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Patrones reactivos conductuales Conductas de sobreactividad

In document El Universo de La Inteligencia (página 121-125)

Las conductas de sobreactividad, o de hiperactividad, se caracterizan por escasa coordinación, poca tolerancia ante la frustración y ante el esfuerzo, escaso rango de atención, alteraciones en el sueño, impulsividad, excitabi- lidad, cambios imprevistos de humor, incremento en la rapidez perceptual, agitación, problemas de aprendizaje y concentración. Las características va- rían mucho en los niños sobreactivos, pues pueden manifestar respuestas contradictorias, que desconciertan a los padres y maestros.

Frecuentemente se prescriben medicamentos que bloquean el sistema nervioso central para lograr conductas más aceptables, pero no mejoran, ne- cesariamente, la habilidad del niño para aprender. Las principales medicinas prescritas son ritalin, dexedrin, meyeril, cilert, torazin, tofranil, benadril o vis- taril. Estos medicamentos producen efectos secundarios como mareos, pér- dida de apetito, insomnio o sueño interrumpido, dolores de cabeza, menos alerta mental, náusea, malestares estomacales, diarrea, erupciones, irritabili- dad, visión borrosa, o confusión. No necesariamente ocurrirán tales efectos, pero son muy probables.

El método más popular para controlar la hiperactividad, además de los medicamentos, es la dieta sugerida por el doctor Benjamin Feingold, que re- quiere de la eliminación de los colorantes y saborizantes artificiales que con- tienen salicilatos artificiales, así como los siguientes alimentos con salicilatos naturales: almendras, manzanas, cerezas, pepinos, uvas, pasas, naranjas, peras, ciruelas, fresas, jitomate, grosella, duraznos. Entre los elementos que provo- can más reacciones hiperactivas destacan el colorante amarillo (tartrazin), el ácido benzoico, la leche y el queso de vaca, el chocolate, la soya, las uvas, el trigo, las naranjas, el huevo, los cacahuates y el maíz.

Se ha encontrado una íntima relación entre la sensibilidad ante los ali- mentos, anormalidades en el nivel de azúcar en la sangre, y la hiperactividad.

Diferentes estudios (O’Shea y Porter, Doris Rapp, New York Institute for Child Development, Alberta Children Hospital) han confirmado que el 75% de los niños hiperactivos y con problemas de aprendizaje tienen alergias y niveles anormales de azúcar en la sangre. El hospital Infantil de Alberta, Ca- nadá, mediante la mejoría de la dietas, eliminación de alimentos alergénicos, suplementos logró mejorar los patrones de sueño; disminuyeron los dolores y erupciones; se incrementó la atención; se eliminaron o disminuyeron las con- ductas repetitivas; se mejoró la obediencia, así como la coordinación motriz fina; desapareció la enuresis.

John Ott, pionero de la investigación sobre los efectos de los diferen- tes tipos de luz en plantas, animales y hombres, ha descubierto que la expo- sición a la luz fluorescente, a la televisión, a la computadora y videojuegos, afecta negativamente a los niños, distorsionando su funcionamiento cerebral y nervioso. Ott encontró que bajo la luz fluorescente los alumnos eran poco cooperativos, irritables, hiperactivos, poco atentos; pero estaban más tranqui- los y atentos cuando trabajaban bajo la luz de espectro total (luz natural). La luz intermitente de la televisión y computadoras agrava los síntomas de la hiperactividad.

Recientemente, las investigaciones llevadas a cabo en Inglaterra, por Hy- peractive Children’s Support Group, apoyaron la posición de que los niños hiperactivos con alergias atópicas (eczema, urticarias, asma) tienden a estar continuamente sedientos y producir orina concentrada; este fenómeno es ca- racterístico de la deficiencia de ácidos grasos (pérdida de líquidos por la piel extremadamente permeable); otras observaciones de esta investigación son:

1. Una gran parte de niños hiperactivos provienen de familias con antece-

dentes de desórdenes atópicos.

2. La hiperactividad afecta tres veces más a los niños que a las niñas. Los

varones requieren tres veces más de ácidos grasos que las mujeres para mantener su crecimiento.

3. Varias sustancias (tartrazin, salicilatos, y otras) tienen efectos negativos en

los niños hiperactivos, pero no en otros niños.

Nichols (1980) y Naeye (1979) encontraron una fuerte relación entre las madres que fumaban durante el embarazo y los niños hiperactivos. Sin embargo, el humo del tabaco también afecta a los niños especialmente sensibles, por el contenido de cadmio y plomo. El Instituto de Neurocien- cia Aplicada de la Universidad de Maryland ha descubierto que esos ele- mentos afectan fuertemente la función cognitiva. Fumar cerca de los niños es un grave error.

