3.1. P EDAGOGÍA DE LA FE
3.2.1. Gál 1,11-12.16c “Not according to human criteria” o la resignificación de la
3.2.1.2. Repensar la revelación de Dios (Gál 12c.16)
Que la experiencia de la revelación de Dios de su Hijo en Pablo (1,12c.16) implique pedagógicamente al quehacer teológico es posible, y de hecho lo proponemos en estos términos:
la revelación de Dios en tanto que se hace comunicable, trasmisible, aprehensible al ser humano ha de resignificarse en el quehacer de la teología en términos de palabra y acontecimiento performativo, mayéutica histórica y experiencia poética. Pero antes de entrar
en su desarrollo, haremos una síntesis de la categoría de revelación a partir de la mentalidad bíblica y el pensamiento paulino, dado que la consideramos metodológicamente procedente para las consecuencias de la pedagogía de fe de la manera cómo Dios se revela.
En la mentalidad bíblica, “la revelación bíblica está configurada por tres términos: Palabra (dabar), Alianza (Berit) y Ley (Torah), los cuales forman una constelación inseparable.
11 Ibidem, 174.
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Procedentes de Aquél cuyo nombre (ha-shem) es impronunciable (YHWH), la revelación se hace visible en su asamblea (Qahal). El Pueblo es la manifestación visible de esa revelación. Sin Pueblo no hay manifestación de la gloria de Dios”13. En otras palabras, no es un concepto,
sino acontecimiento-palabra, manifestación, experiencias de palabra que se historizan expresando la voluntad de Dios para su pueblo, donde la dabar, se hace promesa, Torah, tsedaqah y mispat. Es elección unilateral, promesa contenida en una persona de la cual emergerá un pueblo, una comunidad ampliada y universalizable que será reputada por su obediencia y justicia (Gn 12,1-6; 15, 1-6). Pero también es acontecer de Dios en el Sinaí (Ex 3-4; 20, 2-7; 34,28) y en la cual se destaca la manera cómo Dios se revela: de manera imprevisible, a la intemperie y gratuita, donando posibilidades (tierra, libertad, ley) y capacitando al ser humano para que constituya la identidad de la comunidad desde el querer de Dios y en condiciones de justicia e igualdad para el nativo y el extranjero, abierta a los confines de la tierra.
En la tradición cristiana, la revelación de Dios se hará rostro y corporalidad: “…lo más significativo de la revelación cristiana no es el carácter omnipresente de la Palabra, - que integra tanto el logos griego, en su condición de estructura de inteligibilidad del mundo, como el Dabar bíblico en tanto presencia actuante de Dios en la historia -, sino que haya devenido carne y rostro en una persona”14. En este sentido, la revelación de Dios no es sólo continuidad con el
designio salvador de Dios que ahora se ha hecho persona, sino que esa Persona misma es ruptura, discontinuidad con la tradición misma. Dicho de otro modo, Jesús no sólo es discontinuidad, sino irrupción de Dios en la historia humana, e irrupción que revela al hombre así mismo, que lo descifra y transfigura. Dios se implica, por derecho en la condición humana, porque el mismo se ha hecho humanidad vulnerable, que salva y humaniza desde “el humus y lo fontal” humano, movido por el Espíritu.
En Pablo, el encuentro que le cambió y transformó la vida tuvo lugar y es descrito como una revelación de Dios (1,1), de Jesucristo (1,12) y de Dios de su Hijo en él (1,16) de carácter soteriológico. “Si Pablo concibe la revelación como una comunicación salvadora, ésta se ha hecho ya desde antiguo, desde el propio Abraham hasta llegar a la revelación de su justicia en que consiste el Evangelio”15. Por tanto, cuando él habla de su experiencia de vocación como
13 Melloni, Javier. Vislumbres de lo real: religiones y revelación. (Barcelona: Herder, 2007), 44. 14 Ibidem, 50.
15 Pastor-Ramos, F. Para mí, vivir es Cristo: teología de san Pablo: persona, experiencia, pensamiento, anuncio. (Estella-Navarra: Verbo Divino, 2010), 212.
