En “El atolondradicho” (14 de julio de 1972), los comentarios sobre el amor vienen luego de la definición del heterosexual como “eso [el énfasis es mío] que ama a las mujeres, sea cual sea su propio sexo” y son posiblemente inducidos por la incidencia del amor en esta definición –del amor y no del deseo, ni tampoco del goce:
Nos encontramos en el reino del discurso científico y lo voy a hacer sentir. Sentir allí donde se confirma mi crítica, más arriba, del universal ese de que “el hombre sea mortal”.
Su traducción en el discurso científico, es el seguro de vida. La muerte, en la jerga científica, es un asunto de cálculo de probabilida- des. Es, en ese discurso, lo que ella tiene de verdadero.
No obstante, hay en nuestra época personas que se niegan a con- tratar un seguro de vida. Quieren de la muerte otra verdad ya asegu- rada por otros discursos. Por ejemplo el del amo que, de creerle a Hegel, se fundaría en la muerte tomada como riesgo; el del universita- rio que jugaría como memoria “eterna” del saber.
Esas verdades, como esos discursos, son impugnadas, por ser emi- nentemente impugnables. Otro discurso se hace presente, el de Freud,
por el cual [el énfasis es mío] la muerte es el amor.
Allí tenemos una clasificación de cuatro relaciones posibles con la muerte: al discurso de la ciencia se corresponden una muerte probable y una vida “asegurada”; el discurso del amo (Hegel) hace jugar a la muerte como riesgo; el discurso universitario ignora la muerte gracias a la eternización del saber; para el discurso analítico la muerte es el amor. “La muerte es el amor”: no hay en todo caso ninguna razón a priori para acoger como verdadera la proposi- ción recíproca: “El amor es la muerte.” Cabe dudar que el Freud de la segunda
46 “El abordaje del ser por el amor ¿no es ahí que surge lo que hace del ser eso que sólo se
sostiene fallándose?” (seminario del 26 de junio de 1973).
teoría de las pulsiones (pulsión de vida/pulsión de muerte) fuera el garante del enunciado que le endosa Lacan. Pero, justamente, la problemática en cuestión se despliega precisamente ante un fondo de escisión: por un lado la cuestión del goce, por el otro la cuestión ontológica. El discurso prestado a Freud está marcado por un insólito “por el cual” (esperaríamos más bien “según el cual”, o “para quien”). Es por el discurso psicoanalítico que la muerte es el amor. Un “por” que entonces no querría tanto significar “según” como afirmar algo como una intención o incluso un servicio: la muerte es el amor, y de ese modo sirve al discurso psicoanalítico, contribuye a su instauración. Esta clasifica- ción va a servir seguidamente de marco a un nuevo grito de conquista sobre el amor. Los analistas son inducidos a tomar partido; ellos que rechazan el fardo del inconsciente y el decaimiento que les anuncia: “Que se sienta el lavado de manos por el cual alejan de ellos la susodicha transferencia, al rechazar el sorprendente acceso que ésta ofrece sobre el amor”. ¿Qué acceso? No se pre-
cisa. ¿En qué medida tomar el partido de identificar a la muerte con el amor, el partido de ese discurso que por sí solo sostiene la hipótesis del inconsciente, podría ofrecer un acceso sorprendente “sobre” el amor?
Otros gritos de conquista, ligando ellos también amor y transferencia, van a despejar en parte el enigma. El 7 de octubre de 1973, prácticamente un año después de “El atolondradicho”, Lacan escribe
[...] que sólo hay comunicación en el análisis por una vía que tras- ciende el sentido, aquella que procede de la suposición de un sujeto al saber inconsciente, sea a un cifrado. Lo que he articulado: el sujeto supuesto saber.
Es la razón por la cual la transferencia es el amor, un sentimiento
que allí adquiere una forma tan nueva que introduce la subversión, no
que sea menos ilusoria, sino que se otorga un partenaire que tiene la posibilidad de responder, lo cual no es el caso en las otras formas. Pongo en juego la oportunidad, excepto que esta posibilidad, esta vez viene de mí y debo proporcionarla.
Insisto: es el amor que se dirige al saber. No el deseo [...]47
Hay algo novedoso en el sentimiento amoroso desde el momento en que éste se constituye como transferencia. Desplegada en cinco puntos, la tesis sería la siguiente: 1) hay diferentes formas del sentimiento amoroso; 2) su forma es nueva cuando sobreviene como transferencia; 3) si bien es nueva,
47 Jacques Lacan, “Introduction à l’édition allemande des Écrits.” Los alumnos en París
no por ello es menos ilusoria que las otras formas posibles; 4) su novedad, su originalidad, su singularidad se deben al partenaire que ella se otorga; 5) hay allí una posibilidad, que depende de ese partenaire, de su respuesta.
