Entre las obras de misericordia en las cuales se reconocen los predestinados, el catecismo enumera las siguientes:
“Dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, visitar a los presos, consolar a los afligidos, convertir a los pecadores, perdonar las injurias recibidas, cuidar a los enfermos y enterrar a los muertos.”
Molokai ofrecía todas las ocasiones de cumplir este programa evangélico. Con tanta naturalidad como perseverancia, Damián lo ejecutó de punta a cabo.
Procuró a los leprosos víveres, vestidos, casa, remedios, trabajo y juegos. Se hizo por ellos abogado, mendigo, banquero, comisionista, enfer- mero, carpintero, director de música, enterrador y agente de policía.
Es extraño que una administración no encierre más que una cierta cantidad de empleados inteligentes y abnegados. La que presidía el señor Meyer contaba, sin duda, con algunos, Pero la mayoría era de calidad inferior.
Damián trataba de reparar los estragos que cometían, suplir su descuido, combatir su inmoralidad, defendiendo en todas las ocasiones el interés de los enfermos, velando sobre ellos como un padre sobre sus hijos. Mientras tanto, le fueron llegando distinciones y, sobre todo, persecuciones; él no se preocupaba ni de unas ni de otras. Y cuando la que llegó fue la lepra, la acogió como un mensajero a quien se esperaba desde hacia mucho tiempo, encontrando natural el cumplir con ella el resto de su vida.
* * *
La leprosería existía hacía ya siete años cuando se instaló en ella. Durante estos siete primeros años, el número de los internados oscilaba
entre 200 y 100. Subió a 800 en 1873, y en seguida se mantuvo en esos límites, según muestra el siguiente cuadro:
Este cuadro no se refiere más que a los leprosos. Para que fuera completo, había que añadir los empleados del lazareto y las personas sanas que acompañaban a sus parientes leprosos. Su número acabó por alcanzar la centena. Era un millar de almas las que formaban la parroquia del P. Damián.
Muestra esta estadística que morían muchos en la leprosería. Pero el puesto de los muertos era ocupado inmediatamente por los nuevos leprosos que desembarcaban cada semana del Mokili. Este miserable barco, que marchaba a seis nudos por hora, daba primeramente la vuelta a la isla antes de desembarcar en Kalaupapa. Ordinariamente llegaba por la madrugada, o a veces de noche. Siempre se encontraba el Padre en el puerto para esperarles. Ya había dicho su misa, con el fin de poderse dedicar del todo a los que llegaban. Les llevaba buen café y alimentos calientes. Los conducía después a Kalawao, en el recinto de su presbiterio, acogiéndoles en su casa hasta que hubieran encontrado donde alojarse, esforzándose por suavizar las primeras horas que pasaban en la triste playa.
ALIMENTACIÓN Y VESTIDO
El avituallamiento del lazareto continuó por mucho tiempo dejando bastante que desear. La calidad de los víveres era mediocre, la cantidad in- suficiente y la repartición poco equitativa.
Damián estaba en Molokai hacía ya diez años, y aún recibía del señor Meyer cartas como la siguiente:
“Kalae, 21 de febrero de 1884 “Mi querido P. Damián:
“Estoy profundamente apenado al saber la miseria de los pobres leprosos, pero espero que el Mokili llegará el domingo o el lunes con provisiones. Es un caso de fuerza mayor. Desde hace muchos días el barco que realizaba el servicio postal no ha podido abordar. Esto me ha puesto en la imposibilidad de que llegaran mis reclamaciones a Honolulú.
No tengo un céntimo en caja. No puedo obtener ni un solo dólar del Comité para saldar las notas atrasadas. No sólo no se han pagado las raciones alimenticias del año en curso, sino que las de los seis últimos meses del pasado les ocurre lo mismo. No puedo, pues, comprar nada para aprovisionar el almacén.”
Este almacén pertenecía al Comité. Los enfermos que tenían con qué pagar podían procurarse allí ropa y vestidos. Pero eran los menos. Los po- bres estaban aún en peor situación en otros muchos aspectos. Por ejemplo, debían compartir sus raciones alimenticias con sus parientes no leprosos, puesto que éstos no recibían nada del Comité.
