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PREVALENCIX DIAGNÓSTICO Y DERIVACIÓN

Capítulo Iii Conceptos MetodeUgicos

3.2.2 PREVALENCIX DIAGNÓSTICO Y DERIVACIÓN

A pesar de ello la mayoría de los niños con trastornos psiquiátricos no están recibiendo, de hecho, tratamiento (Bernstein y col. 1993>. Los estudios realizados en el continente americano con grupos de población grandes, así nos lo indican (Costello, Costello, Edelbrock y col. 1988; Ofi’ord, Boyle, y col. 1987, 1992), cuando plantean que hayan trastornos psicopatológicos en un 18% de la

Capítulo III Conceptos Metodológicos

población menor de 6 años, pero sólo un 6,5% de ellos reciben ayuda especializada

Refieren un estudio llevado a cabo con niños en edad latente en Estados Unidos, en el que citan unas cifras aproximadas al 22% de la población en la que se encuentra rasgos de uno o más trastornos de la DSM-lll. De ellos únicamente el 5%fue detectado por los pediatras, que tienen índices de detección menores que los de las encuestas de población general (Costello y Edelbrock, 1985) y de ellos, a su vez, y el 2% fue atendido en una unidad de salud mental apropiada.

Con respecto a este punto último nos encontramos que muchos de los trastornos asociados a la infancia aparecen asociados con múltiples factores de riesgo. Llegando a encontrarse en estas mismas poblaciones (Costello y Janiszewski, 1990) diagnósticos múltiples en el 82% de los casos tratados y en el 63% de los casos no tratados pero sí evaluados.

En Inglaterra un estudio de características semejantes al que nos referimos, llevado a cabo por Shepherd, Oppenheim y Mitchell en 1966, indica que hay pocas diferencias entre ambas poblaciones a ambos lados del Atlántico, si bien no pueden ser comparados en profundidad sus trabajos, porque la muestra difiere en las características raciales de su composición.

La mayoría de los niños con trastornos mentales no reciben tratamiento psicológico (Bernstein y col. 1993; Costello y Janiszewski, 1990), en algunos casos por las dificultades de selección y captación en los Servicios de Atención Primaria. Costello (1989a) a partir de los datos del estudio de Pittsburg, con una muestra de 1.400 niños entre los 7 y los 11 años, encuentra que si se tiene en cuenta a los padres sólo se derivaría a la mitad de los niños, ¼de los cuales tendría trastornos de conducta y el otro ¼seria de trastornos emocionales.

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Los estudios realizados en población canadiense, según refieren Costello y Janiszewski en el trabajo citado, algunos autores estadounidenses hablan de cifras algo superiores, proponiendo un 22% de niños con síntomas calificados en la DSM-lll, de los cuales sólo fueron detectados como sujetos con trastornos, por sus pediatras, el 5.0% y, lo que es aún más grave, sólo el 1.9% recibió algún tipo de tratamiento de salud mental.

Lo que sucede con los niños que no se tratan nadie lo sabe aún y menos todavía se sabe si sus necesidades son menores que las de quienes sí se han tratado. Por ello planificar las intervenciones y las necesidades de los servicios, en función de los problemas que surgen en la clínica, puede ser un error tremendo, una conclusión falsa, cuyas consecuencias las acabe soportando todo el conjunto de la sociedad.

Las derivaciones suelen estar en manos de los pediatras, la mayoría de las veces a instancias de las madres o familiares más directos de los niños, las cuales pueden tener una relativa certeza perceptiva de los estados de ánimo de los hijos y no tanto de la conducta, que a veces suele implicar a terceros, pero en todo caso puede estar a gran distancia de conocer la gravedad de ciertas manifestaciones sintomáticas.

Este aspecto ha sido documentado por Kazdin, Esveldt-Dawson y col. (1983), Treiber y Mabe (1987> y Bennett, Pendley y Bates (1997) en la línea de valorar la percepción psicopatológica de los padres en contraste con aquella que tienen los hijos. Para ellos ni las madres ni los hijos tienen clara discriminación entre la depresión y los estados de depresión y ansiedad, lo que a veces incluso a los especialistas les resulta dificil y con frecuencia se solapa Rubín (1990). Además loS niños tienen gran dificultad en la discriminación de la sintomatología intemalizada, aunque sus padres lo pueden discriminar más facilmente, lo que

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adjudican al mayor desarrollo cognitivo de estos últimos en la apreciación de sus propios estados de ánimo.

El resultado de los estudios y de su replicación es que aunque los pacientes estudiados en consulta ambulatoria no perciben mucho la gravedad de su sintomatología y no hacen discriminaciones elaboradas de la misma, son capaces de percibir la severidad de sus síntomas apropiadamente, pero tratan de evitar referirse a ello. Por el contrario las madres que llevan a sus h~os al especialista de Salud Mental suelen tratar de exagerar los síntomas para justificar la conveniencia

su demanda de atención.

La verdad es que ellas no pueden percibir fácilmente más allá de su propios limites, por lo involucradas que están en la relación con el niño y, por tanto, no pueden dar cuenta fiable de los perfiles de desarrollo de sus hijos, siendo tendentes a detectar, casi exclusivamente, lo que les perturba en su relación

personal.

Los pediatras por su parte tampoco parecen estar muy bien informados sobre las exigencias en Salud Mental de la infancia, (Richards y Goodman, 1996) tendiendo a ver los trastornos mentales de expresión somática de forma médica y los que no lo son justificarlos por las características de las madres, con lo que su actuación como el primer filtro que describen Golber y Huxley (1990) es real y contundente. Los especialistas en la evaluación verán varios trastornos en donde ellos sólo vieron uno, siempre con un nivel de gravedad medio o moderado (Costello y Edelbrock, 1985).