ce una extraordinaria influencia sobre el individuo. En el próximo capítulo veremos que esta influencia reac ciona sobre las profundidades del organismo y que pue de ser vehículo, bien de importantes perturbaciones, bien de la curación de enfermedades reputadas como in curables.
Por consiguiente, tras de haber adquirido cierta fa cultad de concentración, la autosugestión prestará im portantísimos servicios.
La manera más sencilla de autosugestionarse — y, desde luego, la de más débiles resultados —, consiste en la repetición mecánica de una fórmula cualquiera. Una, por ejemplo, de las recomendadas por nosotros en el pri mer capítulo de esta obra. Al comenzar el desarrollo de la voluntad, resulta sumamente preciosa la débil acción que procura este ejercicio, el cual, como no exige mu cha atención, está al alcance de todos.
En cambio, para asegurarse resultados profundos y rápidos es preciso preceder en forma de imágenes. Para desarrollar, por ejemplo, una determinada cualidad del individuo, una vez bien definido en qué consiste dicha cualidad y las excelencias que augura su posesión, es preciso que el sujeto se imagine que se halla ya en po sesión de tal atributo y que se vea actuar en consecuen cia. Nada de repetirse verbal o mentalmente: «Tengo vo
luntad», o bien: «Tengo memoria», sino esforzarse en
vivir con el pensamiento diversas circunstancias en las cuales manifestemos voluntad o memoria.
Cuando se trata de combatir un defecto, es conve niente objetivar primero las consecuencias y después
las ventajas que producirá la extirpación o supresión de dicho defecto. Acto seguido, como en los casos anterio res, conviene representarse diferentes escenas de la vida real. Las diversas ocasiones en que hemos sido víctimas del defecto en cuestión pueden ser evocadas concreta mente. Conviene que nos veamos cada vez dominando nuestros impulsos o tentaciones y experimentando la satisfacción de esta victoria.
La autosugestión opera con mayor eficacia en los momentos que preceden al sueño. Incluso entre las personas totalmente ajenas a la cultura psíquica hay muchas que conocen muy bien el procedimiento para despertarse a la hora que desean. Para ello basta con que, en el momento de dormirse, se concentre el espíritu sobre el motivo por el cual se desea levantarse al día si guiente a tal o cual hora; pero este procedimiento tiene el inconveniente de que el sueño se hace un tanto agita do. En- todo caso resulta preferible, en vez de pensar en no perder el tren o en no faltar a la cita proyectada, re presentarse el aspecto de los objetos circundantes a la hora en que se desea que quede interrumpido el sueño, los ruidos o rumores del exterior que llegarán hasta el dormitorio, imaginándose el despertar con todos sus de talles, y asociando esta idea a las precedentes. Para terminar, cuando comience a dejarse sentir ese entorpeci miento precursor de la inercia psíquica, habrá que re petirse muchas veces que no dejará de producirse el resultado apetecido.
Hay autosugestiones constantes de las cuales ema na un gran poder confortador. El sentimiento de bien
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estar físico, resultante de la observancia de una higiene racional, tiende a robustecer el optimismo, la confianza en sí, la calma y la energía.
Ayuda a mantener disposiciones mentales llenas de satisfacción y de contento y conduce al espíritu a toda clase de ideas-fuerzas, tales corno, por ejemplo: «Llegaré
a dominar todas mis dificultades», «.Me siento determi nado a triunfar.», «Poseo todo cuanto es preciso para evolucionar provechosamente a través de las presentes circunstancias», «Me hallo en el sendero del triunfo», «De día en día se acrecen mis fuerzas, m i asimilación es cada vez más rápida y más precisa, y más fuerte mi voluntad», etcétera. Las palabras son lo de menos. Es
tos pensamientos se formulan de forma diferente en el cerebro de cada individuo. Pero es menester que éste les preste toda su conformidad y los recuerde cuando sea preciso.
