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Una reflexión sobre los resultados de la elección legislativa

En las elecciones legislativas del 12 de marzo se aplicaron por primera vez los procedimientos de la reforma electoral aprobada en 2003, que obligan al reagrupamiento de los partidos y aplican el voto preferente. Como se sabe, las elecciones en Colombia son un proceso mediatizado que ofrece un reflejo distorsionado de la realidad. En esta oportunidad, los resultados numéricamente

1 Estas reformas figuran entre las recomendaciones realizadas por una Misión de la

Universidad de Harvard, encabezada por Alberto Asesina, que fue financiada por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Su propósito es el reacondicionamiento institucional de los sistemas políticos y electorales dirigidos a paliar la crisis del Estado en América Latina y a asegurar la gobernabilidad, es decir, impedir que la izquierda y las fuerzas populares puedan acceder al gobierno.

Avances y desafíos de la unidad: experiencias electorales en Colombia

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55 favorables al uribismo no cambian, en lo esencial, la composición política de la legislatura, pero muestran reacomodos que, si bien expresan los mismos intereses de clase dominante, permiten entrever contradicciones y matices favorables a la lucha popular. En primer lugar, se observa la agudización de la crisis del bipartidismo histórico, cuyo peso relativo disminuye. El Partido Conservador sufrió una merma en los votos recibidos y en el número de legisladores electos con relación a 2002. También el Partido Liberal que, a diferencia del Conservador, forma parte de la oposición al presidente Uribe, vio reducido su caudal, aunque logró recuperar algunos de los cupos del Senado que había perdido, después de los comicios de 2002, por el paso de una fracción sustancial de su bancada al uribismo. Esta tendencia declinante del bipartidismo no es un fenómeno coyuntural; por el contrario, va a continuar en el futuro.

Una razón estructural de la declinación del bipartidismo colombiano es el cambio en la composición de la clase burguesa. La mayor parte de los cuadros parlamentarios del uribismo provienen, justamente, de la dirigencia liberal disidente y del Partido Conservador oficial. El modelo neoliberal, contrainsurgente y represivo, favorece las opciones de acumulación de capital por la vía de la corrupción administrativa, el narcotráfico, la violencia, la especulación financiera y terrateniente, y la inserción en las cadenas de la transnacionalización. Como un rasgo característico de este proceso, una parte de los nuevos dirigentes que salen del bipartidismo se realinean en posiciones más reaccionarias. El reacomodo de esas fracciones de la burguesía se ha visto apalancado por los cambios en el sistema de poder, por su corrimiento cada vez más a la derecha y por su menosprecio a las formas democráticas, aún las de la democracia burguesa.

El tinglado político de clase que rodea a Álvaro Uribe Vélez está formado por el Partido Conservador –representante del latifundismo–, por el grupo denominado Cambio Radical –acaudillado por Enrique Vargas Lleras, desprendido de la derecha del liberal y vinculado al lobby parlamentario del militarismo–, y por la familia Santos –propietaria del diario El Tiempo, vocero del sector financiero y único diario nacional–. Pero el mandatario carece de un partido propio, coherente y unificado, que recoja sus planes. La mayoría parlamentaria con que cuenta no modifica esta debilidad, que se acrecienta y deriva hacia nuevas contradicciones.

La proliferación de agrupaciones de derecha en las que se refugiaron los depurados del uribismo, creó partidos de bolsillo, con intereses propios, con los que Uribe debe negociar a cada paso. Las cartas del mandatario que forman el bloque mayoritario en el parlamento son: el Partido Conservador, el Partido de la U, Cambio Radical, Colombia Democrática, Alas-Equipo Colombia, Colombia Viva y Convergencia Democrática. Estas dos últimas son las organizaciones en las cuales, con el apoyo vergonzante de Uribe,

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Contexto Latinoamericano

hallaron refugio candidatos conocidos por sus vínculos con el narcotráfico y el paramilitarismo. Se trata de un remedo de «pluralismo», burocrático y electorero que, bajo el paraguas del poder, se apoya en todos los vicios del clientelismo tradicional.

