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SEGUNDA PARTE

In document Alba Triunfante - Robert Hugh Benson (página 106-170)

CAPÍTULO PRIMERO I

Sentado ante la mesa de su habitación de Westminster, estaba Monseñor Masterman atareadísimo despachando su correspondencia.

Una semana había transcurrido desde su regreso, y durante ella progresó notablemente. Hasta su rostro se había transformado. Aquel aspecto lastimoso, perplejo, que tenía antes, mientras le duraba la continua impresión de estar por completo fuera de tono en aquel mundo en que se halló después de su pérdida temporal de la memoria, había desaparecido ya del todo, siendo sustituido por la expresión aguda y vivaracha que parecía más característica de un eclesiástico. No era porque hubiese ya recobrado la memoria, pues desde su repentino despertar en el Hyde Park, todo se le aparecía como envuelto en una niebla, de la cual se destacaban rostros, lugares y hasta frases que, en su mayor parte, era imposible identificar. Y, sin embargo, resultaba patente la asombrosa facilidad con que iba atando los cabos sueltos de sus ideas. Desde que llegó de Lourdes, pasó tres o cuatro días encerrado, en conversación particular con el Padre Jervis o con el Cardenal, y, al fin, se sintió ya capaz de reanudar el trabajo, ayudado por sus secretarios. Todo el mundo conocía ya su estado de depresión nerviosa, de modo que sus

distracciones y olvidos a nadie sorprendían.

Claro es que tan cambiadas le parecían todas las cosas que la impresión de asombro que le producían era enorme. Descubrió, por ejemplo, con no poca sorpresa, que su cargo de secretario del Cardenal le había convertido en uno de los más importantes personajes del país. Evitó en lo posible ciertas entrevistas particulares, que, por otra parte, no solían celebrarse a solas, sino dirigidas por el mismo Cardenal; pero su correspondencia bastaba para demostrar que su voto favorable era tenido en mucho, hasta por hombres que

ocupaban entonces un lugar eminente en los gobiernos. De ello era ejemplo el enorme trabajo que tenía que despachar relativo al asunto de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, porque hay que recordar que la Iglesia, mientras no estuviera aún su

organización completamente establecida, era la representación de todo el sentimiento religioso del país, y debía ser consultada en cuantas medidas de importancia se tomaran. Luego, se ofrecía a su consideración el asunto de la devolución de los bienes de aquella, no terminado aún en todos sus pormenores, pues se hacía inacabable la discusión de los numerosos arreglos y compensaciones. Lo que aquella mañana le traía más ocupado era, sin embargo, la cuestión universitaria, y sobre todo, lo relativo al número de laicos y de clérigos que formaban parte de las antiguas fundaciones católicas.

Sonó un timbre, y uno de los secretarios sentados ante la ancha mesa colocada junto a una ventana, tomó el auricular del teléfono para recibir la orden transmitida. Se volvió

para anunciar:

—Su Eminencia desea decir a Monseñor dos palabras sobre ciertos asuntos. Se levantó Monseñor.

—Iré ahora mismo —dijo—, si no tiene inconveniente. A las doce he de estar en Westminster.

Volvió a hablar por teléfono el secretario. —Su Eminencia le espera —añadió.

Un minuto después levantaba el Cardenal la cabeza para mirar al sacerdote que acababa de entrar.

—¡Ah! Buenos días, Monseñor. Tomad asiento. Hay un par de asuntos que quisiera consultaros. El primero se refiere a un juicio por herejía contra un sacerdote.

Saludó respetuosamente Monseñor. Era aquél el primer caso de tal clase que se le

presentaba o que recordara, cuando menos, y no acababa de comprender qué significaba todo aquello.

—Deseo que escojáis vos mismo los jueces. Ya daréis una ojeada al proceso si hay algo que no recordéis. Claro que entre los jueces ha de figurar un dominico; por lo tanto, tendréis que poneros en relación con el Padre Provincial. Los otros dos han de ser legos, porque es un religioso el acusado. Como lugar para la celebración del juicio, él ha elegido Inglaterra.

