Si en relación con experiencias preexistenciales, el sensitivo se basa en la autoridad de espíritus y en la propia experiencia y el parapsicólogo se funda en los principios científicos de consistencia racional y de comprobación empírica, ¿en qué consiste entonces la posición religiosa? La persona que argumenta en forma religiosa, apela a una tercera autoridad: a la tradición, es decir, a la leyenda transmitida de generación en generación. Para millones de personas en el mundo, la reencarnación es un componente obvio de su doctrina y un pilar que sostiene su forma de ver el mundo.
En culturas en que están en apogeo religiones tradicionales como el islamismo, el taoísmo, el hinduismo o el budismo, las personas con aptitudes espirituales especiales van donde un instructor de yoga, un maestro de meditación o donde otras autoridades espirituales, que pueden pasar revista a tradiciones antiquísimas del conocimiento, de la doctrina y de la experiencia. Las experiencias paranormales y los recuerdos preexistenciales que se presentan espontáneamente durante la meditación, se toman en ese entorno, sin más ni más, como fenómenos que por cierto
se pueden registrar en la senda espiritual, pero que solamente tienen que ver muy poco con el verdadero destino de la persona que busca. En una sociedad de clan, el chamán/chamaría o el mago, reconoce a aquellos individuos la mayoría de las veces ya en la juventud y los aparta del resto de la tribu, con el propósito de una iniciación secreta. En ninguna de esas sociedades la creencia popular de la mayoría de la población está en contradicción con las prácticas secretas del yogui, del monje o del chamán.
En occidente, en cambio, la actitud ha sido desde siempre diferente. Desde el principio, aquellas fuerzas de donde más tarde salió la ortodoxia cristiana, han hecho todo lo posible por reprimir masivamente a sus hermanos de fe denominados gnósticos, orientados en forma espiritual, chamanística o visionaria. Las autoridades de la tempranamente institucionalizada iglesia, introdujeron muy rápidamente una estricta ortodoxia y condenaron como herejía, todos los puntos de vista diferentes a esa doctrina. Cuando el emperador Constantino en el año 313 declaró el cristianismo como religión estatal y trató de fusionarlo con diversos cultos solares, la nueva doctrina cristiana tuvo que participar obligadamente con los cultos de Isis, Cibeles, Mitra y otros más que tenían coyuntura en el Imperio Romano. El impulso monoteísta de convertir o incluso de reprimir a los seguidores de los diversos politeísmos, fortaleció tanto el elemento autoritario en la iglesia, que desde entonces en occidente estuvieron a la orden del día los cismas, los concilios, las inquisiciones y las cacerías de brujas. No por casualidad D. H. Lawrence escribió una vez que "el miedo a la filosofía del paganismo ha arruinado completamente la consciencia cristiana".
La doctrina de la reencamación o de la migración del alma era ciertamente conocida para numerosos gnósticos anteriores al cristianismo y la habían recibido de los antiguos egipcios. También los neoplatónicos, tal como las sectas orfístas de Grecia y la Hermandad Pitagórica, se adhirieron a ideas análogas. Según información de su biógrafo Iamblichos, Pitágoras había sido iniciado en los misterios en Alejandría y aparte de eso había hecho viajes al oriente, donde la creencia en la reencamación está ampliamente difundida. Desde el despertar de la filosofía griega, como en el siglo sexto antes de Cristo; en ese mismo tiempo vivió Gautama Buda en India; hasta el año 529 después de Cristo, cuando el emperador Justiniano hizo cerrar la academia fundada por Platón casi 900 años antes en Atenas, y los eruditos neoplatónicos huyeron a Persia, oriente y occidente se influenciaron en forma recíproca cultural y espiritualmente durante más de un milenio. En las esculturas hindúes saltan a la vista elementos del arte clásico griego, y el arte cristiano tomó prestado del budismo la aureola y el aura, para las representaciones de sus santos.
