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Recordemos de nuevo las cinco cosas que brevemente se declaran en nuestro Directorio, a saber: fin, materia, forma, documentos, y distribución de los Ejercicios.

La anotación primera [1][68] y el título del libro [21] [69], declaran el fin general de los Ejercicios y en la oración preparatoria de cada ejercicio, se renueva el deseo de alcanzar este fin. El fin propio de la primera semana es conocer, detestar y enmendar lo que hay en nuestras acciones de pecado contra la ley divina y de desorden interno contra el fin para que somos criados [4, 55, 57], y además sentir la predilección que con nosotros ha tenido Jesucristo librándonos de las penas merecidas por nuestros pecados, habiendo sido justamente condenados otros muchos, por menos pecados que nosotros [53, 65, 71]. Convendría leer la declaración de este fin[70] y la del título de los Ejercicios[71].

La Materia de la primera semana son los pecados y las penas con que éstos son castigados. Precede a estas meditaciones la consideración del Principio y Fundamento que es la regla esencial del orden, muy necesaria para conocer la fealdad y malicia del pecado.

A quienes les parezca poca la materia expresamente señalada en el libro para esta semana, lean la nota puesta en el número 71 de la versión Vulgata latina de la que hablamos en el prólogo de la explanación de las Meditaciones de la 1.a semana (tomo III); y allí encontrarán la explicación satisfactoria. Pero esta nota debe entenderse bien.

El segundo Directorio ignaciano dice que se pueden proponer los ejercicios de la muerte, etc., “si son necesarios para hallar lo que se busca; a saber, dolor, etc., pero que si bastan para esto los cinco ejercicios anteriores ya no son necesarios los otros”[72].

El tercer Directorio inspirado por el mismo San Ignacio, dice que la materia de la muerte, etc., es más propia de los que entran en Ejercicios poco dispuestos[73] y a este mismo caso parece referirse lo que aconseja el Directorio oficial: “haec rarissime omittenda videntur”[74]. El fin que San Ignacio se propone, no se ha de perder nunca de vista y con él como regla hemos de ordenar éstas y las demás cosas. Aquí como en

ninguna parte está en su punto el dicho del Santo: “no el mucho saber harta y satisface al ánima, más el sentir y gustar de las cosas internamente” [2].

Forma de la primera semana. San Ignacio en esta semana aplica, o al menos menciona,

todas las formas de oración contenidas en los Ejercicios: Meditación, Contemplación, Repetición, Resumen, Aplicación de sentidos y Tres modos de orar.

Antes de practicar cualquiera de estos ejercicios, debe el Director explicar brevemente la forma propia y peculiar de él, y para ello puede valerse de la explicación que dimos en la primera parte, de este volumen[75]. El Principio y Fundamento encierra un problema del que ya hemos hecho mención en el Directorio de la Preparación[76] y que declararemos más aún al final del presente. Este lugar es a propósito para insistir en lo que dijimos en el capítulo V de la primera parte, es decir, que la oración mental en sus diversas formas es el centro de los Ejercicios de San Ignacio. La materia en esta semana, como ya hemos dicho, es corta y la documentación como diremos ahora, es copiosa. Pero ahí están las largas horas de oración, que descubrirán el sentido de todas las cosas y sabrán convertirlas en vida espiritual del Ejercitante.

Documentos.—Aparte de los que pertenecen a la Preparación[77], hay para la primera semana los siguientes: Addiciones [73-87], Notas [88-90], las Primeras reglas de discreción de

espíritus [313-327], y las Reglas para sentir y entender escrúpulos [345-351]. Documentación como

se ve, abundante, y más si se la compara con la reducida materia de la oración.

Los documentos pueden darse o bien de un modo teórico declarándolos metódicamente, o bien prácticamente enseñando la manera de usarlos cuando se ofrece una ocasión oportuna. Lo más práctico es hacerlo de las dos maneras, empezando por la teoría para que así se entienda mejor el documento. San Ignacio, por ejemplo, nos da seguidas todas las Adiciones [73-90], documento importantísimo de cuya observancia depende en gran parte el fruto de los Ejercicios; pero la práctica de las mismas la va inculcando por medio de notas esparcidas por todo el libro y que componen una especie de Directorio.

La explicación metódica de los documentos suele hacerse durante la media hora que precede al examen del medio día, tiempo destinado en la distribución general a la instrucción dada por el Director o a la lectura particular del Ejercitante. Para facilitar el que esa distribución se cumpla provechosamente, daremos ahora la lista de todos los documentos dados o indicados por San Ignacio para toda esta semana y cuyo comentario se hallará en la III parte de este tomo o en el siguiente,

Anotaciones [1-20]. Título [21].

