Existe en el imaginario social la creencia de que en algún momento de la historia del mundo desarrollado, en cualquier caso antes de la revolución industrial, grandes familias extensas de tres y cuatro generaciones convivían bajo el mismo techo. En aquella época, las familias eran entornos seguros en los que los niños eran cuidados y atendidos cariño- samente por sus madres y mantenidos y educados por sus padres. Los ancianos eran
respetados por todos los miembros del clan familiar. Los varones ejercían su autoridad mo- ral sobre la familia aconsejando y resolviendo los posibles conflictos gracias al bagaje de su larga experiencia vital. Las mujeres mayores cumplían el papel de orientadoras en las labores de crianza de los niños y cuidado del grupo familiar. Cuando los mayores enfer- maban o perdían sus capacidades a consecuencia de su avanzada edad, eran cuidados y protegidos por la familia hasta su muerte, sin que, durante ese tiempo, disminuyeran el cariño y el respeto con el que eran tratados. Esta familia ideal o mítica no se corresponde con ninguno de los modelos de familia que se conocen a través de la historia; si acaso tie- ne ciertos elementos que la acercan a la familia patriarcal en la que esposa e hijos se so- metían a la dictadura del pater familias, que mantenía en exclusiva la propiedad de los bienes familiares (tierra, ganado, etc.) y detentaba un poder absoluto sobre todos y cada uno de los miembros de la misma: decidía sobre el presente y futuro de sus miembros, acordaba casamientos, distribuía o no, la herencia, etc. No obstante, esta creencia en la existencia de una remota familia ideal ha ido convirtiéndose en una suerte de paraíso fa- miliar perdido adornado de felicidad y bondad. El otro mito que acompaña al del paraíso familiar perdido es el de que las familias actuales son familias nucleares aisladas e insolida- rias con el resto de la familia extensa.
La unión de estas dos ideas ha construido una imagen social de la familia en que la in- terdependencia padres-hijos se rompe al llegar éstos a la edad adulta y que presenta a las personas mayores abandonadas a su suerte, sin apenas contacto con sus descendientes y cuyas necesidades sólo son atendidas por las instituciones. Cualquier persona joven con abuelos o adulta con padres mayores sabe, por experiencia directa, que esto no es así. Sin embargo, continuamos considerando que sí lo es para la sociedad, como indican algunos datos interesantes: según el CIS (2001), los españoles consideran que la sociedad percibe a las personas mayores fundamentalmente como molestas (33,9 por ciento), inactivas (23 por ciento) y tristes (12,5 por ciento); mientras que la imagen personal que los mayores tienen de sí mismos los caracteriza como divertidos (26,6 por ciento), tristes (23,6 por ciento) e inactivos (20,9 por ciento). En cuanto al trato que la sociedad da a las personas mayores, la población de todas las edades considera que los trata con indiferencia en un 47,2 por ciento, bien en el 30 por ciento y mal el 17,5 por ciento; no opinan lo mismo las personas mayores, que afirman que se les trata bien en un 40,6 por ciento, con indi- ferencia el 36,7 por ciento y mal el 16,1 por ciento.
Respecto a la idea de los mayores aislados y sin apoyo familiar, diferentes datos indi- can que no es acorde a la realidad: las dos terceras partes de las personas mayores man- tienen contactos cotidianos con amigos o parientes (Pérez Ortiz, 2002), el 37 por ciento de los hijos ven diariamente a sus padres mayores y el 27 por ciento de los padres ven a sus hijos (Iglesias de Ussel, 1994); el contacto telefónico diario entre padres e hijos es ma- yor (40 por ciento) que las relaciones cara a cara. La idea que se tiene, independiente- mente de la edad, respecto al cuidado de los padres mayores es que es asunto de los hijos y que la responsabilidad de los hijos, del Estado y el papel de los servicios socio-sanitarios no son excluyentes, sino complementarios (Pérez Ortiz, 2002). Como se puede compro- bar, los datos no apoyan los mitos que se mantienen sobre las relaciones de los mayores con su familia y, aunque muchos de los papeles propios de ésta se han ido redefiniendo a lo largo de los años, no por ello han disminuido.
