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Ruego que estemos a la altura de nuestro llamamiento de edificar a los demás, a fin de prepararlos para su glorioso servicio

Para los élderes, será esencial tener una gratitud profunda para cumplir totalmente su función en el servicio del sacerdocio. Ustedes recordarán los días en que, como diáconos, maestros o presbíteros, quienes tenían el sacerdo-cio mayor los animaban y alentaban en su trayectoria en el sacerdocio.

Todo poseedor del Sacerdocio de Melquisedec tiene esos recuerdos, pero su sentimiento de gratitud quizás haya disminuido con los años. Mi esperanza es reavivar ese sentimiento, y junto con ello una determinación de dar, a todas las personas que ustedes puedan, la misma clase de ayuda que una vez recibieron ustedes mismos.

Recuerdo a un obispo que me trata-ba como si yo ya hubiese alcanzado el potencial que tenía en cuanto al poder del sacerdocio. Un domingo, cuando yo era presbítero, me llamó. Me dijo que necesitaba que fuese su compañe-ro para ir a visitar a algunos miembcompañe-ros de nuestro barrio. Lo dijo de una mane-ra como si yo fuese su única espemane-ranza. Él no me necesitaba; tenía excelentes consejeros en el obispado.

Visitamos a una viuda pobre y ham-brienta. Él quería que yo lo ayudara a llegar al corazón de la viuda, a invitarla a hacer y usar un presupuesto, y a pro-meterle que ella podría llegar a estar en posición de no solo ayudarse a sí misma, sino también a los demás.

Luego fuimos a consolar a dos niñas que vivían en una situación difí-cil. Cuando salimos de allí, el obispo

me dijo en voz baja: “Esas niñas nunca olvidarán que vinimos a verlas”.

En la siguiente casa, vi cómo invitar a un hombre menos activo a volver al Señor, convenciéndolo de que los miembros del barrio lo necesitaban.

Ese obispo era un poseedor del Sacerdocio de Melquisedec que estaba elevando mi visión y motivándome por medio del ejemplo. Me enseñó a tener el poder y el valor de ir a cualquier lado en el servicio al Señor. Hace tiem-po que ha partido a su lugar de des-canso, pero todavía lo recuerdo porque extendió su mano para elevarme cuan-do yo era un poseecuan-dor del Sacercuan-docio Aarónico sin experiencia. Más tarde me enteré de que él me veía en un sende-ro futusende-ro del sacerdocio con mayores responsabilidades, el cual entonces yo no alcanzaba a ver.

Mi padre hizo lo mismo por mí. Él era un experimentado y sabio poseedor del Sacerdocio de Melquisedec. En una ocasión, un Apóstol le pidió que escribiera una bre-ve nota sobre la evidencia científica en cuanto a la edad de la Tierra. La escri-bió con mucho cuidado, pues sabía que algunos de los que la leerían tendrían fuertes sentimientos en cuanto a que la Tierra era mucho más joven de lo que proponía la evidencia científica.

Aún recuerdo a mi padre cuando me entregó lo que había escrito y me dijo: “Hal, tú tienes la sabiduría espiritual para saber si debo mandar esto a los apóstoles y profetas”. No

recuerdo mucho lo que decía el papel, pero siempre recordaré la gratitud que sentí por un gran poseedor del Sacerdocio de Melquisedec que vio en mí una sabiduría espiritual que yo no veía.

Una noche, años más tarde, después de ser ordenado Apóstol, el profeta de Dios me llamó y me pidió que leyera algo que se había escrito en cuanto a la doctrina de la Iglesia. Él había pasado la noche leyendo algunos capítulos de un libro. Riéndose, me dijo: “No puedo leer todo esto. Tú no deberías estar descan-sando mientras yo trabajo”; y después usó casi las mismas palabras que había usado mi padre años antes: “Hal, tú eres quien debería leerlo. Tú sabrás si está bien que se publique”.

Ese mismo modelo de poseedor del Sacerdocio de Melquisedec, que eleva la visión y transmite confianza, se manifestó una noche en un festival de oratoria patrocinado por la Iglesia. Cuando tenía diecisiete años, se me pidió que hablara frente a una gran audiencia. No tenía idea de lo que se esperaba de mí. No se me dio ningún tema, así que preparé un discurso que iba mucho más allá de mi conocimien-to del Evangelio. Mientras hablaba, me di cuenta de que había cometido un error. Todavía recuerdo que, después de hablar, tenía el sentimiento de que había fracasado.

El siguiente orador, y el último, era el élder Matthew Cowley, del Cuórum de los Doce Apóstoles. Era un gran orador, querido en toda la Iglesia. Aún recuerdo estar observándolo desde mi asiento junto al púlpito.

Comenzó con una voz potente. Dijo que mi discurso lo había hecho sentir que estaba en una gran conferencia; y sonrió al decirlo. Mis sentimientos de fracaso se esfumaron y fueron

reemplazados por la confianza de que, algún día, podría llegar a ser lo que él parecía pensar que yo ya era.

El recuerdo de esa noche todavía me lleva a escuchar atentamente cuan-do habla un poseecuan-dor del Sacercuan-docio Aarónico. Gracias a lo que el élder Cowley hizo por mí, siempre anticipo que oiré la palabra de Dios; rara vez me desilusiono y con frecuencia me maravillo, y no puedo evitar sonreír como lo hizo el élder Cowley.

