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Poder y cultura de género

In document Genealogías de la violencia (página 186-189)

En un texto muy difundido y que ha impactado de manera funda- mental los estudios de género en México, Joan W. Scott ha señalado que los cambios en la organización de las relaciones sociales obede- cen siempre a cambios en las representaciones del poder, así como en el reconocimiento de que tales transformaciones no son en un solo sentido (Scott, 1991: 48). Con esta definición de género, Scott introduce elementos determinantes para la investigación contempo- ránea al afirmar que las relaciones entre los géneros son relaciones significantes de poder, y al subrayar su carácter legitimador abunda en la comprensión de la reciprocidad entre género y sociedad, así como de las formas particulares y contextualmente específicas en que la política construye el género y el género construye en la política (p. 53).

Scott se propone demostrar que las acciones de los estados, instrumentadas y dirigidas al control de las mujeres cobran sentido solo como parte de un análisis de la construcción y consolidación del poder (1991: 23-56); y esclarecer la manera en la que los regímenes democráticos del siglo XX se han construido a partir de ideologías políticas que contienen un concepto bien definido de género, aun-

que este tipo de relaciones entre el Estado y el género no sea conven- cionalmente un tema político. Su propósito es demostrar que la cons- trucción del género es una referencia recurrente a través de la que se ha concebido, legitimado y criticado el poder político.

La instauración de una cultura de género dicotómica, hetero- sexual y basada en la supremacía masculina, implica la progresiva diferenciación de las funciones sociales de hombres y mujeres, al mismo tiempo contribuye sustancialmente a mantener la legitimidad de los sistemas políticos reforzando una serie de instituciones y me- canismos de vigilancia estricta del comportamiento de los indivi- duos, lo cual coadyuva a constituir las representaciones del ser hom- bre y del ser mujer, define espacios y tiempos específicos, del mismo modo asigna conductas y formas de ser a los sujetos diferenciados por sexo, determina el tipo de relaciones normalizadas, y contribuye firmemente a la construcción de las identidades femenina y masculi- na.

En este sentido, dicho proceso de modelación dirigido a la producción de los sujetos de género implica una diferenciación sexual muy intensa, una regulación muy fuerte y estable del aparato psíqui- co de los individuos (Elías, 1989: 462). Apuntalar tal proceso de diferenciación y regulación significativa de los comportamientos y las relaciones entre hombres y mujeres resulta fundamental para la organización de la sociedad. Lo difícil es comprender la manera en la que los significados más generales se expresan en la conciencia y los actos de los individuos, para lo cual la cultura de género resulta esclarecedora a partir del reconocimiento de los siguientes niveles de análisis: 1) el de la producción y reproducción material de la socie- dad, o lo que Daniel Roche (1994) denomina la cultura material,

donde la corporalidad ocupa el lugar privilegiado o más importante; 2) el relacional, referido a las relaciones entre hombres y mujeres; y 3) el que tiene que ver con la elaboración simbólica, para lo cual me remito a Clifford Geertz (1997) en el sentido de entender a la cultura como un entramado de significaciones generadoras de representa- ciones.

La diferenciación sexual, sustrato de la cultura de género de la que participamos, ha producido y reproducido un tipo de relaciones de poder entre hombres y mujeres apoyadas en la supuesta superio-

ridad masculina que favorecen y sustentan la existencia de un orden social (Berger y Luckman, 1994) y de una estructura de poder parti- culares, refuncionalizando antiguas concepciones del mundo y pau- tas de conducta mezcladas con cambios que no necesariamente van acompañados de transformaciones estructurales. En estos términos, la cultura de género da cuenta de la fragmentación y la heterogeneidad de la estructura social, expresa la manera en la que se tocan espacios y épocas diferentes, muestra los diversos tipos de transformaciones, cambios en direcciones opuestas y cambios o permanencias que se refieren al control de la emotividad del comportamiento y de la expe- riencia de los sujetos femeninos y masculinos, por medio de coer- ciones individuales, internas y externas que han mantenido una úni- ca dirección a lo largo de varias generaciones (Elías, 1989: 10).

La función legitimadora de la cultura de género se encuentra en la forma en que las representaciones de lo femenino y lo masculi- no se relacionan con la comprensión y crítica de las normas del or- den social. Dichas elaboraciones han pasado por el modelaje de un cuerpo sexuado y la creación de una política sexual en tanto meca- nismo de control y regulación de la sexualidad (Weeks, 1998) que promueve y refuerza, en primer término, la superioridad de los hom- bres sobre las mujeres, la heterosexualidad obligada que crea un es- quema normalizador que determina la elección erótica, que instituye la monogamia obligada. A partir de la cultura de género se organiza la vida sexual de los individuos, se definen los espacios, las conduc- tas, las relaciones y los comportamientos de hombres y mujeres. Advierto entonces, que es precisamente en la lógica del género avala- da y suscrita por el poder donde se expresa con gran claridad la tensión entre los cambios de diferentes tipos y magnitudes y las trans- formaciones de larga duración.

No obstante, los hombres y las mujeres no son «meros sopor- tes fantasmales de aplastantes estructuras y bloques» (Bartra, 1981: 19), ni la familia ni los hombres son los representantes del Estado para las mujeres y los menores; el poder funciona a partir de necesa- rias relaciones de dominación bien específicas, con una configura- ción propia y con una autonomía relativa (Foucault, 1982), y no como una dominación vertical. Esto significa que la cultura de género

dos los ámbitos de la vida cotidiana, más allá de la tradicional distin- ción liberal entre esfera pública y esfera privada de la vida a partir de cuyos supuestos se profundiza la diferenciación entre los sujetos fe- meninos y masculinos por el lugar que ocupan en la distribución espacial del mundo liberal.

In document Genealogías de la violencia (página 186-189)

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