• No se han encontrado resultados

RAZAS DE NATURALEZA Y RAZAS SUPERIORES

In document Julius Evola - La Raza Del Espíritu (página 45-48)

DE LA DOCTRINA DE LA RAZA

III. RAZAS DE NATURALEZA Y RAZAS SUPERIORES

Antes de pasar a decir algo sobre cada uno de estos tres grados de la doctrina de la raza, hay que resaltar que si en cada hombre, a nivel de principio, están presentes los tres elementos antes indicados, los mismos pueden sin embargo encontrarse en una relación y en un relieve sumamente variado. A cada uno de ellos le corresponden fuerzas y un campo de acción y de expresión regulado por leyes diferentes. Entre los extremos de los mismos -entre “cuerpo” y “espíritu”- no existe necesariamente contradicción. Aun obedeciendo a leyes propias que deben ser respetadas, lo que en el hombre es “naturaleza” se presta a ser órgano e instrumento de expresión y de acción para aquello que en él es más que “naturaleza” . Sólo en la concepción de la vida propia de los pueblos semíticos, y sobre todo del pueblo hebraico, como un reflejo de un determinado dato constitucional específico y de circunstancias especiales, la corporeidad se hace la “carne” en cuanto raíz de todo “pecado” y antagonista irreductible del espíritu. En vez, en un orden, sea normal como normativo, la relación existente en­ tre los tres principios es más bien la de una subordinación jerárquica y de una expresión: a través de las leyes del cuerpo se manifiesta una reali­ dad anímica o psíquica, la cual, a su vez, es expresión de una realidad es­ piritual. Una perfecta transparencia de la raza como cuerpo, alma y

espíritu constituiría la raza pura. Pero éste es naturalmente, como ya

se ha dicho, tan sólo un concepto-límite, por el cual en el mundo actual sería azaroso indicar una positiva correspondencia, a no ser que en algún raro y excepcional ejemplar. En la casi totalidad de los casos se trata tan sólo de aproximaciones: un elemento busca hallar, en el espacio libre que las leyes del elemento inmediatamente inferior a él le dejan, una expre­ sión en mayor medida conforme a él: la cual cosa no debe entenderse como un simple reflejo, sino como una acción a su manera creativa, plasmadora, determinante. Aun cuando respete las leyes de la armonía dictadas en la música por una ciencia precisa y por una tradición positiva, es más, justamente por tenerlas que respetar y dar a su criatura un estilo perfecto, un com ­ positor debe actuar de manera creativa: sus soluciones de especiales pro-

blemas expresivos pueden por otro lado estar incorporados en la tradición y representar tantas etapas de una progresiva conquista. Lo mismo tiene que pensarse respecto del proceso expresivo que se cumple a través de los tres elementos de la naturaleza humana, sobre todo cuando se considere al sujeto, no en sí mismo, sino en el desarrollo de una estirpe en el espacio y en el tiempo.

Pero si expresión y subordinación son las relaciones normales, puede también acontecer el caso de relaciones anormales e invertidas, el cual caso es lamentablemente, en el mundo moderno el más frecuente de todos. El hombre puede hacer caer el centro de sí no allí donde sería normal, es decir en el espíritu, sino en uno de los elementos subordinados, en el elemento alma o en el elemento cuerpo, elemento que entonces asume necesariamente la parte directiva y reduce al nivel de instrumentos a los mismos elementos superiores. Extendiendo tal postura del sujeto a aquellas individualidades más vastas que son las razas, se llega a la mencionada distinción entre “razas de naturaleza” y razas humanas propiamente dichas.

Algunas razas pueden compararse con el animal y con aquel hombre que, al degradarse, ha pasado a un modo puramente animal de vida; ta­ les son las “razas de naturaleza”. Ellas no están iluminadas por ningún elemento superior, ninguna fuerza de lo alto las sostiene en las circuns­ tancias y en las contingencias en las cuales se desarrolla su vida en el espacio y en el tiempo. Por ello mismo, predomina en ellas el elemento colecti­ vista, en tanto instinto o “genio de la especie”, espíritu y unidad de la horda. En sentido amplio, el sentimiento de la raza y de la sangre puede aquí ser más fuerte y seguro que en otros pueblos o estirpes; pero sin embargo el mismo representa siempre algo subpersonal, totalmente naturalista; el ya mencionado tipo “totèmico” de vida de los presuntos pueblos primitivos se refiere justamente a este plano. Aquellos racistas que se asientan tan sólo en el plano científico y positivo de la investigación -al racismo de­ finido por nosotros como de primer grado- justamente en tales “razas de naturaleza” podrían por lo tanto ver verificadas con la mayor aproximación sus concepciones y las leyes individualizadas por ellos: puesto que tales leyes no son perturbadas en manera sensible por una intervención acti­ va de parte de otros principios, que no son más indivi dualizables con los mismos medios de investigación.

En otras razas el elemento naturalista conserva en vez la función normal de vehículo y medio expresivo de un elemento superior, suprabiológico, que se ubica respecto del primero del mismo modo como en el sujeto el

espíritu se halla en relación con el cuerpo. Un elemento tal casi siempre se manifiesta en la tradición de tales razas, pero es sin embargo en la elite que esta tradición se encama y se mantiene viviente. Aquí pues, detrás de la raza del cuerpo, de la sangre, y de la misma del alma, se encuentra una raza del espíritu, expresada por la primera de manera en mayor o menor medida perfecta según las circunstancias, los individuos y las castas en las que un pueblo se articula.

Una tal verdad fue sentida claramente allí en donde en forma simbólica la antigüedad atribuyó orígenes “divinos” o “celestiales” a una determinada raza, o estirpe, o casta, y rasgos sobrenaturales y “heroicos” al fundador o al legislador primordial de la misma. Este es un ámbito en el cual la pureza mayor o menor de la sangre solamente es suficiente para definir la esencia y el rango de un determinado grupo humano. En otra parte hemos ya tenido ocasión de notar que ello se encuentra muy claro por el hecho de que en donde estuvo en vigencia el régimen de las castas con el sentido frecuente de separación entre estratos raciales diferentes, cada casta podía consi­ derarse “pura”, puesto que para todas valía la ley de la endogamia, de la carencia de mezcla. No el tener simplemente sangre pura, sino et tener - simbólicamente- una raza “divina” era lo que en vez definía a la casta o raza superior frente a la plebeya o a lo que nosotros hemos definido como la “raza de la naturaleza”. Veremos que la concepción del tipo “ariano”, propia de las antiguas civilizaciones indogermánicas de Oriente responde exactamente a esta idea, bailable por lo demás también en las tradiciones tanto clásicas, como nórdicas relativas al patriciado sacral.

IV.

LA FUERZA DEL ESPIRITU

In document Julius Evola - La Raza Del Espíritu (página 45-48)

Outline

Documento similar