Felizmente, Damián tenía su almacén propio, donde iban a aprovisionarse gratis. Lo abastecía, gracias a los donativos de la Misión y, sobre todo, a aquellos que acabaron por llegarle de todas pactes.
Los leprosos acomodados habitaban con preferencia en Kalanalua, a mitad del camino entre Kalawao y Kalaupapa. Pero los pobres, con el fin de ahorrarse grandes mudanzas, se arreglaban para edificar su casucha en el mismo Kalawao, tan cerca como fuera posible del maravilloso depósito del P. Damián. Allí estaban sus cajones, sus ollas, sus barriles y todas sus reservas. Había que verle rodeado de la lamentable cohorte de sus hijos predilectos, remangadas las mangas, mostrando su más amplia sonrisa, diciendo a cada uno la palabra cariñosa, y dando, dando más, dando siempre: pan, bizcocho, arroz, azúcar, huevos, tabaco, golosinas, y hasta pollos, cuando los había.
Parece ser que le engañaban con mucha frecuencia y le contaban historias fantásticas, que pronto creía, pero descuidaba hacer las investi- gaciones necesarias que le hubieran permitido ser menos caritativo.
Y, sin embargo, su almacén y su bondad no podían abastecer a todo. Correspondía, además, al Estado hawaiano y al Comité el proveer a los le- prosos del alimento y vestido.
Damián no cesaba de recordárselo con tantas precauciones verbales como encarecimiento. Formula críticas, denuncia abusos; distribuye buenos consejos, felicitaciones, alivios, planes y sugerencias a aquellos de quienes depende la suerte de sus hijos. Interviene en cuanto se le consiente, y le permiten cada vez más. ¿No es el mejor amigo de los leprosos, su mandatario y su vocero? ¿No está identificado con ellos? “Nosotros, los leprosos...”, decía muy a menudo antes de adquirir la lepra, cuando les habla o habla de ellos. En ninguna parte aparece mejor su papel que en la Memoria que redactó en 1886 a instancias del señor Gibson. Para leer bien este importante documento, es menester acordarse de la fecha en que fue escrito, y pensar que la situación que en él se describe no se parece, a la de los años anteriores.
Damián aboga primeramente en favor de una buena alimentación: “La alimentación del leproso influye mucho en su enfermedad. El
taro hawaiano, rico en harina, y muy digestivo, es lo mejor que hay para
nosotros (sic). Jamás he comprobado que tuviera efectos nocivos, ni aun en los accesos de fiebre y otras indisposiciones a que están sujetos nuestros enfermos. Los leprosos canacos no pueden pasarse sin él. Hace unos dos lustros, cuando se les privó durante tres años, muchos murieron y varios se debilitaron, a pesar de que había arroz y patatas en cantidad.
“Como el Comité nos procura cada semana de seis a setecientas raciones de taro, diré algunas palabras sobre el modo mejor de conseguirlo.
“Para obtenerlo, nos dirigirnos a los indígenas del sur de la isla. Y como el escarpado de los Palis impide las comunicaciones con tierra, hay que traerle por mar, bien en bruto, bien en forma de poi. Llega en barcas, goletas o vapores. Os diré que las gentes prefieren estos últimos, en razón a que las barcas o goletas no se acercan cuando la mar está en calma o con mucho oleaje. Nuestro mundo se ve, entonces, privado de su buen poi, que se pudre ahí sin beneficio para nadie.
“A falta de poi, tenernos reservas de arroz y galletas. Pero repito que sólo los chinos pueden, sin inconveniente alguno, hacer del arroz su co- mida habitual.
“También tenemos, en caso de penuria absoluta, batatas, que nuestros leprosos llegan a cultivar a pesar de sus manos mutiladas. De estos tu-
bérculos los hawaianos consiguen extraer un licor enervante al que son muy aficionados. A tal propósito, soy feliz en poder dar gracias sinceras al Comité por la idea excelente que tuvo al prohibir su uso en el lazareto.