—Perfectamente, Eminencia.

—Se ha portado con gran discreción, y renuncia a las ventajas que pueda ofrecerle la cláusula Ne invitus.

—No la recuerdo en este momento —comenzó a decir Monseñor, vagamente consciente de haber oído hablar de ella antes.

—¡Oh! Es la que le reconoce el derecho de destruir la edición de la obra antes de que se publique. Forma parte de la nueva legislación. Ha mandado él a Roma la tesis de su libro, impresa con carácter privado, y ha sido condenada. Él se niega a retirar lo dicho, y se muestra completamente convencido de su ortodoxia. A lo que entiendo, no está aún el libro terminado; pero la tesis en él sostenida queda ya suficientemente clara. Se refiere al asunto del elemento milagroso en la religión.

—Perdone Su Eminencia, pero el autor, ¿es por casualidad un benedictino? Sonrió el Cardenal.

—Sí a eso iba. Su nombre es don Adrian Bennett. Es, o mejor dicho, debería ser, un fraile de Westminster, pero su vuelta se ha retrasado ahora.

—Lo conocí en Lourdes, Eminencia.

—¡Ah! Es un joven inteligentísimo y, de paso, de valeroso espíritu… Bueno, ya daréis una ojeada al proceso si no recordáis claramente su contenido. Y quisiera tener ya los nombres de los jueces mañana por la noche. Podría ser que el canónigo doctoral de la diócesis no pudiera asistir por indisposición, pero ya cuidaréis de arreglar esto.

—Sí, Eminencia.

Cardenal empezó a juguetear con la pluma que estaba sobre la mesa—. Es preciso que ni el menor rumor de esto salga de las paredes de esta casa. Podría llegar a ser de dominio público cuando menos se espera, y quiero que lo sepáis para que no os coja de sorpresa. Bueno, se trata de lo siguiente: he tenido noticias de que el Emperador de Alemania ingresará esta noche en la comunión de los fieles católicos. No necesito explicaros lo que ello representa. Es un hombre decidido y que sabe perfectamente lo que hace, y no cabe la menor duda de que tarde o temprano les hará a los socialistas completamente

imposible la vida en Berlín. Significa esto que estallará la guerra civil en Alemania (y he oído decir que ya se han estado preparando aquellos a toda prisa desde hace algún tiempo), o bien que se dispersarán por algún otro país. Sea como fuere, Europa será la que tendrá que entenderse con ellos. Mas de todos modos, esto pertenece al porvenir. Lo importante es, de momento, que nosotros deberíamos procurar mostrarnos en toda la plenitud de nuestra fuerza al llegar el momento oportuno. Por supuesto que se cantará el Tedeum en todas las iglesias de Inglaterra en cuanto se haya dado publicidad a la noticia, y deseo que estéis preparado para cuantas disposiciones haya que tomar. El milagro de Lourdes, que vos mismo presenciasteis, fue lo que acabó de dar el impulso decisivo. Como sabéis, ya el Emperador había estado inclinado a tomar tal decisión durante los últimos meses.

Dijo esto el Cardenal con toda la diplomática serenidad posible, pero bien pudo observar su interlocutor cuán profunda era la emoción producida en él por el importantísimo acontecimiento. La situación en que se había colocado el Emperador era el punto flaco en la organización católica de Europa y, en verdad, del mundo entero. Ahora quedaba ya puesta la última piedra, y el arco estaba completo. Lo único que rebajaba algo la

favorable trascendencia del acto es que no había hombre de Estado ni profeta que fuera capaz de decir cuál sería el efecto que ello iba a producir en los socialistas.

—Y ¿cómo estáis de salud, Monseñor? —preguntó de pronto el Cardenal mirándole sonriente.

—Estoy perfectamente, Eminencia.

