Lacan-Hegel. - El sujeto de la cadena. - El s'ejjet com unista. - Ontología. - Los cuatro axiomas de Lacan. - La destrucción com o dom inio de la pérdida.
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Lacan, lo dije, es nuestro Hegel, o sea la dialéctica (idealista) de nuestro tiempo. Que sea de nuestro tiempo, esta dialéctica, exige que uno finja opo nerla a las máquinas hegelianas, y Lacan no se esconde de este deber.
Provocado por Jacques-Alain Miller, el 27 de mayo de 1964, a lo que er? preciso llamar «Lacan contra Hegel», él aprueba con deleite, pero también con la amabilidad prudente de negar que pueda tratarse -¡del todo!- de un «debate filosófico» (S XI, 195).
Es que diez años antes -léase el índice de los Escritos: Hegel se lleva en él la parle del león, detrás de Freud, quien, fuera de concurso, no figura en el mismo, sino antes de todos los demás- se trataba de designar lo que «quedase de profético en la exigencia, en la que se mide el genio de Hegel, de la identidad radical de lo particular y lo universal» - o sea, en la torsión dialéctica m isma-, y de inscribir en ella la etiqueta retrospectiva del psicoanálisis, el cual aporta a esta torsión «su paradigma entregando la estructura donde esta identidad se realiza como desunión del sujeto, y sin recurrir a mañana» (E, 292). Operación, sobre Hegel, de doble sello de la modernidad dialéctica. De doble salto, por consiguiente.
Así como Hegel para Marx, Lacan es para nosotros esencial y divisible. El primado de la estructura, que hace de lo simbólico el álgebra general del sujeto, y de lalengua [M angue], su horizonte trascendental, se contrapone en él, y cada vez más, a una obsesión topológica, donde lo que genera influencia, y progreso, se debe al primado de lo real.
Hay, en resumen, dos Lacan sucesivos, el de la falta de ser [manque
á étre] y el de la ontología del agujero, del topos nodal, luego, del ser de
la falta.
Del primado de lo simbólico a la consistencia de lo real.
La matriz racional vinculada al efecto de la falta, por donde Lacan persigue el esfuerzo de Mallarmé, la hallarán concentrada en los artíc.ulos0 donde Jacques-Alain Miller, paso a paso, pone en claro la función del significante, después la teoría de lalengua. Las conclusiones de Miller re únen el formalismo de la dialéctica estructural, bajo el tema de la entidad evanescente, de la totalidad inconsistente:'
Es sólo cuando la marca desaparece que su lugar [píacc] aparece, y, por consiguiente, la marca com o tal. ¿Nos basta co n justificar decir que no alcanza su ser sino en su desaparición -q u e sólo se aprehende en el borde de su falta- fulgurante? ( . . . ) el ser de la marca, así com o el de la falta6-*, «no existe» sino en el entre-dos, incorpóreo, inaprehensible, o en la diferencia de lo uno al otro, en el m ovim iento, en el pasaje, y es siem pre demasiado tem prano o demasiado tarde ( . . . ) Este proceso -e sta en tid ad - se presenta como intotalizable, o: com o una totalidad contradictoria, lo que quiere decir: una totalidad con su contradicción, o con su elemento inintegrable, multiplicidad irreductible a la unidad ( ...) La marca ( ...) no consiste (es inconsistente), persiste, insiste, es un proceso («M atriz», O rn ícar? n ” 4).
El sujeto se revela allí en el eclipse del marcado, tomado en el batimien to, el fulgor-de-borde [fulgurance-de-bord] de lo que lo articula.
Así el proletariado, en las redes de la ley política del mundo burgués, no es -co m o dice Lacan del objeto del fantasma [phantasm e]- sino una «indecible vacilación» (E, 656). Quienquiera que pretenda afirmar su sustancia, es un estafador.
Del proletariado, nunca tenemos, si no [sínon] el cuerpo (el partido), más que las huellas: hechos históricos populares cuya evidencia nominal nos fulmina de incertidumbre.
De ahí que hace sujeto.
