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4) Organizaciones para el bienestar público, en las que el beneficiario principal

4.4. Género y desigualdad social

4.4.2. Socialización de género

4.4.3.2. Teoría del conflicto

Los teóricos del conflicto ven la desigualdad de género como parte de una relación de poder entre hombres y mujeres. A lo largo de la historia, el hombre uso su fuerza física y la vulnerabilidad de las mujeres para crear instituciones que apoyaron y mantuvieran su poder y su autoridad. Las mujeres eran vistas como una propiedad, cuya función principal era tener hijos (especialmente varones). Cuando las mujeres tienen acceso a medios eficaces y seguros de control reproductivo, la salud materna y de los niños es mejor, pueden reducirse las diferencias entre los roles de hombres y mujeres y las mujeres tienden a ganar status y poder en sus familias y en las sociedades (Gelles y Levine, 200, passim).

4.4.3.3. Género y equidad en América Latina

¿n la sociedad latinoamericana persisten con fuerza dos principios que han regulado las relaciones básicas entre los sexos y que dan homogeneidad a la construcción de género en la región.

Uno rige en el ámbito económico y se refiere a la división sexual del trabajo entre nombres y mujeres. Aunque en nuestros tiempos, un sector numeroso de mujeres comparte por igual que los hombres el rol de proveedor económico de sus hogares, aún las normas de trabajo y de funcionamiento social, están reguladas por la idea de que los hombres generan ingresos y las mujeres ocupan su tiempo principalmente en las tareas del hogar y la reproducción familiar

El otro principio rige en el ámbito cultural, aunque su origen está ligado al primero. Se refiere a la desvalorización cultural de "lo femenino" en relación con

lo masculino" en el mundo social: en la economía, en la política, en el trabajo, en la educación.

La relación entre los niveles de ingreso de las mujeres y los hombres es un indicador síntesis de la brecha de género y expresa tanto el grado en que ellas acceden al mercado laboral, a la propiedad y a las transferencias, como los niveles monetarios que obtienen en relación con la situación de los hombres. En todos los países '.atinoamericanos, tanto en los que se sitúan en el nivel más alto como en los que Sé ubican en el nivel más más bajo del PIB por habitante, la mujer, en edad de producir, genera en promedio ingresos que están muy por debajo de los que genera el hombre promedio

Existe, por otra parte, una producción no valorada que no se transa en el mercado, pero que aumenta el nivel de consumo, realizada principalmente en y/o para los hogares, por mujeres consideradas no activas económicamente y también por el trabajo no pagado que llevan a cabo las económicamente activas. Las mujeres están menos protegidas como individuos que los hombres de solvencia económica y, en una alta proporción, son económicamente dependientes. Las mujeres dependientes están sometidas a riesgos mayores, ya que si el único proveedor muere, enferma,

queda incapacitado para trabajar o abandona el hogar, ellas tendrán que proveer su propio sustento y al de sus hijos, si. los hay. Lo contrario es menos riesgoso. Hay pocos casos en que el único proveedor de la pareja sea la mujer, y que el padre quede solo a cargo de sus hijos.

La gran magnitud de la brecha entre ambos sexos está revelando hasta qué punto está presente en América Latina la división social del trabajo por sexo entre el trabajo remunerado y el trabajo doméstico y de reproducción. Aunque responde a la tradición cultural y al aprendizaje realizado desde niños por mujeres y hombres, hoy representa un obstáculo a la independencia económica de los individuos, que debe ser vista como una de las bases de su autonomía ciudadana. Por otra parte, las actividades más valorizadas económica y socialmente se encuentran en el lado del trabajo remunerado, mientras que las actividades correspondientes al trabajo doméstico y de reproducción son desvalorizadas, aun cuando se ejerzan por remuneración: el servicio doméstico en los hogares, el cuidado de niños y ancianos, la crianza de los niños y niñas.