Los actuales teólogos cristianos evidentemente no pueden ponerse de acuerdo; a pesar de la enorme cantidad de textos eruditos; si los antiguos cristianos aprobaban o rechazaban la doctrina de la reencarnación. Leslie Weatherhead asegura que "la reencarnación fue aceptada por la nueva iglesia durante los primeros 500 años de su existencia". Head y Cranston citan partes de textos que apoyan esa opinión. John Hick en cambio, rechaza ese punto de vista como totalmente falso y engañoso y aclara: "La doctrina de la reencarnación fue difundida por cierto dentro de la iglesia por las sectas gnósticas, pero muy pronto fue considerada extraña y tratada como un enemigo peligroso". Igualmente discutido es, si el padre de la iglesia Origines, profundamente arraigado en el neoplatonismo, (tal como Agustín) creía en la reencamación en estricto sentido o solamente en la preexistencia del alma, lo cual no es lo mismo. Uno de los textos que con más frecuencia se cita como prueba que Jesús enseñó la reencarnación, se encuentra en los Evangelios. En Juan 9,2-3 podemos leer:
Sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿él nació ciego porque ha pecado él o porque han pecado sus padres?" Jesús contestó: "Ni él ni sus padres han pecado, sino más bien ha debido manifestarse en él la obra de Dios”.
este ejemplo que Jesús enseñaba la reencarnación? Según Hick, igualmente se pueden argumentar motivos de peso, de que Jesús rechazaba expresamente la idea de un karma o la opinión de que la desgracia humana fuera producida por pecados cometidos anteriormente. De hecho, la respuesta de Jesús señalada arriba, parece indicar que algo así como personas que nacen ciegas simplemente existe y que un destino así no tiene nada que ver con algún pecado de los padres de tales personas o de ellas mismas.
Pero lo que sea que haya enseñado realmente Jesús y lo que quiera que haya creído la antigua Iglesia, no puede existir ninguna duda de que la reencarnación no tuvo ninguna importancia en las doctrinas cristianas ortodoxas de la Edad Media. A pesar del relampagueo neognóstico que los cataros causaron en los siglos doce y trece, la reencarnación ha permanecido hasta ahora relegada de la doctrina oficial de la iglesia. El judaísmo, que nunca ha sido tan autoritario como el cristianismo y que siempre ha permitido una sana tradición esotérica; la tradición cabalística; acepta la reencarnación, pero no la ha elevado nunca a la categoría de doctrina oficial. Así, en vista del permanente ambiente totalmente adverso en occidente, tanto para la doctrina de la reencarnación como también para el conocimiento esotérico, no es sorprendente que personas sensitivas se hayan dedicado en el siglo diecinueve a pseudoreligiones como el espiritismo y la teosofía, y más tarde a figuras salvadoras como Alice Baíley, Edgar Cayce y otras. En resumen, al occidente le falta evidentemente una tradición esotérica auténtica, que permita pasar de una generación a la próxima, doctrinas espirituales complejas, como por ejemplo, determinados conceptos acerca de la reencamación. Tal vez es el hambre de una de esas tradiciones; inconsciente para el mismo involucrado; lo que motiva a un lan Stevenson a una búsqueda monomaníaca y lo que también puede explicar la enorme popularidad de los libros-Seth y de las autobiografías de Shirley MacLaine aparecidas recientemente.