—Ya quisiera yo poder decir otro tanto. Por mi parte, estoy más que satisfecho de verlo —continuó el Cardenal—. Me parece que habéis recobrado ya toda vuestra antigua fuerza de atención, y hasta en algunos puntos considero que ha aumentado. He escrito a Roma… —y aquí dejó sin acabar la frase.

—Ciertos pormenores son los que aún me ofrecen dificultad, Eminencia. Por ejemplo, en este juicio de herejía me es imposible recordar cuáles son el procedimiento, las penas y lo demás.

—Todo eso irá volviendo paulatinamente a vuestra memoria —dijo sonriendo el

Cardenal—. Después de todo, lo esencial es lo que importa. Bueno, no quiero deteneros más. Tenéis que estar en Westminster a las doce.

—Sí, Eminencia. Hemos terminado casi. Los monjes están satisfechos; pero la comunidad no volverá a Westminster hasta que pueda hacerse la entrada formal. Ha escrito el Cardenal Campello diciendo que con toda seguridad estará entre nosotros el día 20.

—Muy bien. Pues así, quedad con Dios, Monseñor. II

Era casi medianoche cuando, después de apartar el libro que tenía delante, se recostó Monseñor en su sillón. Se sentía fatigado y como aturdido por la lectura.

En primer lugar, había estado estudiando con el mayor cuidado la constitución del Tribunal de la Herejía, escribiendo después al Provincial de los dominicos y a los

sacerdotes por él escogidos para el juicio. A continuación, estudió los procedimientos que debían seguirse y las penas correspondientes.

Al principio, no podía creer lo que leía. Más de una vez buscó, para leerla de nuevo, la portada del libro, creyendo que hallaría en ella la confirmación de que no era esta más que alguna reimpresión de una obra de la Edad Media. Pero el título estaba bien claro: no cabía confundirlo con otro; y la obra estaba impresa en Roma, en la primavera de aquel mismo año, y contenía un suplemento inglés que trataba de las relaciones actuales entre la legislación canónica y la especial del país. Para las faltas de menor cuantía, los castigos eran pequeños, dándose a cada paso facilidades para que el acusado pudiera evitar el rigor de la ley. Hasta estaba previsto, como último recurso, el medio de librarse aquél de toda pena al renunciar formalmente al cristianismo; pero, en caso contrario, es decir, si persistía por un lado en reclamar un lugar en la Iglesia de Cristo, y, por otro, en sostener, al mismo tiempo, una opinión teológica que hubiera sido declarada errónea por el

Tribunal de Apelación, ratificado el fallo por el Papa, entonces debía ser entregado al brazo seglar, y según las leyes de Inglaterra (como también según las de cualquier otro país europeo, exceptuando Alemania), la pena impuesta por el brazo seglar era, si se trataba de un clérigo tonsurado, la muerte.

Esto fue lo que tanto había hecho titubear al sacerdote. Allá en su interior se levantaba con tal fuerza un sentimiento de protesta incontrastable, que ni siquiera admitía la posibilidad de ser sometido a análisis; un sentimiento de protesta basado en que era verdad axiomática que los crímenes espirituales no merecían ser castigados más que espiritualmente. Esto sí lo comprendía él. Veía con toda la claridad necesaria que ninguna sociedad podía conservarse tal como era sin acudir a ciertas restricciones; que ninguna asociación podía continuar unida sin ciertos reglamentos concretos que debía obedecer. Sabía él ya lo suficiente para hacerse cargo de que el hombre a quien se le antojaba despreciar las exigencias de una sociedad espiritual, por muy arbitrarias que ellas fueran, perdía desde aquel momento todo derecho a disfrutar de los privilegios concedidos a aquel cuerpo que antes había respetado. Pero que la muerte, la brutal muerte física, pudiera ser en ninguna sociedad civilizada, y aún menos si era cristiana, la pena que cupiera escoger como castigo de la herejía, esto le escandalizaba sobre toda ponderación. Al leerlo por primera vez, vio aún brillar en su espíritu un rayo de esperanza. Acaso se

