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Regreso a Buda

In document Memorias-Cardenal-Mindszenty (página 184-186)

Estaba abierta la puerta del castillo de Bálvanyos. El pueblo irrumpió en su interior para ver al primado del país. No se acertaba a creer que no hubiera sido arrancado de allí por las unidades blindadas rusas. Alargaban las manos para tocarme, besaban mis ropas y solicitaban una y otra vez mi bendición.

Conducidos por su pastor llegaron los evangélicos, llenos todos ellos de sincera alegría; luego, las minorías católicas y los baptistas: muchachos, muchachas, ancianos... Desde hacía mucho tiempo no había visto reflejada tanta alegría en rostros húngaros. Aquél era el «populacho» del que Kadar, Münnich y mis carceleros habían querido protegerme.

Me rodearon, sin querer dejarme marchar. A cada instante llegaba más gente y finalmente se reunió una gran multitud, como si el pueblo contara con muchos más habitantes. Anocheció. Les impartí a todos mi bendición; luego nos pusimos en marcha. En la noche de Animas del pasado año me habían llevado por el mismo camino que ahora recorría a la inversa. En Bánk y los pueblos próximos tuve que descender. Visité a los párrocos. La alegría del pueblo era indescriptible; me preguntaba si conseguiría llegar a tiempo a Buda. De hecho, aquel día llegué solamente a Rétsag y ello por razón de que los «soldados rojos» que me habían liberado eran de Rétsag. Tanto los soldados como su comandante me rogaron que me quedara con ellos porque querían visitarme otras muchas personas. Hicieron pronto su aparición unos estudiantes que se habían unido a los que luchaban por la libertad;

aparecieron asimismo marineros, trabajadores. Todos ellos se habían puesto en camino para liberarme. Llegaron demasiado tarde, pero decidieron darme escolta hasta Buda. Les pregunté:

— ¿No dirán los rusos que sólo me he atrevido a regresar a Buda con escolta armada? Todos se echaron a reír a carcajadas.

A medianoche llegó el obispo auxiliar Vince Kovács, con su secretario. Me saludaron efusivamente y me invitaron a pernoctar en Vác. Se lo agradecí, pero preferí pasar la noche en el lugar donde se alojaban mis liberadores, los miembros de la Honved. Era imposible conseguir Un momento de paz. Los oficiales iban y venían; con ellos, numerosos familiares de los propios oficiales de la Honved. Tuve que firmar muchos autógrafos.

Luego me acosté, finalmente, completamente agotado. Pero no me fue posible conciliar el sueño comencé a rezar:

«¡Cuan grande es tu bondad, Dios mío! ¡Qué benevolente es tu providencia! ¡Cuántas tribulaciones y aflicciones se han abatido sobre mí! Has dejado que los apuros me agobiaran, amargos y desoladores. Pero ahora permites que reviva de nuevo y que salga de las profundidades de la tierra» (Salmo 70, 20).

Era verdad: el sacrificio de sangre ofrecido por los luchadores de la libertad en la ciudad y la unidad blindada de la Honved de Rétsag me habían abierto de nuevo las puertas del mundo. La mano de Dios tocaba las teclas del órgano de la historia mundial, si bien fuera por intermedio de manos humanas. «Ha desatado las ligaduras» (Salmo 145, 7). «El Señor ha liberado a los cautivos» (Salmo 64, 6). Yo era como el apóstol cuyas ataduras habían deshecho manos angélicas.

Había ocurrido lo que ni siquiera me hubiera atrevido a soñar cuando me encontraba en la celda: estaba libre de nuevo y me sentía sano y lleno de ímpetu creador. De nuevo acudió a mis labios el ruego de que mis sufrimientos y mi dolor de aquel año sirvieran para abrir camino al Evangelio.