Cuando los hijos son adultos, las relaciones con los padres suelen mejorar debido en parte a la propia maduración de los hijos, pero también a que los elementos de mayor con- frontación entre padres e hijos desaparecen al independizarse éstos. Los hijos, al pasar por la experiencia de la maternidad/paternidad, comprenden mejor a sus padres y valoran más los esfuerzos que realizaron en el pasado y la ayuda que representan en el presente. En cuanto a los padres, cuando los hijos son adultos las relaciones son también más satisfac- torias, puesto que se sienten orgullosos de los logros de sus hijos adultos. Su autoestima mejora por el éxito de sus hijos; padre y madre se sienten satisfechos y consideran que han realizado bien su labor como padres. Las relaciones entre padres mayores e hijos adultos son beneficiosas para ambos: los padres se benefician de la relación con la cohorte puente obteniendo información y consejo sobre los nuevos movimientos culturales, con los que no tendrían relación por sí mismos, mientras que los hijos adultos jóvenes reciben de sus padres ayuda material y consejos y, cuando los padres los tratan como adultos, aumenta su autoestima y la confianza en sí mismos (Berger y Thompson, 2001). La relación paren- to-filial entre mayores y adultos se asienta sobre la solidaridad intergeneracional o, lo que es lo mismo, el compromiso de interdependencia entre las generaciones adultas de la mis- ma familia. Esta solidaridad se puede manifestar de diferentes formas, según señalan Man- gen, Bengston y Landry (1988):
Solidaridad asociativa: aunque padres e hijos no suelen vivir juntos, se dan interac - ciones frecuentes entre ellos, como ya se ha visto anteriormente. La mayor parte de los adultos ofrece a sus padres diversos tipos de apoyo: afectivo, económico, etc., y mantie- nen con ellos contactos frecuentes o muy frecuentes: bien sean visitas diarias, bien sean llamadas telefónicas y, en los casos en que es necesario, cuidan de ellos. En general, las hi- jas casadas parecen mantener lazos más estrechos con sus padres que los hijos casa dos (Troll, 1986). La matrifocalidad de la familia implica que las parejas de mediana edad sue- lan estar más unidas a la familia de la mujer que a la del marido. En las relaciones entre padres e hijos, la frecuencia por sí misma no implica satisfacción, sino que puede ser un indicativo de la existencia de problemas en la familia de los adultos (necesidades econó- micas, divorcio, etc.) o en la pareja mayor (generalmente enfermedad y/o dependencia). La calidad de las relaciones es, cuando menos, igual de importante. Comentar los problemas, contarse cosas, intercambiar opiniones y ofrecerse mutuo apoyo psicológico mejora la au- toestima de los padres (Spitze, Logan, Joseph y Lee, 1994). Una forma de evaluar estos as- pectos es el nivel de satisfacción familiar que manifiestan los mayores, que en nuestro país era, en el 2001, de 8,08 sobre 10, según los datos del CIS.
Un aspecto importante de la solidaridad asociativa es la existencia de cohabitación, el hecho de que compartan la vivienda las distintas generaciones. En España, la mayor par- te de las personas mayores viven en su propia casa; de ellos, un 12,6 por ciento viven so- los y un 35,5 por ciento con su pareja, y sólo el 14,6 por ciento viven en casa de algún hijo. Cuando una persona mayor vive en casa de al gún hijo, suele ser por razones eco- nómicas, salud delicada o la pérdida reciente de la pareja, por lo que podemos conside- rar que es una opción en situación de crisis más que una preferencia. Actualmente, las personas mayores y sus hijos de mediana edad prefieren mantener hogares indepen - dientes —aunque próximos— durante el mayor tiempo posible, lo que se ha denomina- do intimidad a distancia. Sólo el 10,1 por ciento de los mayores de 65 años desean vivir
con sus hijos u otros familiares, frente al 83,5 por ciento que prefieren vivir en su casa (CIS, 2001). La opción por mantener la independencia en la vejez parece estar muy asen- tada en la población de nuestro país, ya que vivir en la propia casa cuando se sea viejo es la opción preferida para la mayoría de las personas, independientemente de su edad o sexo (73,4 por ciento). La preferencia de las personas mayores por mantenerse en su propia casa no cambia de forma importante cuando se plantea la hipótesis de un futuro en el que precisaran ayuda; el 72 por ciento de los mayores de 65 años preferirían seguir en su pro- pia casa adaptándola frente a cualquier otra posibilidad, y sólo porcentajes residuales de este grupo de edad optarían por ir a casa de algún hijo. En los casos en que se opta por la convivencia, los padres prefieren vivir en casa de una hija soltera mejor que en la de una casada, y prefieren hija a hijo para vivir con ellos.