trataba únicamente de una sentencia conservada allí por pura fórmula, como aquellas antiguas penas por alta traición cuya práctica se había abandonado ya mucho antes de que fueran abolidas. Miró el índice, y después de examinado, volvió a recostarse en el sillón, completamente descorazonado. Acababa de ver que se citaban una docena de casos ocurridos durante los diez últimos años, solo en Inglaterra, y en los cuales se había aplicado aquella pena.

Media hora pasó antes de que se levantara de su asiento con una determinación bien fija en el espíritu: que a nadie consultaría lo que pensaba. Demasiado había aprendido a desconfiar de sí mismo, en las últimas semanas transcurridas, para que no supiera abstenerse de formular prematuras conclusiones, y había aprendido lo bastante del mundo en que se encontraba como para comprender que ciertas cosas, aceptadas como evidentes por la generalidad, y que, sin embargo, él juzgaba imposibles, en no pocas ocasiones habían resultado al menos no ser ridículas.

Pero ¡quién había de pensar que aquel fraile joven, con el cual había hablado en Lourdes, sería el centro alrededor del cual iba a girar el proceso cuya preparación le estaba encomendada a él mismo!... Ahora comprendía algo de lo que el propio Padre Adrian Bennett había dejado traslucir.

III

Dos días después, al atardecer, le entregaron una tarjeta mientras estaba sentado en su despacho, y aún la tenía en la mano cuando entró apresuradamente el Padre Jervis. —¿Puedo hablaros un momento a solas? —preguntó, lanzando una mirada de soslayo a los secretarios, que se levantaron y salieron sin pronunciar palabra—. Parecéis algo indispuesto —dijo el cura observándole con penetrantes ojos, mientras tomaba asiento. Movió Monseñor la mano como suplicando que dejara este asunto.

—Bueno, me alegro de haber llegado aún a tiempo. Vi que el hombre se dirigía hacia aquí y se me ocurrió la idea de si estaríais enterado de quién es.

—¿El señor Hardy? —Sí… James Hardy.

—Pues sé que no es católico, y que es algo político. —Bueno, es el hombre más astuto, más sagaz, que

poseen los secularistas. Es materialista en absoluto. Estoy seguro de que ha oído hablar de vuestra enfermedad y viene aquí a ver si puede sacar algo útil de vuestra

conversación. Su palabra es especiosa, y resulta verdaderamente peligroso. Ignoro el motivo de su visita; pero podéis tener la seguridad de que se trata de algo importante. Podría referirse a las Órdenes religiosas o al Decreto relativo a la reintegración de los

derechos de la Iglesia. Pero no hay duda de que es algo de importancia vital. Por esto he creído conveniente recordaros qué clase de hombre es este.

Se levantó el cura.

—Un millón de gracias, Padre. ¿Tiene usted algo más que decirme? ¿No posee ninguna noticia particular que comunicarme?

Sonrió el Padre Jervis.

—No, Monseñor. Más sabéis ahora vos que yo. Bueno, le diré a ese señor Hardy que estáis dispuesto a recibirlo. ¿En el cuarto número uno?

—Eso es. Gracias.

Oscurecía ya cuando Monseñor Masterman cruzó el corredor, minutos después,

parándose un momento ante un alto ventanal para echar una ojeada a la calle londinense que allá abajo se extendía. Y no es que ocurriera allí nada de particular que valiera la pena ver: en verdad, la calle estaba en aquel instante completamente vacía. Pero levantó la mirada a la gran pantalla electrónica que mostraba los últimos titulares, situada sobre la tienda de periódicos de la esquina, yendo hacia Victoria Street. Pero no había noticias; solo los acostumbrados anuncios de variaciones atmosféricas, de asuntos judiciales y el resumen político del día.