“Además de su alimento ordinario, lo que mejor sienta al leproso es medio litro al día de excelente leche. ¿Pero cómo procurársela en cantidad suficiente para tanta gente? Si se rae autorizase, sugeriría al Comité, con toda la energía de que soy capaz, la idea de aumentar, en cuanto sea posible, el número de vacas lecheras. Hay aquí pastos excelentes para alimentarlas. Desgraciadamente, la cantidad ha disminuido mucho en estos últimos tiempos. Los bueyes nos llegan con tanto retraso, que hay que matar vacas: ¡pensad que nos hacen falta 5.000 libras de carne por semana! El resultado es que carecemos de leche. Permitidme que me lamente de que, desde hace muchos años, ninguno de nuestros leprosos, a excepción de los del hospital, ha podido recibir leche. Permitidme también que os ruegue solicitéis de la nueva legislatura un suplemento de subsidios gracias al cual se pudieran enviar aquí, de una sola vez, tantas cabezas de ganado como pueden alimentar nuestros prados; es decir, de quinientas a mil. Así no nos faltaría nunca ni leche ni carne. Los enfermos lo ganarían, sin que nada perdiera en ello el Comité,”
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E1 problema del vestido también es muy importante;
“En invierno, el clima del lazareto es fresco, y la lepra, en un cierto grado de evolución, impide la circulación de la sanare. Por eso, nuestros leprosos se quejan con frecuencia del frío. Los que tienen trajes de abrigo resisten mejor. Pero a los otros les ataca la fiebre y la tos, se les hincha el rostro y los miembros, el mal ataca en seguida a los pulmones y les conduce rápidamente a la tumba.”
Damián recuerda entonces el pasado:
“Cuando llegué al lazareto, la mayor parte de los leprosos no tenían vestidos apropiados. Cada año el Comité proporcionaba a todos un traje nuevo y un par de sábanas, pero, sea por descuido o falta de limpieza, después de algunos meses casi todos estaban sin ropa y andaban en andrajos.
“Como faltaba el agua, los enfermos se pudrían en una horrible suciedad. El olor de su sudor y de sus porquerías me fue insoportable des- de un principio. Tardé mucho en acostumbrarme. ¡Cuántas veces, al cumplir mi ministerio cerca de ellos, hube de taparme la nariz, y hasta salir
fuera a respirar un poco de aire puro! Sus emanaciones me producían tal comezón en las piernas, que tuve que calzar unas botas grandes para sostenerme; impregnaban de tal manera mis hábitos, que necesité fumar en pipa para combatirla.
“Ahora, gracias al almacén, la situación ha mejorado. Permítaseme observar que la suma de seis dólares por año es absolutamente insuficiente para que cada cual pueda proveerse de ropa y vestido.”
Gracias a su reclamación, el Comité concedió diez dólares. Siempre por iniciativa suya y conforme con sus planes, construyó un canalillo de agua que proporcionaba a los enfermos el medio de lavar su ropa blanca y aun lavarse ellos mismos. Para los que estaban impedidos de ir a la fuente por su enfermedad, Damián se convertía en aguador.
CASAS CONSTRUIDAS Y OBRAS PÚBLICAS
Antes de él, todos los leprosos, a excepción de algunos ricos, vivían amontonados en innobles zaquizamis, en cabañas de ramajes, bajas, húmedas y malsanas.
A fines de 1874 un huracán barrió la mitad. Era en invierno. Numerosos enfermos quedaron sin abrigo. Dormían al raso, sobre colchones de hierba convertida en estercolero, tiritando debajo de las mantas mojadas,
Damián avisó al señor Meyer, que consiguió materiales para reparar el estrago. Llegaron varias goletas cargadas de vigas y tablones. También traían carpinteros, que, desgraciadamente, no construían de balde. Otra vez el antiguo constructor de iglesias encontró de nuevo oportunidad para emplearse con los pobres. “Les presto mis brazos durante varios días, y así se quedan alojados”, escribe.
