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Profesiones y trabajo de cuidados

ORGANIZACIÓN SOCIAL DEL CUIDADO

CONSTRUCCIÓN DE UNA PROFESIÓN

4.4.4. Profesiones y trabajo de cuidados

La sociología de las profesiones abre un campo nuevo para el análisis que aquí nos ocupa que, a pesar que ha tenido menos reconocimiento en los análisis sobre los trabajos de cuidados es indispensable para tratar de explicar por qué el empleo en el sector de la atención a las personas en España es como es. Desde esta área se han realizado diversos análisis en el campo específico de los empleos vinculados con el cuidado y de las dificultades que envuelven la construcción de una profesión relacionada con el cuidado a otras personas. El valor del trabajo, la posición de grupos de profesionales, y las relaciones de poder son los ámbitos explorados por los análisis mencionados.

En este caso se repasan aquellos trabajos que se han situado en el campo del análisis de las profesiones relacionadas con el trabajo de cuidados. En primer lugar, nos trasladamos a aquellas aproximaciones que ofrecen propuestas para la profesionalización de los cuidados reivindicando nuevas vías para acotar los sistemas formativos específicos y limitar la entrada al empleo en función de estos requerimientos formativos. Esta corriente reconoce el rol que deben jugar las asociaciones profesionales para salvaguardar el empleo y defenderlo ante la entrada de otros perfiles laborales. En segundo lugar se aportan las corrientes que han analizado estas profesiones desde las relaciones de poder, y el peso que tienen estas relaciones en la configuración de un tipo de empleo u otro. Finalmente, la tercera

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AR propuesta analiza la importancia de la relación entre formación y empleo a partir de la

falacia sobre la neutralidad de la construcción de las cualificaciones (Abbot 1988Hugman 1991; Evertsson 2000). En este sentido se entendería que la mejora del empleo no puede desligarse de una revisión sobre el valor social del trabajo doméstico y familiar y de sus especificidades. Esto implicaría que el reconocimiento de una profesión en el campo de los cuidados no puede hacerse con los mismos criterios adoptados tradicionalmente muy vinculados a un sistema de construcción de las profesiones propio del sistema fordista-taylorista.

Cuidados y profesionalización: formación y conocimiento experto

“when applied to care for elderly people, this professional logic implies that care workers guarantee the quality of care on the basis of educational training, knowledge, skills, expertise, and experience”

Trudie Knijn y Stijn Verhagen (2007: 464). Entre las voces dedicadas al análisis de la construcción de una profesión en el área de los cuidados parten de la definición de profesión que realizó Friedson. Friedson construyó el concepto de profesión interrelacionando tres dimensiones distintas: la visión durkheimiana de moralidad y desempeño de una profesión; la visión de Talcott Parsons sobre el conocimiento experto; la visión de Abbot sobre la jurisprudencia que diferencia una profesión de otra. En este sentido, defendían que el paso de una actividad laboral a una profesión reconocida depende del rol/estatus de los sistemas de formación histórica y territorialmente contextualizados, de la acción de las asociaciones profesionales y de las posibilidades para generar un segmento del mercado relativamente protegido mediante el requerimiento de certificados, licencias, etc. (Friedson, citado en Gadrey, 1994). Esta definición es válida para profesiones consolidadas y bien valoradas, como por ejemplo la profesión médica o de la abogacía, por citar algunos ejemplos. Algunas estudiosas defienden que esa debe ser la vía para el sector del cuidado (Duyvendak et al. 2005). Ello implica contar con una acción firme de grupos profesionales y de trabajadoras que defiendan y definan la profesión. Un concepto que remitiría al de mercados profesionales de la teoría de la segmentación del trabajo. Los segmentos conocidos como mercados profesionales, se definen por la clara regulación de las necesidades formativas específicas para el desempeño de una actividad (Recio 1997a, 1997b). Se trata de mercados que han blindado concienzudamente los requerimientos específicos de entrada, por ejemplo los médicos, los notarios o los controladores aéreos. Unos requerimientos que están muy relacionados con la adquisición de un alto nivel formativo y unas credenciales específicas para el puesto de trabajo. Los mercados profesionales se caracterizan por la generación de mejores condiciones de empleo. Por ello, se plantea que el nivel de cualificación (mayoritariamente construida mediante la educación formal) parece tener un cierto efecto positivo sobre las posibilidades de hallar empleo y sobre la

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calidad del mismo – y las condiciones laborales-. Aquellos empleos considerados altamente cualificados tienen mayores probabilidades de estar en los segmentos laborales de mayor prestigio social y con mejores condiciones salariales y de empleo y/o convertirse en mercados profesionales. Unos segmentos cualificados entre los que no suelen encontrarse actividades ligadas al cuidado cotidiano.

