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A RVO PÄRT EL CONFLICTO ENTRE EL INSTANTE Y LA ETERNIDAD

EN LA EXPERIENCIA ARTÍSTICA DEL NOVECIENTOS

4. A RVO PÄRT EL CONFLICTO ENTRE EL INSTANTE Y LA ETERNIDAD

La música, por su lenguaje abstracto y a la vez inmediato, nos permite entender de una manera diferente la conexión entre la evolución del arte y la crisis de la modernidad. Una conexión, también en este caso, que no puede verse como una relación lineal, porque los mismos caminos se cruzan y se separan en una multiplicación de perspectivas estéticas. Así, si pensamos en la ‘nueva música’, aún es posible seguir la idea que subyace a su propia evolución en la primera mitad del siglo XX, cuando la escuela de Viena y el neoclasicismo se afirmaban como posibles respuestas a los nuevos planteamientos generados por la crisis de la música tonal. En particular, como se ha visto, la concepción musical de Schönberg puede verse como una reacción a las convenciones de la tonalidad en búsqueda de una verdadera libertad de expresión. No obstante, la cristalización del ‘grito expresionista’ en el formalismo de la dodecafonía condujo finalmente a la radicalización de la música serial, a partir de la cual, en una serie de reacciones y de huidas hacia delante, se produjo esa explosión estética en la segunda mitad del siglo XX. Al mismo tiempo, otros factores se afirmaban de manera cada vez más relevante, desviando aún más las respuestas con las que el arte intentaba defender su propia esencia: la industria cultural, la relación con el público, la

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HILLIER, 1997, p. 11. «It is finally this abstraction, this repudiation, horror even of personal emotion that marks the passage from modernism to what follows it. Auschwitz and the atomic bomb […] finally force us to push free of the immediate past and to seek our future salvation in remote quarters of time and place».

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Ibíd., pp. 11-12. «In our esthetic imagination we have become like wounded beings crawling among the remains of our broken civilization […] clutching perhaps a single token of beauty, a line or two of poetry, a Bach prelude, a white canvas, which must now symbolize everything».

VI. Sobre la temporalidad en la experiencia artística del novecientos 179 contaminación entre géneros… todos ellos, factores de los cuales ningún artista podía ya permanecer inmune. El artista que crea su obra aislado del mundo, como ya había anunciado Baudelaire, ya no existe en nuestra época.

Así, en el ámbito de la nueva música, una fecha particularmente significativa es justamente el 1951, el año de la muerte de Schönberg. A partir de ahí, al grito de «Schoenberg est mort» reivindicado por el joven Pierre Boulez,116 se afirmará definitivamente la ‘anarquización’ de los caminos de la música de vanguardia. Los mismos discípulos de Schönberg se liberaron muy pronto de su herencia acusándolo de no haber sido coherente en la última parte de su vida, cuando buscó en vano reconciliar la técnica dodecafónica con los criterios estructurales del posromanticismo. De ese modo, a partir del principio originario de aquella idea —y en particular de la reducción extrema a la cual había llegado Webern— los jóvenes compositores seriales radicalizaron aún más esa tendencia hacia una ‘racionalización de la música’ a la cual ya se refería Max Weber.117 Otros, en cambio, se movieron en una dirección opuesta, hacia un principio de casualidad que pretendía liberar la música precisamente de aquel determinismo total, en dirección de una ‘música aleatoria’. No obstante, como observa agudamente el compositor húngaro György Ligeti, los extremos de la determinación y de la casualidad absoluta llegan finalmente a coincidir: también en la música aleatoria una especie de ‘universalidad estadística’, ajena a la subjetividad, se convierte en la ley de la composición.118 Todo eso ha llevado la música moderna a una situación de

impasse, de la cual cada compositor ha intentado salir de una manera diferente.

Entre tales caminos pueden encontrarse justamente las razones de la búsqueda formal y espiritual de un compositor como Arvo Pärt, al cual será dedicada la última parte del presente estudio. Sus primeras obras, compuestas a finales de los años 50, todavía se mueven en el ámbito de la música serial. Sin embargo, la creciente contradicción entre experimentación formal y exigencia de autenticidad, materializada en el conflicto entre tonalidad y atonalidad —cada una en lucha y a la vez incluida en la

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BOULEZ, 1952, p. 271.

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La escuela serial entendía radicalizar el principio dodecafónico extendiéndolo a todas las dimensiones musicales, incluyendo las que en Schönberg todavía permanecen ‘abiertas’, como la rítmica, la métrica, el cromatismo sonoro o la forma global de la composición. La tesis en la cual se apoyan los compositores seriales —entre los cuales ya Adorno menciona en particular a Pierre Boulez y Karlheinz Stockhausen, por la decisión con la que se enfrentan a la idea de una ‘determinación total’— es que todos los fenómenos musicales deben poderse reducir a un denominador común. Así, cada nota, pausa, duración, altura, color, debería derivar rigurosamente de un material originario precedentemente dado, constituido precisamente por la serie. Cf. ADORNO, 1968, trad. cast. p. 288.