Muchas cosas pueden ayudar a for-talecer a nuestros hermanos más jóve-nes a progresar en el sacerdocio, pero nada será más poderoso que ayudarlos a desarrollar la fe y la confianza de que pueden valerse del poder de Dios en su servicio en el sacerdocio.

Esa fe y confianza no permanecerá con ellos debido a una única expe-riencia que los elevó, aun cuando haya sido por el poseedor del Sacerdocio de Melquisedec más dotado. La capacidad de usar esos poderes debe cultivarse mediante muchas expresiones de con-fianza de parte de aquellos que tienen más experiencia en el sacerdocio.

Los poseedores del Sacerdocio Aarónico también necesitarán ánimo y corrección a diario, e incluso cada hora, de parte del Señor mismo por medio del Espíritu Santo. Eso estará a su disposición si eligen permane-cer dignos de ello. Dependerá de las decisiones que tomen.

Es por eso que debemos enseñar, mediante el ejemplo y el testimonio, que las palabras del gran líder del Sacerdocio de Melquisedec, el rey Benjamín, son verdaderas 5. Son pala-bras de amor, dichas en el nombre del Señor, de quien es este sacerdocio. El rey Benjamín enseña lo que se requie-re de nosotros para permanecer lo suficientemente puros a fin de recibir el ánimo y corrección del Señor:

“Y por último, no puedo deciros todas las cosas mediante las cuales podéis cometer pecado; porque hay varios modos y medios, tantos que no puedo enumerarlos.

“Pero esto puedo deciros, que si no os cuidáis a vosotros mismos, y vues-tros pensamientos, y vuestras palabras y vuestras obras, y si no observáis los mandamientos de Dios ni perse-veráis en la fe de lo que habéis oído concerniente a la venida de nuestro Señor, aun hasta el fin de vuestras vidas, debéis perecer. Y ahora bien, ¡oh hombre!, recuerda, y no perezcas” 6.

Todos somos conscientes de los dardos encendidos del enemigo de la justicia, que se lanzan como torbellino en contra de los jóvenes poseedores del sacerdocio a quienes tanto ama-mos. Para nosotros, ellos son como los jóvenes soldados que se llamaban a sí mismos los hijos de Helamán; pueden sobrevivir, al igual que los jóvenes guerreros, si permanecen a salvo, como los exhortó el rey Benjamín.

Los hijos de Helamán no dudaron; lucharon valientemente y salieron ven-cedores porque creyeron en las palabras de sus madres 7. Nosotros comprende-mos el poder de la fe de una madre amorosa. Las madres brindan ese gran apoyo a sus hijos hoy en día. Nosotros, los poseedores del sacerdocio, pode-mos y debepode-mos añadir a ese apoyo con nuestra determinación de responder al encargo de que al convertirnos, procura-remos fortalecer a nuestros hermanos 8.

Mi oración es que cada poseedor del Sacerdocio de Melquisedec acepte la oportunidad que proporciona el Señor:

“Y si de entre vosotros uno es fuerte en el Espíritu, lleve consigo al que es débil, a fin de que sea edificado con toda mansedumbre para que se haga fuerte también.

“Llevad, pues, con vosotros a los que son ordenados con el sacerdocio menor, y enviadlos delante de vosotros para fijar citas, preparar la vía y cumplir con los compromisos que vosotros mismos no podáis cumplir.

“He aquí, así fue como mis após-toles me edificaron mi iglesia en los días antiguos” 9.

Ustedes, líderes del sacerdo-cio y padres de los poseedores del Sacerdocio Aarónico, pueden realizar milagros; ustedes pueden ayudar al Señor a llenar las filas de élderes fieles con jóvenes que acepten el llamado de predicar el Evangelio y lo hagan con confianza. Verán a muchos que ustedes hayan edificado y alentado permanecer fieles, casarse dignamen-te en el dignamen-templo y, a su vez, preparar a otros.

No se necesitarán nuevos programas de actividades, ni mejores materiales de enseñanza ni mejores redes socia-les; no requerirá un llamamiento fuera del que ahora tienen. El juramento y convenio del sacerdocio les da poder, autoridad y dirección. Ruego que vayan a casa y estudien detenidamente

prometen bendiciones especiales, entre ellas buena salud y fortaleza física 1.

Recientemente leí un relato verí-dico de una dramática manifestación en cuanto a estas promesas. Un fiel miembro de la Iglesia, John A. Larsen, sirvió durante la Segunda Guerra Mundial en el servicio de guardacostas de los Estados Unidos, en el barco USS Cambria. Durante una batalla en las Filipinas, se avisó que se aproximaba un escuadrón de bombarderos y avio-nes de combate kamikazes o suicidas. Se dieron órdenes para una inmediata evacuación. Ya que el USS Cambria se

Por el presidente Thomas S. Monson

E

sta noche, hermanos, ruego la guía de nuestro Padre Celestial al compartir mi mensaje con ustedes. En 1833, el Señor reveló al profeta José Smith un plan para una vida salu-dable. Ese plan se encuentra en la sec-ción 89 de Doctrina y Convenios y se conoce como la Palabra de Sabiduría. Da indicaciones específicas en cuanto a los alimentos que comemos, y prohíbe el uso de substancias que son perjudi-ciales para nuestro cuerpo.

A los que son obedientes a los man-damientos del Señor y que fielmente obedecen la Palabra de Sabiduría, se les

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