Menos de un mes después (el 2 de noviembre de 1973), Lacan retomará estas palabras en una intervención en el congreso llamado, aparentemente sin humor, “de la Grande Motte”:
¿Puede haber por el análisis comunicación por una vía que trascien- da el sentido, que proceda de la suposición de un sujeto al saber incons- ciente, es decir, al cifrado? Es de ahí desde donde surge lo que he articu- lado como fundamento de un nuevo amor: el sujeto supuesto a ese saber, saber inconsciente. [...] Dije que era el amor que se dirigía al saber, no dije el deseo, ya que por lo que atañe al Wisstrieb, por más que sea Freud quien haya cometido la torpeza, se puede volver a examinarlo.
Aquí se afirma la ausencia de deseo de saber. Para captar su originalidad y actualidad nos remitiremos a ciertas indicaciones retomadas de una obra de la autoría de Giorgio Agamben y Valeria Piazza, a pesar de juzgar intem- pestivos algunos dichos que allí se sostienen. De ese modo se puede leer que, contra la opinión de Koepps, de Binswanger y de Jaspers, Heidegger era “perfectamente consciente de la importancia fundacional del amor48”. ¿Pero
en qué apoyarse para concluir de este modo? Sobre dos datos: para empezar en una nota de Ser y Tiempo donde Heidegger pone sin comentario dos citas en efecto notables de Pascal y de San Agustín49, y ambas toman al amor
como fundador (al igual que en Marion50). Y seguidamente una conversa-
ción de Heidegger con Scheler, de la cual Heidegger da cuenta en 1928, dos años después de su separación de Hannah Arendt, la gran pasión de su vida
(dies nun einmal die Passion seines Lebens geweses sei). Que una pasión
amorosa surja así entre un profesor y una de sus estudiantes, sirve como
48 Giorgio Agamben, Valeria Piazza, L’ombre de l’amour. Le concept d’amour chez
Heidegger, París, Rivages/Payot, 2003, p. 12.
49 Pascal : “Y de ahí viene que hablando de cosas humanas, se dice que hay que conocerlas
antes de amarlas, lo cual ha pasado al proverbio; los santos por el contrario, hablando de las cosas divinas, dicen que hay que amarlas para conocerlas y que sólo se entra en la verdad por la caridad de la cual han hecho una de sus más útiles sentencias”. San Agustín:
“Non intratur in veritatem, nisi per charitatem”.
50 Cuya originalidad no está por consiguiente ahí. ¿Dónde ubicarla entonces? En el hecho
que Marion responde, en acto, a la crítica que Karl Löwith dirigía a quienes señalaban que en Heidegger no había amor. Löwith justamente decía (Agamben lo menciona en la pági- na 10 de su libro) que esta crítica sigue siendo vana en tanto no se haya reemplazado la analítica del Dasein por una analítica centrada en el amor. Exactamente lo que hizo Marion.
indicio de que el saber interviene en el amor. He aquí lo que decía Heidegger, luego de sus conversaciones con Scheler:
Scheler fue el primero en mostrar, en particular en el ensayo Liebe
und Erkenntnis, que las conductas intencionales son de diferente na-
turaleza y que, por ejemplo el amor y el odio fundan el conocimiento (Liebe und Hass das Erkennen fundieren). Scheler retoma aquí algu- nos motivos presentes en Pascal y san Agustín51.
Nada prohíbe leer en estas líneas una toma de distancia: “Scheler no inventó nada y todo esto casi que no es asunto mío.” De allí a suponer a Heidegger “perfectamente consciente de la importancia fundadora del amor”, hay un abismo que nos cuidaremos de cruzar52. En cambio, la indicación
que se proporciona aquí es valiosa por captar la originalidad del paso dado por Lacan al ir a buscar en el budismo su ternario de las pasiones del ser. En tanto que en Agustín, Pascal y hoy en día Marion, el amor es el fundamento del conocimiento, mientras que en Scheler el amor ya no es más el único que ejerce dicha función sino que viene ataviado con su comparsa, el odio, Lacan rompe con esta problemática agregando un tercer término, a saber, la igno- rancia. Escribe: “La ignorancia en efecto no debe entenderse aquí como ausencia de saber, sino, al igual que el amor y el odio, como una pasión del ser, pues puede ser, como ellos, una vía en la que el ser se forma53”. Su
ternario impide hacer sólo con el amor (y con el odio) un camino del cono- cimiento. Ningún camino lleva del conocimiento al ser, y mucho menos el camino del amor. En lugar del conocimiento viene un blanco:
SAN AGUSTÍN, Amor
conocimiento SerPASCAL
SCHELER Amor, odio
conocimiento SerLACAN Amor, odio, ignorancia
Ser
51 G. Agamben, V. Piazza, L’ombre de l’amour, op. cit., p. 11-12.
52 Otra conclusión problemática (p. 40): “El odio y el amor son así [el énfasis es mío] los
dos Grundweisen, los dos modos o maneras fundamentales en las que el Dasein hace la prueba del Da.” Intempestiva ¿en qué? Agamben señala dos observaciones del Curso sobre Nietzsche en 1936: 1) Las pasiones son las “maneras fundamentales” (Grundweisen) en las que el hombre hace la prueba de su Da; 2) El amor y el odio son pasiones y no afectos. Como silogismo, se impone la conclusión que saca Agamben. No obstante, ¿se puede ignorar que Heidegger no haya arribado a la misma conclusión?