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otra— lo llevará a una crisis culminada en un periodo de casi ocho años de silencio.119 A partir de este silencio Pärt desarrollará un nuevo sistema musical con el cual empezará de nuevo, enfrentándose realmente a esa página blanca a la cual alude el título de una de sus primeras composiciones en el estilo ‘tintinnabuli’: Tabula rasa (1977). Un nuevo camino marcado por la exigencia ética y estética de una recuperación del pasado, no tanto en términos formales —como podría ser un simple regreso a la tonalidad— sino en lo que concierne a la búsqueda de un principio unitario, a la expresión de una verdad objetiva vinculada con la subjetividad propia del artista.

Como observa Adorno en un ensayo recogido en Improptus, en efecto, una de las dificultades que afecta al arte moderno, y que en la música aparece de manera paradójica, reside en la pérdida de un lenguaje objetivamente preconstituido.120 La música moderna está obligada a crear continuamente su propio lenguaje; pero el lenguaje, siendo algo que está más allá de la composición, no puede ser creado por la mera voluntad del individuo.121 La música moderna se encuentra así frente a una alternativa, aquella entre el fetichismo del procedimiento y la total aleatoriedad. Justamente por ello, concluye Adorno, es necesario contemplar la posibilidad del silencio. Una vez más, inevitablemente, el discurso vuelve a Beckett, cuya imagen paradójica cierra su ensayo dedicado a las dificultades de la música moderna: «Lo que Beckett expresa en sus dramas y sobre todo en sus novelas, las cuales no pocas veces susurran como hace la música, eso tiene su verdad para la música misma. Quizá sólo sea todavía posible una que se mida por este extremo, por el propio enmudecimiento».122

El silencio, entonces, como posibilidad y como forma de expresión. El silencio lleno de significado del monocromo, o el de los campos de colores de Newman, interrumpidos por esa banda vertical que expresa una ‘aparición del instante’. Hay muchas lecturas de ese silencio; pero en todo caso no se trata de un vacío. Es precisamente esta sutil diferencia lo que en la música es posible ‘sentir’ con claridad. La esencia de la música no está únicamente en el sonido, sino también en el silencio. Un

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Guardando las distancias, se trata en efecto del mismo intervalo de tiempo que pasó Schönberg después de la definitiva disolución de la tonalidad, antes de llegar al nuevo sistema dodecafónico; también en ese caso, un período vivido entre duras luchas consigo mismo y la incertidumbre sobre la posibilidad de poner pie en una nueva tierra. En este sentido, es muy interesante la descripción que ofrece el mismo Pärt de este largo período de búsqueda artística y espiritual. Véase por ejemplo RESTAGNO, 2004, pp. 45-56.

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Cf. ADORNO, 1968, Dificultades, trad. cast. pp. 273-293.

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Cf. ibíd., p. 282.

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VI. Sobre la temporalidad en la experiencia artística del novecientos 181 silencio que deja espacio y hace vivir la música en el tiempo fugaz y a la vez suspendido de la expresión artística. Como observa Hillier,123 justamente en la primera frase de su libro dedicado a Pärt: «Toda música emerge del silencio, al cual tarde o temprano debe volver. […] Pero el silencio es un estado imaginario donde todos los sonidos están ausentes, quizá parecido a la infinitud del espacio y del tiempo alrededor de nosotros».124

Así, esa lucha entre el instante y la eternidad puede verse en el mismo contraste entre el silencio y las notas que viven en él, cuya armonía ya es comprendida en ese principio originario, como en el silencio que ‘da vida’ al Tristan de Wagner: la primera nota no es el inicio, porque proviene del silencio que la precede. Un silencio entonces que expresa lo esencial, esa ‘verdad’ que permanece escondida entre los sonidos. No en vano, en la música de Pärt el proceso de reducción es más importante que la expansión a partir de una idea fundamental, como en la sonata clásica. Su obra puede verse como la materialización de ese anhelo de trascendencia, de esa lucha alrededor del sentido del tiempo. Es una música que podría haber sido escrita hace trescientos años, y al mismo tiempo revela la tensión de una búsqueda original tanto en términos de significados como de procedimientos formales. Una exigencia de originalidad que emerge incluso en la manera de recuperar ciertos elementos formales o expresivos —como la tríada,125 o el espíritu del canto medieval— que habían sido abandonados por la música contemporánea. También a través de estos elementos puede verse la peculiaridad del tratamiento del tiempo en la música de Pärt: a la estabilidad de la tríada, como a la del centro tonal del canto monofónico, se contrapone la movilidad de la línea melódica, de tal manera, observa Hillier, que lo que emerge no es un flujo de ideas que se mueve progresivamente a través del tiempo, sino la presentación de «un único instante diluido en el tiempo».126 Como afirma el mismo Pärt en 1977, al principio de su nuevo período creativo: «Ese es mi objetivo. El tiempo y la ausencia de tiempo están conectados. Este instante y la eternidad están luchando dentro de nosotros. Y esta es la causa de todas

