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Perspectivas sociales de la caridad

Textos para meditar con Thomas Merton*

10. Perspectivas sociales de la caridad

Con excesiva frecuencia, la caridad cristiana se entiende de un modo absolutamente superficial, como si no fuera más que mera gentileza, afabilidad y amabilidad. Por supuesto que incluye todas estas cosas, pero va aún más allá. Cuando consideramos la caridad como mera «amabilidad», generalmente es porque nuestra perspectiva es muy estrecha y alcanza únicamente a nuestros vecinos más cercanos, que comparten nuestras mismas ventajas y facilidades. Esta concepción excluye tácitamente a las personas que más necesidad tienen de nuestro amor: los desafortunados, los que sufren, los pobres, los desheredados, los que no tienen nada en este mundo y, consiguientemente, tienen derecho a reclamar a cualquier persona que tenga más de lo que estrictamente necesita.

No hay caridad sin justicia. Demasiado a menudo pensamos que la caridad es una especie de lujo moral, algo que elegimos practicar y que nos hace meritorios a los ojos de Dios, a la vez que satisface una cierta necesidad interior de «hacer el bien». Esta caridad es inmadura e incluso, en determinados casos, del todo irreal. La verdadera caridad es amor, y el amor implica una profunda preocupación por las necesidades del otro. No se trata de autocomplacencia moral, sino de estricta obligación. La ley de Cristo y del Espíritu me obliga a preocuparme de la necesidad de mi hermano, sobre todo la más perentoria, que es la necesidad de amor. ¡Cuántos de los terribles problemas que se dan en las relaciones entre clases, naciones y razas en el mundo moderno tienen su origen en la desoladora falta de amor...! Y lo peor de todo es que esta falta se ha manifestado muy claramente entre quienes afirman ser cristianos. ¡Incluso se ha invocado una y otra vez el cristianismo para justificar la injusticia y el odio!

En el Evangelio, el propio Cristo describe el juicio final con palabras que hacen de la caridad el criterio central de la salvación. Quienes han dado de comer al hambriento y de beber al sediento, han hospedado al forastero, han visitado a los enfermos y presos... son acogidos en el reino, pues todo eso lo hicieron con el propio Cristo. Por el contrario, quienes no han dado pan al hambriento ni de beber al sediento, y todo lo demás, tampoco lo han hecho con Cristo: «Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de estos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo» (Mateo 25,31-46).

Este texto y el de la Primera Carta de Juan que citábamos al final del apartado anterior nos permiten comprender que la caridad cristiana carece de sentido sin actos exteriores y concretos de amor. El cristiano no es digno de tal nombre a menos que se desprenda de sus bienes, de su tiempo o, cuando menos, de sus preocupaciones, con el fin de ayudar a quienes son menos afortunados que él. El sacrificio debe ser real, no solo un gesto de orgulloso paternalismo que satisface su propio ego a la vez que protege condescendientemente a «los pobres». Compartir los bienes materiales supone también compartir el corazón, reconocer la común miseria y pobreza y la fraternidad en Cristo. Pero tal caridad es imposible sin una pobreza de espíritu interior que nos identifique con los desafortunados, los desfavorecidos, los desposeídos. En algunos casos, esto puede y

debe llegar al extremo de dejar cuanto tenemos con el fin de compartir la suerte del desdichado.

Más aún, una noción miope y perversa de la caridad lleva al cristiano, simplemente, a realizar actos exhibicionistas de misericordia, actos meramente simbólicos que son expresión de simple buena voluntad. Este tipo de caridad no tiene el efecto real de ayudar al pobre: lo único que consigue es condonar tácitamente la injusticia social y contribuir a perpetuar las condiciones en que nos movemos; es decir, mantiene a los pobres en su pobreza. En nuestros días, el problema de la pobreza y del sufrimiento se ha convertido en preocupación de todos. Ya no es posible cerrar los ojos a la miseria que abunda por todas partes, en todos los rincones del mundo, incluso en las naciones más ricas. Un cristiano tiene que afrontar el hecho de que esta inexplicable desgracia no es en modo alguno «la voluntad de Dios», sino el efecto de la incompetencia, la injusticia y la confusión económica y social de nuestro mundo en rápido desarrollo. No nos basta con ignorar estas cosas so pretexto de que estamos desvalidos y no podemos hacer nada constructivo para mejorar la situación. Es un deber de caridad y de justicia para todo cristiano implicarse activamente en el intento de mejorar la condición del hombre en el mundo. Como mínimo, esta obligación consiste en tomar conciencia de la situación y formar un criterio propio con respecto al problema que plantea. Obviamente, nadie espera poder resolver todos los problemas del mundo, pero sí debería saber cuándo puede hacer algo para ayudar a aliviar el sufrimiento y la pobreza y darse cuenta de cuándo está prestando implícitamente su cooperación a los males que prolongan o intensifican el sufrimiento y la pobreza. En otras palabras, la caridad cristiana deja de ser real si no va acompañada de una preocupación por la justicia social.