Principio y Fundamento [23]. Examen particular [24-31]. Examen general [32-43]. Confesión general [44]. Adiciones [73-90].

Primeras reglas de discreción de espíritus [313-327]. Asimismo pueden ser temas convenientes de instrucción o de lectura, los siguientes:

Fin general de los Ejercicios: explanado en este mismo volumen parte 1.c, c. IV, I. Fin de la primera semana: Ibidem., II.

Formas de oración enseñadas por San Ignacio; Ibidem., c. V, IV.

Entre los ejercicios y documentos de esta primera semana intercala San Ignacio las siguientes notas de Directorio:

Acerca de la oración preparatoria y preámbulos dice: “Ante todas contemplaciones o meditaciones, se deben hacer siempre la oración preparatoria sin mudarse y los dos preámbulos ya dichos, algunas veces múdanse según subiecta materia” [49].

Tratándose en particular de la composición de lugar, distingue la meditación visible, de la invisible: “Aquí es de notar que en la contemplación o meditación visible así como contemplar a Christo nuestro Señor el cual es visible, la composición será ver con la vista de la imaginación el lugar corpóreo donde se halla la cosa que quiero contemplar. Digo el lugar corpóreo así como un templo o monte, donde se halla Jesu Christo o Nuestra Señora, según lo que quiero contemplar. En la invisible como es aquí de los pecados, la composición será ver con la vista imaginativa y considerar…” (una forma corpórea que cause un efecto parecido a la cosa invisible) [47].

Se fija el Santo en la petición y la declara de un modo especial advirtiendo de nuevo que ella es “lo que quiero y deseo”; es decir, que en la petición está encerrado el fruto que pretendo sacar de la meditación o contemplación. “La demanda ha de ser según subiecta materia, es a saber si la contemplación es de resurrección, demandar gozo con Christo gozoso; si es de pasión, demandar pena, lágrimas, y tormento con Christo atormentado” [48].

También explica el coloquio con que se acaba la oración. Las disposiciones en que se encuentra nuestra alma pueden ser muy diversas, pero siempre hallaremos en Dios lo que ese nuestro estado actual necesite. Y en esto consiste el coloquio, en acertar a dar con esa relación existente entre Dios y el estado de mi alma y partiendo de ahí, en entablar una comunicación íntima con El. Las palabras de San Ignacio son éstas: “El coloquio se hace propriamente hablando así como un amigo habla a otro, o un siervo a su señor, quándo pidiendo alguna gracia, quándo culpándose por algún mal hecho, quándo comunicando sus

cosas y queriendo consejo en ellas; y decir un Pater noster” [54].

Finalmente nos avisa, ahora por vez primera, de lo que repetirá otras muchas para que nos demos perfecta cuenta de la gran importancia que le atribuye: “El examen particular se haga para quitar defectos y negligencias sobre exercicios y addiciones; y ansí en la 2.c, 3.c y 4.c semana” [90].

Las distribuciones son dos: una la de las horas del día y otra la de los días de la semana.

Hablando de la primera de ellas, dice San Ignacio:

“Nota. El primer exercicio se hará a la media noche; el 2.° luego en levantándose a la mañana; el 3.° antes o después de la misa, finalmente que sea antes de comer; el 4.° a la hora de vísperas; el 5.° una hora antes de cenar. Esta repetición de horas, más o menos, siempre entiendo en todas las cuatro semanas; según la edad, disposición y temperatura ayuda a la persona que se exercita, para hacer los cinco exercicios o menos” [72].

Distribución de la semana. Es éste el punto más obscuro y difícil del Directorio de la primera semana, porque en el libro de San Ignacio queda esto bastante más indeterminado que en las otras tres. En éstas se hace la distribución de los días y de los ejercicios que tocan a cada día, pero hablando de la primera, se señalan para ella cinco ejercicios y no se dice una sola palabra acerca de los días que ha de durar. San Ignacio no nos da explícitamente la razón de semejante determinación, pero podemos deducirla con probabilidad suficiente.

En primer lugar, aquí todo depende de las disposiciones en que está el Ejercitante al entrar en Ejercicios, y según ellas sean, se habrá de alargar o acortar la preparación. Además se deben examinar y atender los tres puntos esenciales declarados por San Ignacio cuando dice: “como acaesce que en la primera semana unos son más tardos para hallar lo que buscan, es a saber: contrición, dolor, lágrimas por sus pecados; asimismo como unos sean más diligentes que otros, y más agitados o probados de diversos spiritus; requiérese algunas veces acortar la semana y otras veces alargarla” [4].

