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Procurando tocar el alma de un extraño

Mejor que mil cabezas doblegadas en oración, es dar placer a un solo corazón mediante una sola acción.

GANDHI

Frank Daily se quedó mirando el suelo congelado. Pateó hacia un costado varios pedazos de nieve impregnados con las emisiones provenientes del tubo de escape del automóvil. Sólo pretendía fingir que escuchaba la inconsecuente chachara de sus amigos Norman y Ed,

mientras tomaban el autobús número 10, a la salida del colegio. Respondí mecánicamente a todas sus preguntas:

"Claro que me fue bien en el examen... Esta noche no .puedo- Tengo que estudiar, en serio".

Frank y sus amigos se acomodaron a sus anchas en la última banca del autobús público de la ciudad de Mílwaukee, junto con otros jóvenes de distintos colegios. El autobús dejó escapar un nubarrón de humo grisáceo al tomar rumbo hacia el oeste, por la calle Cerro Azul.

Frank se tendió indolentemente sobre el asiento. Las manos le colgaban de los pulgares, enganchados en el centro de la correa de los pantalones. El día en que su mundo se derrumbó, en el mes anterior, había sido, como éste, un frío día gris de noviembre. Él bien sabía que su destreza para jugar baloncesto era igual a la de los demás muchachos. Su madre solía llamarlo el "atleta de la temporada". En su niñez le había puesto el apodo de "Destructor". Ese recuerdo le trajo una sonrisa a los labios.

El autobús emprendió la marcha y Frank instintivamente apoyó sus zapatos de lona sobre el piso. Tiene que haber sido mi tamaño, se dijo a sí mismo. Tiene que ser eso. Yo sólo mido

\m metro con sesenta. Como acabo de entrar a este colegio y soy novato, el entrenador, con sólo mirar mi estatura, decidió que yo no se jugar baloncesto.

A Frank no le había sido nada fácil integrarse, sobre todo como alumno recién llegado a un colegio católico masculino. Los muchachos mayores tendían a formar grupos excluyentes.

Esta situación era especialmente penosa para Frank, acostumbrado a descollar en todos los deportes. Ahora, al parecer, era un don nadie.

No sólo había sobresalido en los deportes antes de cambiar de colegio; en quinto y sexto también se había destacado en ciencias políticas y en historia. Trajo a la memoria el consejo de su profesor Don Anderson: "Mira Frank, si le dedicas a tus libros el mismo tiempo que le das al baloncesto, te irá magníficamente bien en ambas actividades".

Pues bien, pensó Frank, al menos Anderson tenía razón con respecto a los libros. Todas mis calificaciones están por encima de cuatro. Lo del baloncesto es otro cuento.

El estruendo de un frenazo y el ruido estridente de un pito sacaron a Frank de su ensimismamiento. Miró a Norman y a Ed. Norman estaba recostado contra el vidrio de la ventana, con los ojos entreabiertos. Su tibio aliento había empañado el vidrio, creando una figura circular.

Frank se frotó los ojos. Todavía recordaba cómo el mes pasado se le había formado un nudo en la boca del estómago a medida que se acercaba al vestuario. Había escudriñado frenéticamente la lista del equipo pegada en la puerta, tratando de encontrar su nombre en

alguna parte. No figuraba. Su nombre no aparecía. De repente sintió que había dejado de existir. Se había vuelto invisible.

El autobús se detuvo cerca de los campos recreativos | del condado. El conductor amonestó a unos chicos gritones, sentados en la parte trasera, para que se tranquilizaran. Frank le echó una mirada al conductor, apodado Koyak porque era tan calvo como una bola de billar.

Una mujer embarazada y casi a término se prendió del pasamanos plateado y lentamente ascendió al autobús. Cuando la dama cayó sentada sobre el asiento que estaba detrás del conductor, sus pies se proyectaron hacia .adelante y Frank pudo observar que estaba descalza y andaba en medias.

Mientras conducía el autobús hacia el flujo de tránsito, Koyak, sin voltear a mirarla, le dijo: "Oiga, doña, ¿dónde dejó los zapatos? En la calle está haciendo mucho frío".

"No hay dinero", contestó la dama, cubriéndose la nuca y la garganta con el raído cuello del abrigo. Algunos de los muchachos sentados en los asientos traseros se burlaron

socarronamente. "Me subí al autobús para calentarme un poco. Sí no tiene inconveniente lo acompaño un buen trecho", agregó.

Koyak se rascó la cabeza y le dijo: "Está bien. Pero cuénteme, ¿por qué no tiene dinero para comprar zapatos?".

"Tengo ocho hijos. Todos necesitan zapatos, de modo que no hay dinero para tanto. Pero despreocúpese, mi Dios proveerá".

Frank posó la vista sobre sus nuevos zapatos de lona. Sus pies estaban calientitos, como siempre. Volvió nuevamente la vista hacia la señora. Tenía las medias rasgadas. El estómago, hinchado como una pelota de baloncesto, al igual que su vestido desteñido, estaban al descubierto porque al abrigo le faltaban algunos botones.

Ante semejante espectáculo, a Frank se le desvaneció el mundo circundante. Sus dos amigos dejaron de existir. Sintió que una mano gélida le estrujaba las tripas. La palabra "invisible " le vino a la mente de nuevo. Un ser que por distintas razones se ha vuelto invisible, marginado, y ha sido olvidado por la sociedad, se dijo a sí mismo.

Él, probablemente, siempre tendría cómo comprar un par de zapatos. Ella, probablemente, jamás tendría el dinero suficiente para hacerlo. Bajo su asiento, con la punta de uno de sus

zapatos presionó la parte trasera del otro, y se lo quitó. Después se despojó del segundo. Miró alrededor. Nadie se había dado cuenta. Tendría que caminar tres cuadras cubiertas de nieve hasta llegar a casa. Pero el frío siempre lo había tenido sin cuidado. Cuando el autobús llegó al final del recorrido, Frank esperó a que todo mundo descendiera. Después sacó los zapatos que estaban debajo del asiento, se acercó rápidamente a la señora y se los entregó, diciéndole: "Tome, señora, a usted le hacen más falta que a mí".

Acto seguido, Frank apresuró su paso hacia la puerta y se bajó del autobús, arreglándoselas para aterrizar en un charco. Poco le importó. No tenía nada de frío. Alcanzó a escuchar a la señora que decía: "Mire usted: ¡una talla perfecta!".

A continuación oyó que Koyak le gritaba: "¡Oye chico! ¡Regresa! ¿Cómo te llamas?"- Frank dio media vuelta para responderle a Koyak en el preciso instante en que sus dos amigos le preguntaban por sus zapatos.

Frank se sonrojó de vergüenza con Koyak, sus amigos y la dama. "Me llamo Frank. Frank

"Pues te diré algo, Frank", musitó Koyak con voz entrecortada; "jamás había visto algo semejante en los , veinte años que llevo conduciendo este trasto".

La mujer, con lágrimas en los o jos, le dijo: "Gracias joven", Y mirando a Koyak, agregó;

"¿No le dije que mi Dios cuidaría de mí?".

"No hay de qué" farfulló Frank con una sonrisa en los labios. "Además, estamos en Navidad".

Echó a andar presurosamente tras sus dos amigos. Le pareció que el día gris se despejaba.

De camino a casa a duras penas sintió el frío bajo sus pies. Barbara A. Lewis