Lord Byron
El informe sobre la salud de nuestro hijo Derian fue perfecto
durante sus primeras veinticuatro horas de vida. Sin embargo, justo cuando íbamos a dejar el hospital, Derian se puso azul y requirió cirugía cardiaca de inmediato. Desde el instante en que nos explicaron lo serio del estado de Derian, nuestras vidas tomaron una dirección diferente. Cambiamos porque no había alternativa.
Sostuvimos a nuestro indefenso recién nacido en brazos mientras esperamos a que llegara el cirujano y le abriera el pecho. Nos sentíamos ahogados en un mar de confusión, terror, desesperación e ira. Nos tomamos de las manos cuando le dimos la última serie de besos, con los cuales le transmitimos la esperanza de volverlo a besar después de una exitosa cirugía. El equipo llegó y con cuidado se lo llevaron de nuestros brazos prometiendo cuidar de él. Nuestros corazones sufrieron al ver partir a Derian con gente extraña vestida con batas azules. Nos aferramos el uno al otro en un fuerte abrazo; las lágrimas rodaban de nuestros ojos.
En ese momento cambió nuestra relación. Nunca antes habíamos tenido la sensación de necesitarnos el uno al otro de verdad. Nadie más podía sentir lo que nosotros respecto a nuestro hijo. Nadie más enfrentaría la lucha igual
que nosotros. Nadie más podía sentir el dolor y miedo que nosotros experimentábamos. Nos dispusimos a sacar adelante a este hijo; nos fundimos como los padres de Derian en una sola fuerza, en un sólido lazo. No obstante, fue extraño que a pesar de tener a la muerte tan cerca esperando a nuestro hijo, jamás nos hayamos dado el suficiente valor para rezarle juntos al mismo Dios y pedir por su vida.
Derian no se dio por vencido y sobrevivió a la cirugía. No obstante, días después sufrió un paro cardiaco. Luego, la noche antes de que fuera a salir del hospital, necesitó otra cirugía de corazón. Nuestros primeros treinta y seis días de paternidad los pasamos en el hospital.
La vida comenzó a correr como en una montaña rusa, ace- lerada, salvaje y con el paso del tiempo fuera de control. Tres meses después de que trajimos a Derian a casa, descubrí que estaba de nuevo embarazada. Muchas veces había escuchado decir que Dios nunca da más de lo que uno puede soportar, pero con esto, para mí ya era demasiado.
Me era imposible aceptar que Dios pensara que yo podía con otro bebé tan pronto. Poco tiempo antes de que fuera a dar a luz a nuestro segundo hijo, Derian requirió otra cirugía de corazón. Una vez más, salió de la cirugía y tuvo una exitosa recuperación.
Nuestro hijo Connor nació en septiembre. Yo había pedido un permiso para dejar la enseñanza con la idea de regresar para el segundo trimestre de ese año escolar. Un mes antes de regresar a la escuela, llevamos a Derian al cardiólogo para su revisión. Nos indicó que necesitaría otra intervención más al siguiente mes. Sus palabras nos afligieron porque se nos había dicho que no necesitaría más cirugías. Esta sería la cuarta operación en sus diecisiete meses de vida.
Esto nos tomó totalmente desprevenidos. Nuestros planes habían requerido una licencia de maternidad de tres meses, pero ahora necesitaría pedir otro mes más, y sin paga; ya no podía tomar más días. ¿Cómo íbamos a cubrir los gastos? ¿Cómo íbamos a cuidar de un recién nacido y de
Derian al mismo tiempo? ¿Cuántas cirugías podría soportar su pequeño corazón? Y siempre la pregunta implícita de si sería capaz de salir adelante. Nos sentíamos aterrados; nuestra realidad nos seguía impidiendo llevar una vida normal, nos estábamos hundiendo con tanta responsabilidad y desesperación.
Para entonces, la Navidad se acercaba. Tratamos de participar en las festividades, pero sabiendo que Derian sería intervenido en enero, la alegría de la Navidad se esfumó. Estos días siempre habían sido importantes para nosotros, por lo que Robb no podía dejar que pasara la Navidad sin hacer algo de lo que marca la tradición. Cuando recibió una invitación para ir a una fiesta navideña después del trabajo, aceptó la oportunidad de por lo menos volver a sentir una vez más la presencia de la "normali- dad". Me dio gusto que fuera, quería que por lo menos un rato se liberara de preocupaciones.
Esa noche no me fue difícil llevar a Derian y a Connor a dormir, cuando me preparaba para acostarme, llegó Robb a casa. Se veía demasiado pálido, sus ojos mostraban asombro y temblaba. Casi temí escuchar lo que había sucedido.
En tono serio y profundo manifestó:
—Patsy, necesito platicar contigo. De camino a casa me sucedió algo muy extraño. Mientras conducía, platiqué con Dios.
Contuve la respiración, ya que Robb y yo nunca antes habíamos hablado de Dios. El ambiente entre nosotros se hizo plácido y reverente. Escuché atenta su relato.
—Patsy, le pedí a Dios que si necesitaba llevarse a alguno de nuestra familia, que fuera yo y no Derian —los ojos de mi esposo se enrojecieron y pude ver lágrimas correr por su rostro —. Luego sentí el profundo calor de una mano que se apoyó en mi hombro y escuché el murmullo suave y silencioso de un ángel que decía: "Derian va a estar bien, no te preocupes".
Me impactó la fuerza de lo que Robb me decía. Por un momento sólo lo miré, luego nos unimos en un abrazo que emanaba paz.
Este fue el momento más importante de nuestro matrimonio. Su disposición para compartir su encuentro espiritual conmigo fue la experiencia más íntima que jamás haya yo tenido. Me permitió entrar en su alma, y qué alma. La devoción de su amor por nuestro hijo me conmovió en lo más profundo de mi ser. Nunca lo volví a ver igual.
Nuestro hijo sobrevivió a esa cirugía. Durante el año que siguió a esta penosa experiencia, mi relación con Robb alcanzó un nuevo nivel de cercanía, una nueva profundidad de amor. Nuestra fe compartida generó no sólo una mayor intimidad emocional sino también una nueva intimidad espiritual. Nos fortaleció, unió y preparó. Creemos que el ángel de Robb nos llevó a un nivel más elevado en nuestro matrimonio porque demasiado pronto tendríamos que enfrentar una nueva realidad, la quinta intervención de Derian.
Esta vez nuestro bebé no resistió. Al poco tiempo de la cirugía, murió.
Por devastador que haya sido perder a este hijo, Robb y yo seguimos unidos en nuestra relación. Fue como si Derian nos hubiera dado el regalo de un amor mutuo más profundo. A pesar del dolor, juntos creemos en la oración, los milagros y en un Dios todopoderoso, pero sobre todo, en la guía divina que ahora recibimos de un angelito llamado Derian.