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Sciences and Arts Answers to criticisms, SANU, Belgrado, 1995.

Memorándum:

las violentas rebeliones albaneses en Kosovo (1968 y 1981) y el Maspok croata de 1971. Pero sí es cierto que el

Memorándum

ayudó a que Milosevic tomara el poder aunque,

paradójicamente, él no estaba de acuerdo con el documento y hasta lo denunció. En Milosevic no existían contradicciones nacionalistas: era un comunista ortodoxo, puro y duro. Y mantuvo sus credenciales como hombre de izquierdas toda su vida. Pero también era una persona ambiciosa y pragmática. Hasta 1986 nunca le interesaron los conflictos nacionalistas que empezaban a emerger en Yugoslavia, ni siquiera el de Kosovo, que afectaba muy directamente a Serbia. De hecho, fue quizás el estadista menos identificado íntimamente con el nacionalismo de todos aquellos que se forjaron en las Guerras de Secesión yugoslavas. Pero su ambición personal sí que era una fuerza rectilínea, implacable, y fue la que le impulsó a dar el paso decisivo.

Pocos meses después del terremoto que provocó el

Memorán-

dum,

en abril de 1987, su maestro y mentor, Ivan Stambolic, lo envió

a Kosovo para recabar información en vivo y en directo sobre el ambiente que se vivía allí. El presidente estaba recibiendo fuertes presiones para que interviniera de forma directa en el problema. Se ha dicho que Stambulic era más nacionalista que Milosevic, aunque se decantaba por soluciones gradualistas.

A efectos de lo que sucedió, esa polémica no tiene mayor relevancia. Sí es más interesante entender que en torno al problema de Kosovo giraban otras discusiones más importantes, como la reforma de la Constitución de 1974, a la que se acusaba de todos los males que vivía Yugoslavia por entonces. Y, asociado a ello, el destino de la federación en lo que ya se vivía como momento de cambio político profundo para todo el contexto del Bloque del Este, mientras Gorbachov ponía en marcha la perestroika en Moscú, y los vientos de cambio ya soplaban con fuerza en Polonia y Hungría. Debe recordarse, además, que el

Memorándum

generó una réplica muy similar por parte del

naciente nacionalismo esloveno, muy en la onda de la época.

La visita de Milosevic a Kosovo resultó ser una emboscada tendida por los nacionalistas serbios locales. Pero el estadista supo ver enseguida las ventajas que le reportaba aquella fuerza que intentaba involucrarlo: aceptó y se comprometió con ellos, con el propósito de

controlarlos y utilizarlos para sus propios fines. Como es sabido, el 14 de abril de 1987, Milosevic apareció en las pantallas de televisión arengando a un grupo de serbios de Kosovo presuntamente vapuleados por la policía albanesa autonómica.

Milosevic regresó de aquel viaje decidido a jugarse el todo por el todo. En meses sucesivos, y con ayuda de partidarios en la Liga de los Comunistas de Serbia, su esposa, Mira —con sus propios contactos en el partido—, e importantes aliados en el mundo de los medios de comunicación serbios, Slobo inició una ofensiva contra su amigo, maestro y mentor, Ivan Stambulic, que terminó con su defenestración

política durante la 8.a Sesión del Comité Central de la Liga de los

Comunistas de Serbia, el 23 de septiembre. Fue una campaña fulgurante e implacable, en la cual Milosevic introdujo las cámaras de televisión en los debates de Ja Liga de los Comunistas, algo muy novedoso en la Yugoslavia de la época. De hecho, su amigo Dusan Mitevic, director de la televisión de Belgrado, resultó ser un verdadero Orson Welles que incluso le sugirió estrategias políticas. Hoy resulta evidente que, por entonces, Milosevic se estaba inspirando en la glasnost de Gorbachov, algo que dejó fuera de juego a sus adversarios en el partido, mucho más conservadores.