Prescrito por la pérdida de su objeto -a sí suturado a lo real por la ca rencia de ser-, el deseo divide el sujeto, siendo inextensible a la «nada» de la cual procede. El único modo de existencia de una división tal es la ley de alternancia que, en Lacan, ninguna estrella viene a sellar.
El sujeto sigue de parte a parte la suerte del término evanescente, teniendo estatuto de intervalo entre los dos significantes, St y S„ que lo presentan el uno al otro. Así como el proletariado no es sino lo que 61 Juego de palabras entre marque («marca») y m anque («falta» o «carencia»), (N. del T.)
una revolución (denominada) presenta a otra revolución (denominable). Así como el barco naufragado (Sj) presenta el sujeto de la escritura a la sirena (S,), sin que nada estabilice esta presentación, ni siquiera el sueño mallarmeano de una cifra del universo, ocultada en el Libro en el que este universo debería lógicamente desembocar.
Para Lacan, el sujeto desemboca en nada, lo que no es poco, pero no tiene ningún sentido tener que deslizarse sobre la ausencia, ya que «el deseo es la metonimia de la falta de ser» (E, 640).
Es mediante este sesgo que Lacan se abre un acceso, que nos conviene, a la ontologia: el inconsciente es este ser |gtre] que subvierte la oposición metafísica del ser y del no-ser [de Itlr e et du non-étre¡ . Pues es el efecto de la carencia de ser (efecto que se denomina: transferencia).
En lo cual, veremos, se emparenta con la política proletaria según la marxista, la cual es lo que ella se hace (se efecta) [s’ejjet]65 no ser (se efecta66 se denomina «comunismo»).
J.-A. Miller, siempre él, persigue a Lacan con la pregunta: «¿Cuál es su ontología? El inconsciente, ¿qué es?».
¿A qué prueba no se cree someter a los marxistas cuando se les dis para a quemarropa, esto pasa mil veces, de manera que llevamos ropas incombustibles: «Su proletariado, ¿dónde está? ¿No es un significante imaginario?»
Mala suerte para quien crea deber seguir a su locuaz atormentador en el terreno de existencia donde él io ha provocado. Ya sea que busque por el lado de. los obreros y de la explotación fabril, ya sea que evoque Estados existentes, siempre tendrá, de los mismos, o demasiado, o demasiado poco. A lo que da fuerza de nombre al proceso de un sujeto político, es en vano que ustedes quieran procurarle el certificado de existencia de una colección empírica (aunque fuere una clase social) o el no-ser ideal de un proyecto de sociedad (aunque fuere «socialista»).
Ni las pulsiones sexuales ni la Asociación Internacional de Psicoanálisis probaron jamás que el inconsciente existiera. No esperemos más, en cuanto al proletariado, de la huelga fabril o del Estado chino.
65 Juego fónico-semántico entre se Ja it («se hace») y s’effet («se efecta»). En lo que respecta a esta última expresión, no cabe traducirla por «se efectúa» (s'effectuer, en francés). De hecho, la palabra effet sólo puede volcarse al castellano como «efecto», pero, en la estructura s'ej/eí, a través del se y del paralelismo con se ja it, adquiere un valor verbal que nos fuerza a traducirla como «efecta». (N. del T.)
66 Aquí, el juego fónico-semántico tiene lugar entre s ’effet («se efecta») y ce ¡ait («este hecho»), (N. del T.)
Lacan, sometido a interrogatorio, sigue de inmediato los buenos con sejos de la astucia oblicua. Dispersa su respuesta, anunciando, en primer lugar, que «como todo el mundo», él tiene su ontología (5 XI, 69), pero que, en cuanto a lo que él profesa, eso no está destinado a «recubrir el campo entero de la experiencia» (Id.).
El 19 de febrero de 1964, se diría que carga las tintas sobre la modes tia: No, «el psicoanálisis no es ni una Weltanschauung, ni una filosofía que pretende dar la clave del universo. Está gobernado por un objetivo particular, históricamente definido por la elaboración de la noción de sujeto» (S XI, 73).