Siguió, pues, su camino.

El gabinete, cuya puerta era de cristales, estaba iluminado, y un hombre vestido con el traje negro que llevaban los abogados, se levantó de su asiento para saludarlo en cuanto entró. De rostro sonrosado, apariencia alegre y completamente afeitado, era de talla mediana y sus ademanes resultaban en extremo corteses y atractivos.

El señor Hardy dedicó las primeras palabras a felicitar a su interlocutor por su buen aspecto, que denotaba el completo restablecimiento de su salud. No había en el recién llegado ni el menor asomo de ansiedad o de excitación, y casi insensiblemente, fue hallándose bien pronto el sacerdote muy inclinado a olvidar la advertencia con que

acababa de ponerle en guardia su amigo. De pronto, cambió el rumbo de la conversación el otro, y la dirigió hacia su asunto.

—Bueno, me parece que debo hablar ahora de lo que aquí me trae. Lo que deseo preguntar es lo siguiente: ¿podríais decirme en confianza (y os aseguro que guardaré el secreto en absoluto), si las autoridades eclesiásticas se dan aquí cuenta del movimiento socialista que deberá producirse necesariamente en cuanto se haga pública la noticia de la conversión del Emperador?

—Yo… —comenzó a decir el sacerdote.

—Permitidme unas palabras, Monseñor. No quiero en modo alguno obligaros a ciertas revelaciones. Pero no sabéis que nosotros los infieles —y aquí sonrió con aire de

encantadora modestia—, nosotros los infieles os consideramos como a nuestros mejores amigos. El Estado parece no tener ni idea de lo que es compasión. Pero la Iglesia es siempre razonable, y nosotros, los pobres socialistas, en alguna parte hemos de vivir. Por esto deseaba yo…

suposiciones. ¿Ha dado el Emperador alguna prueba de…?

Por el rostro del otro pasó como una nube que le privara por completo de la facultad de pensar, distrayendo su atención de lo que estaban hablando, y casi al mismo tiempo se oyó a través de las abiertas ventanas un ruido que, en los primeros momentos, no acertó a explicarse el sacerdote.

—¿Qué es esto? —exclamó vivamente el abogado poniéndose en pie.

De nuevo llegó desde la calle enorme vocerío, ruido de aplausos, y luego un grito penetrante, aislado.

—Venga usted hacia aquí —dijo el sacerdote—. Desde el corredor podremos verlo. Al llegar ambos a la ventana, el aspecto que ofrecía la calle era totalmente distinto. Desde cerca del sitio en que se hallaban hasta el extremo en que se elevaba la pantalla

electrónica, se veía un tropel de personas que iba apiñándose y aumentaba a cada instante. De la izquierda, más allá del lado oeste del reloj de la catedral, venía un río de gente que se encontraba con otros dos: uno que seguía la avenida corriendo y

gesticulando, otro que procedía de Victoria Street. Y del conjunto se elevaba, de cuando en cuando, un huracán de aplausos, marcando ciertas pausas de la arenga que

pronunciaba un hombrecillo encaramado junto al expositor.

Miró hacia este último Monseñor, y en gigantescas letras, sobre el espacio ocupado antes por la nota de las variaciones atmosféricas, se destacaba la noticia publicada en el

instante mismo en que el jefe de los socialistas ingleses trataba de averiguar qué había de verdad en el rumor que había llegado a sus oídos:

EL EMPERADOR DE ALEMANIA INGRESÓ, EL JUEVES POR LA TARDE, EN EL SENO DE LA IGLESIA CATÓLICA

Y debajo:

ES ESPERADA PARA ESTA NOCHE LA PUBLICACIÓN DE UN DECRETO DIRIGIDO A LOS SOCIALISTAS

Leyó ambas noticias Monseñor, sin darse cuenta de cosa alguna que no fuera aquella estupenda novedad. Se volvió después para hablar, pero vio que se había quedado solo.

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