Fue entonces cuando aparecieron las primeras habitaciones adecuadas en el lazareto. Damián construyó en gran número casitas de madera blanqueadas con cal. Por instigación suya, el gobierno las levantó, por su lado, en mayor cantidad, a partir de 1878. En 1888, Jacobo Sinnet encontraba aún al Padre, “bajo un sol tropical, cubierto de sudor y polvo, martilleando y construyendo con sus leprosos”. Suplía a los incapaces, ayudaba a los demás, y comprometía a todo el mundo para que tuviera una habitación decente “Para poder procurarse una, muchas familias dejaron aparte lo que se les había dado para comprar vestidos, menos necesario para ellos, en ese momento, que una casa, y me han confiado su tesorillo. Seguro de la aprobación del Comité, os ruego me enviéis madera, clavos,
puntas y colores, cuyo detalle encontraréis adjunto...” Guardaba, pues, la caja de los pobres, establecía sus planes, enviaba sus pedidos, y, con ellos o sin ellos, construía sus casitas.
“¡Tened prudencia y no vayáis a adquirir tan repugnante mal!”, le recomendaba el P. Modesto.
Pero no seguía a la letra este consejo. Se quitaba la sotana, levantaba su banco de carpintero en medio de los leprosos, trabajaba con ellos como un artesano entre sus aprendices, pasándoles y recogiendo sus martillos, mazos, tijeras, reglas y compases, sin miedo al contagio. ¿Debía decirles que aquello era contagioso? Lo que importaba no era que se precaviera contra el mal, sino el que todos sus hijos estuviesen bien alojados.
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El número de los leprosos aumentaba, y el Comité decidió establecer parte de ellos en Kalaupapa. No era éste, al principio, más que un peli- groso desembarcadero donde se elevaban tres o cuatro cabañas de tierra. Un “camino gubernamental”, que no era más que una pista malísima, le unía con Kalawao. El Padre emprendió la tarea de hacer el puerto más abordable y cambiar la pista en camino practicable, convirtiéndose, según las ocasiones, en ingeniero, maestro de obras, tesorero-pagador y cavador: “Excelencia—escribe el 31 de julio de 1883 al ministro del interior—, hemos comenzado a reparar la carretera gubernamental de la leprosería. Estando el trabajo terminado a medias, os ruego me enviéis la suma que hasta el momento se debe, con el fin de animar a los obreros a que continúen la empresa.”
Pero, no llegando en momento oportuno la suma debida, vuelve a lanzarse contra el ministro, ocho días después, sugiriéndole un nuevo y ur- gente trabajo:
“Señor:
En enero último fui encargado, por vuestro difunto predecesor, de reparar la carretera oficial de Kalawao a Kalaupapa. Se convino en que yo recibiría por ello 300 dólares. ¿Tendríais inconveniente en enviarme lo que hasta la fecha se nos debe, o sea, 152 dólares con 20?
Además, ya conocéis las rocas peligrosas que hay en el puerto. Acabamos de verlas de nuevo el señor Meyer y yo. Convendría hacerlas saltar con dinamita. Conozco a alguien en Halava que podría encargarse de
ello. ¿Queréis que me entienda con él? También me serían necesarios al- gunos barriles de cemento.
Sinceramente vuestro,
DAMIÁN
Sacerdote católico”
El camino se acabó, las rocas desaparecieron, y pronto Kalaupapa se cubrió, a su vez, con blancas casitas rodeadas de floridos jardines.
TRABAJOS Y DIVERSIONES
La Memoria trata también del trabajo y de las distracciones: “En otros tiempos, pocos eran los leprosos que trabajaban; hoy, la mayor parte cultiva un patatar. Recogen para ellos, lo que les permite, contra dinero al contado, renunciar a su ración de víveres. Los hay hasta quienes venden el sobrante a la Administración, contenta de comprárselo cuando el mal tiempo impide llegar al vapor.”
Fue el Padre quien persuadió a los enfermos para que se pusieran a cultivar, y al Comité a comprarles la cosecha.