Otro de ios resortes de Milosevic consistió en presentarse como un nuevo líder dispuesto a superar la «burocratización del carisma» de Tito que suponía la Constitución de 1974, ideada como una fórmula jurídico-política que debía gobernar Yugoslavia como una especie de piloto automático, una vez que el estadista hubiera desaparecido. Por entonces, Milosevic se postulaba a veces como una especie de «supertitoísta» dispuesto a arrancar las malas hierbas. Los nacionalistas eran los albaneses de Kosovo. La Liga de los Comunistas de Serbia estaba paralizada y envejecida. Era evidente que, al menos en Serbia, Milosevic llenaba un vacío: la gente necesitaba poner cara y ojos al poder.

Y ese fue precisamente el planteamiento que subyació a las de- nominadas «reuniones de la hermandad y la unidad» de la «revolución antiburocrática» lanzada por los seguidores de Milosevic entre junio de 1988 y febrero del año siguiente en Voivodina, Montenegro y Kosovo. Es bien sabido que esos acontecimientos supusieron el claro auge del

nacionalismo serbio, que desembocaron en ia pérdida de la mayor parte de la autonomía administrativa de Voivodina y Kosovo, y que el nacionalismo esloveno los aprovechó para interactuar y lanzar su propio envite. Pero aparte de todo ello, debe considerarse qué buscaba Slobodan Milosevic; y la respuesta es sencilla: controlar la presidencia federal y la Liga de los Comunistas de Yugoslavia (LCY). Esto es, el objetivo del estadista serbio era seguir escalando dentro del régimen comunista establecido en toda Yugoslavia. Es importante tener eso muy presente, porque justo en el momento en que tuvo opciones a conseguirlo, durante el XIV Congreso de la LCY (20-22 de enero de 1990), el abandono de las delegaciones eslovena y croata llevó a la destrucción de la totalidad del partido y el colapso del régimen.

Eso sucedía inmediatamente después del hundimiento de los regímenes comunistas en todo el bloque oriental, acaecido durante el otoño de 1989. A lo largo del año que se abría, los partidos políticos florecieron en todas las repúblicas yugoslavas, a la vez que se imponía claramente, en todas ellas, la realidad de que la federación al completo estaba a punto de irse a pique.

A partir de ese momento se iban a suceder tres fenómenos tras- cendentales. En primer lugar, y ante todo, Milosevic se afanó en conservar el poder en la República de Serbia, reconvirtiéndose en un nuevo tipo de político adaptado a la pugna en el nuevo régimen multipartidista: ahora el poder debía ganarse en las urnas. A la vez, y en consonancia con esa nueva situación, el estadista serbio negoció con el resto de los presidentes y hombres fuertes de las repúblicas yugoslavas, a fin de completar el reparto del poder. Había que resolver el puzzle desordenado y explosivo que iba a dejar tras de sí la desintegración de Yugoslavia, algo que se veía venir cada vez con mayor claridad tras el colapso de la Liga de los Comunistas y la marea incontenible de los partidos nacionalistas en todas y cada una de las repúblicas. Y por último, Milosevic se dispuso a neutralizar al Ejército Popular Yugoslavo: una entidad poderosa y compleja, yugoslavista hasta la médula. Una bomba de relojería que debía ser desactivada, dado que de otra forma, podría convertirse en una amenaza de impredecible poder destructivo.

¿Cuál era la Serbia que Milosevic podría reinventar en aquellos meses decisivos? Todo dependía de su capacidad para meter a los tres

genios sueltos en la botella: el Ejército, la oposición y los na: cionalistas,

uno detrás de otro, o todos a la vez.

Multipartidismo en Serbia Multipartidismo en Serbia Multipartidismo en Serbia Multipartidismo en Serbia

En febrero de 1990, Slobodan Milosevic era un hombre frustrado: la carrera política para la que se había preparado durante años, y en nombre de la cual había llegado a traicionar a su mejor amigo, había quedado truncada en su mejor momento, cuando ya tocaba la cumbre de la LCY con la punta de los dedos.

