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Teoría y marco referencial

In document Psico Gestalt III (página 179-187)

Introducción a las técnicas de la terapia gestáltica

LA FELICIDAD COMIENZA CUANDO SE DICE «ADIÓS»

1. Teoría y marco referencial

«Partir es morir un poco». Así reza un refrán al que todos veneramos como una verdad. Decir «adiós» es morir un poco, digo yo, parafraseando el refrán; decir un adiós definitivo... ¿es morir mucho?

A lo largo de mi trabajo terapéutico he notado como una constante, la necesidad de mis pacientes de decir adiós a una serie de personas y situaciones de su vida y el doloroso proceso que se inicia hasta la despedida final. Sólo después de esa despedida, auténtica y sincera, es cuando renace en nosotros nuestro auténtico yo, y el aquí y ahora empiezan a adquirir un significado pleno.

Estamos agarrados a nuestro pasado y el soltarlo nos produce el vértigo del vacío; sin historia, dejamos de ser.

Al tener que rellenar nuestro yo con la historia nos agarramos al pasado, nos agarramos a situaciones y personas que pasan a llenar huecos en nuestra personalidad. Buscamos en esas personas aquellas cualidades y características que tapan, poniendo un parche, en los vacíos que hemos ido creando. Los necesitamos y dependemos de ellos porque tienen algo que nos gusta, porque tienen algo de lo que nosotros creemos que carecernos, y tratamos a toda costa de llenarnos de ellos en lugar de sacar, de recuperar de nosotros, aquello que no sentimos dentro.

El primer enganche surge cuando nosotros, niños espontáneos y flexibles, niños llenos de nosotros mismos, empezamos a renunciar a partes de nuestro yo para conseguir la atención y el cariño de nuestros padres. Sin darnos cuenta, vamos renunciando a algunos de nuestros sentimientos (rabia, ilusión, espontaneidad, fortaleza o debilidad...) y cuando aparece ese hueco o vacío en nosotros, lo llenamos a toda costa con esa característica nuestra que vemos en el otro. Pero lejos de establecer una relación sana, de igual, empezamos a depender de ese otro porque si se va... se llevará con él nuestra tranquilidad y nuestro aparente equilibrio se tambaleará. Ya no podemos prescindir del otro porque nuestros viejos fantasmas harán su aparición y la angustia de lo no resuelto nos invadirá.

Nos agarramos o nos enganchamos cuando tenemos asuntos sin concluir, o concluidos de una forma no satisfactoria.

Ante esa sensación, de insatisfacción, archivamos la situación como «pendiente de un final satisfactorio» y una y otra vez seguimos trayendo la situación a nuestras vidas, de forma no consciente, con el vano intento de acabar con ella. Todos hemos tenido la sensación, alguna vez, de que ciertos acontecimientos de nuestra vida se repiten, que parece que tanto el proceso como el fin es siempre el mismo. Uno de los más notorios es el de buscar alguien, como pareja, que comparta nuestra vida y después de dos o tres posibles parejas, llegamos a la conclusión de que siempre son similares y que la relación siempre transcurre y termina de la misma forma.

No todo el mundo es consciente de esta repetición pero sí llegan a la conclusión de «siempre me pasa igual», sin ser conscientes de que lo que en realidad buscan es una historia que terminar, un agarrarse a alguien que les dé lo que les falta privando con ello al otro sujeto de su propio yo. Y al sentirse ambos ahogados por las exigencias del otro y sintiendo su propia angustia, tratan de huir para cerrar su historia en otra persona, en lugar de enfrentarse a sus propias vidas y crecer emocional y personalmente juntos.

Hablamos de una «situación inconclusa» cuando supuestamente concluida una situación, nos quedamos con la sensación incómoda de no haber expresado todo lo que queríamos expresar. Así por ejemplo, cuando nos acusan de haber hecho algo mal y por miedo a las consecuencias no damos rienda suelta a nuestros sentimientos, y optamos por callar nuestros sentimientos y tratar de olvidar (tratar, intentar, procurar... significa no hacerlo nunca).

Vivir la vida de una forma satisfactoria supone el empezar y acabar una situación en cada aquí y ahora, expresando nuestros sentimientos y nuestras sensaciones.

