• No se han encontrado resultados

¡Claro que me gustaría estar en el colegio! Quiero aprender a leer y escribir, pero ¿cómo lo voy a hacer? Mi madre me necesita para traer agua.

YENI BAZÁN, 10 AÑOS, EL ALTO, BOLIVIA

«A través del agua», dice el Corán, «damos vida a todo». El acceso al agua limpia y al saneamiento es un derecho básico y esencial para permitir que las personas vivan vidas decentes y dignas. El porcenta-

je de gente que utiliza agua potable procedente de fuentes mejoradas ha aumentado en el mundo en desarrollo y ha pasado del 71 por ciento en 1990 al 80 por ciento en 2000, al tiempo que 1.200 millones más de personas han ganado acceso al saneamiento.39 Por ende, la

reducción de la amenaza de la enfermedad infecciosa ha contribuido a que en la actualidad haya 2 millones menos de muertes de niños al año que en 1990. Aun así, todavía mueren muchas personas. Cada día mueren casi 5.000 niños a causa del agua sucia, 1.100 millones de personas no tienen un acceso adecuado al agua y 2.600 millones carecen de un saneamiento básico.

La desigualdad en el acceso al agua y al saneamiento es extrema. La mayoría de los 1.100 millones de personas que carecen de acceso al agua limpia gastan mucho menos que el umbral mínimo de 20 litros al día –a menudo, tan sólo cinco litros–, mientras que en zo- nas de ingresos altos en ciudades de Asia, América Latina y África la gente gasta varios cientos de litros al día. Paradójicamente, el agua que se transporta por tuberías hasta hogares de ingresos medios o altos a menudo es más barata que el agua que se compra por cubos procedente de camiones cisterna privados. La gente que vive en los barrios bajos de Yakarta, Manila y Nairobi paga de cinco a diez veces más que la que reside en zonas de ingresos altos en esas mismas ciu- dades y más de lo que pagan los consumidores en Londres o Nueva York. Otras desigualdades agravan el problema del acceso desigual: si bien las mujeres conceden más importancia a la salubridad que los hombres, las prioridades femeninas pesan menos en el presupuesto familiar.

Más allá de la obvia relación directa con la salud, el acceso al agua potable limpia puede ahorrar a las mujeres horas de trabajo duro y agotador, especialmente en zonas rurales. Esas horas se po- drían dedicar a aprender una técnica, a ganar dinero, a disfrutar de la compañía de amigos o familiares o, simplemente, a dormir al fi nal de un día agotador. Hasta que las mujeres no se libren de la carga que supone ir a buscar agua, no podrán esperar tener una vida mejor que la de sus madres ni podrán evitar que sus hijas corran la misma suerte.

El argumento a favor de la actuación en materia de agua y sa- neamiento es irrebatible. Desde un punto de vista económico, cada

dólar que se gasta en el sector produce otros ocho dólares en concep- to de gastos evitados y ganancia en productividad. Un importante estudio de Naciones Unidas calculó que las pérdidas económicas en el África subsahariana se situaban en torno al 5 por ciento del PIB (28.000 millones de dólares al año) y concluyó lo siguiente: «Ningún acto terrorista provoca una devastación económica del tamaño de la crisis del agua y el saneamiento.»40 En términos humanos, el acceso

al agua potable y a váteres con cisterna reduce de forma signifi cativa las tasas de mortalidad infantil. Pero, al igual que sucede con otros servicios públicos, la actuación se ha retrasado debido a un mal ase- soramiento, a la presión y al interés personal del norte y, en algunos casos, a actitudes y creencias públicas.

A pesar de algunos resultados positivos, la insistencia dogmática de donantes de ayuda en que sólo la privatización mejorará el abas- tecimiento de agua (una cuestión que tratamos en el capítulo 5) ha llevado a un fuerte incremento de los precios, lo que ha excluido a la gente pobre y ha provocado, al menos, una «guerra del agua» de pro- testa en Bolivia. El debate polarizado sobre la privatización ha deja- do de lado el debate más necesario de cómo garantizar el acceso para la gente y las comunidades pobres. Los proveedores públicos, que en los países en desarrollo todavía suministran más del 90 por ciento del agua, han protagonizado estrepitosos fracasos y éxitos destaca- dos. Aprender las lecciones de una buena reforma del sector público es un aspecto vital a la hora de suministrar agua a la gente pobre.

Con frecuencia, en los debates nacionales se presta poca atención al saneamiento porque tratar públicamente ese tema es tabú, lo cual lleva a una menor inversión. En Malaui, por ejemplo, mientras que el gasto del Gobierno en sanidad y educación ha aumentado como una parte del PIB, la inversión en agua y saneamiento se ha visto reducida.41

El activismo de base centra su atención en la educación y la sa- nidad, pero también en los servicios de agua y saneamiento a través de iniciativas y esfuerzos de autoayuda con el objetivo de convencer a las autoridades de la necesidad de actuar. Algunos de los mayo- res avances se han hecho en India y Pakistán, donde asociaciones de habitantes de los barrios bajos han contribuido a que millones de personas tengan acceso al saneamiento. El éxito en relación con el

agua y el saneamiento en países como China, India, Lesoto y Bra- sil muestra que uno de los factores clave es crear una demanda de saneamiento, más que buscar soluciones de ingeniería «de arriba abajo». El progreso yace en la interacción entre movimientos ciuda- danos y Estados efi caces.