En su lugar, ahora tenía que reconvertirse en un líder político completamente nuevo y al frente del recién creado Partido Socialista de Serbia (SPS, fundado en julio de 1990) disputarle el poder a toda una serie de partidos que por entonces nacían uno tras otro. Los adversarios más potentes de entre ellos tenían el nacionalismo por común denominador. Tanto desde el Partido de Renovación Serbia (SPO) como desde el Partido Radical (SRS) —y previamente el Movimiento Chetnik—, las nuevas personalidades políticas hablaban ya un crudo lenguaje ultranacionalista que reivindicaba unas nuevas y ambiciosas fronteras para la Gran Serbia, a pesar de que la Yugoslavia socialista todavía daba sus últimas boqueadas.

Ante esa situación, Milosevic optó por evitar el enfrentamien- to directo: la fuerza combinada de los nacionalistas podría hacerle mucho daño y hasta descabalgarlo del poder. La manifestación del 9 de marzo de 1991 en Belgrado, convocada por el SPO y el DS (Partido Demócrata) fue una buena muestra de ello. Aquel pulso, lanzado por el líder del SPO, el entonces carismático Vuk Draskovic, tuvo por objeto pedir la dimisión de Dusan Mitevic y, en general, de los hombres del entorno de Milosevic, que controlaban los medios de comunicación y la televisión en particular. En un momento dado, Draskovic pensó que la situación podía llevar a la toma de la «tele Bastilla», y al desencadenamiento de algo parecido a la revolución rumana de 1989. La manifestación terminó en una batalla campal, y en la proclamación

del estado de emergencia nacional. A media tarde, cuando los representantes de la presidencia federal yugoslava dieron su voto para que el Ejército interviniera sacando los tanques a la calle, los líderes de la oposición comprometidos en la protesta fueron detenidos, entre ellos Vuk Draskovic. Milosevic apareció en la televisión para justificar la

medida en nombre de la lucha contra el caos36. Todo ello, a pesar de que

el Partido Socialista había ganado las elecciones en el anterior mes de diciembre y Milosevic llegó a la presidencia con más del 65% de los votos.

Por lo tanto, la jugada del estadista serbio consistió en buscar la alianza con un partido político nacionalista que necesitaba ur- gentemente del apoyo del gobierno serbio: el Partido Democrático Serbio o SDS (Srpska Demokratska Stranka) fundado en Knin, la pequeña capital la Krajina, en febrero de 1990. La idea era llevar el partido a otras repúblicas con población serbia, y de ahí que el SDS inaugurara su delegación en Bosnia, en julio de ese mismo año. Los hombres que movían esas nuevas criaturas políticas eran intelectuales nacionalistas y profesionales liberales. No es casualidad que en la fundación del SDS en Knin tuviera un papel destacado el siquiatra Jovan Raskovic; lo mismo iba a ocurrir con la delegación del SDS en Sarajevo, cuyo líder sería el también siquiatra Radovan Karadzic. En ambos casos eran médicos de una especialidad escasamente integrada en el sistema de seguridad social, que atendían a particulares en sus consultorios: pacientes con problemas siquiátricos o simples trabajadores que sólo buscaban justificar una baja por depresión en la fábrica, y echar una mano en las tareas de recolección en sus pueblos natales.

Apoyando al SDS, Milosevic jugaba sobre seguro, al menos en aquellos meses. Los nacionalistas serbios en Croacia y Bosnia no podían permitirse el lujo de ignorarlo o cambiar de chaqueta; por su parte, los ultras del SPO y el Partido Radical, tampoco estaban en situación de

36 Franciso Veiga,

Slobo, op. cit., vid

págs. 166-174. Vcase un reportaje de la

revista serbia

Blic

al cumplirse veinte años de los acontecimientos: «Devetnaest godina od demonstracija u Beogradu», 9 de marzo de 2010: http://www.blic.rs/Vesti/Politi- ka /179978/Devetnaest-godina-od-demonstracija-u-Beogradu

denunciar aquella alianza. Y, por último, el Partido Socialista no tenía por qué desgastarse en la maniobra, podía permanecer al margen, dado que la ayuda a los hermanos serbios era cosa del gobierno.