Animaba a todos para que se hicieran propietarios, a cultivar las flores, a comprar un caballo, a tocar música; dio fiestas, multiplicó las distracciones, organizó cabalgatas y juegos públicos.
La triste desocupación desapareció, y con ella muchos de los vicios. Los canacos, tan golosos de la música y de los regocijos ruidosos, volvieron a encontrar la alegría de vivir.
Las carreras de caballos les gustaban mucho. “Certifico que al presente —dice con solemnidad en la Memoria— las nueve décimas partes de los leprosos válidos se entregan a ellas, mientras que en otros tiempos apenas gozaban de este bienestar una décima parte. Es, en efecto, un pasatiempo de los más beneficiosos, pues al activar la circulación de la sangre detiene el progreso del mal y disminuye los dolores.”
Se necesitaba música para dar ritmo a estos placeres. Los talentos se ofrecían, pero faltaban instrumentos. Al principio, no había más que tambores. Con bidones viejos el Padre fabricó flautas y flautines. Después, por medio de limosnas, compró cornetines, cornetas, clarinetes, trombones y tambor mayor, y de este modo, equipada por completo, no cesó la fanfarria de extender sus armonías municipales sobre la playa de Molokai. Damián, dice Dutton, se volvía loco al oírla.
Pronto logró que se hablara de ella: “No debo olvidar —escribía un visitante en 1876— la serenata que nos dieron el jueves por la noche al claro de luna. Después de la cena salimos para tomar el fresco. Un centenar de leprosos nos esperaban con numerosas banderas, cuatro tambores y una docena de instrumentos de música. Durante dos horas largas, músicos cuyas manos no tienen más que dos o tres dedos y cuyos labios están hinchados por las excrecencias de la lepra, ejecutaron a la perfección los más variados trozos.”
Cuando los miembros de la charanga estaban cansados de soplar en sus instrumentos de cobre, el orfeón les sustituía. Pues también Damián animaba el arte coral, y sus cantores consiguieron tanto éxito como sus instrumentistas.
“Durante algunas ejecuciones de la banda —dice Dutton— he visto a un músico perder un dedo de la mano y a otro un trozo de labio, y seguían tocando. En cuanto a la leprosa que tocaba el armonium en 1886, como no tenía dedos más que en la mano derecha, reemplazaba los de la izquierda con un trozo de madera que interpretaba los bajos.” :
EL PRESBITERIO
En Kalawao y en el recinto del presbiterio o casa del cura, es donde a menudo se celebraban estas fiestas y reuniones.
A guisa de presbiterio, hemos visto que en los primeros tiempos de su estancia Damián sólo tenía un enorme pandanus de grandes hojas, bajo el cual comía y dormía.
Sus bienhechores de Honolulú no tardaron en enviarle con qué construirse una casa de cinco metros por cuatro. La hizo en ocho días, y en ella vivió durante cinco años.
En 1878 obtuvo del Provincial la autorización para construirse “un verdadero presbiterio, que habría de costar de cincuenta a sesenta piastras” Medía ocho metros por siete, tenía dos pisos, a los cuales daba acceso una escalera exterior. “No puede existir nada más adecuado —escribía al Provincial—, si alguno de mis amigos de Tremeloo viniera a verme, podría hospedarlo”, escribe a su madre.
En la misma carta da a la anciana madre detalles propios para tranquilizarla:
“Vivo solo. No temáis, los leprosos no entran en mi casa. En cuanto a mis comidas, las hago para dos días, y la mujer que las prepara no está enferma. Por la mañana tomo arroz, carne, café y galletas. Por la noche, lo que sobró de la comida, con una taza de té, que caliento en mi lámpara. Ya veis que no tengo hambre y que aún vivo con largueza. Mi gallinero me provee ampliamente de los huevos necesarios. Hay, además, tanto trabajo, que jamás estoy en casa. Tengo que sacrificar las horas del sueño para escribiros…”
Damián tuvo a veces una cocinera que no era leprosa. Pero debió de