El modelo profesionalizador que dibujan autoras como Knijn y Verhagen se construye sobre un modelo que debe ser capaz de combinar el conocimiento experto sobre el cuidado con una atención personalizada a las personas usuarias. La profesión de cuidar implica generar y consolidar sistemas de cualificaciones, credenciales profesionales, códigos éticos y normativas específicas, y al mismo tiempo no puede perder de vista que las personas usuarias deben tener reconocido el derecho a decidir cómo quieren ser cuidados. El modelo o lógica profesionalizadora debe combinar pues estas dos visiones. Knijn y Verhagen conciben la lógica del profesionalismo como un escenario nuevo y distinto a otras tres lógicas de organizar y pensar el empleo en el área de los cuidados, a saber: la lógica del estado parte de la idea de igualdad y define las obligaciones y los derechos de ciudadanía y bajo esta lógica fija derechos sobre el cuidado y diseña una red de servicios y prestaciones; la lógica del mercado , se opone a la lógica del estado porque no parte de una idea de igualdad, sino que se basa en la elección privada los servicios de cuidado se convierten en productos intercambiables bajo la lógica de máximo beneficio; y la lógica de la familia se asienta sobre un concepto de privacidad, pero está es sensiblemente distinta al carácter privado de la lógica de mercado. La lógica familiar se erige sobre conceptos como emotividad, intimidad, solidaridad, empatía, reciprocidad.

En esta línea se destaca que para poder convertirse en profesiones estos empleos deben despegarse de los imaginarios sociales sobre el valor del trabajo doméstico y de cuidados. La profesión se debe construir sobre la base del conocimiento experto no sobre la vinculación del empleo de los cuidados a las tareas del hogar realizada por mujeres (Duyvendak et al. 2005; Knijn y Verhagen 2007). Este debate ha estado tras muchos argumentos que han navegado por las aguas de los procesos de construcción de las profesiones.

Poder y profesiones

El análisis de las relaciones de poder ha aportado una visión distinta sobre la construcción de profesiones en el ámbito del cuidado. El fin de estas aproximaciones fue resolver el porqué hay ocupaciones que dentro del área del cuidado han conseguido cristalizarse como profesiones y otras que no. Por ejemplo, la medicina ha logrado un mayor reconocimiento social y unas mejores condiciones de empleo que la enfermería. Y, la enfermería estaría mejor regulada que los servicios de atención a personas en situación de dependencia. Estos trabajos apuntan las dificultades que rodean a un empleo en el campo de los cuidados para convertirse en profesión.

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AR Algunas de las respuestas ya han sido reiteradas en varias ocasiones. El significado del

cuidado está muy connotado socialmente, remite a un tipo de trabajo, y a un tipo de relaciones interpersonales, al espacio privado, y al trabajo invisible de las mujeres. El significado de cuidado que se asocia a ciertas tareas es sensiblemente distinto y no se reconoce como un conocimiento profesional:

“It i s despite, ev en because of , t heir caring ‘for’ a s w ell as c aring ‘about’, that these occupations have come to be regarded as not ‘fully’ professional. Caring for is seen as les s e xpert, i t i s w omen’s w ork, i t i s w ork d one b y black p eople, i t i s work which ‘anybody could do’ (but which not everybody does or want to’), it can be done by volunteers as well as by people who are paid, by people who are less highly trained or even untrained. So the circularity of low status is reinforced: the task is low-status, so the people who perform it are low-status, so the task is low- status, ad infinitum”

(Hugman, 1991:12). La historia de profesiones similares, siendo las enfermeras el ejemplo paradigmático, pone de relieve una estrategia de acciones de poder por parte de grupos de presión, que consiguen así establecer mecanismos para limitar la entrada de personal y adquieren privilegios profesionales (salarios, reconocimiento, etc.). Abbot (1988) en su estudio sobre las profesiones relacionadas con el cuidado a las personas defiende que las características que definen a estas profesiones están muy condicionadas por la relación que se establece entre el empleo remunerado y no remunerado. La consolidación e institucionalización de este tipo de profesiones se determina de dos formas, a saber: el tipo de relación entre el empleo y el trabajo doméstico y familiar, y el contexto político y económico que influye en el peso de los actores sociales para negociar y delimitar el estatus de estas profesiones. El poder de los grupos sociales para intervenir en la determinación de los tipos de profesionales es un elemento importante en la institucionalización de una profesión (Evertsson 2000; Hugman 1991). La capacidad para consolidar una profesión cualificada y reconocida socialmente también depende de la capacidad de los actores sociales de presionar a las instancias políticas y económicas, sobre todo teniendo en cuenta el papel del Estado en el control y definición de las profesiones. En primer lugar, el Estado es el interlocutor entre los clientes/usuarios y los profesionales que prestan el servicio. Y, en segundo lugar establece las relaciones o modelo en que se presta el servicio. El Estado, en tanto en cuanto se trata de profesiones ligadas a las políticas públicas, puede controlar y presionar sobre la estructura, la forma y los contenidos de las profesiones relacionadas con el cuidado (Hugman 1991).