Normalmente nos agarramos o enganchamos tanto a personas existentes como a las ya desaparecidas. Y el enganche a situaciones o acontecimientos sólo tiene lugar cuando proyectamos en ellos nuestro sentimiento por alguna persona. Por ejemplo, hay gente que experimenta una gran angustia al cambiarse de casa, de barrio o de ciudad; es indudable que la sensación de desarraigo que se le produce a estas personas, según ellas, es por abandonar la realidad material; si se llega al

sentimiento descubrimos que su angustia es, en realidad, motivada por la vivencia de separación, de «adiós» que se experimenta por determinadas personas ligadas a esa realidad material. Conocemos el caso de una mujer de cuarenta y siete años que vive muy mal su desarraigo de un chalet en el que vivió su infancia; como ulterior sentimiento echa de menos la compañía y la protección de sus padres, muertos en la actualidad.

Todos tenemos en nuestras vidas enganches, por supuesto la intensidad del enganche es variable, pero existen una serie de constantes que se mantienen.

A nivel físico la reacción de enganche puede evidenciarse a nivel de musculatura. Cuando un sujeto vive una situación de enganche experimenta contracciones y presiones en su cuerpo. Las zonas especialmente tirantes son los músculos del abdomen, sensación de opresión en el pecho, presión en pinzas en la cintura, punzadas en la espalda, rigidez de los músculos de los hombros y agarrotamiento de los músculos de la garganta y la mandíbula. Si bien pensamos que cada zona concreta reviste un apego diferente, los citamos todos sin matizar ya que su concreción no está lo suficientemente estudiada por nosotros en la actualidad.

En segundo lugar se evidencia un enganche cuando el sujeto a nivel verbal vive en el pasado. Hay sujetos que nunca hablan de su presente o de su situación actual sino que aprovechan cualquier oportunidad para revivir un pasado lleno de vivencias, recuerdos y sensaciones. De esta forma consiguen un doble mecanismo, por un lado evitan encontrar en el presente algo emocionante y digno de ser vivido que les aflojaría el interés por el pasado; por otra parte al negar el presente como algo motivante refuerzan sus vivencias pasadas haciéndoles concluir que aquello es lo único digno de ser vivido, por malo que fuera. Tenemos el caso de un sujeto de treinta y dos años que sólo habla de su castrado pasado, de lo cruel que era su madre y de su infelicidad pasada, pero es incapaz de hablar de otra cosa que no sea ésa; no contacta con su presente, en donde se siente vacío y sin identidad.

Puede haber enganches entre padres e hijos, entre esposos, entre amantes, entre amigos o en cualquier otro tipo de situación en que haya habido una relación intensa y duradera. Hay muchos asuntos inconclusos en la relación mientras ésta dura; cuando la relación termina, la relación en

sí misma queda inconclusa. El sujeto se halla cargado aún con muchas emociones acumuladas y no expresadas: viejos resentimientos, frustraciones, antiguas heridas, culpas e incluso amor y cariño que no han sido expresados. Mucho antes de que una relación termine suele haber asuntos inconclusos.

La experiencia terapéutica nos ha mostrado que en el enganche siempre existe una polaridad de sentimientos.

La dependencia siempre supone rencor-amor. Cuando una persona sólo experimenta rencor, odio por otra, se alejará de ella y no experimentará ninguna ansiedad por esta ruptura, el odio solo no engancha. Del mismo modo, si una persona sólo ama sin límites, sin ver más allá y sin dar paso a ninguna otra emoción, tampoco experimentará ninguna necesidad en contradicción. Sólo cuando existe rencor-amor se da e enganche, pues en esa polaridad el sujeto duda tanto de expresar e rencor como de expresar amor. «No puedo expresar simplemente amor porque no es cierto ni auténtico... no puedo expresarle mi rencor porque entonces...» y en esta dualidad surge el enganche, puesto que no existe la flexibilidad de expresar ambos sentimientos.

Al tener rencor que impide expresar los sentimientos de cariño, surge en psicoterapia la necesidad de trabajar con estos resentimientos. Sólo viviendo y expresando el rencor o la rabia, y vaciándose de estos sentimientos escondidos el sujeto puede empezar a mostrarse tal cual es, en su aquí y ahora. Aunque cuando hablamos de «expresar» y «vivir» nos referimos a la sesión terapéutica, ya que al estar acumulados en el sujeto, la mejor salida no es la de manifestárselos a la persona real, sino la de librarse en sí mismo de estos sentimientos acumulados que le impiden expresar únicamente sus sentimientos presentes. Si vamos guardando rencores, cada vez nos será más difícil expresarlos porque nuestro miedo será cada vez mayor, y si al llenar nuestro cupo lo expresamos, tendremos como resultado una salida o conducta inadecuada que nos convencerá de que es mejor no dejarlos salir. Cada sentimiento, tanto de rencor como de cariño, debemos expresarlo en su «aquí y ahora», cuando los sentimos, y el diferirlos o acumularlos sólo nos lleva al enganche.