En lo dicho por San Ignacio hallamos ya tres nuevas causas de aquella indeterminación, a saber: la facilidad o dificultad por parte del Ejercitante en alcanzar o no el fin propio de esta semana, su diligencia personal y los estorbos que pone el enemigo. Ateniéndose el Santo a estas razones, encierra toda la materia de meditación en cinco ejercicios que presentan la forma o distribución que suele darse para un día, y por lo demás da libertad al Director para determinar los días que ha de durar la semana.

Todavía nos queda otra dificultad y es, que la nota del Santo inserta en el número 72, parece indicar que los cinco ejercicios por él señalados, se han de hacer todos en un solo día. Los antiguos Directorios así interpretaron este punto e igual criterio sigue el Directorio oficial[78]. Por lo tanto en este sistema cíclico cada día de la semana se repetirían los mismos cinco ejercicios, poniendo siempre en ello mayor intensidad.

En sentir del P. Miró [79], es ésta al parecer la única manera admitida por San Ignacio, y así rechaza el método de dar para cada día un solo ejercicio con sus repeticiones, como se hace en las otras semanas [80]. Pero el tercer Directorio ignaciano hace suya la interpretación rechazada por el P. Miró, y después de su explicación sobre la preparación que debe tener el Ejercitante y decir cómo se le ha de proponer a éste el Principio y Fundamento y otros documentos, añade: “El primer día, darle el primer ejercicio [45-53] con cuatro repeticiones, y tras él luego darle las diez adiciones que se ponen para hacer bien los exercicios [73-90]; y el segundo, el segundo día [55-61], y el tercero, el tercero día [62-63] con repeticiones, etc. Pero si fuese persona, como dicho es, espiritual y que hubiese llorado sus pecados, etc., se pueden dar todos en brevísimo tiempo... Cuando se diere sólo un ejercicio cada día, puédele compartir que haga un puncto o más en cada hora, con una o dos repeticiones, todo junto…” Y el relator de ese Directorio acaba diciendo: “Conviene que el que dé los exercicios guarde la orden dellos, que importa mucho, y a mí quando los daba me fué assí recomendado de nuestro Padre; porque de otra manera hará muchos errores y el exercitante non hará el provecho que conviene, como se parece por experiencia”[81].

Creernos necesario adoptar en esta nuestra obra uno de los dos sistemas que se disputan el pensamiento de San Ignacio y nos ha parecido que lo mejor era guardar una norma semejante a lo que se hace en las otras semanas, y así damos como materia para cada día, un ejercicio con sus repeticiones y aplicación de sentidos. Entre estas materias incluimos también el Principio y Fundamento. La primera semana, queda, pues, distribuida en seis días. El que prefiera seguir el método cíclico dando cada día toda la materia de los cinco ejercicios, puede hacerlo sin la menor dificultad.

Al determinar la distribución que se haya de dar a la primera semana, no se eche en olvido que a ella pertenece la confesión general como uno de sus ejercicios propios. Dice el segundo Directorio ignaciano: “Mientras esté preparando el ejercitante su confesión general, no debe ocuparse en otros ejercicios que no sirvan para ella”[82]. Y el primer Directorio: “Los que tienen mucho deseo de pascar adelante para determinar de su estado, después que acabaren su confesión general, aquel día y el que se comunicaren, pueden dexarse reposar hasta la mañana siguiente sin darles exercicio ninguno a modo de exercicio, aunque alguna cosa ligera podría dárseles, como los Mandamientos de la ley de Dios” (el primer modo de orar)[83]. Este día de descanso al fin de la primera semana, lo aconsejan todos los Directorios.

Principio y Fundamento. —Recogiendo y a la vez confirmando las ideas expuestas en otros

lugares, daremos ahora un Directorio del Principio y Fundamento dedicándole una exposición más amplia que a los otros puntos, atendiendo a la gran importancia que tiene dentro de los Ejercicios.

Dijimos ya que el Principio y Fundamento puede proponerse, bien como documento bien como ejercicio de meditación o contemplación. Tomado en el primero de los dos significados, lo expondremos entre los documentos de la Preparación a los Ejercicios dando así a conocer la ley del orden y la indiferencia necesaria para ordenar nuestra vida como lo exige el título del libro de los Ejercicios. Sin ese documento y su exposición andaríamos desorientados o nos tendríamos que contentar con una ley del orden, ordinaria y muy inferior a la propuesta por San Ignacio.