Sí, pero es una provocación este sujeto (siendo el nuestro, de modestia dudosa comparable, la efectuación política), pues su concepto remodela nada menos que la idea de toda ciencia posible, como el nuestro, de toda apercepción práctica del lazo social. Hasta Freud, fundada sobre el trayecto que va de la percepción a la ciencia, la epistemología se extravía, pues «evita el abismo de la castración» (¡d.). Comprendamos que ustedes no tienen acceso a la idea recta de la verdad si esquivan el efecto de falta: sería darse la coherencia sin la torsión, lo que los precipita a ustedes repetitivamente en el espejismo del todo.
Ontología o no, el psicoanálisis según Lacan impone una rectificación general a la filosofía, que toca a nada menos que al sesgo por el cual la verdad se adosa a lo real.
Por lo demás, dos meses más tarde, nuestro zorro se ocupa, a pesar de su «negativa a seguir la primera pregunta de Miller sobre el sujeto de una ontología del inconsciente» (5 XI, 122), de, dice él, soltar «un pequeño cabo de la cuerda» (Id.). ¿Qué cabo de qué cuerda? El de la que esquiva la oposición ser/no-ser:
En este lugar, h ay que definir la causa inconsciente, no com o un ente, ni com o un o d kov, un no-ente -co m o lo hace creo Henri E y -, un no-ente de la posibilidad. Es un |uj ov, de la interdicción, que dirige al ser un ente a pesar de su no-advenim iento, es una función de lo imposible sobre el que se funda una certeza (S XI, 117).
Esta «interdicción que dirige al ser un ente a pesar de su no-adve nimiento», nos dice la prematuridad causal del sujeto, el demasiado- temprano/demasiado-tarde [trop- fot /trop-tard] de su fortuna. ¿Quién no conoce, en política, la vanidad de la acumulación lineal? ¿De la previsión exacta?
Ni ente [étanl], ni no-ente [non-étant] , la causa política, que falla siem pre en ser anunciada como justa causa, es lo real, abolido y fulgurante, cuya historia se agujerea para que se estibe en ella, cuerpo dividido, el sujeto proletario.
¿Su nombre? «Las masas». Real con el que el sujeto partidario se en cuentra retroactivamente en todo corte de la historización.
Las masas no son la sustancia de la historia, sino la interdicción de re
petir, que conduce al ser el aleatorio sujeto del que habla el marxismo.
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El «primer Lacan», para lo que me importa aquí y que no toca al psi coanálisis, se reduce a cuatro tesis, cuyo sistema cubre los cuatro nombres de la verdad (coherencia, repetición, todo, torsión).
Este dispositivo axiomático estructura, a mi manera de ver, lo esencial de los Escritos, y los Seminarios hasta fines de los años sesenta.
Con los años setenta, que pueden señalarse como de la primacía del nudo sobre la cadena, o de la consistencia sobre la causalidad, es la ver tiente histórica la que se impone sobre la estructural.
Allí, el psicoanálisis, a mi parecer, naufraga, y la ética reina, absoluta mente. Pero esto no es sino una opinión de am ateur lejano.
Las cuatro tesis constitutivas de la primera doctrina, las extraigo de esta manera:
1 - Tesis de la plaza vacía, del principio de la repetición
Más que de nada de lo real, que se piensa deber suponer, es justamente de lo que no era de donde lo que se repite procede (E, 43).
2.- Tesis del término evanescente, del principio de la torsión
Allí donde estaba en este mismo momento, allí donde por poco estaba, entre esa extinción que luce todavía y esa eclosión que se estrella, Yo
[Je] puedo venir al ser desapareciendo de mi dicho.
Enunciación que se denuncia, enunciado que se renuncia, ignorancia que se disipa, ocasión que se pierde, ¿qué queda aquí sino el rastro de lo que es preciso que sea para caer del ser? (E, 801)
Sin embargo, una vez definida como imagen puesta en función en la estructura significante, la noción de fantasma inconsciente no ofrece dificultad.
Digamos que el fantasma, en su uso fundamental, es aquello por lo cual el sujeto se sostiene al nivel de su deseo evanescente, evanescente en la medida en que la satisfacción misma de la demanda le hurta su objeto (E, 637).