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una experiencia de revelación, quizá esto sea lo más fundamental de su teología. Habla de la revelación también como una experiencia de tipo mística (2Cor 12,1-7) aunque se distancia paulatinamente de estas experiencias (2Cor 12,6-10). Por otra parte, es más común de Pablo relatarla en términos de gracia y de poder divino que posibilita la transformación de la vida en su cotidianidad (Gál 1,15-17) por medio de la justicia del Evangelio (Rm 1,16) y para la eficacia de su ministerio (1Cor 15,10).
Pablo no escatima letra apasionada para reconocer que toda su vida, identidad y espiritualidad (Rm1,9-10), ministerio y filiación (Gál 4,6), así como la vida y la identidad de la comunidad y sus frutos (Rm 1,5; 5,5) tienen su fundamento en Dios, y de manera exclusiva en la revelación de Dios de su Hijo en él (1,16), vino al él “en el rostro de Cristo” (2Cor 4,6), experimentado en la debilidad (2Cor 12,9), donde la gracia y el amor de Dios llegan a su expresión definitiva y culminante en Cristo (Rm 5,8.15; 8,39). En definitiva, el carácter mismo de la revelación de Dio en Pablo radica en su herencia hebrea: Dios es uno, creador del cosmos y juez final de la historia. La tensión clave de su teología tiene su raíz en el punto de inflexión de esta: es el Dios de Israel quien lo ha llamado para la predicación a los gentiles. De esta manera Pablo, para hablar de Dios y su revelación no sólo integra rigor intelectual, eficacia comunitaria y misionera, sino experiencia personal16.
Pues bien, con este recorrido ¿cómo resignificar la revelación de Dios de tal manera que pueda ser comprensible, cognoscible, comunicable, trasmisible y pedagoga? En primer lugar, experienciando la dabar-shemá de Dios como revelación (Gál 1,12). La tradición veterotestamentaria lee la revelación como acontecimiento de una manifestación libre, soberana, posibilitante y capacitante de Dios al ser humano, y el eje central de esta experiencia es la palabra. “Por eso la consigna predomínate será siempre «Escucha, Israel». De los patriarcas a los jueces, de la monarquía al profetismo, la acción reveladora de Dios es alianza, encuentro y presencia”17. La gramática de la Shemá tiene la noción de dabar como acción
performativa: Dios actúa en su hablar mismo al ser humano18. He aquí la primera consecuencia pedagógica de la palabra como revelación, su carácter performativo.
16 Dunn, J. Theology of Paul the Apostle. (Michigan, Cambridge: Eerdmans Publishing, 1998), 48-50.
17 Vide Rodríguez, Vicente. “¿Qué queremos decir cuando decimos Palabra de Dios? La revelación como palabra de Dios”, En Vide Rodríguez, Vicente. - Arens, Eduardo y Arbiol, Carlos Gil. Biblia y Cultura. (Bilbao: Publicaciones de la Universidad de Deusto, 2008), 12.
18 Kapelrud, Arvid. “La teología de la creación en el Antiguo Testamento”, Selecciones de Teología, Vol. 20. No. 78. (Abr-jun.-1981), 108-112.
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Por último, es la palabra profética donde se expresa con mayor nitidez y responsabilidad la revelación de Dios dado que penetra el insight del corazón humano y el insight de la realidad
histórica. Ezequiel rumia la palabra la vida (Ez 3,1-3). En Jeremías, Dios no sólo en boca del
profeta su palabra, sino que la inscribe en su corazón haciéndola condición humana. En otros términos, la palabra de Dios personaliza, socializa y humaniza. Dios nos capacita para em-
palabrar la vida y conferirle identidad y sentido; sentidos de dignidad, justicia, derecho. La
palabra de Dios como revelación posibilita que el quehacer teológico no se convierta en ideología, en cinismo, en demagogia intelectual, ya que está exigido leer la palabra de Dios como acontecimiento libre y novedoso. He aquí la dimensión pedagógica liberadora del quehacer teológico como oyente de la palabra, al mismo estilo de K. Rahner.