Merced a ese documento sabemos que el fin para que hemos sido creados es la regla por la que deben guiarse tanto nuestro amor a las cosas como la elección que de las mismas hayamos de hacer. Pero esto, tanto cuanto; es decir, que se debe buscar lo que nos lleva al fin y hemos de rechazar lo que de él nos aparta; que lo que más nos acerca al fin, debe preferirse a lo que menos, y que en todo esto solamente han de intervenir, un deseo y una elección, ambas ordenadas: “solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados”. Lo demás es cosa desordenada.

Sabemos también que para poder poner en práctica esta regla de orden, es necesaria una labor anterior que nos haga indiferentes con una indiferencia de voluntad, de inclinación y de afección que quite de nosotros todas las afecciones desordenadas.

Expuesto el Principio y Fundamento como documento en el que vamos a buscar la ley del orden, el entendimiento no se distrae con las muchas y profundas verdades que como chispas saltan de cada una de las palabras del mismo, sino que va directamente en busca de la conclusión final que ciertamente es de una lógica rigurosa. Y sin ningún género de duda hay que hacerlo así, ya que el querer detenerse desde los principios en analizarlo y meditarlo todo minuciosamente, podría ser en perjuicio de lo principal.

Por este camino venimos en conocimiento de la ley del orden y de la indiferencia y si se tratara tan sólo de conocer estas dos cosas, podríamos dar por terminada la consideración del Principio y Fundamento con el análisis del mismo, llevado a cabo en la preparación de los Ejercicios[84].

Pero se da el caso, de que en el Principio y Fundamento está encerrado nada menos que el fin general de los Ejercicios y que dirigiéndose éstos no a la inteligencia solamente, sino a todas las potencias del hombre, es muy conveniente que todas ellas lo conozcan a fondo y se lo asimilen, no tan sólo con la fuerza que nos prestan nuestras operaciones naturales, sino con aquella penetración superior y con aquella luz y fuerza que nacen de la contemplación. No hay ejercicio espiritual alguno que en punto a eficacia pueda compararse con la oración, por cuyo motivo es para San Ignacio el ejercicio típico por antonomasia.

Por consiguiente, si el Santo Autor de los Ejercicios nos acostumbra y obliga a llevar a la contemplación todas las grandes verdades no una, sino repetidas veces y bajo tantas y tan variadas formas, ¿dejará de ser una cosa muy conforme con su modo de pensar, hacer eso mismo con la que es principal y fundamental verdad? La oración preparatoria con que

quiere que empecemos siempre todos y cada uno de los ejercicios es un resumen del Principio y Fundamento; queriéndonos decir con ello, que éste es parte esencial de todas las contemplaciones.

A mayor abundamiento, el hecho de la creación y el ideal divino de la misma, de donde arrancan las verdades del Principio y Fundamento, son materia aptísima de meditación y contemplación capaz de cautivar nuestras potencias espirituales de entendimiento, amor y sentimiento. Allí se ve cómo Dios Creador, no es sólo el Señor que impone una ley de dominio sino también el Padre que dicta una ley de amor para poder llegar por medio de ella a la unión beatífica y eterna con este su hijo escogido entre infinitos seres posibles. ¿Y cómo pasar por delante de estas verdades tan grandes, sin pararse a contemplarlas? ¿Y cómo se las puede contemplar sin que ellas y las consecuencias que de las mismas nacen adquieran una luz y una fuerza tales que no sufran la comparación con el frío convencimiento que da el análisis racional?

No podemos dejar de recordar ahora la eximia ilustración que tuvo San Ignacio allá en Manresa a orillas del Cardoner. La luz divina recibida por él en aquella ocasión, le presentó de tal manera las cosas todas del universo, las materiales y las espirituales, las letras y las ciencias, que todo lo del mundo le parecía cosa nueva, y aun a si mismo se miraba y se sentía como una persona diferente de la de antes[85]

De aquí le nació aquella comunicación de su espíritu con la sabiduría infinita y con la bondad divina, que parecía que la una y la otra le dictaban la ley que había de tener en todas las cosas aun en las más menudas. Razón por la cual todo lo veía sujeto a una ordenación espiritual altísima que le hacía encontrar desordenado hasta lo que muchos tenían por ordenado.

El Ejercitante debe tener la aspiración de penetrar tan hondo como pueda en estas contemplaciones según la disposición de la divina gracia, y así se ha de dar a la contemplación del Principio y Fundamento con el mayor reposo posible.

El tercer Directorio ignaciano dice, que puede ser conveniente entretenerse en él tres o cuatro días[86]. Nosotros le dedicamos tres conforme a las tres partes en que naturalmente se divide, cada una con sus repeticiones y aplicación de sentidos.

3.

DIRECTORIO DE LA PRIMERA PARTE DE LA