de haber recibido «diecisiete heridas de bala», conti nuó batiéndose hasta el fin de la acción, en que decla ró sentir «una especie de malestar», por lo cual fue con ducido a la ambulancia. Llevado, más tarde, a un hos pital, murió algunas horas después de llegar a él sin ha ber dado grandes muestras de sufrimiento.
He aquí algo más característico:
«Una joven madre hallábase ocupada en colocar en un armario unos cacharros de porcelana, que ocupan sus manos. Al otro lado de la estancia, junto a la chime nea apagada, su hijo juega en el suelo. El pequeñuelo, a fuerza de tocar el mecanismo de la chimenea, ha hecho que la cortina metálica de ésta esté a punto de despren derse y caer sobre el cuello del niño, el cual se encuen tra arrodillado en el suelo, en la actitud de la persona que espera ser guillotinada, desempeñando en este caso el papel de cuchilla la cortina metálica de la chimenea.
«Precisamente en este momento, inmediatamente an terior a la calda de la cortina metálica, la madre se vuelve súbitamente y entrevé el peligro que amenaza a su hijo. Bajo la influencia de la impresión, «le da un vuelco el corazón», según la frase consagrada; y como quiera que esta mujer es sumamente impresionable y nerviosa, formóse en el acto un círculo eritematoso y
saliente en el cuello, precisamente en el mismo lugar en que el niño iba a sufrir el golpe. Esta huella, dem ográ
fica desde el primer momento, persistió intensa el tiem po suficiente para que pudiera ser observada por un mé dico. que acudió algunas horas después.» (Caso citado
por, Duchátel y Warcollier, en su obra Los milagros de
la voluntad.)
En 1915, en la Escuela Práctica de Magnetismo, tu vimos ocasión de observar un caso en el que la acción de la idea mostrábase extremadamente rápida. El «su jeto», M. C..., que estudiaba en la Escuela, y particu larmente seguía el curso de Anatomía, experimentaba una sensación de trastorno en cada una de las regiones del cuerpo de que se ocupaba el profesor. En el curso de Patología, la audición del enunciado de tales o cua les síntomas causaba a M. C... un malestar que co rrespondía exactamente a cada uno de los síntomas descritos. El relato de una operación quirúrgica cual quiera producíale insoportables dolores precisamente en aquel lugar del cuerpo de que se hablaba delante de él.
Se nos podrá objetar que se trata de anomalías y que tales fenómenos no se presentan en un individuo sano. Sen precisamente estos casos excepcionales ios que arro jan destellos de luz sobre la ley de reacción del «yo- pensante» sobre el resto del organismo, ley que perma nece constante para todos los seres, salvo la diferencia de que, para que pueda operarse una repercusión física precisa, en unos es necesaria una mayor suma de acti vidad psíquica que en otros. Todos los seres llevamos en nosotros mismos el indicio de un poder latente, que es preciso desarrollar si queremos ejercerlo voluntaria y poderosamente.
Determinadas sectas orientales, versadas en el gé nero de cultura necesaria para ello, tales como los der viches, los fakires y los yoguis, han dilatado hasta lí
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mites extraordinariamente amplios su propio poder de voluntad sobre sí mismos. Estos seres afrontan el fuego sin quemarse, agujerean su carne sin que parezcan eA- perimentar el menor dolor, ábrense heridas que cicatri zan instantáneamente, suspenden todos los movimien tos interiores de sus respectivos organismos y seguida mente se hacen enterrar, permaneciendo bajo tierra por espacio de varias semanas, después de lo cual vuelven espontáneamente a la vida. Abundan los relatos de es cenas de este género en los escritos de notabilidades inglesas que han recorrido y estudiado la India.
En África hállanse todavía ciertos fanáticos, quienes, por efecto de largo entrenamiento, han adquirido el po der de provocar en sí mismos fenómenos enteramente semejantes a los de la India.
He aquí, a este respecto, algunos pasajes citados por los señores Duchátel y Warcollier, según la Nuova Pa
rola, de Roma:
«M. Penne preguntó al morabito si conocía algún secreto físico o fisiológico; si, por ejemplo, había re sistido a la prueba del fuego. El morabito le respon dió afirmativamente; acto seguido, llevó la mano a la llama de una bujía, que ardía sobre la mesa, la tuvo allí varios minutos y seguidamente la retiró, mostran do la piel ahumada, pero sin la menor huella de que madura y sin haber demostrado experimentar dolor al guno. M, Bastianini, que se hallaba presente, para ase gurarse de si la llama quemaba efectivamente, trató de
imitar al morabito, pero no pudo tener la mano sobre la llama más que dos o tres segundos, pues hubo de re
tirarla al sentir que se quemaba. Al día siguiente de- d a a M. Penne que todavía le dolía la mano y que tenía la palma un poco hinchada.