Mientras tanto, Milosevic podía sacar de la chistera medidas de política social, compatibles con su nuevo estatus de gobernante socialista. Durante aquel verano en que la actualidad informativa local e internacional estaba centrada en Eslovenia y Croacia, propuso y logró hacer aprobar en el Parlamento serbio todo tipo de leyes y disposiciones, algunas claramente populistas, en especial las que evitaban los aspectos más dolorosos de una privatización y una transición que parecían quedar aplazadas.

Así fue como Milosevic consiguió que se aprobara, casi por unanimidad, la ley por la cual el Estado cedía los apartamentos y viviendas a quien los quisiera comprar. La propiedad inmobiliaria se privatizó y fue una buena noticia para todos. Para los particulares era una verdadera perita en dulce, dado que podrían adquirir las viviendas que habían ocupado hasta entonces como inquilinos del Estado. Los que tuvieron un poco de paciencia incluso lo hicieron por un precio ridículo. Por otra parte, se liberalizó todo un sistema de enojosas normativas de la época titoísta para la adjudicación de vivienda, que iba desde el pago de un porcentaje del salario de cada empleado para el sector de la construcción, al cálculo de superficie por número de miembros de la unidad familiar, o la influencia de la empresa que empleaba al realquilado. Como colofón, muchas personas entraron en el mercado inmobiliario al adquirir las viviendas que se le habían asignado durante el régimen comunista. De la misma forma, antes de las elecciones, en noviembre de 1990, los socialistas se mostraron hábiles haciendo votar la restitución de la tierra confiscada por las autoridades comunistas en 1946 y 1953; iniciativa que no todos los nuevos partidos socialistas de Europa oriental tuvieron la determinación de aplicar.

Pero, ante todo, Milosevic tenía muy claro que lo principal era continuar manteniéndose en el poder ofreciendo una amplia gama de proyectos y promesas, a fin de contentar a una mayoría de la población serbia. Y era todo un desafío, porque Serbia resultaba ser la república que salía potencialmente más desfavorecida de la desintegración de Yugoslavia.

Casi cualquier otro líder republicano podía argumentar que obtenía beneficios de la secesión y el fin de la federación. De hecho, todos ellos iban entendiendo que, en función de cómo se permaneciera o se abandonara la federación, el propio poder se asentaría o peligraría. Eso significaba que mientras hacían sus cálculos y tanteaban sus opciones en solitario, también procuraban mantenerse en contacto y negociar lo negociable, unos con los otros.

Los eslovenos fueron la excepción, desde el primer momento. Planearon cómo irse con el aplauso de las potencias occidentales, flamantes vencedoras de la Guerra Fría. Eso supondría ayudas, créditos, certificados de europeidad que a su vez traerían más créditos y ayudas. A tal efecto, Kucan exhibía orgullosamente el certificado de europeidad con el que soñaban en rosa los eslovenos. Tudjman también ofrecía esa posibilidad ansiada, y además, la prosecución de una Gran Croacia, un proyecto que, desde la Segunda Guerra Mundial, volvía a ser factible. Tardarían más que los eslovenos en obtener rendimientos económicos y repartir dividendos sociales y políticos. Pero, de momento, llevarse unos territorios extras en el mapa de la nueva república independiente era algo bien visible, y políticamente rentable. Bosnios y macedonios eran demasiado pobres para suponer que iban a obtener algo tangible de la independencia; pero al menos podían rechazar la subordinación a Serbia en una «pequeña Yugoslavia»; la actitud resistencial también era movilizadora, sobre todo conforme pasaban las semanas y luego los meses, y crecía la esperanza de que los europeos o incluso los americanos pudieran echar una mano, como parecía que estaba haciendo con eslovenos y croatas. -