Frente al bloque uribista, emerge el Polo Democrático Alternativo (PDA), con resultados electorales positivos que obedecen a la unidad alcanzada por sus miembros. Esta unidad encarna el sentimiento profundo existente en amplios sectores de la izquierda y el movimiento popular colombiano, que refleja la tendencia manifiesta en América Latina en respuesta al desastre del modelo neoliberal y a la exigencia popular de encontrar una alternativa. El PDA es una coalición política conformada mediante la fusión del Polo Democrático Independiente (PDI) y de Alternativa Democrática (AD). El PDI es una organización de centroizquierda entre cuyos dirigentes se encuentra el actual alcalde de Bogotá, Luis Garzón, y que postuló como precandidato a la presidencia a Antonio Navarro Wolf, ex dirigente del desaparecido Movimiento 19 de Abril (M-19). Por su parte, AD es un frente de partidos, organizaciones y movimientos políticos y sociales de izquierda que postuló como precandidato a la presidencia al jurista Carlos Gaviria, quien ganó la candidatura presidencial del PDA en una elección primaria en la cual se impuso frente a Navarro Wolf. El PDA es una fuerza en ascenso, con proyección nacional, que se perfila como el eje articulador de la oposición en virtud de la crisis de los partidos tradicionales. En los comicios parlamentarios de marzo, esta coalición logró elegir a diez senadores y ocho diputados.2 A este resultado contribuyeron: el programa de

unidad adoptado en el proceso de fusión entre el PDI y AD, la táctica de llevar candidaturas únicas de la coalición a todos los cargos electivos, y el triunfo de Gaviria frente a Navarro en la consulta realizada para elegir al candidato presidencial.

Contrario al discurso de la llamada «moderación», fomentado por la derecha y asumido por algunos sectores del PDI, las posiciones identificadas con la izquierda fueron las favorecidas en las consultas internas realizadas en el PDA. No se trata solo de una preferencia por personas y liderazgos. Frente a las iniciativas programáticas «efectistas» que prometen mayor o menor cantidad de empleos y viviendas –y que solo se diferencian en el aspecto cuantitativo–, la gente quiere una propuesta cualitativamente distinta: ni asistencialismo, ni conciliación con Uribe; tal es la enseñanza del resultado electoral del PDA.

El caudal electoral cosechado por los candidatos a la legislatura por el PDA fue importante: más de un millón de votos, que representan un punto de partida muy positivo. Por separado, los integrantes de esa coalición no habrían

2 Esta cantidad equivale al 10% del Senado que es elegido en una circunscripción nacional

única. El porcentaje en la Cámara de Representantes es menor debido particularmente a la mayor competencia de grupos regionales en las circunscripciones departamentales (que son 32 en el país, tres de minorías y una más en el exterior).

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57 logrado el mismo resultado. Lo que antes resaltaba como una fuerza solo en Bogotá, se amplió a escala nacional. Ese es el fruto de la unidad, pero también del atractivo que ofrece la lucha en una perspectiva que va más allá de lo electoral. La fuerza del PDA es mayor en los sectores urbanos y, especialmente, en las grandes concentraciones urbanas, como Bogotá, Cali, Medellín y Barranquilla. En Bogotá, con casi el 15% de la votación y tres representantes a la Cámara, el PDA demuestra ser clave. En el departamento de Nariño, frontera andina con Ecuador, el PDA figura en primer lugar. También vale la pena destacar que, dentro del espectro de fuerzas que conforman el PDA, el Frente Social y Político (FSP), integrante de AD, eligió a dos senadores y dos diputados. Esta cifra podía haber sido superior, pero la dispersión de candidaturas le impidió –por muy pocos votos– obtener otro escaño en el Senado, lo que representa una experiencia negativa.