1. Crisis de la sociedad salarial: el descentramiento del trabajo.
“Todo lo sólido se desvanece en el aire”. El viejo adagio marxista tiene un corolario posmoderno (e irónico, que quizás tiendan a ser sinónimos en nuestros días): todo lo simple deviene complejo (las transiciones juveniles, los ciclos de vida en su conjunto, las pautas y los valores con los que construir la vida y la identidad se han convertido en un puzle en el que las piezas no parecen encajar –y en el que muchas son exactamente iguales: fondo negro). Pero, al tiempo, todo lo complejo tiende a volverse simple: el edificio sobre el que se construyó la Modernidad, con sus Estados sociales, sus ciudadanías laborales y sus mecanismos reguladores, redistribuidores e integradores, no era, precisamente, una fruslería. Y, sin embargo, se asiste, entre el desánimo, el conformismo o la crítica ferviente, a su desmoronamiento o, mejor, por introducir la acción humana, a su desmantelamiento, en aras de un ideal competitivo cuyo eslogan61 es “beneficio (eficiencia) a toda costa” (a todo coste, a cualquier precio). La flexibilidad (ya no el urbanismo de Wirth -1938- o Simmel -1903/1998) como modo de vida. El homo laborans ha cedido su lugar al homo flexibilis (tragicus, a decir de Ramos, 1999). Repasemos esta
evolución.
Con excesiva frecuencia, los textos que abordan el paso de la sociedad del trabajo, industrial, fordista, a la sociedad posindustrial, del riesgo, líquida, se limitan a certificar el cambio social para, a continuación, pasar a describir los rasgos que definirían esta “nueva sociedad” (“sobrenombrada, pero indefinida”, con Santamaría, 2011:52), en contraste con la sociedad anterior (y,
61 La etimología suele encerrar pequeñas curiosidades muy significativas. Así, según Fernández Gonzalo
(2011:202), el castellanizado eslogan sería un término originariamente procedente del celta y que significaría “el grito de guerra de los muertos” (fusión de sluagh –ejército de los muertos- y ghairm – grito, llamada).
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normalmente, en un contraste nostálgico ante lo que se presenta como un pasado mejor). Pareciera que se ha teorizado más sobre el proceso de “des- regulación” (Standing, 2000, 2011/2013, para precisiones terminológicas al respecto), desarrollado a partir de la crisis de los setenta, que sobre el proceso de construcción, de regulación de las condiciones laborales que se habrían, posteriormente, erosionado (y, sobre este proceso de desregulación nos detendremos más adelante –capítulo 4.1). Así lo podemos encontrar (la pauta fordista caracterizada por el empleo para toda la vida, promoción y movilidad profesional, etc.) en Ortiz (2013), Gallino (2002), Cano (2007) o Alonso (2004, 2007). En todas estas referencias, por citar sólo algunas, el período fordista se presenta como telón de fondo (casi como una construcción –o mito- sociojurídica monolítica, prácticamente autogenerada, por cuanto no se detienen en ofrecer explicaciones de su origen o proceso de conformación) sobre el que se recorta el drama de la clase trabajadora tras el colapso del keynesianismo, período histórico (rareza histórica, en realidad) que fue “el de máxima evolución de un proceso de progresiva regulación y juridificación económica y social de las condiciones de inserción personal en los mercados de trabajo” (Alonso, 2007:67, siguiendo a Barbier y Nadel, 2000). No es habitual una descripción detallada de los factores que incidieron en dicho cambio social (verdadera revolución, en opinión de algunos). En nuestro intento de dotar de coherencia a nuestro relato (“se escribe con el fin de crear coherencia”, como inicia su libro David Matza -1969/1981:11), vamos a introducir, siquiera someramente, algunos aspectos que estarían a la base de dicha transformación, tan ciertamente radical, de los sustratos básicos de nuestra sociedad, toda vez que se entiende que la sociedad actual, de no-tan- inicios-ya del siglo XXI, es una especie de continuación de los principios (desregulación del escenario laboral, flexibilidad como premisa vital, empleabilidad/activación de la mano de obra, incertidumbre y riesgo en todos los ámbitos vitales de los individuos, desmantelamiento del Estado de Bienestar, ruptura de los ciclos biográficos lineales, nuevos ejes de construcción identitaria, etcétera) que irrumpieron en el período de crisis, de ruptura, de la sociedad salarial.
