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SABIDURÍA CONVENCIONAL

In document Liderazgo Jim Selman (página 66-69)

El “respeto” es uno de los términos que la gente, muchas veces, proclama como una virtud, pero que de hecho puede usarse como un arma para manipular y controlar a los demás. Por ejemplo, cuántas veces escuchamos a alguien que dice “no me siento respetado” en un contexto de culpar a otros y pedir que “ellos” cambien. Escuchamos a la gente decir “no me siento respetado”, como una justifi cación de todo tipo de comportamiento contraproducente e incluso destructivo, que incluye ser víctima del entorno y del sistema de autoridad preponderante. El respeto (o la falta de él) es un tema central en cualquier situación confl ictiva recurrente, como también un factor integral en la mayoría de las disputas de gestión laboral. Muchas veces utilizamos el término y nuestros sentimientos sobre el respeto para, en efecto, decir “deberías estar de acuerdo conmigo y comportarte de la manera en que quiero que lo hagas o de lo contrario signifi ca que no me respetas (o justifi ca que yo no te respete) y, por lo tanto, puedo concebir el hacer casi todo lo que quiera sin preocuparme por ti”.

La mayoría de las veces pensamos en el respeto como un juicio fundamen- tado en nuestros sentimientos. Otra posibilidad es que veamos el respeto como un compromiso o una declaración de “quién es la otra persona para nosotros” o “quiénes somos para nosotros mismos”. De cualquier forma, el respeto es según el color del cristal con que se mira y siempre en un con- texto para relacionarse. Por ejemplo, la mayoría de nosotros reconoce que tiene alguna lista de evaluaciones negativas sobre nosotros mismos y sobre los demás, pensamos que nosotros (o ellos) somos (o son) demasiado pe- rezosos, no apuestos o “no lo sufi cientemente capaces”. Cuando creemos que nuestros juicios son “verdades” nos objetivamos a nosotros mismos y a los demás, y generalmente concluimos si merecemos (nosotros o ellos) nuestro respeto. En un contexto social u organizacional, nuestros juicios

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y el nivel de respeto son la base sobre la que nos relacionamos con otras personas en el día a día.

En un contexto personal y psicológico, las autocríticas se dan como “he- chos” y generalmente signifi can que nuestra “autoestima” se vuelve presa del hecho de si nos respetamos a nosotros mismos o no. El respeto por uno mismo tiene exactamente la misma naturaleza y carácter que nues- tro respeto, o la falta de él, por los demás. En monólogos con nosotros mismos, encontramos muchas veces que “sabemos cómo somos”, como si nuestras valoraciones sobre nosotros mismos fuesen más verídicas que las valoraciones de otras personas sobre nosotros. Esta condición de auto- crítica inevitablemente se vuelve parte de una visión del mundo cerrada que puede llevar a todo tipo de comportamiento “autorreferencial” y de “autojustifi cación”, lo que si se observa detenidamente revela una objeti- vación de “cómo somos” y la resignación de que el cambio, como mucho, es poco probable. Como la mayoría de nosotros no pretende ser perfecto, esto signifi ca que quedamos atrapados en una interpretación de nosotros en la que algo de la manera en que somos no está bien, y como somos de esa manera no se puede cambiar, porque nuestra vida nos ha demostrado con la experiencia que somos de la forma que pensamos que somos. El resultado es que no nos respetamos a nosotros mismos porque no estamos conformes con nuestra forma de ser y no hemos tenido éxito en cambiar. Muchas personas viven gran parte de su vida sufriendo un “monólogo in- terior” cerrado sobre su forma de ser, la de los demás y de cómo “debería” ser la vida, sin darse cuenta de que están viviendo en un estado de falta de respeto por ellas mismas, por la vida y por los demás.

Que el respeto sea fundamental para las relaciones humanas (y para la re- lación con uno mismo) no es algo nuevo. Lo que sí es nuevo, es la pregunta de si ¿es posible respetar a aquellas personas con las cuales disentimos to- talmente y cuyas acciones y comportamiento son contrarios a lo que valora- mos? Todos usamos el respeto (o la falta de respeto) para determinar cuán abiertos estamos, cuán confi ados somos y cómo elegimos relacionarnos con los demás. Por ejemplo, mientras mis hijos crecían experimenté mucho del comportamiento de las generaciones más jóvenes, que era contrario y ex- traño a mis valores y normas, y que incluso los amenazaba. Algunos de es- tos comportamientos incluían el cabello de colores fuertes, el uso frecuente de vocabulario soez, tatuajes y piercing en el cuerpo. Si a esto le agregamos una actitud excepcionalmente abierta y superfi cial con respecto al sexo por

parte de muchos jóvenes y mucha experimentación con drogas y alcohol, entonces la lista de “evaluaciones negativas” comienza a ser considerable. ¿Puedo respetar a la gente que se comporta de ese modo, aun si se trata de mis propios hijos?

No discuto aquí diferencias intergeneracionales, sólo sugiero que si lo pen- samos, hay mucha gente (en cada generación) que piensa (por la razón que sea) de formas que exceden o fuerzan los límites de nuestra propia visión de lo que es y no es aceptable. Cuando hacemos juicios negativos, nuestras valoraciones se vuelven justifi caciones para respetar o no respetar. En nues- tra forma diaria de relacionarnos, pocas veces vemos que los juicios y las valoraciones son una cosa, y las conclusiones y acciones que les siguen son algo distinto. Borramos esta distinción y nos olvidamos de que el respeto siempre depende del cristal con que se mira y que nunca es “causa” de quienes respetamos o no respetamos.

Mi propuesta es que el respeto puede verse como una acción, que es posible para crear una cultura en la que las personas, natural y auténticamente, se respeten mutuamente. Sin embargo, para lograr esto debemos considerar cómo nos miramos a nosotros y a las otras personas. Es decir, debemos obser- var que generalmente estamos juzgando a los demás en términos de nues- tros propios valores y prácticas. Nuestra referencia para evaluar a los demás es esencialmente aquello en lo que creemos en un momento determinado. La implicancia de esto tiene que ver con si podemos tomar a alguien con se- riedad cuando no se ajusta o cumple con nuestras normas y creencias. Si no podemos tomar en serio a los demás, entonces nunca entablaremos las conversaciones que pueden hacer una diferencia en la manera que nos relacionamos o en lo que es o no es posible para nosotros en el futuro. Cuan- do esto ocurre quedamos atrapados en un círculo vicioso de juicio –falta de respeto– reacción y más juicio, que justifi ca más falta de respeto.

Es, por supuesto, posible suavizar el tema tratando de separar al “ser hu- mano” de su comportamiento “yo te respeto a TI, pero no respeto tu com- portamiento”. Esto diferencia y divide el dominio del “yo” del “compor- tamiento” y deja al individuo íntegro, pero aún se basa en tener un juicio superior sobre cuáles comportamientos son valiosos y cuáles no lo son. Por lo tanto, es un forma de usar el respeto con el fi n de mantener algún grado de control sobre el comportamiento del otro. Mientras que dividir el “yo” del comportamiento es más responsable que simplemente catalogar al ser

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humano en su totalidad como “sin valor”, es todavía una trampa que en última instancia socavará las relaciones, debilitará las prácticas para la co- ordinación y destruirá cualquier posibilidad de resultados.

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