Contemplado desde el extenso punto de vista de la historia de la religión, surge la sospecha que nosotros, las personas de occidente, estamos empobrecidas espiritualmente. El recientemente observado resurgimiento del interés sobre asuntos de reencarnación, perfectamente podría ser un síntoma de que redescubrimos paulatinamente una imagen de la realidad, esencialmente con más capas de lo que el cristianismo fue capaz de ofrecernos en los siglos pasados. Siempre es difícil juzgarse a sí mismo "objetivamente", por lo cual quiero citar a continuación al excelente experto sobre los hindúes Alaín Daniélu, que después de una estadía de muchos años en la India regresó nuevamente a occidente:
He vivido más de veinte años en el tradicional mundo hindú y durante ese tiempo he estado tan alejado del mundo moderno, como si hubiera sido trasladado al Egipto de los faraones por medio de un milagro. Cuando regresé a Europa, estaba estupefacto por el infantilismo de los conceptos teológicos y por la esterilidad de aquello que aquí se le llama religión. Para mi asombro, encontré una sociedad totalmente sin orientación, que se aferraba al árbol moribundo del cristianismo, sin comprender tampoco, por qué ese árbol perece lentamente. Las personas que estaban conscientes del vacío espiritual ampliamente dominante, buscaban en vano un apoyo en un mundo obviamente amenazado.
Como la doctrina de la reencarnación jamás ha tenido un lugar en la tradición occidental, la forma en que la hemos conocido a través de la teosofía y otros sistemas metafísicos populares, está por supuesto invariablemente distorsionada. No sólo está infectada por nuestros mitos occidentales "progreso" y "evolución", como ya lo he formulado, sino que entre tanto se ha corrompido, llegando a ser una psicología espiritual amiga de los consumidores, que solamente le da cada vez nuevo alimento al narcisismo insaciable de nuestra desarraigada cultura. Alice Bailey ha advertido con mucha razón, del brillo exótico que determinadas prácticas espirituales emiten a
los ojos de la gente occidental y casi ninguna de esas doctrinas está tan expuesta a ese peligro como la reencarnación. El psicólogo clínico Dr. Ronald Wong Jue, que ha estado involucrado decisivamente en el establecimiento de la psicología de preexistencia como una disciplina psicoterapéutica seria, ha descrito este problema en forma muy insinuante:
Yo creo que occidente ha hecho híbrida la reencarnación. En oriente las encarnaciones son solamente el camino en el que se conoce a Dios en uno mismo; la reencarnación se considera allí como el vehículo del desarrollo espiritual. Pero en occidente el peso principal se desplaza hacia el Ego. Es algo así como si se dirigiera la atención más sobre la vestimenta de una persona que sobre la persona cubierta con ésta. Las personas están más interesadas en el contenido de las imágenes que en un verdadero desarrollo espiritual.
Si observamos las dos tradiciones orientales con las doctrinas de reencarnación más altamente desarrolladas, es decir, el hinduismo y el budismo, nos vemos frente a una comprensión radicalmente diferente del Yo, del tiempo, de la historia y de la redención, que la que encontramos en la religión y en la filosofía occidental. Y además, nos topamos con un mundo que se diferencia fundamentalmente del de la metafísica popular. En lugar de un desarrollo lineal de las existencias en la historia y de la esperanza de que alguna vez en el siglo veinte se llegará totalmente por sí mismo a la iluminación, en la percepción hinduista del mundo hay un inmenso panorama de ciclos históricos interminables, en cuyo transcurso, civilizaciones completas e incluso universos, aparecen repentinamente y luego vuelven a desaparecer, como gotas de lluvia que caen en un estanque. Para el hindú la reencarnación representa la prisión del retorno eterno, de la que el hombre sabio busca escapar por medio de moksha, es decir, de huida o redención. En esa perspectiva, se entiende por evolución espiritual, un suceso que se efectúa en el tiempo en forma vertical y no lineal u horizontal. El momento de la iluminación puede ocurrir en cualquier instante de uno de esos interminables ciclos.