En segundo lugar, entender la revelación de Dios de su Hijo en lo humano (Gál 1,16) hemos de entenderla como mayéutica histórica y posibilitación humana. Dios no se revela a “pedacitos” o de manera “fragmentada”. Dios se revela en la totalidad de la persona, y podemos decirlo de manera análoga, lo hace en la totalidad de la comunidad humana. Si de lo que se trata es de “caer en la cuenta” de cómo Dios se revela en lo humano, y que ya no lo hace “desde afuera” y “desde arriba”, como irrumpiendo arbitrariamente la pasividad humana, sino de lo que se trata es traer a la luz (praxis pedagógica) la realidad más íntima y profunda de sujeto: su propio ser19. Si el quehacer teológico no posibilita esta lucidez en la vida su propio quehacer y se hace traducible en la constitución teologal de la gente común y corriente, no es un quehacer lúcido, sino confuso y más aún, obtuso. Caer en la cuenta de que Dios no se revela en las “cosas” sino en lo humano, es lo constitutivo de la experiencia no sólo de Pablo, sino de las comunidades que en las que tiene lugar tal acontecimiento en el hoy de la historia.
Que Dios revele a su Hijo en la condición humana es expresar que la vida misma de su Hijo es su vida, y desde él se siente comprometido hasta las “entrañas” con la historia misma del ser humano, en sus ambigüedades, en sus búsquedas, en sus avatares, en su construcción de proyectos compartidos, en la misma apertura de ese ser humano al Dios mismo. Por tanto, el quehacer teológico ha de ocuparse seriamente de la revelación no como “factum” sino que ha de llevar hasta sus posibilidades más últimas la humanización de Dios en Jesús, el Cristo, y en el cual llega a su culmen, desde la perspectiva cristiana, la manifestación revelatoria de Dios. En este sentido, la revelación es mayéutica histórica “porque sólo tiene lugar en la acogida
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humana que se realiza y avanza en el tiempo y acontece en la realización intrínsecamente histórica del ser humano”20. Y es posibilitación humana salvífica en la medida que actúa desde
dentro del corazón humano y la realidad del mundo. Dios se revela fundamentalmente en la existencia y lo hace de manera salvífica dado que somos los únicos seres susceptibles en captarla (hasta los momentos).
En tercer lugar, el quehacer teológico como pedagogía de fe está llamado a comprender la revelación de Dios como acontecimiento poético (creativo). La revelación es consistente y totalmente compatible con una ética de la autonomía, y el mundo del texto y sus sentidos, pueden crear escenarios antropológicos y narrativos para el desarrollo de una comprensión de la revelación como experiencia no violenta. Paul Ricoeur, lo expresaba: “en lugar de establecer una idea de la revelación desde la fenomenología de la percepción propone directamente comenzar por la manifestación del mundo por el texto y la escritura”21. Por tanto, “la Revelación
de Dios, si la expresión tiene algún significado, según Ricoeur, es una característica fundamental del mundo bíblico. Un mundo propuesto - al frente – del texto bíblico y se designa de manera diversa: una nueva creación, una nueva Alianza, el Reino de Dios”22.
En último término, la revelación no solamente habla de Dios, sino que también habla del ser humano. Dios no sólo nos da a conocer quién es Él, sino que nos da a conocer también quienes somos nosotros. La revelación de Dios fundamentalmente no tiene que ver con lo que Dios da,
sino con la forma como Dios se da. Por tanto, la revelación se capta, a partir de la comprensión
de lo que caracteriza al ser humano en su estructura de conocimiento, de simbolización, de celebración y de comunitariedad. Esta es la implicación de la pedagogía fe del quehacer teológico al tratar la revelación como hermenéutica y poética.
3.2.2. Gál 1,13-14. Repensar la cultura y la pedagogía como lugares teológicos o la