Figura 21.1. Desvelando misterios. La nave Rosetta (ESA) y su módulo Philae. Este último tiene previsto posarse sobre el núcleo del cometa Churyumov- Gerasimenko, como muestra la imagen superior.
dos soviéticas, una europea —llamada Giotto— y otra de la NASA.
Este estudio sin precedentes permitió confirmar que, en los cometas, el elemento volátil que predomina es el agua. Otros componentes gaseosos, como el monóxido y el dióxido de carbono, están presentes en mucha menor cantidad y, actualmente, se estima que estos objetos pueden contener algo más de cien compuestos químicos diferentes.
Las imágenes tomadas por la sonda Giotto mostraron que tras la coma —la mancha difusa central— se ocultaba un pequeño cuerpo sólido, de unos 16 por 8 kilómetros, con
montañas y cráteres y del que procedía todo el material presente en la coma y las colas. Esto confirmaba los principales argumentos del modelo “bola de nieve sucia”, propuesto en los años 50 por el profesor de Harvard F. Whipple. Según este modelo, un cometa es en realidad un pequeño cuerpo sólido constituido por hielos y polvo. Cuando se acerca al Sol, los hielos se calientan, se evaporan y arrastran consigo los granos
de polvo, que al quedar libres reflejan la luz solar. Parte del gas liberado se ioniza y es arrastrado por el viento solar —un chorro de partículas procedentes del Sol—, proceso que genera la cola azulada, como la que se puede ver en la imagen del Hale-Bopp (figura 21.2).
Información oculta
Aunque los primeros estudios de los cometas respondían a la necesidad de explicar ese misterioso e impredecible fenómeno, a partir de los años 50 se empezó a sospechar que los cometas, oriundos de las regiones más externas del Sistema Solar, habían tenido una evolución física y química muy lenta y podían preservar información muy valiosa sobre el origen y formación de nuestro sistema planetario. Este planteamiento es especialmente válido para los llamados cometas “nuevos”, como el Hale-Bopp. Estos cometas proceden de la nube de Oort
—nombrada así en honor al astrofísico holandés Jan Oort, que dedujo su existencia—, una burbuja que rodea todo el Sistema Solar y que puede contener millones de núcleos
cometarios. Dichos núcleos permanecen en “hibernación” hasta que algún fenómeno altera su órbita y los lanza hacia dentro o fuera del Sistema Solar.
Existe, sin embargo, otra “reserva” de cometas algo más cerca: un disco plano situado más allá de la órbita de Neptuno, denominado cinturón de Edgeworth-Kuiper. De esta región proceden los cometas de la familia de Júpiter, denominados así porque sus órbitas pasan relativamente cerca de este planeta. Estos cometas presentan un periodo orbital muy corto, inferior a quince años, y se piensa que los
Figura 21.2. El Hale-Bopp. Un cometa se nos muestra como una especie de mancha brillante y difusa que parece moverse con respecto a las estrellas. En ocasiones, de esa mancha difusa, que recibe el nombre de coma, nacen dos espectaculares colas cuya longitud puede alcanzar varios millones de kilómetros. Una de esas colas tiene un color amarillento mientras que la otra presenta un tono azulado.
Fuente: Alex y Glen Wurden.
Figura 21.3. Núcleo. Composición de imágenes tomadas por la misión Deep Space 1, que muestra el núcleo del cometa Borrelly. Pueden apreciarse chorros de materia escapando del núcleo y la “coma” de gas y polvo que lo rodea. Fuente: NASA.
reiterados acercamientos al Sol han envejecido su superficie; como
consecuencia, pueden haber perdido las preciadas “condiciones primigenias” que presentan los cometas de la nube de Oort.
¿Y ahora?
Tras la visita al cometa Halley, las sondas Deep Space 1 (NASA) y Stardust (NASA) exploraron los
cometas Borrelly y Wild2
respectivamente, y aportaron datos que se están analizando hoy día. También se estudian los obtenidos por la misión Deep Impact (NASA), que en julio de 2005 lanzó un artefacto que impactó contra el núcleo del cometa Temple 1 para estudiar su estructura interna. Otra sonda, la europea Rosetta (ESA), viaja al encuentro del cometa Churyumov- Gerasimenko. Se trata de la sonda más compleja y con mayor número de instrumentos de todas las que se han
Figura 21.4. Halley. La misión europea Giotto, aproximándose al cometa Halley. Ilustración elaborada por la ESA.
desarrollado, e incluye un módulo de descenso que se posará sobre el núcleo en verano de 2014. El Instituto de
Astrofísica de Andalucía ha contribuido al desarrollo tecnológico de dos de los instrumentos: Osiris y Giada.
Cometas y vida
La relación entre el hombre y los cometas llega hasta buscar una respuesta al propio origen de la vida en la Tierra. Los estudios sobre la formación de los planetas terrestres sugieren que es prácticamente imposible que la vida se desarrollara a partir de sus atmósferas primitivas. El bioquímico español Juan Oró sugirió que
los cometas podrían haber transportado material biogénico
desde el Sistema Solar externo a la Tierra: en las primeras etapas del Sistema Solar estos objetos colisionaban con frecuencia con los planetas terrestres, y en ellos se han detectado moléculas críticas para el desarrollo de la vida.
a fuerza de gravedad de Júpiter impidió que entre él y Marte se formara otro planeta, cuyos restos, más de noventa mil fragmentos, observamos en forma de cinturón
En 1766, el astrónomo alemán Titius descubrió que la distancia al Sol de los seis planetas entonces conocidos —desde Mercurio hasta Saturno— seguía una secuencia matemática sencilla. Sin embargo, la secuencia no estaba completa y sugería la existencia de un planeta, no descubierto todavía, entre Marte y Júpiter. Esta secuencia, divulgada a partir de 1772 por Johann Bode, fue inicialmente acogida como una mera curiosidad matemática. Sin embargo, cuando en 1781 William Herschel descubrió el planeta Urano a la distancia que predecía la ley de
Titius-Bode, la comunidad científica, con una confianza renovada en la ley, comenzó la búsqueda del planeta perdido. En 1801, el monje siciliano Giuseppe Piazzi descubrió por casualidad un objeto de apariencia estelar que se movía con respecto a las estrellas de fondo. Los cálculos de su órbita mostraron que se hallaba justo donde la ley de Titius-Bode predecía la existencia del planeta perdido. Ese “pequeño planeta”, con un diámetro de unos 950 kilómetros, fue bautizado Ceres. En los siguientes años se descubrieron otros tres “pequeños planetas”, llamados Palas, Juno y Vesta, orbitando en una franja entre Marte y Júpiter. Al tratarse de varios objetos de menor tamaño que los planetas no se podían considerar como tales y William Herschell los