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Vale la pena observar que Paul Hillier, además de ser un crítico musical conocido por sus estudios sobre la música antigua, es también un músico apreciado a nivel internacional. En particular, con el Hilliard Ensemble ha dirigido muchas de las primeras grabaciones de las obras de Arvo Pärt, bajo la supervisión del mismo compositor.

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HILLIER, 1997, p. 1. «All music emerges from silence, to which sooner or later it must return. […] Yet silence is an imaginary state in which all sounds are absent, akin perhaps to the infinity of time and space that surrounds us».

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Sobre el concepto de tríada véase la nota 18 en el capítulo IV.

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nuestras contradicciones, nuestra obstinación, nuestra estrechez de miras, nuestra fe y nuestro dolor».127

A través de algunos momentos de su música intentaré expresar así el sentido de esta lucha entre el instante y la eternidad, como expresión de la dialéctica entre la dimensión subjetiva y objetiva de la música. No se trata evidentemente de buscar el significado de la música, sino más bien en la música. La música no imita, no representa el mundo, sino que es el movimiento interior de la vida misma.128 No en vano, Kandinsky veía en la música, en su capacidad de expresar inmediatamente el movimiento interior de la vida, su esencia invisible, el camino hacia el cual debía dirigirse la pintura abstracta, a través de un proceso de reducción de lo exterior a lo interior, de la concreción a la abstracción. Se trata entonces de una ‘manifestación’, de una imagen sin imagen que posee ese carácter epifánico que muchas veces ha intentado expresar el arte de nuestro tiempo, aunque sea con un cuadrado blanco, o una línea apenas perceptible.

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A. PÄRT, citado en SANDNER, 1984, p. 29. «That is my goal. Time and timelessness are connected. This instant and eternity are struggling within us. And this is the cause of all our contradictions, our obstinacy, our narrow-mindedness, our faith and our grief».

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Para una discusión sobre la interpretación fenomenológica de la música, focalizada en particular en la concepción de Henry, véase por ejemplo WELTEN, 2009.

VII.

L

A MÚSICA MÁS ALLÁ DEL SILENCIO

El límite sutil entre la música y el silencio, entre el instante y la eternidad, entre una tela blanca y una superficie saturada de líneas indistinguibles. O incluso entre el bien y el mal, o mejor, entre el amor y el odio. Todo eso, de manera explícita, intencional, y al mismo tiempo invisible aparece en el Credo (1968) de Arvo Pärt.1 No es fácil, naturalmente, expresar el sentido del silencio. Cualquier palabra lo ‘invade’, cubriendo y por lo tanto distorsionando su propia esencia. E igualmente difícil es ‘escuchar’ su dimensión temporal, como un puente entre el instante y la eternidad. Y sin embargo, no es posible renunciar a la expresión de ese sentido, limitándose a disfrutar de la emoción indescifrable de un instante. Es el límite y el destino de la filosofía, como he intentado expresar en el prefacio. Por ello en estas páginas intentaré hablar lo más posible ‘en silencio’, para no cubrir el sentido de la música. El riesgo, evidentemente, es el de caer en una dimensión subjetiva, poniendo en primer plano la percepción interior más que la estructura del discurso artístico. Pero aceptaré este riesgo.

Con ello, ciertamente, no quiero poner en discusión el análisis ‘objetivo’ de la musicología, o incluso de la crítica filosófica. Y todavía, no es posible limitarse a ello cuando nos acercamos a algo que no puede entenderse sino como una experiencia mística. Es cierto que he podido adentrarme en la música de Pärt solo cuando me he

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A. PÄRT, Credo para piano, coro mixto y orquesta. Texto: Mateo, 5:38-39. Première: 16/11/1968, Tallinn, Estonia. Grabación recomendada: Swedish Radio Symphony Orchestra and Choir. Director: Esa-Pekka Salonen. Solista: Hélène Grimaud. Deutsche Grammophon 471 769-2 (2003).

