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El regreso del fin

poética, a la inteligencia sensorial que en- cuentra en lo real un pre-texto que debe ser descifrado para alcanzar la novedad de un sentido que nos conmueve, nos trastoca, nos interpela.

De allí que no sorprenda la proyección in- ternacional de su obra, traducida ya a más de veinte idiomas y merecedora de recono- cimientos de toda índole. En ese sentido, la escritura de Neuman goza de la inmen- sa esclavitud y el vértigo de poseer amplio reconocimiento; una escritura visible, leí- da, interpretada, evaluada con ojos aten- tos. Desde los veintidós años, su trabajo se ha encontrado en el foco de atención y, por eso, es imposible no destacar el desparpa- jo, la libertad, la valentía con la que este au- tor hispanoargentino encara cada aventura creativa: sin concesiones, sin repeticiones, sin caminos reconocibles.

Esa citada libertad se manifiesta de va- rias maneras: por un lado, Neuman nunca ha abandonado los géneros menos transita- dos por el gran público lector, como son la poesía o el cuento (género al que ha aporta- do un cuerpo reflexivo considerable) y, por el otro, cada libro suyo ofrece variaciones fundamentales con el inmediatamente an- terior. Pienso, en concreto, en sus tres úl- timos títulos de largo aliento. El viajero del

siglo, Hablar solos y este volumen que aho-

ra nos ocupa: Fractura. El primero de ellos es un novelón de falsa apariencia decimo- nónica; el segundo, una sintética novela de tono íntimo, y el tercero, un libro polifónico centrado en uno de los grandes dramas co- lectivos del siglo xx. Ninguno funciona como

expansión de los otros, como reiteración en fórmulas de comprobada eficacia.

Cabe destacar, eso sí, como una conexión entre los tres, lo que sería un rasgo propio de la narrativa hispanoamericana actual:

la «extraterritorialidad», definida por Paqui Noguerol como un elemento significativo de la literatura latinoamericana más reciente y que consiste en que «la búsqueda de la identidad ha sido relegada a favor de la di- versidad; como consecuencia, la creación literaria se revela ajena al prurito naciona- lista a partir del cual se la analizó desde la época de la independencia, aún vigente en múltiples foros académicos y que rechaza la literatura universal como parte del patrimo- nio cultural del subcontinente».

Otro elemento común en estas historias es la imantación que emanan sus páginas, universos en los que el lector queda su- mergido de inmediato sin percibir como una interferencia la voluntad constructi- va que edifica sus componentes. Porque cada uno de esos libros exhibe una arma- zón precisa, efectiva e invisible, que va creando en los lectores el encantamiento de una inteligencia narrativa que atrapa y es a la vez un profundo trabajo lúdico so- bre lo novelesco.

Pero es necesario insistir en el tema extraterritorial al centrarnos en su novela más reciente, Fractura, pues en ella Neu- man reafirma una vez más su voluntad de no ceñirse a los escenarios, las problemá- ticas y los contextos históricos que se le presuponen a un escritor latinoamerica- no. Claro que aquí es necesario realizar una acotación; por sobradas razones, An- drés Neuman podría ser lo que, en pala- bras de Daniel Mesa Gancedo, se define como un autor «amerispánico», ese tipo de escritor que no sólo fragua textos america- nos en español, sino que, por su migración y por habitar en la península ibérica, nos permite leer «el texto España en america- no». El asunto es que la extraterritorialidad de Neuman va un paso más allá, y, si bien

en Hablar solos, las geografías citadas en los viajes de los personajes evocan lugares de uno y otro lado del océano hispanoha- blante, en El viajero del siglo la acción se centra en una inventada ciudad alemana, Wandernburgo (que, por otro lado, podría sumarse al interesante listado de ciudades imaginarias que han creado otros autores contemporáneos: Angosta, del colombiano Héctor Abad Faciolince; Río Fugitivo, del boliviano Paz Soldán; Tres de Marzo; del hispanocolombiano Pedro Sorela), mien- tras que su novela más reciente transcu- rre en ciudades reales como París, Nueva York, Madrid, Buenos Aires, y se encuentra centrada en Watanabe, personaje japonés que ha sobrevivido a la bomba nuclear de Hiroshima.

Ésa es la primera perplejidad que origi- na esta fascinante narración. El autor nos cuenta una historia y una visión que es ape- nas transitada en las ficciones de nuestra lengua. Ya no se trata de las modernistas o barroquizantes miradas al Lejano Orien- te, sino del encuentro verbal con uno de los momentos históricos más dramáticos del siglo pasado. Neuman ya había hecho una incursión ficcional en el mundo japonés en su libro El que espera, publicado original- mente en 2000. En concreto, nos referi- mos a su cuento «Veneno», breve narración en la que se esboza uno de los elementos constitutivos fundamentales de su recien- te libro. En aquel cuento, el protagonista japonés acota que en francés las palabras «pescado» y «veneno» se dicen de forma muy similar. Un juego propio de una extra- ñeza lingüística que parece un detalle cir- cunstancial, pero que precisamente es uno de los ejes de Fractura: la mudanza que so- bre la realidad y las personas ejercen los idiomas.