53 J. Lacan, Escritos I, 1988, Bs. As., Ed. Siglo XXI, 1988, p. 344. De aquí en adelante:
La negativización del conocimiento (por así decirlo) rompe su pretendi- da connivencia con el Ser. Que haya en el ser hablante una pasión de la ignorancia, compañera del amor y del odio, ya de por sí señala que la pre- gunta ontológica (la del “¿quién soy?”, que es, en y según el análisis, la pregunta misma del narcisismo) no podría ser resuelta por el saber, por lo que sería un plus de saber o un saber mejor ajustado. El asunto no es de saber sino de ser, y, pasión de la ignorancia obliga, de saber... supuesto. Dicho de otro modo, Lacan está siguiendo la misma veta cuando adjunta la ignorancia a la dualidad scheleriana del amor y el odio, y cuando da ese paso a un costado respecto al saber diciendo que en la cuestión ontológica no se trata de un saber que valdría por su contenido, incluso que se sabría a sí mismo, sino de una suposición de saber, de la suposición de un sujeto a ese saber supuesto. Tal sería entonces el objeto capaz de suscitar el amor, la extraña intersubjetividad amorosa. Y tal sería la novedad que habría intro- ducido el psicoanálisis respecto al amor. Lo que no quiere sin embargo decir que esta novedad no siga siendo portadora de opacidad.Cuatro meses más tarde, el 30 de marzo de 1974, en Roma54, Lacan lanza un nuevo grito de
conquista sobre el amor:
Lo que he valorado en la función de la transferencia es eso, eso es la verdad, la razón del amor transferencial es que el analista es su- puesto saber. [...] y, sin el análisis, no se sabría lo que el amor le debe a esta suposición. Se sabe gracias al análisis –ya es un pequeño paso
¿eh? (el énfasis es mío).
El mismo comentario que encontráramos más arriba. ¿Qué se sabe? ¡No se dice! Y más aun, justo antes el propio Lacan mencionó la falta de elucida- ción al respecto:
Ofrecerse como objeto de amor: ya que en efecto es de eso que se trata en el análisis, ¿no es cierto? Darse cuenta que en nombre de eso que ustedes atan, que ustedes pegan al asunto del saber, eso dispara el amor. Eso nunca fue verdaderamente dilucidado.
Y el resto del texto no resolverá el misterio. ¿Qué verdad sobre el amor viene entonces a aportar la transferencia? El oyente italiano de Lacan sola- mente habrá aprendido que el saber está en juego. Si fuera más atento
54 J. Lacan, “Alla scuola freudiana”, en PTL, también en Lacan in Italia 1953-1978, op.cit. PRÓLOGO
habría observado que no se trata tanto del saber como del sujeto supuesto saber. Más atento aun, habría entendido que ese sujeto supuesto saber real- mente debe tener algún vínculo, en el ejercicio psicoanalítico, con el hecho que el analista se pegaría al saber. ¿Qué es pues eso de “pegarse al saber”? No se especifica.
En 1977, un último grito de conquista desplaza un poco la pregunta y en su lugar viene a formular una nueva, dejando los aspectos más profundos completamente en el misterio: “Lo que nuestra práctica revela, nos revela, es que el saber, saber inconsciente, está relacionado con el amor55”. ¿Qué rela-
ción? Aquí se evoca otra problemática que refiere el amor al encuentro de dos saberes inconscientes. Ésta no podría ser abordada más que desde el lugar que le corresponde en el estudio que se va a emprender paso a paso de las declara- ciones sobre el amor vertidas en los seminarios. ¿Es posible ligar de algún modo en este momento el tema de esa relación con el de la posición a la cual se ve inducido a ceñirse el analista por y en el transamor? Lo intentaremos con la ayuda de las palabras que introducen el ternario de las pasiones del ser.
Habiendo admitido que el encanto personal del analista “sigue siendo un factor aleatorio” en los sentimientos que el analista aporta a la transferen- cia, que allí hay por lo tanto algún misterio, Lacan prosigue:
Basta recurrir a los datos tradicionales que nos proporcionan los budistas, si bien no son ellos los únicos en reconocer en esta forma de la transferencia el error propio de la existencia, y bajo tres aspectos que ellos resumen así: el amor, el odio y la ignorancia56.