A veces, es bajo una forma menos directamente afir mativa como se armoniza mejor la autosugestión con la personalidad, principalmente en los tímidos, vacilan tes o deprimidos. Estos últimos, a pesar de repetirse las mejores imágenes autosugestivas, dudan de su efi cacia sobre ellos mismos. Más de uno nos ha confesado que se amoldaba pasivamente a los ejercicios que nos otros le prescribíamos, pero que, al ejecutarlos, una voz interior — la voz de la duda — le insinuaba: «Has
ccádo m uy bajo; tu voluntad es muy débil; no conse guirás lo que te propones; esto no producirá efecto al guno en ti'», etcétera. En tales casos, la solución con
ejemplo, la afirmación: «Estoy tranquilo», por esta otra: «Me siento menos agitado; de día en día iré ex perimentando un enervamiento menor y muy pronto ha bré conquistado una calma perfecta.» También parece el más seguro el sistema gradual cuando se trata de com batir por medio de la autosugestión cualquier hábito inveterado. Se comienza por representarse cada vez me nos poderosa la necesidad de satisfacer la costumbre de que uno quiere verse libre, añadiendo que la misma manifestación de dicha necesidad irá acompañada en lo sucesivo de cierto principio de repugnancia. Se con tinúa así disminuyendo ligeramente cada día la inci tación enojosa, al tiempo que se aumenta la repulsión conexa.
Con respecto a la autosugestión, podemos repetir que el más pequeño esfuerzo realizado deja en el espí ritu una huella duradera. Nada se pierde en el dominio psíquico y la tentativa fluctuante de hoy prepara la enér gica y victoriosa reacción de mañana.
6. Tr a n s f o r m a c ió n d e l a s f u e r z a s
Ya hemos insistido acerca de la correlación exis tente entre el equilibrio fisiológico y el desenvolvimien to psíquico. La mayor parte de las enfermedades menta les mejoran rápidamente al cabo de algunas semanas de desintoxicación. La cultura de la voluntad requiere pri mordialmente, por lo menos durante algunos cuartos
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de hora por día al principio, la armonía de las fun ciones orgánicas.
Determinados psiquiatras van más lejos. Partiendo del principio de la unidad de la fuerza, que informa a la física moderna, pretenden que existe la posibilidad de obtener energía mental de toda fuente física.
«El alumno — dice Turnbull, en su curso de magne tismo personal —, tras de retirarse a cualquier lugar silencioso, deberá permanecer erguido y contraer los músculos del cuerpo todo lo rígidamente que le sea po sible. Henos, pues, en presencia de una fuerza creada, pero no empleada. El espíritu del alumno se fijará con ardor en el deseo que debe ser satisfecho. La fuerza — expresión — física, es decir, la rigidez de sus múscu los, se transformará en fuerza — expresión — mental.» En otro orden de ideas, los adeptos de las escue-
I las orientales practican la respiración profunda, concen-
j trando su espíritu y su intención de atraerse e incorpo- | rarse las fuerzas ambientales. Mientras aspira lentamen te el aire, el yogui piensa: «Absorbo las energías que
hay esparcidas en la atmósfera.» Por espacio de unos cuantos segundos conserva en los pulmones el aire ins pirado, pensando: «Fijo en mí esas energías.» Seguida mente exhala el aire y dice: «Arrojo el aire, pero con
servo íntegras las fuerzas que éste contenía, de las cuales
; me he apropiado.»
Doquiera se gaste una cantidad de actividad, existe siempre la posibilidad de recuperar una parte de ella por medio de un sencillo esfuerzo mental semejante
al de la absorción respiratoria. Por lo menos, esto es lo que nos afirman los ocultistas y los teósofos.
En su obra ya citada, Turnbull enseña el modo de obtener fuerza de los propios deseos. La teoría de este autor, aunque un tanto audaz, se nos antoja mere cedora de una seria consideración.
«El deseo, bajo todas sus formas — escribe dicho autor —, es siempre una corriente mentid, cargada de potencia, la misma potencia precisamente, que el hombre magnético ejerce sobre su semejante. Cuando digo co
rriente mental, hablo literalmente y no me sirvo tan sólo
de una metáfora. Cuando cedemos a cualquier deseo, hacemos un derroche de fuerza y, por consiguiente, dis minuimos nuestro poder de atracción. La fuerza del deseo se manifiesta bajo un gran número de corrientes
mentales, tales como la impaciencia, la cólera, el aban
dono o la vanidad. Esta última corriente es tal vez, entre todas, la más debilitadora. Por consiguiente, lo que debemos hacer es, en cuanto sintamos dicha corrien te de deseo, negamos a satisfacerla. Por efecto de este esfuerzo consciente de nuestra voluntad, nos aislamos de la descarga debilitadora. No nos imaginemos que este hábito de reprimir nuestros impulsos producirá en no sotros un estado de entorpecimiento que aniquile el de seo. El efecto es contrario: los deseos adquirirán una fuerza diez veces mayor.»
Compréndese muy bien, pese a ciertos puntos obs curos, cuál es el pensamiento del autor: acumular las energías cuyo empleo parece inútil no es más que cons tituirse una especie de batería mental — expresión de