Watanabe, después de sobrevivir a la de- bacle nuclear se mueve entre amores, ciuda- des y mutaciones lingüísticas. De allí que en la página 262 de Fractura se afirme: «Más que un hablante de distintos idiomas, se sentía tantos individuos como idiomas ha- blaba. En francés se notaba propenso a los rodeos, más exigente y un punto suscepti- ble. En inglés lo sorprendía su propia con- vicción, la seguridad con que emitía afirma- ciones de una contundencia impropia de él […]. Y en español […] un tanto voluble con sus opiniones. Más risueño. Menos preocu- pado por su imagen». Esa mudanza verbal implica relaciones con cuatro amantes dife- rentes, con ciudades y realidades diversas, y es tal vez el modo en que Watanabe logra res- taurar las heridas que ha dejado en su exis- tencia el ataque nuclear en el que ha perdido a su familia y en el que ha conocido la culpa propia de quienes sobreviven a una debacle.

La novela avanza en dos planos tempo- rales muy bien diseñados. El accidente nu- clear de Fukushima dispara las acciones presentes de la narración y, a la vez, apare- cen intercaladas las memorias de las distin- tas compañeras que Watanabe ha tenido a lo largo de su vida. El conjunto es de una in- mensa brillantez: visiones múltiples, cons- trucción casi cubista del personaje princi- pal a través de sus actos propios y del re- cuerdo y la verbalidad que ha dejado en sus personas más próximas.

Watanabe, en un acto de expiación, deci- de aproximarse al epicentro de la nueva ca- tástrofe atómica, mientras asistimos al in- ventario de esa vida suya que parece signa- da por el kintsugui: la técnica japonesa que repara las fracturas de las cerámicas con polvos de minerales como el oro o la plata y convierte la herida del material en otra for- ma de belleza.

El resultado es de una inmensa y pertur- badora solidez. Las voces de las compañe- ras de Watanabe ofrecen un desdoblamien- to verbal muy bien logrado, una singulari- dad que dibuja con nitidez a cada una de ellas y que hace explícitas las mutaciones existenciales que vive el protagonista con la adquisición de cada nuevo idioma. Los mo- mentos especiales del libro se suceden con fragmentos que son verdaderos fogonazos de lucidez y de cuestionamiento sobre la in- diferencia con que la humanidad del xxi ex-

perimenta la amenaza nuclear.

Se expanden así imágenes sobrecogedo- ras de las que es imposible regresar intacto: «Sólo en ese momento se dio cuenta de los gritos a su alrededor, el fuego, las crepitacio-

nes, los crujidos […]. Los edificios ya no es- taban allí. Sólo se mantenía alguno que otro, en equilibrios no previstos por su arquitectu- ra. De la ciudad, rememora Watanabe, que- daba el hueco». Por lo que el lector encontra- rá, al cerrar estas páginas, que ha disfrutado de una narración apasionante, de gran agili- dad, en la que se retoma el tema de la muer- te, de la destrucción masiva, de la frivolidad de una especie que ha construido la posibi- lidad de aniquilarse a sí misma. Temas que escuecen y que, como en toda narración va- liosa, resurgen de las sombras de nuestro ol- vido para arder en nuestra mirada.

En síntesis, razones de sobra para afir- mar que Fractura es una de las grandes no- ticias literarias de este 2018.

El siglo xviii francés es tan inagotable en

su variedad y riqueza como asombroso y extraño. No sólo reúne a una serie de es- critores, políticos y científicos que inno- varon en diversas áreas, sino que fueron, además, creadores de instituciones cul- turales, sociales fundamentales. También fueron novedosos, al menos en las clases altas y el mundo intelectual, y disfrutaron de una gran libertad en sus relaciones eró- ticas y sexuales. Si se piensa, por poner al único país que entonces se podría compa- rar, en la Inglaterra del mismo tiempo, se podrá observar que, en el orden de las cos- tumbres eróticas, y del vínculo de la aris- tocracia con la cultura, Francia es indu- dablemente excepcional. Sólo la nobleza polaca era tan tolerante en lo relativo al adulterio.

Benedetta Craveri, que cuenta en su ha- ber con obras sobre madame du Deffand, María Antonieta y, entre otros trabajos, el erudito estudio La cultura de la conversa­

ción, se ha sumergido en esta amplia obra

en un número de nobles, que, a su vez, fue- ron militares, políticos y escritores, que vi- vieron en la segunda mitad del siglo xviii y

algunos alcanzaron los primeros años del

xix. Sus nombres son todos conocidos y de

un atractivo enorme para el historiador y para cualquier mente mínimamente nove- lera: el duque de Lauzun, el vizconde Jose- ph-Alexandre de Ségur, el duque de Bris- sac, el conde de Narbonne, el caballero de Boufflers, el conde Louis-Philippe de Ségur y el conde de Vaudreuil. Éstos, junto con una fecha, 1789, son los ejes sobre los que pivota la obra, pero hay que sumarle mu- Benedetta Craveri:

Los últimos libertinos

Traducción de Mercedes Corral Siruela, Madrid, 2018

464 páginas, 27.90 € (ebook 11.99 €)