¿De qué sirve celebrar seminarios sobre la doctrina del cuerpo místico y la sagrada liturgia si no nos preocupamos en absoluto del sufrimiento, la indigencia, la enfermedad y hasta la muerte de millones de potenciales miembros de Cristo? Puede que imaginemos que toda esta pobreza y este sufrimiento están muy lejos de nuestro país; pero si conociésemos y entendiésemos nuestras obligaciones con respecto a África, América del Sur y Asia, no seríamos tan complacientes. Y, sin embargo, no tenemos que mirar más allá de nuestras fronteras para descubrir enormes dosis de miseria humana en los suburbios de nuestras grandes ciudades y en las zonas rurales menos privilegiadas. ¿Y qué hacemos al respecto?

No basta con meter la mano en el bolsillo y sacar unos billetes. Lo que hemos de entregar a nuestro hermano no son únicamente nuestros bienes, sino a nosotros mismos. Mientras no recuperemos este profundo sentido de la caridad, no podremos comprender toda la hondura de la perfección cristiana.

La Carta de Santiago nos dice que un cristiano no debe respetar al rico y despreciar al pobre, sino que, por el contrario, debe identificarse con el pobre y hacerse pobre también, como lo fue Cristo:

«No juntéis la fe en nuestro Señor Jesucristo glorioso con el favoritismo. Por ejemplo: llegan dos hombres a la reunión litúrgica. Uno va bien vestido y hasta con anillos en los dedos; el otro es un pobre andrajoso. Veis al bien vestido y le decís: “Por favor, siéntate aquí, en el puesto reservado”. Al pobre, en cambio: “Estate ahí de pie o siéntate en el suelo”. Si hacéis eso, ¿no sois inconsecuentes y juzgáis con criterios malos? Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que prometió a los que lo aman? Vosotros, en cambio, habéis afrentado al pobre. Y, sin embargo, ¿no son los ricos los que os tratan con despotismo y los que os arrastran a los tribunales? ¿No son ellos los que denigran ese nombre tan hermoso que lleváis como apellido?» (Santiago 2,1-7).

Más adelante, en la misma carta, Santiago le habla con toda franqueza al rico injusto que ha defraudado a los pobres en el salario:

«Ahora vosotros, los ricos, llorad y lamentaos por las desgracias que os han tocado. Vuestra riqueza está corrompida, y vuestros vestidos están apolillados. Vuestro oro y vuestra plata están herrumbrados, y esa herrumbre será un testimonio contra vosotros y devorará vuestra carne como el fuego. ¡Habéis amontonado riqueza precisamente ahora, en el tiempo final! El jornal defraudado a los obreros que han cosechado vuestros campos está clamando contra vosotros; y los gritos de los segadores han llegado hasta el oído del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en este mundo con lujo y entregados al placer. Os habéis cebado para el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste» (Santiago 5,1-6).

Para ser uno en Cristo, tenemos todos que amarnos unos a otros como a nosotros mismos. Amar a otro como a uno mismo significa tratarlo como a uno mismo, desear para él todo lo que uno desea para sí mismo. Este deseo carece de sentido si no tomamos medidas muy concretas para ayudar a los demás. La parábola del buen samaritano, que tan a menudo se escucha en los sermones, puede que tenga más significado del que creemos. Fueron los buenos judíos, el sacerdote y el levita, quienes dejaron al hombre herido en la cuneta. Solo el extraño y el marginado se dignaron a ayudarle. ¿Qué somos nosotros: sacerdotes, levitas o samaritanos?

(Vida y santidad, 2006 [3.ª reimpr.: 2014], 101-107)