Se trataría de la ya clásica tensión entre transferencia y análisis, de no ser por dos rasgos importantes: 1) esta tensión, se hace carne aquí con esas tres pasiones; 2) dicha tensión considera que esas tres pasiones plantean una cuestión ontológica. El analista se las tiene que ver con ellas, aun cuando la interpretación le ofrezca pocos recursos; según Lacan, puede y debe callar el amor –también el odio, agregaremos; un doble silencio que supuestamente permitiría la suspensión de la ignorancia. ¿Cómo podría el analista posicionarse como un mejor amado que, por ejemplo, y para ir hasta un extremo, el contra-analista? Hay disponibles varias indicaciones al respec- to, una de las cuales concierne particularmente a su cuerpo. En el curso del
55 Id., “Propos sur l’hystérie” en PTL, también en Quarto, nº 2, suplemento belga de la
Lettre mensuelle de l’École de la cause freudienne, 1981. [“Palabras sobre la histeria”
(versión bilingüe en sitio elp)].
análisis el analista, suele decirse, se excluye como cuerpo; no es para nada tan simple aun cuando dicho gesto participa de su “callar el amor”. En efecto, las entrevistas llamadas preliminares revelan una “confrontación” e incluso un “encuentro de cuerpos”, del cual ya no será más cuestión des- pués57, bueno, salvo... al final:
Es por ello que aquel que brinda el soporte a la transferencia sabe de dónde parte (no que sea, sabe muy bien que no lo es, que no es el sujeto supuesto saber) pero que es alcanzado por el des-ser (desêtre) que padece el sujeto supuesto saber, que en última instancia, es él, el analista quien da cuerpo [el énfasis es mío] a eso que deviene dicho sujeto bajo la forma del objeto petit a.
Sería un error leer este “da cuerpo” como una metáfora. La separación de la cual se trata, el cierre del análisis, es real. Entre la confrontación corpo- ral de las entrevistas preliminares y su cuerpo devenido objeto a, ¿cuál será el modo de presencia corporal del analista? El de una aparición (no faltan las referencias literarias que presentan al amado como una aparición58).
Predilección
Ese recorrido de promesas y declaraciones de conquista referidas al amor que Lacan ha podido enunciar, deja ante sí diversas impresiones. La más inmediatamente sensible concierne a la fragilidad de tales palabras. La se- gunda es la sorpresa de haber encontrado, al avanzar, algunas confidencias que involucran a la persona misma de Jacques Lacan. Prolongando esta segunda, la tercera se presenta como una intuición. Vislumbro allí, obrando discretamente, una cierta inclinación, una cierta preferencia, la elección de un cierto amor.
Comencemos por la fragilidad, que no es sin duda un pecado en quien ha inventado el objeto a. Quizás sea posible apoyarla. 1) La verdad del amor en el regalo excremencial no será ratificada: el amor considerado como don de lo que no se tiene subvertirá la pretendida “verdad” de un amor anal.
57 Id., .... ou pire, transcripción Afi, sesión del 21 de junio de 1972.
58 Algunas de las mismas están catalogadas en mi artículo “El mejor amado”, Litoral n°
35, México, mayo 2005, (retomado en Contra la eternidad, Ogawa, Mallarmé, Lacan, Bs. As., Ed. Literales/El cuenco de plata, 2009, capítulo IV).
2) La afirmación del carácter narcisista del amor es portadora de un notable equívoco, dado que “narcisismo” no tiene el mismo sentido en Freud y en Lacan. 3) La ambivalencia, ya se ha dicho, será recusada formalmente. El odioamoración retomará ciertamente por su cuenta la asociación del amor y el odio, pero, como ya indica lo que en ese neologismo apela a la “enamoración”, el amor permanecerá teniendo un lugar privilegiado, sien- do el odio objeto de menos atenciones que el amor. 4) El amor como trans- ferencia parece, él sí, asegurado. Pero sigue, sin embargo, siendo problemá- tico lo que esta identificación comporta, o sea: determinar la forma en que el sujeto supuesto saber interviene en ese transamor, en su inicio, su (largo) curso y su final. 5) El mismo señalamiento acerca de la relación del amor con el inconsciente, presentada como una revelación.
No obstante, estas frágiles reivindicaciones de conquista sobre el amor dan lugar a lo que se ha reconocido como del orden de la confesión. Por más personales que hayan sido, estas confesiones no quedaban fuera del campo del recorrido de Jacques Lacan. Surge allí una cierta orientación lacaniana. Hacerse leño húmedo que se consume, y llevar dicha consumi- ción hasta hacerla valer como la insignia y la obra de toda una vida, admi- tirse como no siendo nada, retirarse dejando tras de sí, en forma de un desecho, la cuestión a la vez palpitante y escandalosa que ha animado toda una vida, escoger callar el amor en una práctica, ella también elegida,