4.- Tesis del Falo, del principio de la coherencia
Pues el Falo es un significante, uh significante cuya función, en la economía intrasubjetiva del análisis, levanta tal vez el velo de la que tenía en los misterios. Pues es el significante destinado a designar en su conjunto los efectos de significado, en cuanto el significante los condiciona por su presencia de significante.
Este significante será pues el significante por el cual todos los otros significantes representan al sujeto: es decir que a falta de este signi ficante todos los otros no representarían nada. Puesto que nada es representado sino para.
Ahora bien puesto que la batería de significantes, en cuanto que es, está por eso mismo completa, este significante no puede ser sino un trazo que se traza de su círculo sin poder contarse en él. Simbolizable por la inherencia de un (-1) al conjunto de los significantes.
Es como tal impronunciable, pero no su operación, pues ésta es lo que se produce cada vez que un nombre propio es pronunciado. Su enunciado se iguala a su significación (E, 819).
Así, del cuadrángulo de la verdad, Lacan extrae, en cuanto a la doctrina algebraica del sujeto, el recorrido:
(falo) (coh
(falta)
En este recorrido, el sujeto se acomoda a la ignorancia de la pérdida que lo constituye. De ahí que no hay verdad sino mutilada, ni sujeto [sujet] sino sujetado [assujetti].
Las operaciones del esplace son sustituciones (metáforas y metonimias). Es, pues, imposible reconocer la pérdida como tal. El sujeto se escurre entre los representantes parciales sucesivos de aquello cuya falta [déjaut] radical lo instituye como deseo articulado.
Inútil es decir que la política no tiene sino el interés muy mediocre de una obcecación que dé que hablar de sus falsas claridades sustitutivas: «Lo que es social es siempre una herida» (Scilicet, n° 6-7, 19). Y mejor aun, a la pregunta de un bello optimismo frontal: «¿Las implicaciones políticas de vuestras búsquedas psicoanalíticas? », -pregunta verdaderamente ame ricana, hecha a Lacan, durante el invierno de 1975, en la universidad de Yale-, él responde: «En todo caso, que no hay progreso. Lo que se gana por un lado, se lo pierde por el otro. Como uno no sabe lo que ha perdi do, cree que ha ganado. Mis ‘enredos’ suponen que es limitado [borne]6J»
(Scilicet, n° 6-7, 37).
Equilibrio, en mediodecir [mi-direj inesclarecido, de la ganancia y de la pérdida: tal es el saldo de toda concepción estructural del sujeto político.
Si es posible decir más acerca del mismo, lo es, sin embargo, únicamente si se efectúa un dominio de la pérdida [m altrise d e la p erte].
Siendo la objeción que1 no puede tratarse de un saber, mucho menos aun de una memoria.
¿Qué es, pues, el dominio de la pérdida? La enseñanza del marxismo es que es la destrucción.
Lo real destruido no es reducible a su desaparición en el agujero de la falta. Él cae en éste seguramente, y a veces sin resto, pero dividido desde ese momento entre su efecto causal de pura falta y lo que llamaremos provisoriamente el efecto segundo, cuyo resorte es delegar una virtuali dad de exceso sobre el emplazamiento repetitivo puesto en marcha por la carencia de ser.
La destrucción divide el efecto de la falta en su parte de olvido -d e automatismo- y su parte de interrogación posible, de exceso sobre la plaza, de recalentamiento de los automatismos.
Por esta escasa distancia se piensa otro dominio [maltrise1, y una balanza disimétrica de la pérdida y de la ganancia.
67 B om é significa tanto «limitado» -e n el sentido de: «que tiene un lím ite»- como «corto de luces». (N. del T.)
Contrariamente a la opinión común, que ve la perseverancia en el ser como fundamento de todo conservadurismo, Lacan se asegura la conser vación justo de lo que falta. Pero hay que añadir a ello que, de lo que viene a ser destruido, se asegura al menos la precariedad de la conservación y la parte, inherente a toda repetición, de lo que insiste en interrumpirla.
Todo sujeto está en el cruce de una carencia de ser y de una destruc ción, de Lina repetición y de una interrupción, de un emplazamiento y de un exceso.