reconciliar los dos movimientos, ya
que debe adaptarse a las reglas que
gobiernan la economía mundial.
libres por encima del control democrático y social. Y estamos describiendo una situación sin las amenazas ecológicas y climáticas que nosotros sí tenemos sobre nuestras cabezas. En el análisis de Polanyi, el trabajo, la tierra y el dinero tienen un papel relevante. Los describe como mercaderías ficticias, definiendo a las mercaderías como bienes que son producidos para ser vendidos en un mercado. Por tanto, son ficticios porque originalmente no fueron creados para ser vendidos en un mercado. El trabajo es simplemente una actividad humana, los campos no son más que naturaleza parcelada y el dinero está unido a la política gubernamental. La asunción de que los tres puedan ser tratados como auténticas mercancías comporta lamentables consecuencias. Para Polanyi, esta mercantilización es moralmente objetable e ignora las “inevitables” intervenciones de los gobiernos. Incluso asumiendo que el mercado se auto-regula, el Estado debe gestionar la masa monetaria, así como la demanda fluctuante de trabajo (por ejemplo, con prestaciones a los parados y conteniendo a los agricultores para que no suban los precios y tiendan a la acumulación de cosechas). Si reducimos las intervenciones del Estado demasiado y nos desembarazamos de la economía, la gente normal paga por ello. Los trabajadores y sus familias son golpeados por el paro y por la falta de un mínimo para sobrevivir y los agricultores pierden sus compradores por culpa de las importaciones. Esto es exactamente lo que ha pasado en los Estados Unidos en las últimas décadas, justamente donde políticos como Trump han conseguido sus apoyos populistas.
Es muy importante recordar una idea de Polanyi: no hay nada malo per se en el mercado. El mercado es solo una parte de un sistema económico mayor, que debe estar al servicio de la sociedad. Así pues, la economía de mercado no es un fin en sí misma, solo un medio para fines humanos. Los mercados siempre han existido. Lo que ha cambiado radicalmente durante la “gran transformación” es que estos mercados se han convertido en actividades económicas internacionales con el único objetivo del lucro y que se ha asumido que el mercado es la única institución eficiente. La democracia, por el contrario, depende de un orden económico basado en una economía mixta. El alcance y escala del mercado tiene que ser regulado: diversas instituciones económicas como los mercados, los bienes comunes y los servicios municipales, así como las iniciativas ciudadanas basadas en la reciprocidad deben coexistir para incrementar la resistencia de los sistemas económicos. Volviendo a Polanyi, uno pensaría que como escribió su libro en 1944 su punto de vista es pesimista. Todo lo contario, su libro atrae por su final optimista. En ese año, Polanyi vio la oportunidad de visualizar “la libertad en una sociedad compleja”. Para él, la libertad es tanto “el hambre y sed” de libertad política como el derecho a ser uno mismo como individuo irrepetible. En otras palabras, para él la libertad es positiva y negativa: libertad de coerción y el derecho al inconformismo, así como la libertad positiva basada en un conjunto de normas que empoderan también a los sectores sociales en peores condiciones. Mientras que Hayek privilegia la libertad económica por encima de la política, Polanyi reconoce la importancia de las dos. Es optimista porque asume que el ciclo de enfrentamientos internacionales puede acabar; la clave es deshacerse de la idea de que debemos subordinar nuestras vidas a los mecanismos de mercado. De esta manera, la economía puede estar otra vez bajo un control democrático. Para sustentar este posicionamiento se basa en el New Deal del presidente norteamericano Roosevelt, que dejó que los mercados existieran, pero al tiempo protegió a la gente de sus efectos nocivos, facilitando, por ejemplo, un sistema de pensiones a la gente mayor excluida del mercado laboral.
Lo que Polanyi dejo escrito sobre las relaciones entre países se acerca mucho a lo que Streeck escribe sobre Europa (y sobre su moneda única). Sin un poderoso mercado neo- liberal sofocante, los países pueden decidir libremente cooperar, incluyendo acuerdos comerciales que impliquen un alto nivel de transacciones comerciales y una protección a sus sociedades. Y los países desarrollados pueden escoger su propio camino.
La herencia de Polanyi es clara: solo la regulación democrática de la economía nos pro- porciona más libertad lo que a su vez contribuye al necesario grado de certidumbre. “En la consecución de mayores grados de libertad, los hombres y mujeres necesitan la seguridad de que ningún poder o una fuerza superior se volverá en contra y destruirá esa libertad que se ha construido gracias a sus propios instrumentos. Este es el significado de libertad en una sociedad compleja, darle a todo el mundo la certeza que necesita”.
El deseo de Polanyi es, por tanto, claro: hacer que compartamos a nivel mundial un proyecto conjunto de subordinar la economía a políticas democráticas y redefinir las políticas globales basadas en la cooperación internacional al tiempo que se crean y defienden las iniciativas ciudadanas y los gobiernos locales eco-sociales y progresistas.
4.2 La avant-garde y la gran transformación
Durante la última década, hemos visto el florecimiento de una avant-garde que repiensa y revitaliza nuestra sociedad y nuestra economía: desde granjas comunitarias a monedas locales y proyectos sociales, todas estas iniciativas permiten que las alternativas se hagan realidad por lo menos a escala local. Dan nuevas respuestas, tales como unos derechos de propiedad y uso diferentes, abiertas a cooperativas y bancos del tiempo.
La cuestión crucial, como la plantea el filósofo austríaco Andreas Novy, es cómo podemos imaginar otra sociedad y ofrecer a todo el mundo y en todas partes una vida justa. Este horizonte utópico necesita ser nuestra brújula para reflexionar sobre la gran transfor- mación, por lo que podemos avanzar en la transición desde una tienda de reparación de electrodomésticos a una economía circular ecológica sostenible (por ejemplo, local), de una cooperativa agrícola a un sistema local de alimentación, de un proyecto de coche compartido a una ciudad cero en emisiones unida a una red de otras ciudades también con cero emisiones.
Esta transformación requiere unas infraestructuras mentales renovadas que nos liberen del imperativo del crecimiento y la aceleración, al tiempo que lo hacen también de la compulsión neoliberal por la competencia. Que re-imaginenos infraestructuras sociales que nos permitan y consoliden una sociedad solidaria e instalaciones y servicios públicos del bienestar que proporcionen un estado de libertad a todos. Esto es compatible con el libre desarrollo de cada uno de nosotros; e infraestructuras materiales para una economía sin combustibles fósiles que respete los límites del planeta.
Esta revolución sostenible en el siglo XXI, siguiendo las pasadas transformaciones, solo se puede conseguir dejando a un lado las instituciones básicas del pensamiento social del crecimiento y el consumo. Implica nuevas infraestructuras, instituciones y la regionalización
de la economía. No es únicamente hacer más ecológica la economía, el reto yace en el giro del crecimiento de una oruga, de una adaptación transformativa que nos lleve a una mariposa brillante cuya futura apariencia no está totalmente finalizada.