»E1 segundo jeque se levantó, cogió un puñal, in trodujo la punta en su boca y se atravesó la mejilla izquierda, de manera tan visible que la punta del puñal salía al exterior. No brotó ni una sola gota de sangre y el morabito tampoco manifestó sufrimiento alguno y se introdujo, sucesivamente, cuatro puñales más: uno en la mejilla derecha, otro en la garganta y dos a i los brazos.
»A una señal nuestra se puso a extraer los dos pu ñales de la boca, el de la garganta y los dos de los brazos, sin que brotase una sola gota de sangre y sin que quedase la menor huella de herida. Únicamente, en los brazos, quedaron dos pequeñas señales; como unas equimosis.
«Retiróse luego hacia el fondo de la estancia, puso su vientre al desnudo, cogió un sable y lo pasó de uno a otro extremo de la boca. Acto seguido, pronunciando palabras incomprensibles y dando saltos, comenzó a asestarse fuertes sablazos en el vientre. A nuestra pe tición de que se diese golpes por la parte del corte y de que hiciese correr el sable de atrás adelante, apoyando la hoja sobre la carne, lo hizo así. Cuando le ordena mos que terminase, examinamos la hoja del sable, que aparecía tan cortante como antes de realizar el mora bito sus ejercicios. En el vientre de éste no hallamos cortadura alguna, sino únicamente dos líneas ligeramen te rojizas, siempre semejantes a equimosis, como la señal
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que deja marcada una apretada ligadura, por ejemplo, la de un fino cordel.»
En Londres, el médium Home, en 1870, en una se sión a la cual asistía sir Russell Wallace, mostró que podía manipular tranquilamente con carbones encen didos sin que ello le produjera ningún dolor ni quedase en sus manos huella alguna de quemadura.
3. Lo QUE PUEDE LA IDEA REFLEXIVA: UN EJEMPLO
En todo lo que acabamos de exponer se siente uno en terreno extranatural, y el lector podría preguntarse qué utilidad reportaría el poder directo de la voluntad sobre el organismo a un individuo como él, normal y desprovisto del tiempo necesario para entregarse a una extensa preparación. Deseamos demostrarle que el oc cidental moderno, que vive la vida ordinaria y que po see un conocimiento bastante amplio de las facultades del psiquismo, sobre todo si ha comenzado a cultivar su voluntad de conformidad con métodos análogos a los ya indicados en los cuatro primeros capítulos de esta obra, puede ejercer sobre sus órganos una profunda in fluencia.
El caso de autocuración que vamos a referir fue ob tenido — ello es cierto — por un hombre ilustre en el dominio de las ciencias psíquicas; pero dicho caso, absolutamente desesperado, presentaba una inaudita di
ficultad, que parecía muy proporcionada a los enérgi cos medios de que disponía el eminente hombre de cien cia a que nos referimos: el profesor Héctor Durville. Éste, en 1913, atacado de uremia bríghtica, velase postrado por una pleuresía purulenta, epifenómeno de su afección renal. Muchos médicos diagnosticaron el mal y lo declararon incurable.
«Tosiendo incesantemente — escribe Durville en su
Terapéutica psíquica —, a veces escupía hasta un li
tro de pus, sangre y diversas materias purulentas en el curso de una jomada. Y, lo mismo que todas las per sonas que me rodeaban, esperaba que llegase el mo mento fatal.»
Nosotros mismos que, por esta época, nos hallába mos en relación diaria con el enfermo y que habíamos aprendido a tener la mayor confianza en su poder mag nético, deplorábamos ya que hombre tan ilustre fuese prematuramente arrebatado a la ciencia, a la admira ción de sus colaboradores y al afecto de sus deudos y familiares. Contrariamente a nuestros temores, el doctor Durville no murió y al cabo de algunas semanas nos anunció que había decidido emprender su curación y se sentía completamente seguro de conseguirlo. De na tural poco expansivo, el profesor Durville no se exten dió acerca de los procedimientos exactos que se proponía emplear y sólo más tarde los describió en su obra ya citada, de la cual entresacamos las siguientes líneas:
«El pensamiento estaba siempre exclusivamente orientado hacia la curación... Puesta la mayor confian za en el resultado que esperaba, practicaba la respi
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ración profunda cuanto me era posible. Aplicando las manos al pulmón izquierdo, durante la inspiración, de cíame mentalmente o en voz muy queda: «Requiero »en mi ayuda las Fuerzas de la Naturaleza necesarias »para mi curación.» Y al retener el aliento, decíame también: «Absorbo las fuerzas curativas para agregar- alas a las mías.» Y durante la expiración: «Expulso »los gases y los productos de la desnutrición.»
»Esta triple operación, frecuentemente repetida a ve ces durante una hora, bien durante el día, bien por la noche, me procuraba fuerzas físicas y morales suma mente apreciables, que eran utilizadas por el organis mo, teniendo como consecuencia que se fuese produ ciendo una incesante mejoría.
«Modificaba yo esa absorción autosugestiva de di versas maneras. A veces, con ambas manos aplicadas sobre el pulmón enfermo, me decía: «Absorbo las fuer- »zas de la Naturaleza para curar el pulmón; fijo estas «fuerzas en el órgano que ha de utilizarlas; expulso los »productos de la desnutrición.»