El 31 de octubre entramos en Rétsag. Atravesé la ciudad entre la doble hilera de la jubilosa multitud. El cortejo era avasallador y formaban parte del mismo incluso vehículos blindados y piezas de artillería de asalto. El comandante Pallavicini-Pálinkas y el teniente Spitz, así como el Padre Toth, tomaron asiento en mi coche. El chófer se apellidaba Ruhoczki.

Imre Nagy desmintió luego que la ceremonia de mi entrada hubiera sido organizada por el gobierno. Según las afirmaciones de los comunistas, había sido Tildy, representante del presidente del Consejo, quien había dado las instrucciones. Puedo asegurar que yo no di ni deseé dar en ningún momento orden alguna. Sólo había querido estar por la noche en Esztergom o en Buda y únicamente el ruego de los soldados me había retenido en Rétsag.

Atravesábamos lentamente los pueblos. Las campanas sonaban y las gentes arrojaban flores sobre nosotros. Profundamente emocionado, yo les impartía mi bendición. Alegres y esperanzados, todos miraban hacia el futuro. Entre las ruinas de los monumentos rusos destruidos y las fábricas paradas, una nueva era parecía abrirse para Hungría. ¡Cuánta lucha había sido precisa para ello!

En la capital, una multitud se dirigía al palacio episcopal; soldados, estudiantes, obreros y madres con sus hijos en brazos aclamaban y lloraban a un tiempo. Ninguno de nosotros podía contener las lágrimas; eran las lágrimas jubilosas del reencuentro tras el dolor de una década. Bendije una vez más el rebaño y penetré en la casa que desde hacía ocho años no había vuelto a ver.

El 23 de octubre se celebró una manifestación. Los manifestantes iban desarmados al principio. Cuando el ministro Geró ordenó que agentes de la AVO dispararan contra la multitud, los manifestantes se armaron improvisadamente y hubo un choque entre pueblo y policía, en el que se mezclaron los rusos. Las masas levantadas en armas ofrecieron una encarnizada resistencia y resultaron en principio vencedoras.

Hungría no había sido nunca un pueblo de borregos; era un pueblo que sabía el valor de la individualidad, la familia, la estirpe.

Aquella Hungría había sido oprimida por Moscú y sus mandatarios, como Rakosi, por la violencia y la astucia. Pero la opresión no dio al traste con su carácter, es decir, su cristianismo, su amor a la libertad y su orgullo. Hungría fue obligada a aceptar el dominio de Moscú, pero este dominio no significó en ningún momento alianza, respeto o afecto. Los húngaros sólo podían demostrar su

repugnancia de una manera pasiva porque les había resultado hasta aquel momento inviable una abierta resistencia.

La crónica de los acontecimientos del alzamiento húngaro queda brevemente anotada:

El 24 de febrero de 1956 fue condenado el stalinismo en el XX Congreso del Partido Comunista. Stalin había muerto, pero al pueblo húngaro le interesaba en mayor grado su propio Stalin en vida, es decir Rakosi. En el mes de mayo apareció en la prensa comunista la crítica a Rakosi.

El 18 de julio se produjo la caída de Rakosi.

El 6 de octubre fue rehabilitado Laszlo Rajk, que había sido ejecutado y al que se procedió a enterrar de nuevo, en un acto que sirvió para que 200.000 personas exteriorizaran su descontento y su hostilidad al régimen.

El 13 de octubre, Imre Nagy, que en enero del año anterior había sido expulsado del partido comunista, fue readmitido de nuevo.

Todo aquello significaba un grave relampagueo en el firmamento de los satélites moscovitas. Hubiera provocado, sin embargo, risas quien se hubiera atrevido a aventurar que en el curso de diez días se desencadenaría la revolución. No está desencaminada la sospecha de que el propio Moscú fomentara secretamente el abierto alzamiento para que la situación madurara hasta el punto de hacer posible una represión que ahogara en sangre a sus adversarios. Los húngaros no habían contado con aquella trampa.

In document Memorias-Cardenal-Mindszenty (página 184-186)