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La crisis de la Modernidad, que marcaría el paso a la sociedad posindustrial (Bell, 1973/1991)62, presenta un carácter ciertamente multidimensional. Tezanos (2001:232) habla de un “haz de crisis”, que comprendería:
“una crisis de trabajo como empleo, como resultado de las nuevas estructuraciones de los mercados del trabajo; una crisis de las relaciones salariales vinculadas al trabajo, como nexo económico; una crisis del trabajo como actividad social, como despliegue práctico de capacidad vital que vincula, que proporciona sentimientos de pertenencia y que permite operar en marcos de interacciones sociales; y también, y en relación con todo lo anterior, es una crisis de un modelo específico de sociedad y de una civilización en la que el trabajo ha ocupado un papel central y ha desempeñado una función económica estructurante”.
Multidimensionalidad de la crisis que también es recogida por Bouffartigue (1996/1997), quien habla de una “crisis multiforme del régimen salarial”, en la que se producirían profundas transformaciones en seis dimensiones, tales como el desempleo masivo, la precarización de la relación salarial, la persistencia de malas condiciones de trabajo (denegación de las capacidades movilizadas en la empresa), las dificultades para responder a la exigencia de sentido del trabajo, el debilitamiento del movimiento obrero, y las necesidades de renovación en el conocimiento teórico sobre el trabajo y su definición científica (véase, asimismo, Santos et al. -2004:104- para una revisión al respecto)63. Cinco son las “rupturas” que Cohen (2006/2007) identifica para explicar la “gran transformación” de los últimos treinta años: revolución industrial, cambio en la forma de concebir el trabajo humano, revolución cultural asociada al auge del individualismo, liberalización de los mercados financieros, y globalización. También desde la Economía francesa, Leborgne y Lipietz (1992/1994:336) enfatizan la necesidad de entender la crisis
62 Adoptamos aquí la terminología de Bell, por más que destacamos la profusa aparición de términos,
durante las tres o cuatro últimas décadas, que pretenden caracterizar las sociedades posteriores a la “sociedad del trabajo” (remitimos a la nota número 73, ya en el siguiente epígrafe, para un breve glosario recopilatorio de algunas de estas etiquetas).
63 Aparte de las reflexiones de Bouffartigue, los mencionados autores presentan otras “visiones de
autor” en torno al debate sobre el fin del trabajo y el fin, con ello, de las llamadas sociedades del trabajo. Así, Gorz, Beck, Rifkin o Castel son también revisados en sus planteamientos y propuestas. Una revisión similar, circunscrita a Offe, Gorz y Rifkin, es la presentada en su manual por Kohler y Martín Artiles (2005).
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del fordismo como una articulación de causas internas (la crisis del propio modelo de desarrollo, fundamentalmente desde el lado de la oferta) y de causas externas (la internacionalización económica –después hablaremos de “globalización”-, que introduce cambios estructurales sobre la forma de gestionar la demanda), mientras Boyer (1992/1994), en el mismo libro que los anteriores, postula cuatro factores principales que darían lugar a cuatro interpretaciones distintas sobre esta crisis, factores que van del agotamiento del propio sistema sociotécnico fordista hasta sus contradicciones sociales y económicas, el conflicto entre la rigidez de las técnicas y las incertidumbres macroeconómicas generadas en un contexto de dislocación del orden internacional. Cambios tecnológicos, organizativos, legislativos, discursivos e ideológicos son los que identifican Crespo, Revilla y Serrano (2009) para este período a partir de la década de los ochenta. Díaz-Salazar (2003b), por su parte, apunta también una serie de factores interrelacionados: altas tasas de inflación y desempleo, nuevas formas de gestión laboral, basadas en la descentralización, la subcontratación o la implantación de nuevas tecnologías que eliminan necesidad de fuerza de trabajo, desarrollo de la temporalidad, cambios en la clase obrera que generan una crisis de representación y acción sindical… Factores similares a los que Bilbao (1993:41) identificase como desencadenantes de una “espiral de inestabilidad” que acabará con la estabilidad del período fordista, lanzando a las sociedades a nuevas políticas socioeconómicas, sobre las que nos detendremos a continuación (3.5 y 3.6). No es una crisis puntual, sino una crisis del orden social, una crisis social total, una transformación estructural cuyos efectos van mucho más allá de lo meramente económico (Prieto, 1999; López Calle, 2000; Tejerina, Perugorría y Simó, 2013).