»De análoga manera procedía con respecto de los riñones, el corazón, el estómago o cualquier otro ór gano que lo demandase urgentemente. De esta suerte trataba de establecer el equilibrio recíproco de los diver sos órganos.»
El enfermo, con gran estupefacción de cuantos fueron testigos de la crisis inicial, restablecíase visiblemente y los médicos consideraban su caso — dice el propio Durville — «como un fenómeno único en su género».
se entregó a una acción psíquica precisamente limitada a función renal.
«Aplicando la palma de la mano izquierda sobre la cara posterior del riñón del mismo lado, que era el más afectado, y la de la mano derecha sobre la cara anterior, e imaginándome este órgano lo mejor posible, dirigía mi pensamiento, primeramente del exterior al interior, para penetrarle y saturarle completamente. Al cabo de algunos momentos, con el pensamiento siempre perfec tamente definido, decíame mentalmente o a media voz: «Desde el cabillo (parte cóncava) penetro en el inte- »rior, por la arteria, siguiendo sus divisiones y subdivi- »siones, hasta las pequeñas arterias, y retrocedo por las «venillas, las divisiones y subdivisiones de la vena re- »nal.» Efectuada esta trayectoria, volvía al nervio que sigue a la arteria hasta las arteriolas, diciéndome: «Pe- »netro por la parte sensitiva del nervio y sigo sus di misiones y subdivisiones hasta su extremidad, y vuelvo «por la parte motriz de los nervios. Del cabillo llego «hasta el capacete, que lleno, y me concentro varias «veces, como para friccionar los cálices. De ahí, por los «conductos uriníferos, penetro en una pirámide de Mal- «pigi, imaginando que la acción que voy a ejercer se «comunica a todas las demás.»
Esta práctica, repetida a diario por espacio de va rios meses, condujo al enfermo a la más completa cu ración; hoy se halla éste en excelente estado y más fuerte que nunca. Y sus facultades psíquicas han aumen- ' tado considerablemente, por efecto del superdesarrollo
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que les dio el esfuerzo a que se vieron obligadas duran te la enfermedad.
Los conocimientos anatomofisiológicos necesarios para un autotratamiento de esta naturaleza, pueden ad quirirse, en principio, por cualquiera; pero, aun en el caso de que no se poseyeran más que esas nociones ele mentales que cualquier monografía sucinta puede in dicar, bastarían para poder ensayar, eficazmente, sobre sí mismo la acción automedicadora del pensamiento.
4 . E n t o d o s l o s t i e m p o s h a s i d o u t i l i z a d a LA ACCIÓN CURATIVA DE LA IDEA
En Caldea, en Persia y en Egipto, lo mismo que en Grecia y Roma, por lo que la historia de la M e dicina consigna, hállase una serie de prácticas' cuyo ob jeto no es otro que el de estimular la imaginación del paciente, con el fin de determinar su curación. Estra- bón, Diodoro de Sicilia, Jámblico, Próspero Alpini, Pau- sanias, etc., tuvieron ocasión de observar las invocacio nes con que los egipcios imploraban de Isis o de Anubis el alivio de sus dolencias, y atestiguan los buenos re sultados que aquéllos obtenían.
La medicina en los templos, sumamente extendida en Grecia y en Roma, gozaba de una confianza uni versal. Los pacientes, según nos informan las crónicas, después de haber suplicado largamente a los dioses lares que les librasen de sus males, se dormían, y un cierto
número de ellos, al despertarse, se hallaban completa mente curados.
La misteriosa terapéutica de los pueblos primitivos se ha perpetuado. Esta terapéutica se observa en la Edad Media entre los brujos y hechiceros, e incluso en nues tros días y en determinadas comarcas tiene sus practi cantes y su clientela.
¿Hay que asombrarse de ello? «La fe cura», ha di cho Charcot. Pues bien, la fe crea la idea fija, la concen tración mental involuntaria, y toda la virtud de las rece tas del Dragón Rojo o de las plegarias dirigidas a cual quier divinidad no son otra cosa que el esfuerzo de la
voluntad orientado hacia la idea de la curación.
Existe en Boston una poderosa asociación denomi nada Christian Science. Imbuidos de una cosmogonía de tendencia budista, que nosotros no habremos de exa minar aquí, los adeptos de la Christian Science, reuni dos en las solemnes ceremonias que les inspira su con ceptualismo metafísico, elevan a Dios sus súplicas para que la enfermedad, que, según ellos, no es más que un desequilibrio o falta de armonía, desaparezca, del modo que ha descrito Durville (1), «como desaparece la som bra de un aposento en el que se deja penetrar la luz abriendo los postigos». Los adeptos de la Christian
Science operan gran número de curaciones, entre las
cuales se cuenta una imponente proporción de casos de sesperados de toda clase de sistemas médicos.
Todas las religiones tienen sus lugares de peregri-