sentado al piano, intentando descifrar tímidamente algunos fragmentos de sus partituras gracias al análisis de Paul Hillier. Pero si no hubiese vivido esa emoción, esa «súbita manifestación espiritual» que generó en mí la escucha de Tabula rasa —cuando todavía no conocía nada de Pärt y de su música—, quizás no hubiese empezado ese camino. Aquel día sentí realmente la emoción por esa ‘aparición del instante’. Tal vez no era la manifestación del sentido, pero sí del hecho de que era posible el sentido; o al menos de que era imaginable una búsqueda auténtica y al mismo tiempo la posibilidad de expresar y de comunicar a quien escucha el sentido de esa búsqueda. Sentí como una voz dentro de mí que decía: «Pero entonces es posible…».2

Naturalmente todo permanecía indefinido, en el límite entre lo visible y lo invisible, o entre el sonido y el silencio. ¿Cuál era ese sentido? Sentí que era imposible decirlo, pero al mismo tiempo que valía la pena intentar expresarlo —expresar lo inexpresable, justamente.

No creo haberlo logrado. Siento que cuanto más me he acercado a su música —a través de sus composiciones, de lo que he podido leer sobre él o de mis propias reflexiones— más me he alejado de ese sentido. Al final quizá puedo decir de ‘conocer’ algo de la música de Pärt, o incluso de la estructura del lenguaje que él mismo ha creado. Pero me he quedado sin palabras a la hora de intentar expresar aquel sentido; como una pluma que por demasiado escribir ha acabado la tinta. Quizá tendré que ir más a fondo, sentándome más al piano que en mi escritorio. O tal vez, efectivamente, solo a través del silencio es posible expresar el silencio. El mismo Pärt ha rehuido siempre la idea de ‘definir’ el sentido de su música: si se pudiese decir, no lo hubiera escrito en música… Así, en estas últimas páginas, como una admisión de la limitación de mis propias palabras, intentaré dejar a un lado un discurso global sobre el sentido o la evolución de la música de Pärt, limitándome a la expresión de un único instante que he vivido en su música: «A single moment spread out in time», como define Hillier la música de Pärt.3

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Más tarde, ha sido muy significativo, para mi propio reflexionar sobre el arte, descubrir que un músico reconocido como Jordi Savall ha descrito casi en estos mismos términos su ‘encuentro’ con la música de Pärt. Cf. J. SAVALL, La música di Arvo Pärt incontra l’eternità del suono. Armonia a due voci, en RESTAGNO, 2004, pp. 212-221.

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Para profundizar en el conjunto de la obra de Pärt se remite sobre todo al ya citado libro de Paul Hillier (cf. HILLIER, 1997), que contiene un análisis de numerosos pasajes de sus composiciones.

Igualmente importantes son algunos de los ensayos incluidos en SHENTON, 2012, en particular los de Leo Brauneiss y Robert Sholl, dedicados respectivamente a un análisis del estilo ‘tintinnabuli’ y a la cuestión de la espiritualidad en la música de Pärt. Muy útil naturalmente es referirse al propio pensamiento del compositor, no solo por los aspectos históricos, sino sobre todo por su dejar entrever —aunque sin ‘decirlo’ nunca hasta el final— un sentido que trasciende el de los sonidos. En esta dirección, véase por

VII. La música más allá del silencio 185 El silencio, entonces, como metáfora y como dimensión fundamental de la música, desde la cual y hacia la cual tiende inevitablemente no solo cada sonido, sino la misma ‘idea’ de la música. Un silencio a la vez físico e ideal, instantáneo y atemporal, lleno y vacío, que no existe solamente ‘antes’ de la música, —como en la poesía de Lars Gustafsson, El silencio del mundo antes de Bach4— sino que conecta todos los sonidos que se asoman a esa fracción de silencio. Cada pausa, observa el compositor ruso Alfred Schnittke, implica la contemplación de un instante que se eterniza.5 Ciertamente ha habido muchas maneras de expresar este silencio, en particular en la música moderna. Para Luigi Nono, el silencio es la lejanía temporal, el lugar a partir del cual las voces vuelven a vibrar atravesando los espacios de la memoria, dando vida a una línea invisible en la cual el silencio se transforma en sonido y este último en ilusión.6 Una idea que expresa una manera de mover la música del ámbito objetivo de la percepción a una dimensión ilusoria, o metafísica. Como observa Restagno, «el hecho de que el lindar de lo imperceptible sea un terreno muy fértil de emociones es una lección que cada compositor, de Webern en adelante, ha aprendido bien, y el fervor que ha seguido ese descubrimiento ha llevado a menudo a los músicos a afirmar que el silencio no existe».7 Una negación del silencio que ha oscilado entre un horizonte puramente acústico —como en 4’33’’ de Cage, como se ha visto, donde el silencio no es más que un lienzo virgen que acoge el conjunto de los sonidos del mundo, incluyendo el publico que eventualmente tose en una sala— y, por otro lado, una dimensión que intenta