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Psiquis y cosmos

In document Eugenio Carutti - Inteligencia Planetaria (página 128-132)

El sistema nervioso humano está madurando aceleradamente como parte de los grandes cambios evolutivos que ocurren en el planeta. Esta relativa madurez alcanzada nos permite registrar con cada vez mayor frecuencia destellos reveladores de nuestra participación en una organización inteligente a escala planetaria y cósmica, los cuales convergen en una misma dirección: aquello que el sistema nervioso, después de millones de años de evolución,

autopercibe como psiquis no puede separarse de aquello que percibe como universo circundante. Ambas percepciones, la de los mundos llamados

internos y la del mundo llamado externo, aparentemente tan disímiles una de la otra, revelan su acoplamiento estructural en la medida en que el cerebro físico y todo el sistema nervioso maduran como parte de la transformación de la Tierra.

Sin embargo, la incipiente comprensión de la interdependencia de ambas percepciones, que fueron cuidadosamente separadas durante gran parte de la evolución anterior, es algo extremadamente perturbador para el cerebro. Aprender a modular las complejas articulaciones propias de una trama inteligente unificada, para un cerebro que se mantuvo aislado de ella durante millones de años, es una tarea que entraña enormes dificultades. En realidad, todo el organismo debe sufrir una verdadera revolución para que esta fusión perceptiva se produzca de forma exitosa.

La estabilización de este registro contradice un sinnúmero de programaciones inconscientes. El miedo y el deseo son patrones de circulación libidinal que se mantienen en actividad gracias a la negación radical de toda percepción acerca de la interdependencia entre lo interno y lo externo (el “adentro” y el “afuera”). Sin embargo, la relativa madurez de la especie permite que un creciente número de seres humanos obtengamos un primer registro consciente de esta percepción.

A lo largo de la historia, numerosos organismos individuales realizaron esta fusión perceptiva en distintos grados, y posibilitaron así transformaciones esenciales para el conjunto de la especie. A ese proceso se lo suele llamar “iniciación” y ha sido percibido tradicionalmente como un acontecimiento excepcional e individual. Sin embargo, como esto está ocurriendo ahora en una escala completamente diferente, por primera vez se hace posible la validación de un sinnúmero de percepciones intermedias por parte de organismos en diferentes estados de desarrollo. Esta gama de estados psíquicos genera un

abanico de percepciones muy disímiles acerca de la “realidad”.

Para el estado habitual del cerebro, la coexistencia de un conjunto tan amplio de percepciones es significada como confusión, pero en la medida en que estas percepciones se estabilicen, nos mostrarán cómo emerge entre nosotros

una nueva urdimbre perceptiva no convergente, altamente diferenciada, que

se revelará como absolutamente necesaria para la evolución de la inteligencia planetaria.

La creencia

Vamos a dibujar con trazos muy gruesos algunas fases por las que atraviesa la percepción de que la psiquis y el cosmos son dos polos de un único movimiento.

Al principio, esta percepción aparece como una simple idea en el nivel intelectual. La idea se forma en el cerebro a partir de alguna influencia “externa”, ya sea filosófica, “espiritual”, etc., y el intelecto juega con ella. Luego, la nueva idea deberá competir con todas las demás creencias y posiciones que se encuentran acumuladas en el cerebro acerca de la realidad, hasta que eventualmente se impone en el nivel consciente. A partir de ese momento, el individuo (dado que el cerebro en esa fase aún se experimenta a sí mismo como “alguien” nítidamente separado de lo que percibe) adhiere cada vez más fuertemente a la idea, la enriquece y la desarrolla. Tiene la certeza de que “piensa” eso. Sin embargo, otros niveles en ese mismo ser humano se mantienen aferrados al cúmulo de ideas y vivencias que sostienen todo lo contrario, es decir, la separatividad. Para poder sostener la nueva creencia con la que se ha identificado el cerebro, éste debe negar una masa de convicciones anteriores, excluir sistemáticamente la información proveniente de ellas y generar una cantidad de disociaciones internas para no incurrir en contradicciones (intelectuales y existenciales) que lo harían enfrentar las consecuencias reales que esta creencia implica para el organismo y su destino.

En esta primera fase, intelectualizar e idealizar acerca de todo esto es algo inevitable porque el organismo no vive corporalmente—no siente y no actúa— de acuerdo a la idea que sostiene.

La simulación

En la segunda fase de este proceso, la idea o creencia se convertirá paulatinamente en una evidencia. Este es un camino largo y doloroso. No es una exageración decir que, para que esto se produzca, el cerebro debe cambiar estructuralmente. Que psiquis y cosmos sean dos aspectos de una

misma dinámica, y que esto tenga la fuerza irrefutable de una evidencia, es un tremendo shock para la mente humana así como la conocemos. Esta

mente está demasiado habituada a jugar con distintas ideas, a fluctuar entre opuestos o a aferrarse tensamente a alguna creencia que le permita excluir la información que no puede coherentizar con su pasado. El cerebro animal procesa información de acuerdo a estrategias, y la percepción unificada revela que son inconsistentes.

Si lo externo y lo interno son dos aspectos de un mismo movimiento/realidad, la elaboración continua de complicadas estrategias para alcanzar los propios fines es una actividad innecesaria. Pero para que esta actividad realmente se

detenga, el cerebro deberá descubrir previamente sus modos básicos de funcionamiento.

El sistema nervioso deberá descubrir por sí mismo que es magnetizado por

corrientes de pensamiento/sensaciones que luego reproduce de modo copiativo. Descubrir esto implica develar por completo la ininterrumpida

actividad replicante y simuladora del cerebro—desenmascarar su continua ocupación, tendiente a crear sensaciones y vivencias de base puramente mental (virtual), que no son realmente experimentadas por el conjunto del cuerpo en forma directa, aunque así lo creamos. Debe producirse un insight profundo acerca de la constante inducción cerebral de sensaciones y emociones que el cuerpo actúa, pero que no provienen de aquello que los sentidos están realmente registrando en el presente, sino de la incesante elaboración de constructos de sensaciones acumuladas en la memoria.

In document Eugenio Carutti - Inteligencia Planetaria (página 128-132)