la plena Edad Media. Guénon, y, después, Coomaraswamy, han hablado de un antiguo texto islandés, que exponía las reglas de la “toma de posesión de la tierra”. M. Richer expone muy felizmente “el sentido místico profundo” de tales maneras de obrar, que constituyen una “inmensa obra colectiva, seguida durante dos milenios, por los pueblos gobernados teocráticamente: se trata de divinizar la superficie de la tierra ocupada por los hombres, volverla parecida al cielo, de hacer, en suma, un inmenso mandala” (pg. 213).

A través de su Obra, el autor hace alusión a la “persistencia, a través de los siglos, de la religión prehistórica” _ quizás sería más exacto decir: de la Tradición

primordial. Explica, por argumentos que nos parecen convincentes, el emplazamiento de los alineamientos de Carnac y el nombre del golfo de Lion; piensa que Glastonbury y Stonehenge, corresponden a la enceinte (¿embarazo?) y al templo de los Hyperbóreos, de los que Diodoro de Sicile, nos ha dejado la descripción. Pero podríamos preguntarnos si las tesis del autor, se aplicaban también fuera del mundo “politeísta”, y si Jerusalén, esta ciudad común a los tres “aspectos” de la tradición monoteísta, está también en relación lineal, con los centros religiosos de la “Gentilidad”. Prolongando el eje que une Jerusalén a Delfos, llegamos a Mediolanum (Saint-Benoît-sur-Loire), que era el omphalos de los Galos. Así pues, los centros espirituales de las tres grandes tradiciones (céltica, helénica y judeo-cristiana), que son el origen de la civilización occidental tradicional, se encuentran sobre el mismo eje. Una tal constatación, reviste, evidentemente, una gran importancia.

M. Richer, mediante numerosas conclusiones, que sus descubrimiento le han llevado a realizar, destaca: “Estamos obligados a concluir que, aunque los antiguos no poseyeran muy buenos mapas, tenían una idea precisa y exacta de la configuración de las costas y las respectivas situaciones de los cabos y las islas”. Guénon (op. Cit., pg. 160) iba mucho más lejos, y pensaba que los antiguos debían conocer con precisión, las verdaderas dimensiones de la esfera terrestre”. Menciona que, para Xavier Guichart, “los conocimientos poseídos por los geógrafos de la antigüedad clásica, tales como Strabon y Ptolémée, lejos del resultado de sus propios descubrimientos, no representaban más, que los restos de una ciencia mucho más antigua, incluso prehistórica, de la que, la mayor parte, estaba entonces perdida”.

Guichart había también insistido sobre los “jalones de distancia”, que se pueden localizar sobre los “itinerarios alesiens”, donde están dispuestos a intervalos fijos, cuya medida está en relación con el estadio griego, la milla romana y la legua gala (cf. Guénon, op. Cit., Pg. 160). Esta es una cuestión de las más importantes. En efecto, esta