Situarse en uno u otro tipo de trabajo tiene consecuencias no solo económicas, sino también de valorización social y de autovalorización. En este sentido, hay que subrayar que el trabajo doméstico para el propio hogar es visto como un trabajo de status inferior al trabajo remunerado, a pesar de que produce un gran desgaste personal y emocional y tiene menor acceso a compensaciones. En el trabajo doméstico familiar, no hay pago de remuneraciones, tiene una continuidad sin descanso de fines de semana y de vacaciones, impide la movilidad para la participación y tiende a excluir del ejercicio de la ciudadanía.

Es importante constatar que la división sexual del trabajo que fue tradicional en el pasado, se ha ido disolviendo. Más y más mujeres se incorporan al mercado de trabajo en condiciones de trabajadoras asalariadas. El aumento de la participación laboral de las mujeres plantea dos conjuntos de interrogantes, que apuntan a interpretar el significado social de los mismos: l)¿Hasta qué punto este aumento en la participación laboral de la mujer expresa un requerimiento de la economía, un cambio de actitud consciente de las mujeres por generar ingresos y por utilizar en su provecho y el de sus familias el mayor nivel educacional logrado en las últimas décadas, una expectativa laboral más frecuente e intensa en las más jóvenes, una disminución de las barreras al trabajo remunerado, un cambio social que facilita el trabajo de las mujeres, arreglos institucionales y legales que favorecen su trabajo remunerado?, y, 2) ¿Estos cambios son solamente el producto de imperiosas necesidades económicas, de un mayor desempleo masculino, de menores oportunidades en los sectores de producción masculinizados, o son inducidos por alguna política pública que facilite el trabajo de las mujeres, que adecué la legislación, que provea infraestructura de cuidado infantil? ¿Cuál es la calidad de los nuevos empleos a los que se están incorporando las mujeres? ¿Qué

Mario Fosas / Julio Uesar INavarro

se sabe sobre el aumento de formas de trabajo diferentes al trabajo asalariado con protección legal y previsional, tales como son el trabajo a domicilio, el trabajo ocasional, el trabajo de temporada o el de contrato por agencias privadas, el trabajo a tiempo parcial, el trabajo subcontratado por empresas que no proveen beneficios

sociales ni seguridad en el empleo y trabajan para otras?

En el mundo del trabajo, las mujeres se enfrentan a una serie de dificultades entre las cuales se pueden mencionar la segregación sexual por ocupaciones, empleos en sectores de baja productividad del trabajo y de bajos salarios y, en el extremo, a salarios más bajos que los hombres ejecutando la misma índole de trabajo. Como ha sido sugerido, la segregación sexual por ocupación está relacionada con las supuestas habilidades y limitaciones asociadas a uno u otro sexo por su socialización generalizada, las que influyen la demanda de trabajadores y, por otra parte, en las elecciones de estudios y de capacitación que hacen mujeres y hombres también como producto de su socialización generalizada y que influyen en la oferta de trabajadores (resumen elaborado a partir de Gálvez, 2001).

Las mujeres se ven sometidas frecuentemente a situaciones de discriminación salarial. Esto significa que los ingresos de las mujeres son habitualmente inferiores a los percibidos por los hombres, cualquiera sea su nivel educacional y en todos los grupos ocupacionales. En el sector urbano, las mujeres que ingresan al mercado de trabajo lo hacen generalmente en el sector de servicios. Dentro de él, el mayor número de mujeres se ocupan como profesionales, técnicas, vendedoras y trabajadoras domésticas. En los niveles profesionales, ha aumentado la participación femenina en los subsectores bancarios, de seguros y financiero, donde las mujeres representan en América Latina entre el 30 y 40% de ocupados. Un fenómeno relativamente nuevo, pero creciente, es el de las mujeres ejecutivas y empresarias. Ha aumentado notablemente la participación femenina en negocios de pequeño tamaño y en microempresas, en las que entre el 60 y 70% de los propietarios son mujeres.