Encontraríamos, por lo tanto, dos grandes elementos de esta crisis a partir de lo anterior. De una parte, una crisis en los ámbitos del trabajo (en términos “de empleo”, podríamos decir). Por otra, una crisis en la manera en que el modelo de sociedad se sustenta (sustentaba) sobre dicho elemento central, que era el trabajo, en la sociedad fordista. En general, podríamos hablar de que la crisis, los cambios experimentados en el ámbito del trabajo, generarían consecuencias de hondo calado en una sociedad que lo había
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colocado como centro mismo de todos los procesos de integración social (Alonso, 2007).
Indudablemente, se trata de una crisis profunda, sistémica, que va más allá de una crisis de empleo, pero que, también, subsume a ésta (Offe, 1984/1992b, 1997; Mingione, 1991/1994; Gorz, 1997/1998; Alonso, 1999, 2000b; Prieto, 1999, 2000; López Calle, 2000; Dubar, 2000/2002; Agulló, 2001; Kohler y Martín Artiles, 2005). Entre los factores que inciden en dicha crisis del empleo destacaremos dos: el desarrollo tecnológico, que ha merecido especial atención en las tesis más alarmistas (sobre todo a partir de Rifkin, 1995/1996 – véase la revisión en Tezanos, 2001; o en Zubero, 1998); y el progresivo movimiento hacia la productividad flexible, con el fin de acomodarse a las demandas de un mercado de consumo crecientemente diferenciado (Boyer, 1992/1994; Cohen, 1999/2001)64. Todo ello hace que nos encontremos, en primer lugar, ante una crisis de desempleo que estaría a la base de la quiebra de la norma social fordista: “No era fácil mantener permanentemente una norma que apostaba por el pleno empleo cuando desde 1975 el desempleo no deja de crecer hasta el punto de alcanzar en 1984 una tasa del 20%” (Prieto et
al., 2009:63). Pero, más allá de eso, estaríamos ante una crisis de estabilidad
en el empleo (Miguélez, 2003), o una crisis de calidad de dicho empleo (siempre según los estándares del período fordista, referente para cualquier medición, como planteamos en 2.3). La relación convencional de empleo entra en desintegración, flexibilizándose (este será uno de los grandes mantras desde entonces hasta nuestros días) o erosionándose el contrato de trabajo ordinario, la relación de empleo normalizada durante el fordismo (Schmid y Schömann, 2000; Dombois, 2002). Desempleo masivo y desarrollo del “empleo atípico”, de las formas de alquiler de la fuerza de trabajo distintas al contrato indefinido y a tiempo completo propias del escenario laboral anterior (Castel, 1995/1997; Recio, 1997, 2002).
Se asiste, así, a una pérdida de centralidad del trabajo, un trabajo que ya no es estable ni seguro (ni asegurado). Y se trata tanto de una pérdida del papel de vertebrador social del trabajo como de un menoscabo de la
64 Estos dos factores, junto a otros, habrían ido generando una situación en la que el trabajo, en tanto
que empleo, aparecía en el centro de la diana de los ajustes “necesarios” para el avance económico, considerado motor del progreso social, subordinando, con ello, como tanto temiese Polanyi (1944/1989, 1977/2009), la sociedad a los principios mercantiles.
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centralidad que el trabajo tenía en la constitución identitaria de los propios individuos, elementos ambos inextricablemente unidos en la anterior pauta social. El trabajo, como categoría, habría perdido su fuerza de organizador y elemento estructurante de la vida social (Castel, 1995/1997; Alonso, 1999, 2000a, 2000b; Dubar, 2000/2002; Agulló, 2001; Tezanos, 2001; Hopenhayn, 2001; Prieto, 2002; Cortina y Conill, 2002; Kohler y Martín Artiles, 2005; Prieto
et al., 2009; Muñoz, 2009). En palabras de Alonso (2007:251):
“En suma (…) la profunda transformación que han sufrido las condiciones tecnológicas, jurídicas y sociales del uso de la fuerza de trabajo en los decenios finales del siglo XX ha supuesto un replanteamiento polémico del lugar del trabajo en la vida social contemporánea, así como su posible diversificación de sentidos en la construcción de vínculos comunitarios”.