Los eruditos han advertido una y otra vez, que expresiones hindúes como atman no se pueden traducir simplemente con términos occidentales como "alma" o "Yo" y también que "Dios" no es la traducción apropiada de brahmán. Tampoco la terminología habitual del budismo tiene equivalentes sencillos en los idiomas occidentales. Incluso el término atman, que tal vez se podría traducir con bastante libertad como "ser divino que está en el origen de todo lo existente", fue eludido en lo posible por Buda, ya que él quería evitar que sus discípulos se identificaran de manera egocéntrica con los frutos de las acciones buenas y malas de encarnaciones anteriores. La siguiente historia acerca de la pregunta, quién o qué se reencarna en realidad, ilustra muy bien la sutileza del punto de vista budista. El rey Milinda le consulta al monje Nagasena:
El rey pregunta: "Venerable Nagasena, ¿la persona que nace es la misma persona (que ha muerto) o es otra persona? "
"No es ni la misma persona ni otra persona ". "Dame una parábola para eso ".
"... Supongamos, oh rey, que un hombre enciende una lámpara. ¿Está encendida esa lámpara durante toda la noche? "
"Sí, venerable señor, lo está ".
"Bien, oh rey. ¿Y la llama que está encendida en el primer turno de vigilancia nocturna es la misma llama que está encendida en el segundo turno? "
"¿Era entonces, oh rey, otra la lámpara que estaba encendida durante el primer turno de vigilancia nocturna, durante el turno intermedio y durante el tercer turno? "
"No, venerable señor, la luz salía durante toda la noche de la misma lámpara”.
"Exactamente de esa manera, oh rey, la gente es una secuencia ininterrumpida de estados corporales y espirituales. Mientras todavía un estado transcurre, ya nace uno nuevo, y eso sucede de tal manera, que no es posible diferenciar entre el estado anterior y el siguiente. Por eso, no se trata ni de la misma persona ni de otra persona, la que se presenta ante el último tribunal de la consciencia”.
En la perspectiva budista es completamente erróneo hablar de "mi karma" o de "tu karma", ya que percepciones como "mi" y "tu" forman parte, según ese punto de vista, de la esfera ilusoria de aquel Sí mismo individual que denominamos Yo. A fin de cuentas, existe solamente un karma, o herencia psíquica de los pensamientos y hechos acumulados por la humanidad, que se reproduce en el gran ciclo de las reencarnaciones. "Mi" karma es "tu" karma, o, como lo ha expresado el escritor inglés John Donne: "El ser humano no es una isla". Todos nosotros somos parte del gran continente psíquico designado como humanidad. Tal vez era eso a lo que aludía Pablo cuando nos requería: "Que uno lleve la carga del otro".
La forma religiosa de considerar el problema de la reencarnación en las culturas orientales es extraordinariamente compleja y por eso no puede ser aclarado así como así nomás por los occidentales, que no pertenecen a ninguna de esas antiguas tradiciones. No puedo pretender contestar las preguntas de este libro desde ese punto de vista, pero como me dedico extensamente al Vedanta y he practicado reiteradas veces la meditación budista, sé que las interpretaciones orientales que aquí solamente se han esbozado, son de un profundo interés para mí. En los pasados años se ha producido un acercamiento extraordinariamente creativo entre la psicología de carácter occidental y las disciplinas espirituales tradicionales. La orientación psicológica que surgió de ese acercamiento, se ha establecido entre tanto como psicología transpersonal. El anteriormente citado Dr. Jue, pertenece, junto con el Dr. Stanislav Grof, a aquellos pequeños pero comprometidos grupos de eruditos, meditadores y terapeutas, que se esfuerzan por encontrar un nuevo paradigma que permita conectar en forma productiva, los mejores logros de las doctrinas occidentales del alma con las psicologías espirituales más profundas de las tradiciones orientales. Naturalmente, Jung, con sus tratados extraordinariamente ricos en ideas, sobre alquimia china, sobre el / Ging, sobre diversos textos de yoga y acerca de ciertas escrituras Zen, ha rendido un revolucionario trabajo en esa área. Por eso quiero señalar aquí, que para la composición del siguiente capítulo, tengo que agradecer el estímulo esencial de los pioneros antes mencionados, pero también de algunos escritores y poetas.