Nancy Folbre (2006) añade al debate la necesaria unión estratégica entre personas empleadas en el sector y las personas usuarias de los servicios puesto que ambos colectivos deben luchar por un objetivo común: la calidad del cuidado. Sólo mediante una estrategia profesionalizadora se podrán asentar las bases de lo que debe ser un cuidado de calidad. Esta conjunción de intereses debería desactivar una lógica

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imperante en las sociedades actuales: el buen cuidado es el que se realiza en los propios hogares.

“a c are m ovement m ust c hallenge t he n otion t hat v irtuous w omen s hould offer care ‘for free’. Traditional gender ideology is often used to justify low pay, on the grounds that part of remuneration that women relieve is psychological in nature – the inherently feminine pleasure of taking care of others – “

(Folbre 2006:22). Profesión y calidad del empleo

Existen otros estudios que avanzan en el camino de la profesionalización de los empleos en el campo del cuidado. La postura de éstos difiere en algunos puntos con la expuesta en el apartado anterior, y su bagaje entroncaría más con posiciones sobre la segmentación del mercado de trabajo, y sobre la crítica realizada a la construcción supuestamente neutra de las cualificaciones. En gran parte estos trabajos provienen de la tradición francesa de los estudios de la cualificación, ya que se ha incorporado esas consideraciones al análisis específico de los empleos del cuidado (Ribault 2008 y 2009; Jany Catrice et al. 2009; Devetter et al. 2008), y rescatarían de algún modo la importancia de las relaciones de poder.Estos autores cuestionan la idea de profesión al tratarse de un concepto que justifica una posición jerárquica de una actividad sobre otra. Es decir, la profesionalización sería una construcción ideológica que justifica una organización jerárquica, su constitución se basa en la limitación de las puertas de entrada, y la adquisición de una posición de poder respecto a otro grupo profesional. Asimismo, esta corriente de pensamiento señala que el proceso de profesionalización suele asociarse a una ideología que promueve la individualización de las relaciones laborales.

“La d ynamique d es p rofessions, su ivant la log ique d e la rat ionalisation, s’ est traditionnellement incarnée dans le processus du « dirty work » (sale boulot): en s’ennoblissant par l’incorporation de nouvelles tâches plus prestigieuses, une profession crée des catégories d’emplois moins qualifiés et, en bout de chaîne, de l’emploi non qualifié.”

(Jany-Catrice et al. 2009:) La escuela francesa defiende, por el contrario, que la mejora del servicio implica necesariamente la mejora de las condiciones laborales de las personas ocupadas en el sector (Ribault 2008 y 2009; Jany Catrice et al. 2009; Devetter et al. 2008). Por ejemplo, abogan por la acción colectiva, basada en una estrategia sindical, y que se aleja de las posiciones anteriores que defendían una estrategia de raíz corporativa. Según estas visiones una profesión debería implicar la mejora de las condiciones de empleo y ésta sólo es posible por vía de las reivindicaciones desde aquellos actores que han demandado históricamente la mejora de condiciones de empleo de los y las trabajadoras. Unos argumentos que también defiende Nancy Folbre en sus propuestas para la mejora de la calidad del empleo:

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“Advocates of u nionization h ave lon g em phasized t hat t he b enefits of i mproved productivity help pa y for t he h igher w ages an d w orking c onditions t hat unions bargain for. (...) Care sector advocates also need to track union efforts across the country”