El azúcar refinada ha sido estudiada por muchas universidades e inves- tigadores. Sus efectos no sólo se advierten en un sistema, sino que puede alcanzar la circulación (problemas cardiovasculares), digestión (caries, he- morroides), locomoción (artritis), y sistema nervioso (desórdenes en la con- ducta). El efecto fisiológico del consumo de carbohidratos refinados —en especial azúcar— es la sobreproducción de insulina y la hipoglucemia. Al co- mer azúcar, o cualquier carbohidrato, el páncreas secreta insulina para meta- bolizar tales elementos. La sobredosis de azúcar obliga al páncreas a trabajar en exceso y si este proceso es continuo o intenso, el páncreas “aprende” y se programa a sobreproducir insulina, lo cual, gradualmente reduce el nivel de azúcar en la sangre. El resultado es que, se puede experimentar hipoglucemia dos horas después del consumo de azúcar. En esta situación la gente se pue- de sentir irritable, fatigada, tensionada, y hambrienta. Si tales hábitos conti- núan, el páncreas, agotado, disminuye o suspende la producción de insulina; el resultado es un alto nivel de azúcar en la sangre, azúcar en la orina e, in- clusive, diabetes.

El desequilibrio en el nivel de azúcar en la sangre tiene marcados conco- mitantes psicológicos: cambios bruscos en los estados de ánimo, manía, de- presión, ansiedad, indecisión, distorsión en la autopercepción, y confusión; cuando el nivel es bajo se asocia con la apatía, la indiferencia, “tristezas o de- presiones inexplicables”, explosiones emocionales o violencia. La razón de los efectos desastrosos en la conducta humana es que el sistema nervioso uti- liza la glucosa (azúcar simple) como su combustible. Los glucoreceptores del hipotálamo monitorean continuamente y regulan la cantidad de glucosa en la sangre. Si es deficiente, se libera azúcar almacenada en el cuerpo y es con- vertida en glucosa. Si es excesiva, se produce insulina, para metabolizar el ex- ceso de azúcar. Este es un proceso vital y muy sensible que está íntimamente ligado con lo que comemos.

Los carbohidratos se encuentran en muchas formas y en diferentes ali- mentos. Por ejemplo, los granos integrales se convierten en azúcar simple en forma lenta y pueden ser fácilmente absorbidos y metabolizados por el organismo en un rango de conducta estable. Los vegetales y las frutas se metabolizan más rápidamente, su azúcar se adquiere con celeridad. Gran- des cantidades de frutas pueden desestabilizar el organismo y ocasionar cambios en el humor y cierta inestabilidad emocional. El carbohidrato que desequilibra más al sistema nervioso y a la conducta es el azúcar: el nivel de azúcar en la sangre se eleva rápidamente y después decae de forma pre- cipitada. Este proceso se refleja de inmediato en el sistema nervioso, siste- ma endocrino y en la conducta; y es probable que los tres se desordenen crónicamente.

El azúcar también puede descontrolar la conducta y ocasiona un efecto inhibitorio en la neurotransmisión. Investigaciones recientes sugieren que el azúcar reduce la disponibilidad de algunas sustancias con las que el cerebro elabora muchos de sus neurotransmisores (componentes químicos que lle- van la información de neurona a neurona en el cerebro). El resultado final es el mismo: el azúcar ocasiona conductas desintegradas.

En los niños hiperactivos se han encontrado altos niveles de metales pe- sados, como el plomo, cobre, mercurio, y cadmnio, que interfieren y des- plazan minerales esenciales como el zinc, hierro, manganeso y potasio. Tal interferencia bloquea el suplemento de energía al cerebro, con la consecuen- te anormalidad en el funcionamiento cerebral.

El doctor Carl Pfeiffer, del Brain Bio Center de Princeton, explica el por- qué de la vulnerabilidad de los niños ante tales elementos: 1) la barrera pro- tectora de la sangre que llega al cerebro aún no ha madurado y, por lo tanto, elementos venenosos como el plomo y otros metales pesados afectan direc- tamente al cerebro. 2) Los niños absorben y retienen el plomo más fácilmen- te que los adultos. Además, los adultos almacenan el plomo, sobre todo en los huesos, mientras que los niños lo retienen en los tejidos suaves.

Otra investigación afirma que la acumulación de plomo es más evidente cuando un niño tiene deficiencia de calcio; y como el azúcar refinada inhibe su absorción, es necesario disminuir, también por este motivo, el consumo de azúcar refinada. En cambio, la combinación de vitamina C, zinc, y calcio en la dieta, ayuda a eliminar en el cuerpo los metales pesados.

Las principales fuentes de plomo son el humo de cigarrillos, algunas pinturas y lápices; asfalto, acondicionadores de aire y calentadores, baterías, materiales de construcción, cemento, carbón, cosméticos, crayones, tintes, llantas, lluvia ácida, gasolina y sus derivados. Obviamente, es imposible evi- tar el efecto de algunas fuentes, pero es conveniente reducirlas al máximo.

El cadmio se encuentra principalmente en el humo de tabaco, pinturas, y agua contenida en recipientes viejos que contienen cadmio. La deficiencia de zinc y el alto consumo de azúcar refinada incrementa la absorción de cadmio y puede afectar la inteligencia y el rendimiento académico.

El cobre es un mineral esencial, pero su exceso es más común que la de- ficiencia, debido al empleo extendido de la tubería de cobre para el agua. El cobre excesivo activa la agresión y otros cambios negativos en las conductas de los niños. La deficiencia de zinc también es un factor que incrementa la vulnerabilidad ante el cobre.

El mercurio, sobre todo, se encuentra en los pesticidas, productos deriva- dos del petróleo, fungicidas, productos químicos presentes en el agua. Este metal compite con el selenio en el cuerpo.

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