Capítulo V. El desarrollo neonatal
2. La relación de la madre con el recién nacido
Entre el recién nacido y la madre debe tejerse un estrecho lazo de relaciones que expandan y complementen las que han ido constituyendo la fase prenatal. Estas relaciones, como ya se dijo, ni son sólo biológicas ni sólo psicológicas; son típicamente psicobiológicas. Pongamos por caso el amamantamiento y la ter- morregulación. A través del primero la madre realiza una función que podría considerarse exclusivamente biológica: nutrir a su niño o niña. Pero la situación de amamantamiento (la posición de la criatura sostenida por la madre, las mira- das mutuas que se dedican, lo que la madre dice al bebé, el contacto corporal, etc.) va mucho más allá del análisis que un biólogo (o un especialista en dietética) podría hacer de este acto. K. Kaye (1982) ha mostrado que el hecho de que las criaturas humanas interrumpan su chupeteo al mamar da pie a que las madres les dirijan palabritas cariñosas o les hagan bailotear para que acabe de “pasar” la leche. Comentaremos más adelante (cap. XI) cómo a partir de aquí el acto biológico de la nutrición se acompaña de un pequeño ritual social. En otras pa- labras, de la situación de amamantamiento emana la relación psicológica inter- personal. No es estrictamente necesario, para conseguir estos efectos, que el amamantamiento sea dar de mamar el niño la leche materna. Al margen de lo cual, hoy día los especialistas son unánimes en celebrar las excelencias de ésta frente a todos los sucedáneos.
En un congreso de pediatría, habido en Mónaco en 1978, sobre la alimentación del recién nacido, se ha reconocido que “la leche de la madre, de estructura física y quí- mica sumamente compleja, contiene todas las proteínas, azúcares, grasas, electrolitos, vitaminas, enzimas, hormonas indispensables a un crecimiento armonioso y propor- cionado del bebé. Contiene asimismo los elementos que regulan este crecimiento. [...] La leche humana contiene también elementos inmunológicos que ayudan a la criatu- ra a luchar contra los microorganismos que le invaden y en particular contra los gér- menes causantes de la diarrea”. (Le Monde, 26/04/1978).
El segundo aspecto a que hemos aludido es la termorregulación. Las crías de mamífero necesitan calor que la madre les proporciona con su contacto piel a piel. También la cría humana, aunque a ésta se la cubra de ropas (lo cual segu- ramente no sucedía en los comienzos de la humanidad). Pero la psicología ha demostrado (las célebres experiencias de Harlow ) que el contacto piel a piel
tiene otros efectos sedantes y de equilibrio psicológico. Éste es otro caso de “ex- pansión” de una función primitivamente biológica hacia el campo psíquico. En los años 70, en algunas clínicas maternales de Estados Unidos y de Suecia tam- bién se ha hecho la experiencia de colocar a los recién nacidos desnudos, sobre el cuerpo de la madre en estrecho contacto, piel a piel, poco después del parto. No es evidentemente el aspecto termorregulatorio el que instigaba esta práctica sino evaluar sus posibles beneficios psicológicos.
Winberg y De Château, después de una experiencia con madres –a unas se les dieron los cuidados habituales y a otras se les proporcionó el contacto “intensivo”– conclu- yen que este último determina pequeñas –pero significativas– diferencias en la mane- ra como la mamá y la criatura se adaptan mutuamente en los primeros meses de vida. Nuestros autores suponen que en esos momentos en que el pequeñín yace desnudo sobre el cuerpo también desnudo de su madre, es abrazado por ella, escucha su voz cariñosa y hay un encuentro de miradas (las del niño aún muy difusas), se produce un intercambio de señales primerizas que van a desencadenar en la madre el comple- jo de conductas de crianza que se sincronizarán exquisitamente con los requerimien- tos del niño. La lanzadera que teje la relación madre-hijo comienza su vaivén en condiciones óptimas. ¿Es entonces necesario este plus de contacto entre madre y re- cién nacido para conseguir un mejor primer desarrollo? La investigación de Winberg y De Château nos dice que las diferencias que habían constatado al comienzo en los niños no eran ya perceptibles al cumplir los 3 años. Un contacto intensificado (piel a piel) facilita, pero no es conditio sine qua non para que se establezca una excelente relación entre una madre y su bebé.
Esta situación de contacto intensificado puede asimilarse a lo que Mary Catherine Bateson (1979) ha llamado contextos de aprendizaje. Son, dice ella, situa- ciones en que se dan unos reajustes de comportamiento (aprendizajes) en un tiempo brevísimo y con eficacia máxima. En realidad son los contextos en que emergen comportamientos muy bien adaptados a las nuevas situaciones que el in- dividuo (animal o humano) tiene que hacer frente en su desarrollo. M.C. Bateson postula que “el efecto que se consigue es ajustado e indeleble porque la atención está de tal manera estructurada que recoge sólo los detalles más relevantes y ex- cluye los otros”. ¿No es esto quizás lo que ocurre cuando la madre contempla por vez primera a su recién nacido bebé y, más aún, si tiene la oportunidad de apre- tarlo contra su cuerpo? ¿No son esas señales primerizas de que hablan muchos autores las que desencadenan quizás complejos de conducta materna mejor es- tructurados y más adaptados a sus criaturas?