Al mismo tiempo, este “extrañamiento” con respecto al trabajo, ahora desmitificado al ritmo de su evaporación, tendría, como decimos, sus efectos en los procesos de construcción de las identidades (Offe, 1984/1992b; Sánchez Moreno, 2005; Santamaría, 2007; Prieto, 2007; Callejo, 2009; Cavia y Martínez, 2013), ya no asentadas en un empleo que se torna incierto, volátil (“La referencia al trabajo queda obsoleta en tanto en cuanto éste es cambiante, inseguro, tornadizo e inestable”, CJE, 2014:18), sino, crecientemente, en el consumo (Bauman, 1998/2011; Conde, 1999; Santos, 1999a), en el marco de una sociedad en la que “cada vez es más difícil definirse a partir del trabajo y donde las posiciones sociales parecen determinadas cada vez más por el consumo y por la forma de utilizar el tiempo (creciente) no dedicado al trabajo” (Sanchis, 2004:51). Cambia, así, el elemento central de la sociedad, y atendemos a la conformación de una sociedad que, a diferencia de la moderna, ya no se basa “en el trabajo, el esfuerzo y el ahorro, sino más bien en el no- trabajo, el ocio y el consumo” (Ovejero, 2001:149). La cultura del esfuerzo y la ética del trabajo son sustituidas (Sennett, 1998/2010; Rodríguez y Ballesteros, 2013) por valores hedonistas y una cultura del disfrute y el placer (“de la ética del trabajo a la estética del consumo”, titula Bauman, 1998/2011)65. La posición
65 “Frente a la ética del trabajo, se comienza a predicar una ética del consumo que se apoya en la
valorización del hedonismo, el placer y el juego, y en la idea de que hay que gozar de la vida mientras se pueda (Bell, [1976/]1977)” (Sanchis, 2004:52). Este hedonismo, esta versión de carpe diem que pasa por
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de centralidad en el imaginario colectivo parece ocuparla ahora el consumo: es una sociedad de consumidores (Offe, 1984/1992b, 1984/1992b; Sanchis, 1988; Alonso y Conde, 1997; Bauman, 1998/2011, 2007/2007, 2010/2011; Cohen, 1999/2001; Díaz de Rada, 2001; Alonso, 2004, 2005; Alonso y Fernández, 2009a; Ehrenreich, 2009/2011; Tejerina, Perugorría y Simó, 2013).
Este cambio de orientación social tiene efectos, obviamente, sobre la propia consideración de los individuos (su estatuto de ciudadanía, sus posibilidades y niveles de integración social). Así, en una sociedad de consumidores, excluido será aquel que no puede acceder a un nivel determinado de consumo. La sociedad impone una obligación (norma) de consumir, de desear y consumir. Quien no lo alcance será un individuo incompleto, marginal (Bauman, 1998/2011). Y hablamos de un consumo flexible, individualizado, que tiende a la personalización y huye de la estandarización del masivo consumo fordista en un intento permanente de diferenciarse de los demás (Antunes, 1995/1999; Bauman, 1998/2011, 2005/2006; 2007/2007; Ritzer, 1999/2000; Cohen, 2006/2007; Gaggi y Narduzzi, 2006/2006; OBJOVEM, 2008b; Moreno Mínguez, 2009). Se exacerba el elemento consumista, sin que surja contestación o cuestionamiento alguno. Asistimos a un período de “desconcierto ideológico”, en palabras de Boltanski y Chiapello (1999/2002)66, un momento de confusión (Serrano et al., 2001) en el que el consumo tiende a erigirse como principio y valor supremo de la nueva sociedad.
Existen, no obstante, numerosos autores que plantean dudas respecto a la validez de esta tesis de la pérdida de centralidad social del trabajo en las sociedades contemporáneas. Desde Prieto (2000), que plantea que lo que está en crisis no es el trabajo, sino el empleo, una forma particular de trabajo (igual que Beck -1999/2000-, para quien el final de la sociedad del pleno empleo no supone el final del trabajo asalariado), hasta Antunes (1995/1999), para quien
caja, se fundamenta, entre otros principios, en la difusión de la compra a plazos o compra a crédito (la tarjeta de crédito como invención social fundamental para esta nueva era). Se trata, entonces, de una sociedad hipotecada, endeudada, rodeada por los finos contornos de una burbuja (véase Ritzer - 1999/2000-, o Ehrenreich -2009/2011-, para un análisis de las consecuencias de esta forma de vida y de los peligros de asentar una sociedad sobre estos elementos).
66 Los cuales denuncian, ciertamente sorprendidos, que no parece existir pensamiento crítico y
alternativo a este status quo implantado, caracterizando nuestra época como un tiempo de aceptación fatalista de los postulados neoliberales.