Al ser humano lo educan en un solo polo y medimos todos nuestros sentimientos en función de esa única polaridad. Nos resulta muy difícil admitir, sobre todo a nivel emocional —lo racional no ofrece peligro al

sujeto—, que sólo aunando nuestras polaridades, sólo vivenciando nuestro rencor-amor podemos equilibrarnos en el punto exacto de nuestro ser nosotros mismos.

Las consecuencias del enganche se desprenden por sí solas.

Hay personas que dejan de vivir su propia vida porque pasan a vivir la vida de sus «modelos». Numerosos hijos se convierten en muertos vivientes al vivir en sus vidas el reflejo de lo que fueron sus padres o uno de los dos.

Otras personas anulan su existencia en aras de un marido, un padre, una madre o un hijo que ya no vive y parece que al anularse le siguen siendo fieles en el recuerdo.

Algunas se cargan de somatizaciones en determinadas zonas de su cuerpo como homenaje-recuerdo a otros tiempos, otras vivencias, otras personas.

El caso más típico es el de los hipocondríacos que se sienten llenos de achaques, productos únicamente de su imaginación. Pero sin ser tan radicales, la mayoría de las personas arrastramos alguna dolencia física, como dolor de cabeza, dolores musculares, dolor de espalda, pinchazos, opresiones... que son simplemente, al margen de toda su realidad física, formas de manifestar indirectamente unos sentimientos no asumidos.

Hay gentes que seguirán con su identidad y con su vida, pero ésta carece de colorido, brillo y motivación; todas sus ilusiones quedan en aquel pasado glorioso junto con sus seres enganchados y su presente carecerá de atractivos.

La mayor parte de las personas no han tomado conciencia de que están enganchados. Por lo tanto ese es el primer paso para decir «adiós». Pero una vez descubierto este enganche, el sujeto no siempre experimenta la necesidad de desengancharse.

Antes de darse cuenta, el sujeto no experimentaba su vida muy plena, ni muy satisfactoria, pero una vez que toma conciencia de su enganche le surge el «vértigo de la despedida». Nos encontramos ante un impasse, esto es, ante una situación contra la pared; el sujeto no quiere

mantener su situación actual pero no se atreve a dar el salto, no se atreve a la despedida, se encuentra en un callejón aparentemente sin salida, y su fantasía puebla el callejón de peligros sin fin.

Al principio de estas líneas pusimos el refrán de «decir adiós es morir un poco» y ahora volvemos sobre él; cuando el sujeto experimenta esta situación de «impasse», sus mecanismos emocionales empiezan a funcionar en contra del cambio, empiezan a surgir fantasías de desastre si se da el paso a la despedida, al cambio; «si me despido... moriré o será peor porque...».

Las sensaciones que tiene el sujeto ante la despedida son múltiples; entre ellas podemos citar, el miedo al abandono total, miedo a la soledad, miedo a la falta de autoidentidad, miedo al rechazo... todas ellas encierran un factor común, miedo a la propia responsabilidad, miedo a ser uno mismo.

Como Peris definía, la neurosis es ceder el autoapoyo por el apoyo de los demás y en las despedidas el proceso se invierte, uno recupera su autoapoyo, su responsabilidad, dejando a los demás en su frontera del yo, esto es, con él pero no en él.

Curiosamente, cedemos nuestra vida, cedemos nuestra responsabilidad a cambio de cariño, a cambio de que nos quieran y a través de ese mecanismo nos volvemos dependientes; esa dependencia nos produce un resentimiento y al no expresar ambos sentimientos surge el enganche; «decide por mi, quiéreme, pero no te enteres de que te «guardo rencor».

Como terapeuta, en el proceso de la terapia, ya sea en grupo o individual, me percato de cuando un sujeto está enganchado. Son muchos los indicios de este enganche, puede ser desde una verbalización hasta determinada actitud corporal, un gesto, un brillo en los ojos, una mueca o un suspiro.

Una vez detectado un posible enganche, mi tarea consiste en devolverle al sujeto su actitud, a modo de espejo y que sea él quien empiece a descubrir de qué se trata. En numerosas ocasiones el sujeto concluye rápidamente que se trata de algo pendiente, algo sin concluir en su vida.

