Aunque no tenía qué escribirte, sin embargo, no he podido [1] dejar de darle algo a Caninio26 cuando va a tu encuentro. ¿Qué es entonces lo mejor para escribirte? Creo que lo que deseas es que yo pueda ir a tu encuentro27 rápidamente. No obstante, considera, por favor, si tenemos bastante razón para permanecer en este sitio28, mientras la ciudad padece un incendio tan grande. Daremos respuesta a aquellos que ignoran que nosotros en cualquier lugar que estemos mantenemos el mismo estilo y género de vida. Pero ¿qué importa? Volvamos a nuestra conversación. En mi opinión, hay que esforzarse para que, cuando todos están inmersos en cualquier género de crímenes y delitos, nuestro reposo no sea censurado a cada uno por separado o a los dos juntos.
Prescindiendo del desconocimiento propio de los bárbaros, [2] yo te seguiré29. Pues, aunque la situación actual sea mísera —y realmente es muy mísera—, sin embargo, nuestras actividades literarias, no sé de qué modo, parecen reportar ahora frutos más ricos que los que antes daban, o bien porque ahora no descansamos en ninguna otra actividad, o bien porque la gravedad de la enfermedad hace que necesitemos una medicina y ésta es la que ahora aparece, cuyo efecto no percibimos cuando nos sentimos bien.
Pero ¿por qué te hablo ahora de estas cosas a ti en cuya casa han nacido? ‘Una lechuza para Atenas’30. Con la única intención, evidentemente, de que me contestes algo por escrito y de que me esperes. Así lo harás tú, por tanto.
177 (IX 2)
(Roma, en torno al 20 de abril del 46)
Cicerón a Varrón.[1] Puesto que tu amigo Caninio, que también lo es mío, vino a visitarme bien entrada la noche y me dijo que al día siguiente por la mañana iría a verte, le dije que le daría una carta y le rogué que me la pidiera por la mañana. Escribí la carta31 por la noche pero no volvió a casa; a buen seguro se había olvidado. Te habría incluso enviado esta misma carta con mis esclavos, de no haberme enterado por Caninio de que al día siguiente ibas a marcharte de Tusculano32. Pero he aquí que Caninio viene de repente unos días después por la mañana, cuando menos lo esperaba, y dice que sale inmediatamente a tu encuentro. Aunque la carta ya estaba ‘caducada’, especialmente después de que han llegado tantas noticias33, sin embargo, no quise que mi trabajo nocturno se perdiese y se la di a Caninio. Pero comenté con él estos sucesos que creo que te habrá transmitido detalladamente, por ser un hombre sabio y muy amigo tuyo.
de los hombres si es que no podemos evitar fácilmente sus lenguas34. Pues los que se enorgullecen con la victoria nos contemplan casi como vencidos, mientras que a los que llevan a mal la derrota de los nuestros les duele que nosotros estemos vivos. Quizá me preguntes por qué, dada la situación en la ciudad, no estoy lejos como tú. Y es que tú, que nos aventajas tanto a mí como a los demás en prudencia, has visto, creo, de todo, y nada te ha engañado. ¿Qué Linceo35 hay que ser para no tropezar en una oscuridad tan grande con alguna cosa, para no chocarse alguna vez?
Ya hace tiempo que me viene a la cabeza lo agradable que [3] sería salir a cualquier lugar para no ver ni oír las cosas que se hacen y se dicen aquí. Pero me equivocaba y me decía que quien acudiera a mi encuentro, según le viniera bien a cada uno, iba a sospechar y, aunque no sospechase, a decir: «o este hombre tiene miedo y rehúye alguna cosa, o tiene un proyecto y la nave bien dispuesta»36. En fin, quien apenas hubiera sospechado y quien, quizá, me conociera mejor habría pensado que yo me alejaba por el hecho de que mis ojos no pueden soportar a ciertas personas. A pesar de todas estas suspicacias yo sigo en Roma todavía, y más aún cuando esta prolongada costumbre ha endurecido ‘sin darme cuenta’ mi bilis.
Aquí tienes la razón de mi conducta. De ahí que te sugiera [4] que permanezcas oculto en el mismo sitio37, en tanto que llega a ebullición esta muestra de agradecimiento, hasta que nos enteremos al mismo tiempo de cómo ha acabado este asunto38. Pues pienso que debe haberse acabado. Sin embargo, puede ser más interesante saber cuál será el estado de ánimo del vencedor y cuál el resultado de las hostilidades. Aunque sé adónde me puede llevar mi conjetura, sin embargo, quedo a la espera.
[5] En cuanto a ti, no quiero que viajes a Bayas39, a no ser que el rumor se haya quedado afónico espontáneamente. Pues nos resultará más honroso, incluso cuando salgamos de aquí, dar la impresión de que hemos ido a estos sitios más para llorar que para nadar. Pero tú puedes valorar estas cosas mejor que yo, con tal de que tengamos el firme propósito de vivir conjuntamente entregados a nuestros estudios —en los que antes buscábamos placer tan sólo, pero ahora incluso salvación40— y de no faltar, si alguno quiere contribuir a construir la República, no sólo como arquitectos sino también como obreros, y sobre todo acudir corriendo a este fin de buen grado. Y si a nadie le interesa nuestra colaboración, nos propondremos entonces escribir y leer los libros Sobre
Política41 y servir al Estado, si no en la Curia y el Foro, al menos con nuestros escritos y lecturas como hicieron los antiguos más sabios, e investigar sobre costumbres y leyes42. Éste es mi parecer. Me resultará muy grato si me escribes qué piensas hacer y cuál es tu opinión.