Frente a ellos, Serbia perdía una Yugoslavia de la que se veía a sí misma como alma histórica. En pocos meses pareció que cualquier solución era mejor que la antigua federación, fuese grande o pequeña. Serbia se estaba convirtiendo en el niño con el que nadie quiere jugar en el recreo. Y en solitario tampoco se consideraba un candidato tan claramente predestinado a incluirse u obtener beneficios inmediatos del nuevo proceso de integración europea. Por eso, y tanto si le gustaba como si no, caso de que deseara seguir en el poder, Milosevic tenía que jugar a la «piñata nacionalista», ofrecer gloria y nuevas fronteras, unión de los serbios, la herencia institucional o moral de la destruida

Yugoslavia. Y, en consecuencia, sacó de su chistera todo lo que pudo para justificar que Serbia obtendría excelentes beneficios del expolio de la federación. Aún más: Serbia podría abandonar Yugoslavia, y además seguir siendo Yugoslavia.

En ese intento de cuadrar el círculo, a Milosevic no le quedaba más remedio que jugar una partida simultánea en varias mesas a la vez. Y una de ellas era la negociación con el resto de las repúblicas. Montenegro no ofrecía problemas desde la «revolución antiburocrática» de 1988; su presidente, Momir Bulatovic era un firme aliado de Slobo. Bosnia y Macedonia podían esperar: quizás incluso era factible pactar la continuidad de una «Yugoslavia reducida». En enero de 1991 todavía existían buenas perspectivas para ello, al menos en lo que se refería a bosnios, macedonios y montenegrinos. Pero había que negociar un buen divorcio con los eslovenos y croatas.

Eslovenia no suponía un problema, y Milosevic se lo hizo saber al mismo Kucan en cuanto tuvo ocasión. El 23 de enero de 1991, mientras los militares le daban vueltas y más vueltas, inútilmente, a su siempre hipotético y aplazado golpe de estado, el presidente serbio tendió un puente de plata a los eslovenos: sendas delegaciones se reunieron para llegar a un acuerdo. Tras una larga conversación, se publicó un comunicado conjunto. Serbia respetaría

[...] el derecho de la nación eslovena y la República de Eslovenia a seguir su propio camino y su propia postura en relación a la forma de los futuros lazos con el resto de las naciones o repúblicas yugoslavas'.

Kucan no tuvo inconveniente en aceptar la oferta serbia. Y los croatas montaron en cólera cuando supieron de la reunión y el acuerdo alcanzado: Serbia reconocía el derecho a la secesión de Eslovenia, y ésta dejaba las manos libres a Belgrado para que «arreglara» como quisiera su contencioso de minorías nacionales con Croacia.

No les faltaba razón a los croatas para habérselo tomado tan mal, dado que menos de una semana antes, el 17 de enero, en Morkice, habían llegado a un pacto de mutua asistencia militar con los eslovenos. Por lo tanto, unos se habían engañado a los otros de una forma que dejaba poca esperanza para arreglar de forma civilizada los problemas que iba a traer la descomposición de Yugoslavia.

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Los pactos secretos entre Tudjman y Milosevicctos secretos entre Tudjman y Milosevicctos secretos entre Tudjman y Milosevicctos secretos entre Tudjman y Milosevic

Mientras tanto, se fraguaba otra serie de acuerdos ignominiosos, esta vez entre Tudjman y Milosevic. Para el presidente serbio la cuestión resultaba especialmente delicada, dado que el muy yugos- lavista Ejército Popular Yugoslavo podría convertirse en un monstruo ciego dispuesto a arremeter incluso contra los serbios. La necesidad de trampear con los generales impuso un compás de espera de tres meses —contado a partir del acuerdo con los eslovenos. Los sucesos de la semana crucial, del 9 al 16 de marzo, propiciaron que Milosevic enseñara su juego.

La violenta manifestación desencadenada por los nacionalistas de Vuk Draskovic, la salida de los tanques a la calle y la indeterminación de los generales para dar un golpe, dejaron claro que los militares no eran ni una ayuda ni una amenaza. Desde un punto de vista político eran, simplemente, impotentes. Y Milosevic se puso manos a la obra.

En primer lugar, hizo algo que recordaba mucho a lo que. Boris Yeltsin llevaba meses apuntalando en la Unión Soviética, casi un año