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el valor trabajo es incluso más central en el proceso productivo hoy que en el pasado, y sigue dotando de naturaleza al ser humano (se puede hablar, dice el autor brasileño a partir de Kurz -1991/2016-, de una crisis del trabajo abstracto, pero no de una crisis del trabajo concreto); o Dubet (2002/2006), quien, siguiendo a Méda (1995/1998), plantea que el trabajo continúa siendo fundamental en la constitución de la autonomía y la individualidad de las personas, eje de su identidad y sociabilidad, de sus propios derechos sociales67. Apunta Sanchis (2004:37) al respecto, sobre la pérdida de centralidad del trabajo y el supuesto fin de su papel como principio vertebrador de la ciudadanía y de la sociedad en un contexto de creciente escasez de empleo:
“Con el progreso tecnológico y el advenimiento de la sociedad de consumo, el trabajo va perdiendo posiciones tanto en el plano estructural como (según se dice) en el subjetivo y se produce otro punto de inflexión. Sin embargo, investigaciones recientes encuentran que el trabajo sigue teniendo un significado profundo para mucha gente que va más allá de lo puramente instrumental; y sigue sin estar claro cuál puede ser el nuevo vínculo que conecte al individuo con lo colectivo en una sociedad que – según algunos- se caracteriza ya por el “fin del trabajo””.
Asimismo, no podemos obviar que el consumo, que parece caracterizar a la sociedad contemporánea, requiere de unas rentas que, normalmente, se adquieren a través del trabajo, lo que no hace sino reforzar la dependencia de los individuos con respecto al mercado (por más que estos individuos puedan mantener una visión puramente instrumental del trabajo, como medio para lograr el consumo – Alonso, 1999; Ovejero, 2001; Cortina y Conill, 2002; Sanchis, 2004). En ese contexto, el trabajo parece reencantarse, repreciarse ante su escasez. Es conceptualizado de maneras ambivalentes, pero tiende a contemplarse, ya sea en su vertiente instrumental o en la puramente expresiva, como algo digno de “amor”:
67 En la misma línea, Gallardo (2011) o López Peláez (2005) enfatizan la importancia del trabajo como
elemento de integración social. Desde una perspectiva centrada en la propia Sociología del Trabajo, Zubero (1998) y Castillo (2005c) reivindican la importancia del análisis sociológico frente a las tendencias naturalizadoras que, en definitiva, lo que hacen es legitimar la degradación/invisibilización del trabajo. Para una revisión de autores en torno a esta cuestión de la centralidad del trabajo, véase también Fernández Steinko (1999).
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“”El trabajo hace libre” –este cinismo fundado en la barbarie se situaba a la entrada de Auschwitz. “El trabajo hace feliz” –tal es, hoy, la ideología obligada de la sociedad del trabajo, en su fase final, ya que el trabajo atrae y procura a la vez riqueza, seguridad, reconocimiento social y expansión de la personalidad ahora que se ha convertido en un bien escaso. Cuanto más atractivo pierde el trabajo, un atractivo casi teológico, más insisten los grandes amos de la sociedad del trabajo en que el trabajo no solamente libera, sino que además hace feliz” (Beck, 2001:26-27).
Como plantea Offe (1997:35): “Los pilares morales, culturales e institucionales de la sociedad centrada en el trabajo recompensan al asalariado, pero muchos ciudadanos ya no tienen acceso a estas recompensas”. En estas circunstancias, las propuestas para gestionar la escasez de empleo en una sociedad que se había consagrado y construido en torno al pleno empleo son múltiples68, y van desde el intento de salvaguarda de los puestos de trabajo, vía reparto del escaso trabajo (Gorz, 1991/1995, 1997/1998:83-122; Rifkin, 1995/1996; Offe, 1997:33 y ss.; Aznar, 1993/1994, y su propuesta de “trabajar menos para trabajar todos”)69, o el estímulo de mercantilizar actividades otrora no consideradas trabajo al uso (Rifkin, 1995/1996; Beck, 1999/2000), hasta la renuncia a la validez del trabajo como eje organizador de la vida de los individuos y como eje vertebrador de la propia sociedad (Grupo Krisis -1999/2002-, en su defensa de una sociedad verdaderamente poslaboral, una vez certificada la defunción del trabajo; o Méda -1995/1998-, que defiende la necesidad de “desencantar”, desmitificar el trabajo, quitarle esa sobresignificación que la Modernidad le confirió durante los