En ese momento le pregunto si quiere despedirse, si dice que no, trabajamos en ello con otros medios hasta que vivencia esa necesidad. Ya que existe un proceso intermedio que hay que rellenar entre el «darse cuenta» y la despedida; ya que su negativa indica que su sensación de posible vacío es mayor que su motivación al adiós, siendo materia de sesiones, reforzar su sentimiento de autoestima y de capacidad personal. En estos otros medios está el que el sujeto se viva como capaz de arriesgarse.

Cuando dice que sí, perfiló más la despedida final, animándole a vivenciar sus sentimientos polares. (Ver las cartas de despedida). Así el sujeto experimenta sus ambivalencias y le resulta más motivante y necesario decir adiós.

Después paso a situar un cojín enfrente del sujeto y le pido que sitúe allí a la persona de la que quiere despedirse. Le insisto para que se imagine en detalle a la persona que tiene sentada enfrente y le pido que verbalice, dirigido al cojín, la sensación o el sentimiento que tiene en ese momento. Le pido que hable en segunda persona, dirigido a la persona a la que quiere decir adiós. Así se inicia un monólogo que potencio para que pase a diálogo. Le pido al sujeto que ocupe el cojín vacío y haga ahora de la otra persona y se conteste como sienta que lo haría la otra persona.

De este modo se entabla una conversación que, a menudo, nunca fue posible en la realidad. Los sujetos lloran, sufren, sonríen, piden y acusan liberando así sus emociones atascadas y no expresadas para dejar paso luego a un dolor auténtico, a un adiós final y a una gran sensación de desahogo, de paz y de haber recuperado algo muy querido, la propia identidad.

Cuando en algún momento intuyo que el sujeto esconde una frase que no se atreve a pronunciar, en boca de cualquiera de los personajes de la conversación, la verbalizo yo, potenciando en ese momento la vivencia del sentimiento evitado.

Mientras el sujeto no expresa el caudal de sus sentimientos detenidos, la despedida no tendrá lugar, no será una despedida sincera. Sólo cuando el sujeto ha agotado la expresión de sus emociones inconclusas está preparado para decir «adiós».

En muchos casos, aunque el su jeto verbaliza su deseo de despedirse, vemos que llegado el momento su despedida suena fría y despersonalizada. En ese momento yo no le insisto para que siga o para que se meta. Ese es un proceso que él solo deberá realizar, en esta situación su responsabilidad es enteramente de él. Dada esta situación solamente hago que el sujeto tome conciencia de su dificultad de continuar y exploramos qué le imposibilita el adiós o dónde se atasca.

Por el contrario, cuando el sujeto da paso a la despedida, se sumerge en una exploración de sentimientos pasando al auténtico duelo o luto por esa separación, sintiendo todas las vivencias que dimanan del «adiós». Normalmente el sujeto experimenta dolor, rabia, miedo, melancolía para dejar paso después a una profunda sensación de alivio, de «algo que quería hacer pero...».

Tanto si la despedida se hace en un grupo como si se ha hecho de forma individual el ambiente se satura de una sensación de ternura, de calidez que hace que las personas presentes se sientan solidarias y profundamente hermanadas en la hermosa tarea de crecer.

A continuación, como material práctico, vamos a transcribir dos despedidas, una de ellas es auténtica y definitiva, en la otra no se producen cambios en la persona por no haberse vivido plenamente la situación emocional.

Sólo después de que el lector trabaje con ambas, vamos a detallar los puntos que las hacen diferir.

Como primer punto de trabajo, pedimos al lector que se dedique a la primera despedida, la despedida «A».

Pasos a seguir:

1. ° Lee la despedida metiéndote en los personajes, viviendo la situación expresada.

2. ° Toma conciencia de tus propios sentimientos.

3. ° A través de esos sentimientos personales, cuestiónale las preguntas que se dan al final de la despedida «A».

4. ° Saca una conclusión sobre la autenticidad de la despedida, ¿cuál es tu sentimiento final?, ¿cuál es tu conclusión?

Una vez realizado el trabajo anterior con la despedida «A», pasa a la despedida «B» y realiza el mismo proceso.

Después, compara tus sentimientos con respecto a la despedida «A» y «B». ¿En cuál te sentiste más impactado? ¿Cuál has vivido como más auténtica?

Por último, después de las preguntas que siguen al final de cada despedida, encontrarás unas consideraciones teóricas acerca de dichas

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