(Folbre 2006:23). En general estos autores centran sus críticas sobre los procesos habituales de construcción de una profesión de prestigio, ya que subrayan que estos procesos difícilmente se adecuan a los empleos de cuidado y/o proximidad. Los parámetros habituales para medir las profesiones no consideran los aspectos específicos de estos empleos, que ya se ha visto que escapan a ciertas formas de medición de la cualificación profesional. Es decir, entienden que profesionalizar quiere decir generar una cadena clasificatoria del tipo de empleo. Esto implica la justificación que aquellos trabajos sin valor social tengan pésimas condiciones de empleo seguirán situados en los últimos puestos de la supuesta cadena (Jany-Catrice et al. 2009). En este sentido recuerdan que los empleos del cuidado se entienden como la externalización del trabajo doméstico y familiar un campo sin valor social, y por tanto con muchas barreras para construirse como una profesión. Estas posiciones recuerdan que la profesionalización requiere un proceso de racionalización y estandarización de las tareas, pero advierten, de nuevo, que este circuito de profesionalización válido para un empleo industrial, no se adecua a las economías dónde predominan las actividades del sector terciario. Estas aproximaciones entienden que el proceso de racionalización y estandarización remite a una organización taylorista del proceso de trabajo que implica la parcelación de tareas. Un proceso difícilmente aplicable al servicio de atención a las personas, especialmente en el caso de la atención directa, ya que la parcelación se traduciría en un mayor control y delimitación del tiempo de servicio y el tipo de cuidado prestado. Bajo este esquema la organización del trabajo de este empleo debería construir sistemas de estandarización de las tareas a realizar en un tiempo limitado. El problema es que este tipo de proceso no es válido para este tipo de empleos puesto que habitualmente las empleadas en estos servicios debieran tener el poder de decidir autónomamente la actuación concreta. La autonomía y el poder de decisión de las empleadas son dos elementos imprescindibles en estas actividades ya que aseguran que las necesidades de cuidado son cambiantes y por tanto pueden variar día a día (Devetter y Rosseau 2007; Dussuet 2002 y 2005; Ribault 2008 y 2009). En esta línea argumental se defiende que el proceso de mejora del empleo, y si se quiere de profesionalización, no se nutre sólo con las acciones realizadas desde el mercado de trabajo. Se trata de empleos demasiado vinculados a los imaginarios del trabajo doméstico y familiar. Una mejora de los empleos debe ir ligada a un cambio de los imaginarios y las prácticas sociales sobre el trabajo doméstico y familiar. En este sentido la profesionalización de estos empleos exigiría hacer visible el trabajo doméstico y familiar y su importancia para el bienestar cotidiano. Geneviève Fraisse

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advertía de la dificultad de dotar de valor una actividad que socialmente se asocia a la privacidad, a la domesticidad, a la servidumbre. Asimismo, la vinculación de las tareas del cuidado con el trabajo de las asociaciones benéficas de ayuda a los desvalidos como otro componente que iba a limitar las posibilidades de visualización y dotación de valor de este tipo de empleos (Dussuet 2002; Ribault 2009). Por ello, dados estos constreñimientos para algunos autores la única vía para la mejora del empleo requeriría, paradójicamente, emprender una estrategia de diferenciación respecto al trabajo doméstico y familiar, ya que está socialmente muy connotado (Ribault 2009). Esta solución se explicaría por la necesidad, según el autor, de alejarse de los imaginarios que vinculan cuidado a las personas con trabajo doméstico y familiar. De hecho el empleo de los cuidados debería mirar hacia el campo sanitario y de los servicios sociales ya que actividades como la administración de medicamentos, la realización de curas sanitarias o las actividades de relación con los usuarios parecen gozar de mayor reconocimiento. Este planteamiento asume que aquellas tareas más vinculadas con el mantenimiento y la limpieza del hogar seguirán vinculadas a la idea de la privacidad, del ámbito doméstico, y por tanto sin posibilidad de mejora de condiciones laborales.

“La notion de besoin, l’importance des dimensions relationnelles, le rôle de veille sanitaire et sociale concourent à raccrocher l’emploi d ’aide à d omicile à u n ensemble p lus v aste li é a ux t âches d u c are, v oire au sec teur soc ial. A insi si le s travaux d’entretien et de nettoyage ont une tendance forte à être dévalorisés et reliés en p artie à d es st atuts i nférieurs n on san s li en av ec la d omesticité ou l a servitude”

(Ribault 2009: 7). En este apartado se han plasmado distintas posiciones sobre las vías y las posibilidades que la atención a las personas se constituya en un empleo de calidad y/o en una profesión. Las distintas posiciones convergen en señalar que es la vinculación con el trabajo doméstico y familiar la principal fuente de desprestigio. Es uno de los límites principales sobre la calidad del empleo. Y, las soluciones remiten a un proceso de alejamiento de este tipo de trabajo para lograr constituirse como un empleo.

4.5.

L

AS TEORÍAS DE LOS

M

ODELOS

N

ACIONALES DE

E

MPLEO Y