Solidaridad afectiva: los datos actuales indican la existencia de altos niveles de afecto entre los padres que envejecen y sus hijos visto desde las dos generaciones (Rossi y Rossi, 1990). Los padres no dejan de ejercer como tales por el hecho de ser mayores; muchas ve- ces su identidad fundamental como adultos gira en torno al papel de padres y las tareas de crianza (Belsky, 2001). Los padres siguen queriendo a sus hijos, preocupándose por ellos y ayudándoles durante todo el tiempo que pueden. Los hijos, por su parte, no sólo quieren a sus padres, sino que van responsabilizándose de su bienestar personal y desa rrollan lo que se ha denominado madurez filial. Ésta no es la inversión de roles, sino que significa que el hijo ve a los padres como individuos que, aunque puedan necesitar apoyo y ayuda, siguen siendo adultos con sus propias necesidades, derechos e historia personal. La madurez filial es una de las exigencias que, en la mediana edad, conforman el rol de hijo.
En las relaciones paterno-filiales existen una serie de aspectos que pueden incrementar el ni vel de estrés en los hijos y que se produzca mayor tensión en la relación. La tensión suele manifes tarse en forma de agotamiento físico o emocional y en la sensación de que es imposible satisfacer al padre/madre. Los factores que más incrementan el nivel de estrés son: que los padres lleguen a una edad muy avanzada, que se produzca en ellos un dete- rioro serio de la salud, o que exista una disminución marcada de su capacidad cognitiva. Para los hijos resulta difícil entender estos cambios en sus padres y lo que implican de de - pendencia y, en el caso de los deterioros cognitivos, su significado (incapacidad, demen - cia...). Son cambios difíciles de aceptar, por el deterioro que suponen en la imagen de los padres que tienen los hijos y porque implican tener que admitir que son ellos, en vez de sus padres, quienes tie nen que ser ahora los fuertes. Este tipo de situación suele producir en los hijos de mediana edad sentimientos de desilusión, ira y culpabilidad. Aunque cada vez son más las personas que viven hasta edades muy avanzadas, para algunos adultos las necesidades de los padres mayores parecen entrar en la categoría de las exigencias no nor- mativas y no anticipadas. No esperan tener que cuidar de sus padres; ignoran la posibili- dad de que sus padres enfermen y rara vez lo planifican con antela ción y, cuando no se pueden negar, lo perciben como una interferencia con sus otras responsabilida des y pla- nes. No obstante, para la mayor parte de los adultos, el cuidado y la atención a los padres se está convirtiendo en un acontecimiento normativo propio de la mediana edad, y como tal se espera y se anticipa (Brody, 1985).
Solidaridad funcional: se refiere a los cuidados mutuos que se comparten entre padres e hijos. Cada generación ayuda a la otra en momentos de crisis (problemas
económicos, divorcio, enfermedad, etc.). Los padres ayudan más a los hijos en los prime- ros momentos de su vida independiente, sobre todo en el momento de iniciar una fami- lia. En esta época los padres son las personas a las que se acude principalmente para pe- dir dinero y consejo; también son los principales recursos para el cuidado de los niños cuando los horarios escolares no son compatibles con los laborales o en los fines de se- mana. Cuando los nietos crecen y los hijos están en la mediana edad, el flujo de ayuda de padres a hijos es menos abundante y suele comenzar a cobrar importancia la ayuda desde los hijos hacia los padres, sobre todo cuando éstos son muy mayores o están enfermos. En general, los padres y sus hijos adultos mantienen un in tercambio activo de dinero, ayuda y consejo durante toda la vida, en el que los padres prestan más ayuda y di nero a sus hi- jos y los hijos dan más apoyo emocional, ayuda en tareas domésticas, información sobre los recursos disponibles y aten ción en situación de enfermedad.
Atender a los padres enfermos o muy mayores es una tarea que los hijos consideran responsabilidad propia; de hecho, el 40,7 por ciento de los cuidadores de personas ma- yores son hijos de aquellos a quienes atienden. El perfil del cuidado a personas mayores en nuestro país es el de mujer (61,3 por ciento) de entre 35 y 54 años (42,2 por ciento) que presta su ayuda diariamente (60 por ciento). Aunque las personas mayores prefieren que les cuide su cónyuge en caso de necesitarlo, la siguiente opción a gran distancia de to- das las otras posibles son los hijos, y prefieren hijas que hijos (CIS, 2001). Para muchas de estas mujeres, el cuidado de sus padres mayores enfermos coincide con otras respon- sabilidades familiares y laborales —la triple jornada laboral a la que ya aludimos al hablar de los adultos—, lo que hace que esta época de sus vidas sea, para muchas, la más estre- sante. Las hijas tienden a pensar que no hacen lo suficiente, que el hecho de compatibili- zar el cuidado de sus padres con otras actividades les impide dedicarles el tiempo necesa- rio y, cuando acuden a la ayuda remunerada, a los centros de día o ingresan a los padres dependientes en una residencia, se sienten culpables. Este sentimiento se basa en una idea falsa hija del mito del paraíso familiar perdido, la de que el cuidado de los mayores era an- tes una tarea tan pesada o más que ahora. Esta idea no es cierta: aunque ahora existan ayu- das institucionales en mayor medida que en otros momentos, la tarea de cuidar a los ma- yores dependientes nunca ha sido tan gravosa ni tan duradera como ahora, cuando la mayor longevidad trae consigo más probabilidades de deterioro y enfermedades poten- cialmente invalidantes. Nunca como ahora los hijos han envejecido junto a sus padres.
La suma de sobrecarga y culpabilidad hace que muchas familias se planteen la conve- niencia de que la mujer deje su trabajo o reduzca su jornada laboral (Casado y López i Ca- sasnovas, 2001), para así atender mejor a los padres ancianos. Ello puede llevar a la mu- jer y a toda la familia a una situación de elevado estrés, con el resultado previsible de depresión, problemas de salud, ansiedad, irascibilidad y abandono de rol, lo que se cono- ce como burn out o síndrome de quemamiento. Aunque se ha hecho hincapié en los efec- tos negativos del cuidado de los padres mayores, no se puede afirmar que este sentimien- to de sobrecarga se dé en todos los casos. La carga que experimenta la persona está en función de diversos factores: la intensidad del cuidado que el padre/madre necesita, el nú- mero de roles adicionales que la mujer debe asumir simultáneamente y los sentimientos que suscita la persona enferma (Belsky, 2001). Una historia de relación parento-filial en la que destaquen el amor y la aceptación puede hacer menos estresante el cuidado de los
padres dependientes. El recuerdo del amor y la dedicación de los padres puede incre- mentar los deseos de reciprocidad en los hijos. No se debe olvidar que el apoyo a los an- cianos tiende a estar basado en sentimientos de amor y afecto, o en sentimientos de obli- gación y responsabilidad, o en la conjugación de ambos. Cuanto más se basa en el amor, más probabilidades hay de evitar los dos efectos más indeseables de esta situación: el que- mamiento del cuidador y el maltrato de la persona mayor.
Solidaridad normativa: aunque las personas mayores dicen no esperar recibir ayuda de sus hijos, y en general esperan que sea su cónyuge quien les atienda en caso de nece- sidad, se ha comprobado que se dan en las familias actuales altos niveles de responsabili- dad filial. Existe, no obstante, una gran heterogeneidad en las normas de responsabilidad filial, dependiendo de los grupos culturales. Una revisión de los distintos trabajos que exis- ten al respecto nos muestra diferencias entre Estados Unidos y Europa, entre la Europa del norte y la del sur, entre grupos étnicos y entre sociedades urbanas o rurales. Por tanto, se puede considerar que, aun existiendo, las expectativas sobre el contacto, el afecto, el acuerdo y la ayuda entre generaciones varían de forma importante de unos grupos a otros, lo que indica que todavía no se ha respondido socialmente al reto que supone el aumen- to de personas mayores. Muy posiblemente ahora se están construyendo las nuevas formas sociales de ser mayor y de ser adultos con padres mayores, porque nunca se habían dado las condiciones familiares que se dan ahora. En la Gráfica 6.2 se muestra la situación de intensa convivencia de la familia trigeneracional.